Supersticiones
No se me ocurría darle vueltas a una silla ni a un paraguas. Decían que eso atraía desgracias. ¡Se podía morir el más pequeño de la casa! No comprendía yo la relación entre ambos hechos en mi débil razonamiento infantil.
Tampoco la correspondencia que existe entre la mirada de una persona que ha sufrido el quebranto de un ojo y los infortunios que acarrea. Pero el dicho existe: ‘Parece que me ha mirado un tuerto’ se dice cuando suceden varias adversidades en poco tiempo.
Lo del ‘mal de ojo’ es parecido. En este caso el maleficio no se debe a carencia de órgano, sino a que hay personas que tienen poderes para transmitir males a otras de forma intencionada o involuntaria. Son los denominados aojadores. Deriva esta suposición de la leyenda del contemplador u ojo maligno, un ser malvado y monstruoso parecido a un pulpo gigante con un ojo central muy grande y otros más pequeños en los pedúnculos. Era invocado por personas con malformaciones para que produjera males a otras. Hay quienes lo detectan e intentan curarlo con un poder no se sabe si innato o recibido de algún ser ultra terrenal. El proceso consiste en echar unas gotas de aceite en un vaso de agua y comprobar su comportamiento entre plegarias y cruces. Se pronuncian el nombre y los dos apellidos del afectado y comienza el ritual: “Si tienes mal de ojos que te lo cure Dios, con sus clavos con su poder, con su cruz y con el dulce nombre del buen Jesús”. “Dos ojos te mataron, otros dos te sanarán”.
El llamado mal de luna llena o alunamiento sigue un ritual muy parecido al del ojo.
Las supersticiones son según el diccionario de la RAE creencias extrañas a la fe religiosa y contrarias a la razón, pero en mi opinión los límites están confusos. Forman parte de nuestras costumbres e idiosincrasia. ‘Hoy me ha levantado con el pie izquierdo’, decimos cuando no nos salen bien las cosas. Ser zurzo se consideraba antiguamente una anomalía, iba contra natura. ¡Cuántos niños y niñas contrariados en su lateralidad por profesionales, padres y madres ignorantes! Todavía hoy ciertos deportistas saltan al campo procurando que sea el pie derecho el primero que lo toque.
Pasar por debajo de una escalera, vestir de amarillo, cruzarse con un gato negro, la rotura de un espejo, entre otras cosas y hechos se asocian igualmente con la mala suerte. Los toreros procuran que la montera no caiga boca arriba tras el brindis y si tienes que casarte o embarcar procura que no sea martes y trece.
Si algún supersticioso tiene la mala suerte de que se le derrame un salero debe coger un puñadito y tirarlo para atrás por encima del hombro para ahuyentar desgracias.
¿Quién no ha escuchado alguna vez la expresión ‘toquemos madera’ como salvaguarda y escudo?
Todas las supersticiones tienen su explicación en tiempos en los que cualquier fenómeno o suceso de los que se desconocía la causa lógica es atribuido a fuerzas ocultas del más allá, a designios desconocidos.
Un mundo esotérico de brujas, demonios, hechizos y sortilegios donde avispados adivinadores sin fundamento pululan a la caza de los crédulos.
Seguro que usted, amable lector, conoce muchas más supersticiones y prácticas de este tipo.
Cambio de hora.
Cuenta la leyenda que el capitán Pelay Pérez Correa, quien llegó a ser maestre de la Orden de Santiago, pidió a la virgen que detuviera la marcha del sol hacia el ocaso para poder acabar una batalla que sus tropas libraban contra los sarracenos: “¡Santa María, detén tu día!”, fue su súplica. En agradecimiento por el favor recibido mandó construir en lo alto de la montaña una ermita, convertida actualmente en el monasterio de Tendudía, en un paraje de gran belleza.
