Perdón suplico.

Fallar a la palabra prometida
es de respeto despreciable falta
que deslustra la fama del que incumple
y al agraviado mal y daño causa.
A pesar de los años transcurridos
remordimiento sufre quien tal haga
en acto de tamaña villanía,
si es que tiene memoria que recuerde
y pesaroso de su mal se encuentra.
No es por persona ajena que esto escriba,
-Dios me libre juzgar lo que otros hagan-
si no por mí, que en ocasión sombría
ni caballero fui ni explicación
cursé a quien sin duda merecía.
Libros

Hay libros que dejan huella sin que la calidad literaria sea determinante. Son otras las razones que explican esa impronta. Alguno cubierto de polvo y las páginas amarillentas que encuentras en una caja arrinconada en el doblado. Perteneció a un antepasado y la curiosidad te lleva a hojearlo sabiendo que otros ojos recorrieron aquellos mismos renglones y otras manos pasaron las páginas como tú estás haciendo en ese momento. Una fecha y una firma de un tiempo muy lejano te hacen pensar qué sensaciones pudo producirle su lectura y te embarcas en ella por compartir en la distancia temporal esa aventura.
A veces son referencias que escuchaste a tus padres o a algún conocido las que despiertan tu curiosidad por algún libro determinado. O imágenes que te quedaron grabadas en la retina porque al contemplarlas te evocaron fantásticas historias. Recuerdo la ilustración en un tono azulado que presentaba a un señor con uniforme militar al que le caía una gran nevada en medio de la noche. A partir de ella se abría la puerta de salida para que la imaginación volara por el espacio abierto de la fantasía.

Con ‘Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana’, aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos brotan al leer o escuchar algunos de los poemas que contenía. Ese libro, de título tan contundente como inexacto, faltaban algunos y sobraban otros, me sirvió, sin embargo, para despertar mi afición por la poesía y emocionarme con su lectura. Por él supe que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro. Que los clarines de los desfiles pueden oírse a lo lejos y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás.

Conocí al ‘Piyayo’, que la gente tomaba a chufla y a mí me causaba un respeto imponente cuando repartía a sus nietos pan y ‘pescao’ frito. Imaginé una España orgullosa y soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos solitarios con el solo acompañamiento del cantar de los grillos y las ranas. Que un olmo seco y hendido por el rayo es la imagen de la esperanza con algunas hojas verdes. Que las mozas casaderas no deben estar en la era si no está el sol en el cielo. Que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Que la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta es grandiosa. Creí en Dios como testigo y lo vi jurar posando su seca y hendida palma sobre una promesa incumplida descolgando su brazo de la cruz.
Los libros esperan, como el arpa de Bécquer en el salón oscuro, que otras manos los abran y comience de nuevo la aventura personal que cada uno siente con su lectura.
Por el camino de la gloria.
En la sala de juegos
se jugaba a las damas.
Mejor, a imaginarlas,
porque si descuidabas,
como a Ulises las sirenas,
te llamaban a la incontinencia sus encantos
y por la noche, antes de irnos a la cama,
una negra sotana
estaba en el rincón de la capilla
esperando dar absolución a tus pecados.
¡Cuántas trabas! y, sin embargo,
el caballo salía,
cada tres por cuatro, desbocado.
De aquellos pesares de entonces
por pensamientos, obras, palabras y omisiones
solo de uno de ellos me arrepiento:
no haber tenido más obras
al faltar la complementaria
y así llegar hasta el infierno
por el camino por la gloria.
Paranoicos
Hay enfermedades de las que no son conscientes
aquellos que las sufren.
Las mentales son casos evidentes.
Creer sin fundamento
que siempre hablan de ellos
es un claro síntoma del mal que les aqueja.
Piensan que los persiguen,
que cualquier cosa que otros dicen
van hacia ellos dirigidas.
Problemas de la mente
que en sus profundidades más oscuras
crean realidades paralelas
que solo están en sus cabezas.
Tropezar en la misma piedra

Palabra y piedra sueltas no regresan
y una vez que han salido de su fuente,
boca y mano, a quien lanzó le pesa
y la herida y la ofensa permanecen.
Habla claro y defiende lo que creas,
sin miedo, cuando la razón te albergue.
Si alguna duda tienes, calla y piensa
hasta que tu opinión fundada asientes.
Estos consejos son de la experiencia
que atesoré a lo largo de los años
en los que muchas veces erré el paso,
como errarás tú, pues nadie escarmienta
en la cabeza ajena del porrazo
y hasta en la misma piedra se tropieza.
Los poetas y la vida







