Infancia.

perroperdiz

En un rincón  de la tarde juega un niño

en las horas difusas  del crepúsculo,

cuando la luz dorada se descuelga

de los altos  picachos de las torres

a las simas en sombras de los valles.

El lánguido tañido de los bronces

bate  los tonos grises de la tarde

en un crisol de tenues  redondeces.

De la   infancia la patria  se desliza

con sabores de pan y chocolate,

dulcemente,

hacia el abrojo de la edad madura

por la inevitable inclinación  de la pendiente,

sin saber el tesoro que se pierde.

Julio.

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A lo lejos espejea  la  flama 

que emerge  del suelo

con dedos de translúcidas  llamas. 

El aire calinoso

se agazapa ardiente  

en solitarios caminos polvorientos.

Un cante de trilla

ronda por las eras

al  son de  cascabeles.

Avispas  negras y amarillas

merodean indecisas y esquivas

por la cuba de cinc

en el brocal del pozo.

En su fondo el agua oscura y  quieta

absorbe el eco de voces infantiles

en la hora de  la siesta.

 

 

Evocación.

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Mientras me tomo la vida

en una copa de vino,

suena lejano en la noche

el ritmo de un viejo tango.

La nostalgia de volver

a donde se fue feliz

-o al menos así se cree-

siempre lleva al desengaño,

porque no es igual que ayer

el  arrabal añorado

donde estuvimos antaño.

Sólo la mente conserva

ese tiempo retenido

-burbuja de dulce miel-

que la añoranza recrea,

pero ya nada es lo mismo.

Regresa el tango otra vez

con su evocador sonido

enredado en las estrellas

con  clave de luna llena

¡Echa otra copa de vino!

El tío de la sangre.

sangre

A  los niños nos metían miedo los mayores porque era la forma más efectiva de tenernos controlados. ¿Quién no ha escuchado  alguna vez aquello de “¡Que viene el coco!” para que nos calláramos o dejásemos de meter ruido?

Cuando llegaba el tiempo del verano, en esas interminables horas de sopor de la siesta en que el pueblo entraba en un letargo de plomo y chicharras,  nos asustaban con los tíos de la sangre, que secuestraban a los niños para extraerles el preciado líquido rojo. Yo me los imaginaba como vampiros que nos chupaban las venas y nos quedaban más secos que una mojama. Así que durante esas horas, si no nos acostábamos al menos tampoco nos íbamos por  esos campos tan solitarios a esas horas.

La “Mora” vivía en la humedad negra y profunda de los pozos como una bruja desgreñada con largos brazos y retorcidos dedos que arrastraba hacia el interior del pozo a los niños que se asomaban al brocal. Con esa amenaza procuraban evitar el peligro de que nos cayéramos dentro.

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Otro personaje de la inventiva popular era el “tío del Sebo”. Quizás asociada su figura a la negrura de la grasa que tenían  las ruedas de los carros para lubricarlas y que no era otra cosa que tocino añejo que adquiría esa tonalidad con el roce y el polvo de los caminos.

En la finca de Valjuncoso existía y aún existe, aunque taponada de piedras y tierra, la cueva de Poro. Esta persona, que existió realmente, adquirió con el tiempo y la imaginación la imagen huraña y esquiva  que le confería su aislamiento y desaliñado aseo.  Debió ser un hombre que vivió de forma semi salvaje por aquellos parajes. Tan repulsiva  presencia hubo de tener que cuando no obedecíamos nos amenazaban con que vendría Poro a por nosotros, una especie  de monstruo agresivo que se comía a los niños.

Antigua siega.

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(Cuadro de  Rossend Franch Cubells)

Vienen de  juntar  gavillas

en  haces rubios de espigas

con sudores de solano

y abrazadera de hocinos.  

Las manos,  rugoso acero,

traen arcilla entre los dedos

del fondo de los destajos.

Tanto trabajo doblados

sobre el arado y la tierra  

anudó un pañuelo al cuello

uncido al yugo y la pena.

Con ritmo de  hierro y sebo

van los carros con carreros

por las sombras verticales

de la flama y la calima.

Surcos de  viejos senderos

hechos de brega  y fatiga    

con huellas de polvo seco.

La radio.

radio

El 23 de febrero de 1981 la radio se convirtió en el cordón umbilical que nos mantuvo informados de la asonada golpista que Tejero protagonizó en el Congreso de los Diputados. Se habló entonces de la noche de los transistores y muchos descubrieron el papel  que  la voz llegada a través de las ondas puede desempeñar en ciertos momentos.

Mi generación y las anteriores lo habíamos descubierto hacía tiempo. Las noches de invierno en las que había que tener a mano las velas y los quinqués porque  la luz eléctrica dependía  de que una brisa no derribara un palo del tendido eléctrico, nos acompañaba radio Andorra con Liria y Juan Francisco, locutores que se hicieron populares entre los oyentes: “Aquí radio Andorra, emisora del Principado de Andorra. Emitimos en onda normal de…”

De la música que emitían recuerdo algunas canciones de “José Luis y su guitarra“, como  “Mariquilla”:

“Tu cara de rosa y jazmín,
han encendido de un modo mi alma
que ya he perdido la calma
y hago locuras por ti, mi bien.
Mariquilla bonita, graciosa chiquita,
tienes mi querer. Yo te doy mi vida,
mi alma y mi sangre y todito mi ser.
Y te canto bajito lo que te quiero,
cuánto te adoro, tú eres mi bien

y “Campesina”:

“Las mujeres de Colombia son más bonitas que el Sol, 
las de la ciudad dan fuego, las de la ciudad dan fuego, las del campo dan amor”. 