Salvo este prodigioso caso, surgido de la imaginación y devoción populares, no conozco ningún otro en que se haya parado o acelerado el paso del sol por la bóveda del cielo. En el siglo XIII todavía no se había descubierto que era la tierra la que giraba alrededor del sol por lo que sería a ella a la que echarían el freno.
El deseo imposible de detener el tiempo se da también cuando lo estamos pasando maravillosamente. ¿Quién no ha querido alguna vez que el reloj detuviera el andar de sus manillas, como dice el bolero del mejicano Roberto Cantoral, “Reloj, no marques las horas…”? También queremos que pase cuanto antes cuando se sufre.
La humanidad ha parcelado la cadencia de la luz, pero el tiempo no necesita relojes para continuar su paso inexorable. Los usamos porque necesitamos tener referencias temporales para relacionarnos con el mundo que nos rodea, para ponernos nerviosos esperando o para agitarlos cuando algún soporífero tostón nos está haciendo insoportable la velada.
El reloj auténtico es el sol con su péndulo de alboradas y ocasos. Las maquinitas acompañan con ritmos de tictac, campanadas, cantos de cuco y guiños digitales el majestuoso y aparente paseo del astro rey por el cielo.
Algunos de nuestros antepasados usaban relojes de bolsillo, con cadena asida a un ojal del chaleco. Una de las marcas era “Roscopatent”, que debe el nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo Georges Frederic Roskopf. Los labradores y ganaderos los necesitan menos. Un buen amigo, al que le salieron los dientes en el campo y que lleva desde niño viendo amaneceres y puestas me contó que tiene un sistema para calcular el tiempo que le falta al sol para ocultarse. Extiende su mano y coloca los dedos juntos, de pantalla; mide desde el horizonte hasta donde está el astro rey. Cada medida equivale a una hora.
-Pero, Juan, dependerá de lo largo que se tenga el brazo y lo gordo que sean los dedos.
-Chispa más o menos, a mi me da el apaño- me responde oscilando la mano a derecha e izquierda.
Llega por estas fechas de nuevo el cambio de hora. Este vaivén periódico de manillas empezó en el año 1974. Anteriormente, en el año 1942, Franco había adelantado una hora con respecto al huso horario que nos corresponde por situación geográfica a la mayor parte de España. En la campaña de las últimas elecciones generales algunos líderes prometieron que iban a impulsar el cambio de huso horario para adecuarlo a nuestras necesidades, promesa que dormirá hasta la próxima convocatoria electoral, aunque como está el patio quizás sea prudente no retrasar más los relojes cuando hay algunos que nos quieren llevar demasiado atrás. A los tiempos de la Edad Media, cuando los reinos de Taifa.
Ni tanto ni tan calvo.
Existe una percepción idílica de la vida en los pueblos pequeños. El campo está cerca y se puede disfrutar de él saliendo a los ejidos y a las huertas. El sosiego, la paz con estampas bucólicas. Pero también hay inconvenientes a los que unos se acomodan mejor que otros cuando se vive siempre en ellos.
En un grupo social reducido suelen darse afectos sinceros y odios profundos. Ya lo dice el refrán: “Pueblo pequeño, infierno grande”. Existen castas, no en el sentido de privilegio ni separación, sino de pertenencia o linaje, racimos de familias con intereses entrecruzados. Herencias, rencillas, lindes,… La cercanía acrecienta y profundiza los afectos y los desafectos.
Una persona en la ciudad puede ser un anónimo ciudadano del que solo saben sus vecinos de piso por encuentros esporádicos en la escalera. Se pueden tener actividades, aficiones e incluso una vida paralela sin que nadie sospeche nada. En un pueblo pequeño es muy difícil. La convivencia y las relaciones sociales entre los vecinos son fluidas y frecuentes. Visitas, saludos, invitaciones…las más de las veces educadas y afectuosas, pero otras solo aparentemente.
En el pueblo no solo eres tú, sino que eres hijo, nieto y bisnieto, hermano, padre o cuñado de. Miembro de una red de parentescos que te identifica y te encuadra. ¡No tendrá a quien parecerse!, dicen cuando algún rasgo de la personalidad o conducta recuerda a los ancestros.
