El silencio de la iglesia
Ahora que no creo que mi cuerpo
se queme eternamente
sin acabar de consumirse nunca,
cualquier día de estos
que esté la iglesia sola,
paso por allí y entro
a la solemne quietud del silencio
que dan sus anchos muros
y el alto sus techos,
por ver si en un rincón o entre las bóvedas
encuentro la inocencia
perdida ya hace tiempo
cuando creía en un cielo de buenos
y en las llamas eternas del infierno.
Tal vez esté entre algún ramo de lirios
de los que en primavera
adornan los altares,
o flotando en el haz de luz y polvo
que desde las vidrieras
llenan el amplio suelo de colores,
o en los ecos de encendidos sermones
que perturbaron mi sueño infantil
con fantasmas y atónitos desvelos.
¿Se elevaría a las nubes entre incienso
montada en sus aromas?
¡Qué fácil es creer
si no se piensa nada!
En el viejo mecano
las piezas ya no encajan:
serafines, virtudes, querubines,
tronos, dominaciones, potestades,
ángeles, arcángeles, principados
se desvanecen pronto
en el lógico fluir del pensamiento.
Evanescentes halos
de cuentos infantiles
quedan de la inocencia en el recuerdo.
Puesta de sol
Fotografía de Juan Sevilla
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Sol que inflamado en la vencida tarde
se adentra entre los labios de los montes
y en fecunda coyunda de horizontes
en un morado de pasiones arde.
Penetrando en el fondo de la noche
deposita en las simas vaginales
simientes de los polvos siderales
vaciados con ardor y con derroche.
Amores duraderos y constantes
de una tierra que está siempre cubierta
ofreciendo en el mar vagina abierta
y en las sierras unos labios anhelantes
El llanto del ajuste
Fotografía de Juan Sevilla
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
La titular de Trabajo italiana, Elsa Fornero, se ha roto en llanto al presentar el plan de ajuste de su gobierno. Esa acción, que al menos demuestra sensibilidad social, debe causar a sus conciudadanos el mismo efecto que a los viajeros de un avión ver salir a la azafata de la cabina de mando dando gritos.
Echaremos las barbas a remojar porque aquí podemos correr parecida suerte. Teniendo en cuenta que nuestros políticos, banqueros y demás especímenes de caraduras y arrimados no van en el mismo barco que nosotros, por blindajes, cursos acelerados de cotización y sustracciones varias, será la sufrida infantería la que apechugue con los costos de esta acerba crisis.
Ese dinero invisible que se mueve diariamente de sitio con órdenes electrónicas de compra-venta nos puede arruinar aun más sin que nos enteremos de que es nuestro sudor el que se evapora vía electrónica; movimientos de capitales con sombrilla y hamacas que buscan el refugio seguro de paradisíacas playas fiscales. El otro, el del empleado, el artesano, el tendero, el pequeño empresario, el que se cuenta a final de mes euro a euro y se guarda como tesoro, apreciando lo que cuesta ganarlo, no es responsable los desaguisados económicos actuales. La España del cincel y de la maza, expresión de D. Antonio Machado, no es culpable de la impericia de los timoneles ni de la avaricia de los desalmados.
Cordeleo y alcuceo
El Honrado Concejo de la Mesta creó una serie de caminos y accesorios para que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas, coladas, descansaderos, contaderos…
Los pastores con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las templadas tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.
En su transitar por estas vías ganaderas el ganado comía las hierbas que encontraba a su paso, sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechando el viaje con bocados aquí y allá.
Como residuo metafórico de esta actividad en Ahillones existe la expresión “ir de cordeleo” para referirse a las pandillas que van de bar en bar tomando copas.
Cuando el candil era uno de los instrumentos usuales para la iluminación por falta de luz eléctrica se disponía de una alcuza donde se guardaba el aceite que se le echaba a la mecha para que, empapada del rudimentario, pero efectivo combustible, siguiera alumbrando desde el topetón de la chimenea, por ejemplo. De este uso se han derivado expresiones relacionadas con la costumbre de empinar el codo. Así “estar de alcuceo”, significa estar bebiendo. Si vemos a alguien que ya está en una fase avanzada del proceso decimos que está alcuceado. “Ayer estuvimos todo el día de alcuceo”, le referimos a alguien que nos encontramos al día siguiente para explicar nuestro estado de destemple. “¡Qué alcuza lleva ese!”, utilizando aquí el término alcuza como sinónimo de borrachera.
La analogía de echar aceite al candil para que se empape la mecha y la de ingerir, generalmente vino, empapándose uno por dentro, está clara. Tanto es así que si algún conocido le afeaba a otro su costumbre de beber tanto vino le contestaba ofendido: “¿Acaso tú lo echas en el candil?”
“Escusá/o”
El culo no le descansa
si oye ruido por la calle.
Vende el alma a Satanás
si pudiese repicar
y salir en procesión.
Estando en una reunión
tiene puestas las orejas
en otra conversación.
Faltan ojos a sus cejas
para poderse llevar
todo lo que le rodea,
crepita como la sal
al echarla en la candela;
esquiva como lamprea
si se le quiere pescar,
cual rayo relampaguea
sin poderlo remediar.
Vaya persona “escusá”
que a todos los sitios llega
sin haber sido “llamá”.
Atardecer en la plaza de Llerena

Al atardecer, dos ojos de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.
¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?
Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.
Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.
Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.
Se levanta una suave brisa que atusa los picos de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo punk.
A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.
¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?
¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?
¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?
¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?
¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?
Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.
Canción infantil
Fotografía de Juan Sevilla.
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
La tarde es transparentemente fría,
azul y luminosamente corta,
tenue, delicada, frágil;
casi un suspiro de sombras
de finales de noviembre.
Llega una canción de fuera
en lejanas voces infantiles,
voces envueltas en candor y seda
que apenas tocan leves los cristales
y se van por los resquicios del aire.
Rutina
Se encienden suavemente las esquinas
cuando la luz resbala cada la tarde
por la lejana espalda de los montes
buscando del océano las orillas.
Regresan los labriegos por caminos,
de la brega, el sudor y la fatiga,
a mujeriega de cansadas mulas
en busca del calor y del cobijo.
Llama el bronce ruidoso a la oración,
al rezo del temor que da la noche.
Al alba volverán a la besana,
a la rutina, al surco y la labor
hasta que el sol se duerma una mañana
entre la espuma blanca de las olas
y queden secas las espigas solas
en desolados campos de dolor.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino
http://www.panoramio.com/user/1368766?with_photo_id=18723512
La prima y el olivar
CARTA EN EL PERIÓDICO HOY 25-11-11
La madre le preparó el traje y lo mandó a la plaza a lucir el tipo de mocito en edad de merecer. A la luz clara del día las mangas del repasado traje le venían un poco cortas, igual que las perneras a pesar de haberle soltado las bastillas. Estrecho el talle de forma que si se abrochaba el botón delantero le respingaba la chaqueta por detrás. El brillo resaltaba en antebrazos y culeras por el uso de difuntos usuarios. Aseado sí iba, recién duchado y con brillantina en el pelo, buen tipo, prestante presencia y seguro el paso.
Pero esa prima lejana apetente y resabida no se dejaba embaucar. Estaba avisada por su padre, tratante avezado de ferias y mercados. La tenía bien aleccionada: olivares, buenas casas y cortijos y feraces tierras de labranza. Las apariencias engañan, entérate de hipotecas y desahucios. Así que la escurridiza parienta, cuando contestó a sus requerimientos, lo hizo con folklórico recochineo: “Anda diciendo tu madre que tienes un olivar y el olivar que tú tienes es que te quieres casar”.








