La cita

muerte

La muerte tiene citas

de ciertas  asistencias

y de inseguras fechas.

Completa y larga lista

que pocos tienen prisas

por  acortar esperas.

Pacientes que reclaman

adelantar el turno,

es cierto que hay alguno

a quien el mal lacera.

Sin esperar llamada,

abruptamente,  otros,

precipitan llegada.

El resto  no acelera

y no le importa  olvido

de cita  tan certera.

Reinventarse

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Como si naciera  de nuevo en  cada instante

quiero  estar siempre empezando,

volver al principio de todos los procesos,

a la  inocencia de  la nieve  no pisada.

Sentir  el placer  del primer beso,

salir con el sol de  cada día

y recorrer con la  brisa  las mañanas nuevas.

Volver al manantial origen de la  fuente,

a la primera mirada enamorada,

al suspiro del deseo adolescente.

Regresar a la raíz

de todos los impulsos,

a la ilusión desnuda,

al brillo  de los ojos asombrados

del niño descubriendo los misterios.

Y al mismo tiempo envejecer,

sin ataduras, como resbala la arena en el cristal.

Ser siempre yo mismo, consecuente y libre,

firme,  la cara  contra el viento. 

Niños, príncipes y princesas.

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Os enseñarán, gráciles niños y niñas,  que por mor de la genética alcanzáis el principado, las artificiosas  formas del ceremonial protocolario que a tan alto estado corresponden.

Ahormarán vuestros impulsos espontáneos con  arneses  de palacio. Vuestras caras tendrán la  sonrisa programada para el acto  y vuestras manos mostrarán  cinco lobitos al viento del aplauso.

Os llamarán altezas y ante vos inclinarán cabezas y doblarán rodillas y espinazos. Viviréis en  una burbuja  de cristal, de Bohemia quizás, del más selecto y caro, pero jaula al fin y al cabo.

Enjambres de zumbones moscardones libarán vuestra compaña  buscando el  relumbre social o los favores, pero  vuestra infancia  volará  con  señuelos amarillos sin haber tocado el suelo. No os hará falta nada, pero vais  a perder mucho de  lo que a los niños de vuestra edad les corresponde: el juego en la calle, las pandillas plurales… No sabréis distinguir el saludo sincero del fingido, la amistad de la simple compañía. 

Una  corte de adulones  os rodeará  y perderéis el contacto con la vida real, aunque las vuestras sean más regaladas. Con todo,  no os  creáis dioses  ni ungidos por altísimos designios por tantos parabienes porque el dolor y el sufrimiento no reparan en coronas y la muerte no esquiva a las realezas. Un consejo,  si nos es permitido a los plebeyos,  no subáis  muy alto, que desde allí son más fuertes los porrazos.

Chaqué y pamela.

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(Como estamos en verano

toquemos temas livianos.

Que quede  bien aclarado:

que cada cual aparezca

en este teatro humano

como a su gusto apetezca.

Ya cuentan con mi respeto,

expresado de antemano ) 

La clase plebeya emula

las modas   de la nobleza

llevando con galanura

sus usanzas y  grandezas.

Van las guapas damiselas

con pamelas a la inglesa

plenas de gracia y lindura

de los pies a la cabeza.

Con no menos compostura

de pingüinos las  chaquetas

o de chaqué vestidura

van los varones  con percha.

Para que no falte altura

la gomina en la cabeza

coronando sus figuras.

¡Qué prestancia y qué majeza!

Si en  modas de tanta  alcurnia               

además de vestimenta

se compartiera fortuna

no habría tanta diferencia

surgida desde la cuna.

Nube blanca.

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La nube es un ala al viento,

suave soplo de frescor

que reparte caricias de amante 

por el torso ardiente  de  la tierra.

Bálsamo para la herida

de la inclemencia del  sol,

un dulce beso de sombras

a los pétalos abiertos,

columpio de leves brisas,

mullido edredón de ensueños

cuando se sueña despierto.

 

La señora Carmen.

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Comentaba la señora Carmen mientras  cosía a la luz de una  farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta  el salón de su casa, la  pena que debía darles  a los ricos morirse.