JLyGuitarra

También la clandestina e interferida  “Pirenaica” que oíamos cuando la puerta de casa estaba bien cerrada y con poco volumen para que no  se escuchara fuera, que no estaban tan lejanos  los tiempos de las delaciones y las inquebrantables lealtades. Así que cuando alguien llamaba a la puerta de las doce de la noche en adelante,  a esas horas siempre con malas noticias, la primera reacción  instintiva era apagar el aparato, sino se escondía también debajo de la cama.

Las tardes las dedicaban nuestras madres, abuelas, tías y parte del vecindario a la costura, si hacía buen tiempo en el patio o en el corral y si no en la sala. Entre el silencio de las puntadas y alguna lágrima emotiva  se oían las novelas. “Ama Rosa” y “El derecho de los hijos” de Guillermo Sautier Casaseca  y Rafael Barón marcaron toda una época. Todavía recuerdo algunos de  aquellos nombres de extraordinarios vocalizadores y actores radiofónicos: Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Eduardo de la Cueva, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez.… Si los muchachos llegábamos a la hora que estaban escuchando la novela con entrada impetuosa y bullanguera  a pedir la jícara de chocolate  o el pan con aceite y azúcar la respuesta era un siseo  acompañado de dedos en los labios para que nos calláramos.

Alberto Oliveras con esa voz envolvente y persuasiva presentaba un programa en el que recaudaban dinero para algunos causas humanitarias. “Ustedes son formidables” se llamaba. Con motivo de las inundaciones que produjo el desbordamiento del río Tamarguillo en Sevilla (25 de noviembre de 1961) consiguieron recaudar tres millones de pesetas (de aquella época) para los damnificados.

Los niños de entonces no teníamos ni móviles, ni videoconsolas ni ordenadores. Nos criamos, en la primera infancia,  acompañados del sonido y las voces de la radio. Las imágenes  la poníamos cada uno  con nuestra imaginación vagando libre por las regiones de la fantasía.

 

Reloj, no marques las horas.

 relojnomarques

 

 

¿Quién no ha pedido alguna vez que  pare

el reloj  el andar de sus manillas

al ritmo musical de aquel bolero

que el mejicano de Ciudad Madero,

Cantoral, le escribió a su esposa un día?

Entre brumas de olvido y fantasía,

mezclando lo  que fue con los deseos,

vivimos una noche inolvidable

allá en el fondo de la edad perdida.

Cuando las notas de   esta melodía

extienden sus acordes por el aire,

¡oh, beatíficas caras trascendidas

hacia la mística de lo sublime!

Amanecerá- porque nadie escucha

la vana pretensión de que se quede

el tiempo detenido en nuestras manos-

Que el sol me encuentre entre tus brazos quiero

al aire fresco de la amanecida

y el fondo musical de este bolero.

 

Haba.

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Le pusimos “Haba” cuando llegó a casa de rayón. Lo trajo mi padre de Las Cabezas, una finca del Pedroso.  Era tan pequeño que tuvimos que alimentarlo con biberones de leche.

Mi padre lo sacaba de paseo y se iba tras de él como  si fuera un perrillo. Entraba en los bares y se acostumbró a comer las avellanas que le daban los presentes.

Creció y  se lo llevó Antonio Gimón al huerto que tenía su casa donde disponía de más espacio. Un día de jueves santo se les ocurrió a su amigo Antonio y a mi padre  llevarlo a Berlanga. Lo bajaron del coche y como siempre se fue detrás de ellos. Los que venían en la procesión con el santo a cuestas no daban crédito a lo que estaban viendo. Al encontrarse de frente se produjo primero la sorpresa y luego la desbandada. Faltó poco para que los portadores de la imagen la dejaran en el suelo y saliesen corriendo también

Un agente municipal  les conminó a que se llevasen de allí a “Haba” para que pudiese continuar el cortejo. Así que subieron al coche y los asustados fieles siguieron el recorrido.

En otra ocasión, una noche de verano, cuando regresaba mi padre de paseo con él, se metió en la casa de unos vecinos que comían tranquilamente su gazpacho con las puertas abiertas de par en par. El primero de la familia  que  se percató de la presencia del animal se subió a una  silla pidiendo una escopeta, mientras los otros miembros corrían despavoridos hacia el corral.

Estuvo con nosotros unos años, pero ya era peligroso sacarlo por ahí. Así que,  para evitar males mayores, tuvimos que sacrificarlo muy a pesar nuestro.

Mayo.

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Flor de   espigas

al albur de los  solanos.

Bacanal campestre

en  honra de  patrón gañán,

justo en el parteluz de la vertiente.

Amapola en la   falda de la siembra,

mecida en olas verdes.

Orla de  flores al símbolo eterno de  la muerte,

duelo inacabado y  recurrente.

A  la  virgen, infantiles voces

de ingenuos corazones

en la  capilla  a coro del colegio

donde llegaba el olor a  azahar

del patio de  los naranjos.

Céfiros en  tu pañuelo al cuello,

mariposa impaciente y perfumada,

acariciando  tu  encendida cara.

La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.

 

Las abuelas.

 

abuelascosiendo

 

Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro  guiado por las manos  temblorosas  de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas  cosían e hilaban  en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.

 Trabajar  bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio  contemplando detrás de los visillos  el diario transcurrir de otros vecinos. Si en  alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos  que pocas  se  mojaron los pies en sus orillas.  Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos  se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.