Para hacerse una idea del entronque hay casos en que para nombrar a una persona se recurre a enlazarlos con sus padres y abuelos. Así, por ejemplo, Pedro, el de María la de tío Eusebio.
Aparte están los motes que a veces designan a familias enteras por el lugar de trabajo u oficios desempeñados: los de Valjuncoso, los de Cartuja…O por algún acontecimiento: los de la herencia o los del medio millón.
Tan intensas son las relaciones como extensas pueden ser las distancias si se deterioran. Un abandono de noviazgo, una invasión de lindes o desavenencias por un pozo compartido pueden ocasionar enfados irreconciliables de por vida, transmisibles de padres a hijos y extensibles a toda la parentela.
Un gran hermano de visillos y esquinas es el guardián moral de las más acendradas tradiciones. Vigila, mantiene y encauza por la senda de normas no escritas la decencia y los comportamientos ajenos y esto es corsé que a muchos aprisiona.
Las nuevas generaciones han roto afortunadamente muchas ataduras y soltado muchos lastres. Hacen lo que les da la gana sin importarles las opiniones ajenas, pero tiempos hubo en que un embarazo sin haber pasado por la vicaría mandaba a las afectadas al lazareto de la marginación con estigma y cicatriz de por vida. Convivir con la pareja sin casarse, era marca de infamia y desprestigio con recriminaciones desde el púlpito y runrún de los corrillos. Yo, que soy un amante del pueblo, no dejo de reconocer sus virtudes y defectos. Y aprecio el buen y casi familiar trato entre vecinos, sobre todo los de por cima, por bajo y los de enfrente con los que se tenía una relación especial. Eran los primeros en acudir en ayuda en los casos de apuro. Por eso, ni tanto ni tan calvo. Ni todo es tan idílico ni se anda siempre a tiros.
Sequía
Las sequías son cíclicas y pertinaces Lo sabemos por experiencia y por la cantinela que escuchamos tantas veces.
Otra vez ancla en nuestros lares con las garras del “ciego sol, la sed y la fatiga”. El labrador que “del cielo aguarda y al cielo teme” mira cada tarde al horizonte buscando indicios de lluvia en la dirección del viento o en el aspecto del cielo, como el padre del hijo pródigo lo esperaba a las afueras del pueblo, anhelando que la silueta en lontananza fuera la esperada.
Ya cesaron los arrullos de las tórtolas en las dehesas, migraron las golondrinas y vencejos a tierras africanas. Entrado el otoño llegarán del norte los zorzales, las grullas, las avefrías, los chorlitos,…pero el agua que debería venir del Atlántico no acaba de llegar.
El hombre aguarda y escudriña cualquier leve indicio. Sospecha que algo pasa, que el clima, lenta e irremisiblemente está cambiando. Fallan los barruntos que antes anunciaban la lluvia. Los cercos de la luna y el sol, los nietos que les salen a los lados y que los técnicos llaman parhelios, la forma de elevarse o agacharse el humo de las candelas, el comportamiento de las aves…
Los pozos han profundizado oquedades y ha habido que añadir soga para llegar al agua, si queda, allá en las sombras, donde la mora acecha la cara de los niños que se asoman al brocal. El sol del mediodía, caricia de luz irisada cuando está en lo alto, no alcanza a tocarla.
Los musgos secos y amarillentos ansían el mullido verdor cuando resbala la lluvia por sus rocas.
Los arroyos, gavias y regajos son arterias sin flujo de un cuerpo que agoniza. Los espinos y los cardos secos se amontonan en las alambradas, como espectros de relámpagos interrumpidos que demandan auxilio con los brazos abiertos.
