Claridad

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No me empañes,  tristeza, la esperanza

en el  frágil cristal de mi existencia,

vaho que de imprecisa  inconsistencia

alevoso traiciona  y  dicha alcanza. 

 

No me  engañes con  pérfida  asechanza

que  me lleva  hacia el pozo de la  ausencia

donde empeño se vuelve indiferencia

y   el ánimo fatal  desesperanza.

 

Deja que la radiante luz del día

disipe turbiedad  en la hondonada

y desbroce caminos la alegría,

 

diáfana  claridad  inmaculada

que presente ante mí la lejanía

como fin de esperanza renovada.

Mujeres

cosiendo

Las mujeres  fueron  tan fundamentales y abnegadas  como marginadas  en aquellos años plúmbeos de escaseces  en los que  en España, decían, empezaba a amanecer. Piedras angulares  de la vida familiar,  organizaban y trabajaban en  las  casas  de penumbra a penumbra. Su única distracción y relativo  descanso llegaba al caer la tarde cuando se sentaban detrás de la ventana o se reunían con otras vecinas en los patios a escuchar novelas en la radio, como la célebre Ama Rosa, mientras zurcían,  bordaban, hacían ganchillo  o confeccionaban abrigos de punto  con  la rapidez y destreza con que frotan las moscas sus patas delanteras. De tanto escuchar esas radionovelas  hasta a los niños que merodeábamos por allí  se nos quedaron en la memoria  los nombres de los guionistas,  Guillermo Sautier  Casaseca y  Rafael Barón y los de algunos actores como Juana Ginzo, Matilde Conesa o José Fernando Dicenta.

Recuerdo a las abuelas sentadas en las sillas costureras estirándose el pelo hacia atrás y recogiéndolo en un moño con una peineta curva  ante un pequeño espejo. Después con sus gafas de cerca sujetas a la cabeza  con una  goma elástica se unían a las labores. Hablaban poco. De mayor comprendí que quizás su silencio se debiera  a que  habían conocido  demasiadas barbaridades y que estaban muy cercanos el miedo y las heridas, a veces dentro de  sus propias familias. Evitaban hablar de esos temas sobre todo delante de los niños. Alguna vez capté susurros temblorosos que no entendía,  pero lo que no podían ocultar era el brillo de los ojos cuando lo hacían.

Pocas mujeres  salían de sus casas para viajar si no era por motivos de enfermedad. Con escasísimas posibilidades de estudiar el matrimonio era  su aspiración. La  viudedad y la soltería suponían más dificultades para la subsistencia si no se disponía de capital.

En tiempo de recolección, si las contrataban, conseguían los jornales para todo el año cobrando, como era normal entonces, menos que los hombres. También espigaban o iban al rebusco.

Espigadoras al atardecer. Jules Bretón

Espigadoras al atardecer. Jules Bretón

Mujeres  que pasaron de puntillas por la vida solventando sus necesidades básicas con esfuerzo, resignación y alguna ayuda ajena, como Ángeles, mujer humilde, de expresión triste y  mirada llorosa con unos  ojos marcados por profundas ojeras, siempre  vestida de oscuro y con un pañuelo  cubriéndole la cabeza. Iba a los entierros con una mesa cubierta de tela negra para que los que portaban al difunto a su última morada pudiesen descansar cuando el sacerdote rezaba en los responsos y asperjaba el féretro con agua bendita. Así de parada en parada. La familia del difunto la gratificaba después con lo que su voluntad consideraba oportuno.

Observé muchas  veces a algunas  vecinas al anochecer cuando se dirigían  a la tienda de comestibles con un plato metálico bañado de porcelana descascarillada a comprar dos sardinas. Las sacaba el tendero de una lata grande que  estaba en un extremo del mostrador, cerca de la balanza. Le pedían  que les echara una cucharada de aceite sobre el pescado para mojar en él. Era su cena. 

Monaguillos y campanas.

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Había monaguillos fijos, que recibían de estipendio doce duros al mes, y eventuales. Estos ejercían por Semana Santa y lo hacían por devoción o curiosidad  y  sin asignación.

 Lo que más nos gustaba era subir a la torre a repicar las campanas. Allá arriba me sentía  privilegiado por conocer  una noticia que hasta que yo empezase a tocar las campanas  los demás ignoraban. Era yo quien decidía cuándo los vecinos  iban a enterarse de que alguien había muerto y el comienzo de las glosas del difunto en  los mentideros del pueblo. O el aviso de que el sol en lo alto anunciaba el mediodía.

