La oficina administrativa de la ITV es la sala de espera de una clínica con médicos de monos azules que inspeccionan tu vehículo y dan el visto bueno para que puedas seguir circulando. Llegan el dueño o la dueña de la máquina rodante con gesto serio y despistado pidiendo la vez. Tras el aguardo algo nervioso y pensativo, pasan, carpeta en ristre con la documentación, al túnel de operaciones. Luces, limpiaparabrisas, claxon, gases, meneos de los ejes, rodillos, frenos, volantazos a izquierda y derecha (por cierto, tuve ocasión de observar el ímpetu con que movía el volante el conductor que me precedía. No sé cómo quedaría con sus cervicales). El examen termina y se sale a la luz del día por la puerta opuesta tras el inmisericorde zarandeo propinado al coche. De nuevo a la oficina donde se espera con ansiedad el dictamen facultativo. Llama el empleado que devuelve la documentación con la pegatina recién obtenida o pronuncia la temida frase: “tiene que volver”. El apto conlleva un cambio radical en el semblante del dueño del vehículo. Si a la llegada dio unos buenos días que daban pena, ahora falta poco para que abrace al oficinista que le entrega tan preciado salvoconducto. La despedida a los presentes que siguen aguardando, es eufórica y amable, hasta la acompaña de gestos de cabeza y manos. Y es que somos como niños.
Campaña electoral
Las próximas elecciones
serán sobre Venezuela
y no sobre la cazuela
que se cuece en los fogones.
¡La cosa tiene cojones!
Con los temas que tenemos
y que solamente hablemos,
para ocultar las tarjetas
y los robos de los jetas,
del partido de Podemos.
Los jefes a su porfía:
Que a mí no me das lecciones,
que tú tienes más ladrones,
que tú eres más todavía.
¿Y de lo nuestro qué había,
señores procuradores?
¿Olvidan nuestros dolores,
mientras sobre el lodazal
discuten del bien y el mal
postulantes regidores?
Musgo y piedra
Cuando las velas de tus deudos
extingan de sus pábilos las llamas
sólo musgo y piedra
velarán tu sueño eterno.
En las grietas de las losas
crecerá bravía la hierba
y los vientos del otoño
arrastrarán hasta tu tumba espinos secos.
Nadie evocará tus andanzas
ni sabrá tus historias.
Quienes te conocieron
labrarán contigo el mismo huerto
de moradas malvas.
Para los nietos de tus nietos
ni siquiera serás un recuerdo.
Monaguillos
Fui monaguillo de repiques, de ayudantía y de trastienda, que en gajes eclesiásticos recibe el nombre de sacristía. No figuraba yo en la nómina de los doce duros al mes que el cura estipendiaba a los fijos, sino en el ramo de aficionados y en cierto deber moral que nos comprometía a los seminaristas. Conocíamos los monaguillos mejor que nadie los entresijos ceremoniales de las misas y sus prolegómenos de sacristía. Ayudar al cura a vestirse para las funciones religiosas era tarea reservada a los veteranos del escalafón. Había que saber diferenciar colores para cada tiempo litúrgico y prendas para cada ceremonia: amitos, albas, cíngulos, casullas, roquetes, estolas, manípulos… y conocer el orden de su colocación. Cuando los curas se las guisaban en latín, corría por los mentideros del vulgo una explicación apócrifa y burlona del significado de las misas, que nos refirió un día un sacerdote para explicarnos una de las razones de la implantación de la misa en el idioma del país.
La versión era que en las misas antiguas salía el reverendo de la sacristía, calado de bonete, con dos acólitos de escolta y oficiaba en el altar mayor, de espaldas a la feligresía. Poco más entendían los presentes que los momentos en los que había que levantarse, sentarse o postrarse. De vez en cuando el cura se daba la vuelta, abría los brazos y decía el conocido y repetido “dominus vobiscum”, que los fieles, faltos de conocimientos latinos, traducían libérrimamente como “¿alguno de vosotros lo ha visto?”, deduciendo que se referiría al extravío del gorro llamado bonete, porque de la sacristía seguro que salió con él y ahora no lo llevaba en la cabeza.
A media misa recorrían los monaguillos los bancos con bolsas pidiendo limosna. La crédula parroquia pensaba que iba destinada a sufragar la reposición de la prenda desaparecida. Así que a colaborar, aunque bien sabía Dios que ellos no habían sido los usurpadores de tan sagrado complemento y de la dignidad que conllevaba.
Contento el cura con lo recaudado en la colecta echaba un trago para celebrarlo, y agradecido, en justa correspondencia, repartía hostias a todo el que quería acercarse. Entiéndase en el nutricio sentido de la palabra.