Añoro las noches en que pasan las nubes cuarteadas y veloces delante de la luna, como borregos que huyen de los lobos. Si las miras mucho rato parece que es la luna quien corre en dirección contraria. Una calle a oscuras, un tejado claro que al poco intercambian luz y sombra. Al día siguiente flecos grises se arrastran por las crestas de la sierra, empujadas por los vientos ábregos cargados de humedad. Quiero que llueva en la quemada piel por el sol de los barbechos, bálsamo tibio de esperanzas verdes, en los alcores calvos y resecos; que lloren las alamedas y los chopos con el gozo risueño de sus hojas. Que el viento, perrillo suelto, suba a la cima de las nubes y juegue al escondite en las esquinas, que silbe en las cornisas y en los cables del tendido. Quiero ver llover sobre las tejas que guardan el verano dentro. Que la lluvia derroque la sucia corona de las ciudades y la arroje sobre el suelo, revolución limpia con las armas de la lluvia, que aclare los cristales empañados de la atmósfera, que abra la tierra, prieta de sequedad en sus entrañas enquistadas, que cesen las tolvaneras en los páramos desiertos. Agua fecunda, limpia, mansa y caladera sobre las ciudades y los campos. Y después que refleje el sol su brillo sobre las primeras hierbas del otoño y en el arroyo corra clara entre los guijarros y los limos.
El HOY de ayer
A comienzos de los años setenta residía yo en Badajoz por razones de estudio. Compraba el periódico HOY cerca de Puerta de Palmas, cuando iba camino de la escuela de santa Engracia, cerca de la barriada de la Estación. El puesto de venta era muy simple: los diarios en una silla de tijeras con una piedra encima para que el viento no los deshojara. El vendedor permanecía de pie al lado, apoyado en un bastón. Nos dábamos los buenos días, le pagaba las cinco pesetas que costaba el ejemplar y me lo entregaba. Le echaba un primer vistazo con la sensación de estar abriendo una ventana al mundo. Una de las secciones que recuerdo era ‘la mini noticia’ donde de forma escueta se daban pinceladas curiosas sobre la actualidad pacense. Buscaba con avidez la información local por si venía algo de mi pueblo o de los cercanos.
Entonces el formato era mayor que ahora y sin colores. Menos manejable para abrirlo de par en par.
Todavía estaba la redacción en la plaza de Portugal. En la fachada del edificio se anunciaba con grandes caracteres: “HOY GRAN PERIÓDICO DE EXTREMADURA”. Cuando pasaba de noche por allí y veía las luces encendidas a través de los balcones pensaba en el trabajo de composición y talleres que de forma vertiginosa se estaría desarrollando en aquellos momentos, siempre pendientes de la última hora y me imaginaba esos momentos antes de dar a las rotativas una noticia de alcance en que los periodistas conocen lo que los demás ignoramos y el gozo de saber que en unas horas será tema de conversación en todas las reuniones.
El periódico HOY estaba entonces integrado en la Editorial Católica, fundada por el cardenal Ángel Herrera Oria. Desde 1952 hasta junio de 1970 su director fue Gregorio Herminio Pinilla Yubero y a partir de esa fecha le sucedió en el cargo Antonio González Conejero. En sus páginas escribieron entre otros Arsenio Muñoz de la Peña, al que saludé fugazmente en una casa de la calle de san Juan adonde yo acudía a dar clases particulares, Tomás Rabanal Brito, Antonio Soriano Díaz, Enrique Segura, Antonio Zoido, Antonio García Orio-Zabala, al que veía algunas veces por el paseo de san Francisco, Gervás Camacho, el padre Félix García, Narciso Puig Mejías (que fue redactor jefe), Ángel Sarmiento, Rodríguez Arias, Delgado Valhondo, Pérez Marqués, Ana María Brun, Pedro Caba, Sánchez Morales, Adolfo Maillo, Alía Pazos, Pérez Lozano, Vintila Horia, Carlos Callejo, López Martínez y Juan Pedro Vera Camaño, de cuya obra ‘Periódicos y periodistas extremeños’ he cogido estos nombres.
