Os enseñarán, gráciles niños y niñas, que por mor de la genética alcanzáis el principado, las artificiosas formas del ceremonial protocolario que a tan alto estado corresponden.
Ahormarán vuestros impulsos espontáneos con arneses de palacio. Vuestras caras tendrán la sonrisa programada para el acto y vuestras manos mostrarán cinco lobitos al viento del aplauso.
Os llamarán altezas y ante vos inclinarán cabezas y doblarán rodillas y espinazos. Viviréis en una burbuja de cristal, de Bohemia quizás, del más selecto y caro, pero jaula al fin y al cabo.
Enjambres de zumbones moscardones libarán vuestra compaña buscando el relumbre social o los favores, pero vuestra infancia volará con señuelos amarillos sin haber tocado el suelo. No os hará falta nada, pero vais a perder mucho de lo que a los niños de vuestra edad les corresponde: el juego en la calle, las pandillas plurales… No sabréis distinguir el saludo sincero del fingido, la amistad de la simple compañía.
Una corte de adulones os rodeará y perderéis el contacto con la vida real, aunque las vuestras sean más regaladas. Con todo, no os creáis dioses ni ungidos por altísimos designios por tantos parabienes porque el dolor y el sufrimiento no reparan en coronas y la muerte no esquiva a las realezas. Un consejo, si nos es permitido a los plebeyos, no subáis muy alto, que desde allí son más fuertes los porrazos.
Comentaba la señora Carmen mientras cosía a la luz de una farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta el salón de su casa, la pena que debía darles a los ricos morirse.
Su marido había sido guardia de asalto y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios. Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.
La señora Carmen vivía con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.
Coincidimos allí un curso mi cuñado Antonio, Pelayo, estudiante de peritaje, que era de Oliva de la Frontera y Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.
La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que echábamos muchos ratos de charla.
Prudentemente la señora Carmen no hablaba mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”.
Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces, me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.
“El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”, escribió don Ramón Gómez de la Serna, y se suele testimoniar cuando está en su cenit con regalos y símbolos para que quede constancia de que Cupido unió dos corazones con las flechas de su aljaba
Pero el dios del amor lleva los ojos vendados y no asegura la permanencia de la pasión. Llega el desamor y los regalos se tornan huéspedes incómodos. Unos se tiran: “el clavel que me diste lo tiré al pozo…” y de otros se pide su devolución: “devuélveme el rosario de mi madre…”
“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, (Pablo Neruda). Tan corto que algunos símbolos de la promesa ya caduca perduran más, como el tatuaje en la piel o el candado atado a un puente. Son como las estrellas que vemos brillar mucho tiempo después de haberse apagado.
Quevedo pudo ser el precursor involuntario de esta moda: “el amor es una libertad encarcelada”, porque el amor, liviano de peso y tornadizo, sólo encarcela mientras dura. Lo que queda preso es el símbolo del juramento o la promesa.
En lugar tan romántico como el Pont des Arts sobre el Sena parisiense el peso de los candados puede tumbar sus barandillas. Si no hubiesen tirado las llaves al fondo del río, seguro que el peso sería más soportable.
Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.
En el abarco de una mano, las gavillas con las que formaban haces que subían a los carros de varas con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.
Por caminos de baches y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después el trillo en rutinarios giros separaba el grano de la espiga. Para quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos a la caballería. A lo lejos reverberaba la calima.
Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla, a los costales y de allí al doblado y los graneros a golpe de espaldas riñones y rodillas. La paja, tupida en carros con varas y redes, a las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.