 Había tañidos tristes, los dobles,  que comunicaban muertes con la señal  y despedían a los vecinos para siempre. Tres para el hombre y dos para las mujeres separados por un toque  de campana chica.  Lentos y espaciados, sollozos de bronce que   recorrían el aire hasta dejarse caer de tristeza en los rincones. Las mismas campanas  recibían jubilosas  a los recién nacidos el día de sus bautizos,  festejaban bodas o acompañaban festivas  el recorrido  del patrón por las calles del pueblo. Alertaban de incendios con toques monocordes y repetidos de una sola campana. Sonaban al alba para misa temprana,  a las doce para el ángelus, al mediodía para vísperas, a  las tres en verano y a las dos en invierno y al atardecer.  Un lenguaje que no necesitaba intérpretes.  Pensaba yo entonces que las campanas  tenían sentimientos, que se alegraban o entristecían con nosotros.  

Una tarde de noviembre subimos al campanario para el toque de oración.  Invitamos al acto  por nuestra cuenta y riesgo a varios amigos para que conocieran de cerca el lugar y comprobaran nuestra destreza combinando los sones. Levemente echados hacia atrás los cuerpos, bien asentados los pies en el suelo, con la soga de la campana gorda en la mano izquierda y la de la pequeña en  la derecha agitábamos  los badajos con acompasado ritmo.  

Nuestros invitados  aguardaban vez  para hacerlo.  Tanto fue el entusiasmo que pusimos en enseñarles y ellos en aprender  que no nos dimos cuenta del tiempo que habíamos dedicado  a tan sonoras lecciones. Debió de ser bastante porque el párroco nos esperaba  al final de las escaleras del coro repartiendo pescozones  a diestro y siniestro. Había acudido alarmado por el recital inusual, convirtiendo aquella tarde gris de sirimiri  en una fiesta de repiques largos y variados.

Monaguillos

Los monaguillos conocíamos cada rincón de la iglesia y de la torre y los entresijos de la sacristía, entre ellos el lugar donde se guardaba el vino de consagrar.

Una noche observé que el cura de un pueblo cercano que venía a ayudar al párroco en las  grandes solemnidades abrió la puerta y  tomó  antes de dirigirse al púlpito  un vaso de vino. Los fieles a la salida se hacían cruces ensalzando la  hermosura y vehemencia del sermón. Pensé yo con mi razonamiento infantil si un ángel oculto en la botella, como el mago de Aladino,  lo habría inspirado en su magnífica oratoria.

Formas.

Foto Press Powerable

Como aguarda la tierra labrantía

la semilla fecunda en la otoñada,

el folio blanco espera

las hondas emociones

que nacen del corazón de los poetas.

Pero, ¿qué forma elijo?

Para mí la más ardua es  el soneto

por sus muchos  apremios  en la rima,

pues cuando crees  próxima la cima

no  sale bien  el  último terceto.

Por eso me merece un gran respeto

quien lo borda y esfuerzo no escatima

para  estar a la altura de la estima

que  consigue quien pone fin al reto.

Estando en esta cuita el pensamiento

aún no he decidido en qué estructura

encajaré  el fluir del sentimiento.

Aunque  la  empresa me parece dura

no me dominará   el abatimiento

y acabaré  feliz esta aventura.

También  pienso en la lira,

estrofa  con que el inca Garcilaso

quiso aplacar la ira

dejando  al viento  laso

y al  eximio fray Luis en el Parnaso.

O la   estrofa manriqueña,

llamada de pie quebrado,

tan sentida.

Con ella Manrique enseña

cómo todo se ha acabado

con la vida.

Sólo queda la esperanza

de otra morada en el cielo

al creyente

porque aquí tan sólo alcanza

hasta  que se acaba el vuelo

mortalmente.

Más formas hay para ajustar el verso

al dulce sentir, los celos, la ira,

la  pasión que arrastra

o la emoción que mueve.

Romances, silvas, décimas,

octavas,  quintillas y quintetos,

serventesios, estancias,  redondillas…

Más, líbrenme las musas

de hacer de  buñolero

partiendo a discreción los versos

cual parten ellos los buñuelos.

La saca.

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Léon Lhermitte, Los segadores.

Aguador, que no les falte el agua  a la cuadrilla de afanosos segadores. Acércate a la fuente cuántas veces hagan falta,  que el  inclemente sol castiga sus cuerpos entre las mieses doradas. El aire denso tiene una quietud de fuego cuando el  canto  aserrador  de las chicharras corta calimas en la siesta acompañando a  las hoces en la siega. Sólo los protege un sombrero de paja y un pañuelo sobre sus cabezas, que a ratos mojan con agua fresca. Brazos tensos y morenos, brazada a brazada, van dejando de rastrojos lo que fue ondulante mar de raspas. La cuadrilla avanza en uniforme alineación. Ninguno se retrasa del grupo. Pundonor y estima  obligan a no desfallecer en la faena. Arresto y destreza son galones que producen respeto.