El periódico tuvo una iniciativa curiosa y novedosa entonces. En varios puntos de la ciudad colocaron unos muebles, parecidos a mesillas, con ejemplares para que los ciudadanos los cogieran y echasen el dinero por una ranura. Una encomiable iniciativa para demostrar la educación cívica, pero parece ser que el afán de leer no iba parejo con el de abonar su importe. Así que no duró mucho el invento.
Por entonces escribí mi primera carta al director. Contaba en ella breve e ingenuamente la experiencia de ir a coger aceitunas de verdeo para afrontar algunos gastos durante el curso.
Ni imaginaba que cuarenta y tantos años después iba a tener esta columna semanal con mi nombre.
El pan
Un amigo, después de zamparse dos pasteles con nata y chocolate, llamó al camarero y le dijo:
-Por favor, cámbieme el azúcar por sacarina para el café.
Y es que estaba a régimen, uno de esos que dicen que comas solo proteínas, que elimines los hidratos de carbono, que no comas fruta por la noche o que tomes no sé qué mejunjes en ayunas.
Al pan, sacralizado antaño y cantado por poetas como Fray Luis de León: “Comida celestial, pan cuyo gusto/es tan dulce sabroso y tan suave/que al bueno, humilde, santo, recto y justo/a manjar celestial, como es, le sabe”, también le llegó su condena y fue marginado o reducida al mínimo su ingesta.
El trigo, su base, creció entre auras y vendavales, temperos y escarchas, lluvia y niebla, plata de luna y guiños de estrellas, con cantos de perdiz, alondras y trigueros.
Para Pablo Neruda es símbolo de reivindicación y lucha: “Iremos coronados/con espigas/conquistando/tierra y pan para todos/y entonces/también la vida/tendrá forma de pan/será simple y profunda/innumerable y pura”.
Surgen estas reflexiones después de leer la crítica literaria que Manuel Pecellín hace en el blog que tiene en este periódico sobre el libro de Magda Hollander-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, en el que relata las penalidades que pasó en los campos de concentración de los nazis. Me conmovió una frase: “A punto de perecer, a la joven húngara (17 años) una moribunda le entrega en Birkeneau cuatro mendrugos de pan mohoso, rogándole los coma y viva para testimoniar sobre lo que allí ocurría”.
Desde la maldición bíblica que nos condenó a que lo ganásemos con el sudor de nuestras frentes hasta nuestros días este alimento básico ha pasado de ser codiciado por salvar vidas en tiempos de escasez a ser degradado por considerarlo culpable de gorduras indeseadas.
Muchas familias lucharon con denuedo para que no faltase en sus mesas. Las cartillas de racionamiento de la posguerra lo incluían con cantidades limitadas por persona. Lo había blanco y negro. Este se hacía con harina sin refinar y con pieles de las semillas de ciertos cereales, lo que conocemos como salvado. No era el problema su negrura, sino la mala calidad de los componentes. Prueba de ello es la alta estima nutritiva actual con buenos ingredientes por su contenido en fibra.
En los años de carpanta molían cereales y lo horneaban en hornos caseros, a escondidas, porque el trigo había que entregarlo todo al Servicio Nacional. Los que tenían y podían guardaban parte de sus cosechas en escondrijos para consumo propio o para dedicarlo al estraperlo con precios superiores a los oficiales.
Tiempos hubo en que se le daba un beso cuando se caía al suelo. Tirar el pan se consideraba un desprecio a los que no tenían qué llevarse a la boca y una ofensa a quien se rogaba para que no faltase el de cada día. El trozo que no apurábamos lo dejábamos en el saliente de cualquier ventana porque, como recoge Calderón de la Barca en su inmortal décima, por más pobres y míseros que nos consideráramos siempre había quien venía detrás recogiendo las sobras que nosotros no queríamos.
No quitéis galones a quien alberga cuerpo sagrado y con vino acompaña al caminante para hacer camino.