Su marido  había sido guardia  de asalto  y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que  cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios.  Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.

La señora Carmen  vivía  con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.

Coincidimos allí  un curso mi cuñado Antonio,  Pelayo, estudiante de peritaje,  que era de Oliva de la Frontera y  Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de  abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.

La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que  echábamos muchos ratos de charla.

Prudentemente la señora Carmen no hablaba  mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba  que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando  consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados  todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”. 

Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces,  me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.

La alberca.

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Quiebra lunas mi cuerpo en el cielo  azabache.
Envuelto en abrazos  acuosos me baño en la alberca cercada de tupidas madreselvas.
Una  rana sorprendida salta del nenúfar al  negro remolino del agua removida. 
Noche de junio.
Me llegan alientos de  cálida  brisa saturada de aromas de mieses y la fragancia de la huerta recién regada.
El horizonte aún tiene matices violáceos de lubricán veraniego.
Enhebra el grillo con  pespuntes negros los labios sensuales  de la noche. 

El amor y los candados.

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“El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”, escribió don Ramón Gómez de la Serna, y  se suele testimoniar cuando está en su cenit con regalos y símbolos para que  quede constancia de que Cupido   unió dos  corazones con las flechas de su aljaba

Pero el dios del amor  lleva los ojos vendados y no asegura la permanencia de la pasión. Llega el desamor y los regalos se tornan huéspedes incómodos. Unos se tiran: “el clavel que me diste lo tiré al pozo…” y de otros se pide su devolución: “devuélveme  el rosario de mi madre…”

“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, (Pablo Neruda).  Tan corto que algunos símbolos  de la promesa  ya caduca perduran más, como el tatuaje en la piel  o  el candado atado a un puente. Son como las  estrellas que vemos brillar mucho tiempo después de haberse apagado.

Quevedo pudo ser el precursor involuntario de esta moda: “el amor  es una libertad encarcelada”,  porque  el amor, liviano de peso y tornadizo, sólo encarcela mientras dura. Lo que queda  preso es el símbolo del juramento o la promesa.

En lugar tan romántico como  el Pont des Arts  sobre el Sena parisiense  el peso de los candados  puede tumbar sus  barandillas. Si no hubiesen tirado las llaves al fondo del río, seguro que el peso sería más soportable.

Oquedades

llorar

(Pintura de Bruno Amadio)

Una tristeza de límites  difusos

ha posado sus manos

en las frágiles alas del pasado,

mariposa herida, ya sin vuelo,

que deja lastimoso desconsuelo

en la sombras ausentes de los cuerpos.

La  huella  de la herida en la memoria

reblandece la piel del sentimiento

y  afloran, silenciosas, las  lágrimas,

pétalos de rosas sobre el suelo.

Memoria macerada en la añoranza

que deja  posos agridulces

en el fondo de la tarde.

El  amor, evocado siempre, acude

al  efluvio nostálgico  del vino.

Señales  en la piel de los afectos,

que al  volver a tocar,

producen sarpullidos

de emociones no acabadas.

La  ausencia de personas

sobre el anaquel  de los recuerdos

en el tiempo amarillo de las fotos.

Palabras que no dije

cuando alguien  esperaba mi consuelo,

abrazos que no di

perdidos para siempre

a mitad de camino

entre  la timidez y el deseo.

Acordándome de esto

he llorado como niño perdido

de la  cálida mano de su madre,

una noche de feria

en el bullicio  de la calle.

 

 

Siega y trilla antaño.

josé llul en la siega

 

“En la siega” de José Llul

Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.

En  el abarco de una mano,  las gavillas con las que formaban  haces  que subían a los carros de varas  con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.

Por caminos de baches  y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después  el trillo en rutinarios giros separaba el  grano de la  espiga. Para  quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos  a la caballería. A lo lejos reverberaba  la calima.

Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla,  a los costales y  de allí  al doblado y los graneros a golpe de  espaldas riñones y rodillas. La paja,  tupida  en  carros con varas y redes, a  las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.