A finales de mayo comienza la saca, que así se llama el proceso de siega, carga y transporte desde las hazas a las eras cuando las espigas alcanzan  la madurez tras pasar en el campo las lluvias de otoño, las  heladas de invierno, la tornadiza primavera, que unas veces colma y otras merma, y los solanos de mayo que frustran  el granar y la esperanza. Sacar de la tierra el fruto de los sudores del trabajo transformado en grano a golpes  de hoz y  cinturas dobladas.

 Los segadores van  juntando las mieses en su mano izquierda. Dediles de cuero protegen sus  dedos de posibles cortes.  Las gavillas  se amontonan y se  forman haces  que se atan por sus talles con vencejos. Desde el suelo  hay que subirlos al  carro, al que se han añadido  varas  para ampliar capacidad.  Un trabajador arriba los coloca y ordena  y otro  desde abajo  se los manda pinchados  con horquilla.  Cuando está completa la carga se corona y ajusta  con el cintero que sirve de tope y sujeción.

Y a las eras, que el tiempo apremia. A pleno sol por caminos en mal estado por las huellas secas del invierno,  con  baches y piedras,  el carrero arrea a la caballería,  a veces subido en una de ellas, a veces andando o  sentado sobre el tiro para hacer de  contrapeso, más pendiente de evitar el vuelco que de escuchar  los chirridos  de los ejes que cantaba Atahualpa Yupanqui. En ocasiones  se cimbrea peligrosamente y hay que atemperar el paso y extremar las precauciones.

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El carro es el medio de transporte fundamental y único hasta que lleguen tractores y remolques. Según peculio y haciendas se dispone de  yuntas y  atalaje. De yugo los más pudientes, los más modestos de dos varas laterales y en lugar de mulas tordas, alazanas o zainas, asnos rucios para cargas más livianas.

Antes de empezar la saca ha habido que engrasar los ejes con sebo,  que no es sino tocino añejo.

Por las noches dejan los labradores los  carros en sus puertas.  Los niños, evitando que nos vean pues nos despachan, jugamos en  ellos. La bolsa inferior, que es su barriga de esparto sujeta con dos galgas, nos sirve de escondite y los yugos de imaginaria conducción.  

 

 

Del mundanal ruido

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Junto a un laurel de verdes hojas pleno

paso  feliz mi tiempo y no hago  nada

porque  a su sombra fresca y regalada

hallo solaz amable  y plazo ameno.

 

¿Qué extraña sinrazón que siendo ajeno

este  vivir a fiesta alborozada

encuentre  en la existencia retirada

deleite  natural puro y sereno?

 

La grata sensación de estar ocioso

no revela pereza en nuestra mente

que encuentra en el silencio venturoso

 

cauce para el fluïr de su corriente

y cosecha de fruto provechoso

alejada del ruido inconsistente.

 

Pedir la puerta.

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Pelando la pava”. Pintura de Mariano Bertucci (1884-1955)

Las relaciones entre jóvenes de distinto sexo han perdido las formalidades que hace bastante tiempo se observaban para ennoviarse. Ahora son amigos, parejas y  un día cualquiera, sin más prolegómenos,  comunican a sus padres que se van a vivir juntos.

Antes eran pretendientes y  novios. Llegada la hora y cumplidos todos  los requisitos, casados ante el altar  de por vida,  salvo escasos  ahí te quedas que yo me voy con mi madre o a por tabaco.  Paso a paso,  que las prisas estaban mal vistas. Para acceder al estatus del noviazgo había un proceso.  Acto importante era la petición de  puerta.  La hija comunicaba a sus padres, que ya conocían la relación extraoficialmente porque en los pueblos estos temas no pueden ocultarse,   que el mozo que la pretendía  quería solicitar su avenencia  para platicar en la puerta de casa. Desde que se tuvo conocimiento del cortejo el tono de  los adioses y saludos entre las parentelas había cambiado. Un dejo más alargado y un sutil  punto efusivo. Si  era del agrado familiar se facilitaban los trámites.  El forastero pasaba  por un filtro  de investigación preliminar con envío de emisarios  de incógnito al pueblo que fuere para recabar información  sobre origen, familia  y hábitos del aspirante si no se tenían referencias, Cierta endogamia y similitud de haciendas eran frecuentes en los emparejamientos. 

La  petición de la puerta era  parte fundamental del reconocimiento oficial.