Septiembre
Tiene septiembre una melancolía dorada de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los crepúsculos adelantan los anochecidos y retrasan el primer albor de la mañana. Baja el rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla, desprende aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama. Libres por fin viajan en el viento, anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es puente que enlaza estaciones donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra, de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y al estudio cultivador de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’, de Juan Marsé, ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta traía por caminos de coral a Alfonsina con cinco sirenitas. La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían en la luz difusa del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
Las mañanas bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero, tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”. Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.
Recitar
Oír a Francisco Valladares, por ejemplo, recitar un poema me conmueve. Es un arte. Quien sabe hacerlo mece las frases con énfasis, entonación y silencios. El poema se convierte en música dramatizada, plena de compás y cadencia que emociona al auditorio al remover los sentimientos más primitivos y arraigados. La muerte, el amor, la dignidad de los que no tienen más capital que su honra, la grandeza de la fidelidad, el heroísmo, el requiebro galante a la mujer hermosa… La poesía lleva consigo el ritmo que le dan los acentos, la métrica y la rima. El rapsoda la interpreta con el recitado y la declamación. El oyente traduce en sentimientos que ponen los pelos de punta, la frente tersa y el busto erguido.
Sin ser profesionales también he oído en las tabernas al calor de la melancolía del vino, en los jolgorios de fiestas y bodas, recitar a aficionados con hondo sentir. ¡Qué silencio se produce cuando alguien lo hace con pasión y vehemencia! Personas mayores que tienen dificultades con la escritura recuerdan, sin embargo, poesías que recitaban sus antepasados o escucharon en películas y teatros.
La tradición oral ha sido durante siglos la forma de transmitir de generación en generación romances, décimas, coplas…
Algunas composiciones por su temática o musicalidad arraigan con más facilidad en la memoria y se prestan a la recitación. El deslumbrante ritmo de la ‘Marcha triunfal’ de Rubén Darío. El ‘Canto a la mujer cordobesa’ de Julián Sánchez Prieto. El patriotismo desmesurado del ‘Dos de mayo’ de Bernardo López García. ‘Era un jardín sonriente’, de los Hermanos Quintero. ‘El Piyayo’ de José Carlos de Luna. ‘Los cuatro muleros’ de García Lorca o la recitaciones intercaladas en las canciones de Pepe Pinto y Pepe Marchena: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” escritas, entre otros, por Rafael de León, por citar solo algunos de los ejemplos más conocidos.
Dos poemas me han conmovido siempre cuando los he leído o escuchado: ‘La nacencia’ de Luis Chamizo: “Bruñó los recios nubarrones pardos…” y ‘El embargo’ de Gabriel y Galán.
La primera vez que escuché este último en boca de mi padre, sin ser consciente entonces por mi edad del alcance del concepto de dignidad, sí la intuí en aquel hombre, roto de dolor, que invitaba a pasar al juez y a sus acompañantes cuando ya no tenía dinero porque se lo gastó todo en la enfermedad de su esposa. Lo demás podían llevárselo… Todo menos eso: “La camita onde yo la he querío/ cuando dambos estábamos güenos;/ la camita ondi yo la he cuidiao/la camita ondi estuvo su cuerpo/cuatro mesis vivo/ y una nochi muerto…”
Me impresionó la valentía, que sin ser altanera, es firme y llena de orgullo por el deber cumplido: “Si venís antiayel a afligila, sos tumbo a la puerta”.
Esa cualidad del que se da a valer como persona, que se gana el aprecio ajeno, respetándose a sí mismo y a los demás, sin dejarse humillar. Y pienso ahora cómo actuaríamos cada uno de nosotros en parecidas circunstancias, “desnudos, como los hijos de la mar”, despojados de los bienes materiales que nos sostienen y de los que a veces presumimos. Si mantendríamos la digna grandeza del protagonista del poema de Gabriel y Galán.
José María Gabriel y Galán.
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



