Por fin, uno de los monagos se separaba un poco y de un rincón, sin saber cómo, regresaba con el bonete en la mano. El cura se lo calaba y, los monagos delante, enfilaban satisfechos el camino de regreso a la sacristía cantando: “La misa ha terminado cantemos con fervor que nuestra vida sea una misa señor”. No deja de ser una hipérbole humorística para resaltar la barrera de desconocimiento que se levantaba entre el oficiante y los fieles.
Termino con dos anécdotas de aquellas funciones y de aquellos tiempos. A la hora de la comunión un monago sostenía una vela y el otro ponía la bandeja debajo de la barbilla del comulgante para que en caso de que cayera la sagrada forma o una partícula por minúscula que fuese lo hiciese sobre ella. Nos distraíamos mi amigo Francisco y yo, a falta de ocupaciones más complejas, viendo como sacaba la lengua cada uno de los comulgantes. Había una mujer con un ojo de cristal que nos provocaba la risa cada vez que acudía. El cura, que ya conocía nuestra debilidad, nos miraba con el rabillo del ojo a los dos cuando la buena mujer se acercaba en la fila, no sé si advirtiéndonos para que nos contuviéramos o siendo cómplice de nuestro regocijo.
Un secreto de sacristía era el lugar donde se guardaba el vino para la consagración. Estaba bajo llave en uno de los armarios. Sólo el sacristán era el encargado de llenar las vinajeras. Un día, bastante tiempo antes de empezar la misa, tuve que ir, mandado por el cura, a llevar algo y sorprendí al sacristán dándole un trinque a la botella. Como no había explicación posible que justificara la libación, me ofreció como una especie de chantaje y complicidad probar el fruto de la vid de la botella que aún tenía en sus manos. Así obtuve una posición de privilegio en el trato que de tarde en tarde se materializaba con un trago de aquel vino tan exquisito.
Referido sea todo lo anterior con el máximo respeto y sin ánimo de molestar, pero así fue y así lo cuento.
Llerena, 18 de febrero de 2015. Tertulia literaria del ateneo llerenense.
Mujeres valientes
¿Qué juglar glosará tu valentía
si el falso libro de la historia calla
relato meritorio de medalla
y mención que resalte tu valía?
El duro batallar de cada día
donde ni el sufrimiento hizo muralla
ni a tu entrega frenó ninguna valla
ha de tener su justa apología.
En tiempos de carencias, hambre y miedo
silenciosa, sufrida y olvidada
luchaste por tus hijos con denuedo.
Tenaz mujer, a ti va dedicada
en solar patrio de Caín y ruedo
esta loa debida y tan ganada.
Gastos de representación
Oí hace muchos años una anécdota, seguramente falsa, pero significativa del descontrol y manga ancha con que se elaboraban y justificaban algunos presupuestos municipales tiempo ha. Un alcalde y su secretario dudaban en qué capítulo ubicar un gasto de dos millones de pesetas de la época. El alcalde, sin complicarse mucho la vida encontró pronto la solución:
-Ponlos en tinta.
Ya no hace falta que las seseras de ciertos representantes y adláteres se devanen buscando acomodo presupuestario a partidas de difícil justificación. Hay capítulos elásticos, cajón de sastre donde pillos y vividores de laxa conciencia y escasos escrúpulos esconden o disfrazan sus juergas y hartazgos. Los gastos diversos y los de representación pueden albergar desde libaciones en whiskerías hasta comilonas pantagruélicas, pasando por fiestas nocturnas en la feria de Sevilla, o mariscadas regadas con selectos vinos de Jerez. Los beneficiarios de estos dispendios cubren su descaro y desvergüenza con la manta protectora de la indefinición contable.
Si se comete la torpeza de especificar demasiado algún gasto como de feria, por ejemplo, siempre cabe la posibilidad de diluirlo, a instancia de superior, dentro de los gastos de representación, con lo que desaparecen como por encanto cena con músicos incluidos y barra libre.
A buenas horas
(Vida, muerte y lujuria de Sebastián Loaiza)
Cuando la sangre fresca está en el ojo
y fogosa en el cuerpo borbollea
el ardor que se incendia como tea
asoma con vergüenza al rostro rojo.
El pudor constreñido es el cerrojo
y el recato adornado con librea
encubre la pasión cuando flamea
produciendo abstención y fuerte enojo.
Librado de prejuicios y aprensiones
y dispuesto al desquite, la lujuria
busca goce sin fin ni condiciones,
más lo que fue abundancia ya es penuria
y aquel celo quedó en sus intenciones
por freno, timidez y falsa incuria.
Soberbia.
Siéntate en la puerta de tu casa.
Verás pasar cabezas pretenciosas
que al cielo pareciera
alcanzan con los picos de sus crestas
y las suelas do apoyan su altivez
eluden o desprecian.
Van ciegos en sus ansias de grandeza.
No te sientas dañado en el desdén
que nutre su soberbia.
El más grande desprecio a su arrogancia
es que sepan
que a nadie importa su insolencia.
Sinecuras.