Esta noche a las nueve te estarán esperando mis padres. Y allá irá el mozo ataviado convenientemente para causar buena impresión. Nervioso, porque el brete no era baladí.  Para aliviar la cortedad unas copas  quizás ayudasen. También algo de nerviosismo habría en los anfitriones. La casa relimpia y ordenada para tan significativo acontecimiento. La comparecencia, al anochecido, hora de visitas y cumplidos, tras  regresar de las labores del campo y haber dado tiempo al aseo.  Sentado en el filo de la silla, por timidez o ganas de salir del trance cuanto antes, el azorado mozo, que sentía su ropa como cárcel, comenzaba, tras dar  las buenas noches, su breve y previsible exposición.

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Ya sabrán ustedes a lo que vengo.

El suegro facilitaba la salida airosa del trance, pues bien conocía él por experiencia propia  los apuros que se pasan en estos casos.

Concedida la aquiescencia, previas recomendaciones de formalidad y alertas sobreentendidas de los límites efusivos, empezaban las citas detrás de la puerta.

El siguiente paso era reservarles una habitación con mesa y sillas, cercana  a la estancia donde estaba el resto de la familia. De vez en cuando algunas toses para recordar presencia, que los silencios prolongados, como en los niños, suelen ser señal de travesuras.

Fulanito ya entra en casa, decían los vecinos  para significar lo avanzado de la relación.  Llegaban los días de fiesta y  se  intercambiaban invitaciones para comer en las casas respectivas, igual que sucedía en las matanzas.  Con el noviazgo se contraía un   compromiso que si se rompía por cualquiera de las partes podía suponer el desapego de las dos ramas familiares  para los restos.  

Manriqueña

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Reminiscencia arqueológica del Angelus de Millet, de S, Dalí.

Esta estrofa manriqueña

tiene en su verso cortado

decepciones,

como el cándido  que sueña

un amor  apasionado

con  ficciones.

Que del sueño a la verdad

se transforman ilusiones

en engaños

y   la misma  realidad

nos va dando pescozones  

con los años.

La pela.

Transhumancia

Desde las fincas en las riberas  del río Viar donde pastaban las ovejas, traían los pastores los rebaños siguiendo las rutas tradicionales de cordeles y cañadas para pelarlas con los primeros calores de mayo. Los mayorales eran los organizadores de todo el proceso a las órdenes directas del dueño.

Había en el pueblo tres “guaches”,  que así se llamaban los locales  donde se esquilaba. Pertenecían a tres ramas de un común tronco familiar. Estaban situados en las caballerizas de sus casas solariegas, en los corrales a los que se accedía por grandes puertas falsas.  El mayor de ellos con capacidad para más de cincuenta esquiladores. En este no se exigía un tope mínimo  de ovejas  que pelar y era al que acudían las personas de mayor edad y algunos  aprendices. En los otros dos los mayorales  establecían   una media de dieciséis ovejas por trabajador. No se controlaba esta cantidad individualmente, sino en conjunto.  Si al final del día no se había llegado al cupo quedaba como tarea para realizarla el  siguiente.  A esto se le llamaba remonta. Los aprendices sólo recibían una gratificación discrecional al final de la temporada.

El manigero estaba encargado del funcionamiento del “guache”. Dependía del mayoral  y liaba con un ayudante los vellones  de  lana  según iban pelando las ovejas.

El morenero era el muchacho que paseaba por el “guache” con una lata de carbonilla. La traían de las fraguas y servía para que  las heridas que producían los cortes no se “bichearan”. Siempre atento  a las llamadas de los esquiladores que a la voz de ¡moreno! lo reclamaban.

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Las tijeras de pelar tenían sus peculiaridades. En el ojo donde se meten los dedos centrales había una tabla pequeña y recta llamada palillo. En el otro, el del pulgar, una almohadilla de piel rellena de paja de centeno  y una pieza de corcho, el  “calcaño”, para ajustar el espacio y sujetar  la almohadilla. Ambos ojos de las tijeras estaban recubiertos de lana para evitar los roces.  Queda un dicho local sobre esta pieza. Cuando se corre demasiado en la realización de cualquier actividad se suele decir que no  se aligere tanto que  se va a perder el “calcaño”.

Los más diestros en el oficio formaban cuadrillas de cuatro o cinco y  se desplazaban a los cortijos para pelar a destajo. A principios de los años setenta cobraban cinco duros por oveja.

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Cuando el rebaño estaba pelado se realizaba el “repegao”, que consistía en marcar con pintura negra en  los costillares el hierro de la casa. Después  lo llevaban  de  nuevo al campo. Pasaban balando por las calles detrás del tañido de las esquilas que portaban los mansos.

En otoño llegaban grandes camiones  del norte de España  a llevarse la lana que se guardaba en los laneros metida en sacos. Se corría la voz entre los muchachos: ¡Ha venido el camión  de la lana!   Íbamos a la puerta  a ver los vehículos y a observar la carga.   En algunas ocasiones  nos metíamos dentro a saltar sobre los sacos.