Campaña electoral
Las próximas elecciones
serán sobre Venezuela
y no sobre la cazuela
que se cuece en los fogones.
¡La cosa tiene cojones!
Con los temas que tenemos
y que solamente hablemos,
para ocultar las tarjetas
y los robos de los jetas,
del partido de Podemos.
Los jefes a su porfía:
Que a mí no me das lecciones,
que tú tienes más ladrones,
que tú eres más todavía.
¿Y de lo nuestro qué había,
señores procuradores?
¿Olvidan nuestros dolores,
mientras sobre el lodazal
discuten del bien y el mal
postulantes regidores?
Haikús
La mariposa
en la flor de la jara
y tú conmigo.
En el estanque
a la luz de la luna
canta la rana.
Sendas de plata
en noches de verano
por los olivos.
Un beso a oscuras
se perdió en tus labios
por la calleja.
Tarde de siesta,
en el fondo del pozo
perdí los ecos.
En el balcón
de una calle desierta
canta un jilguero.
Qué guapa estás
con el cabello al aire
mirando lejos.
En la rivera
a la sombra del chopo
el agua pasa.
El bieldo al aire
separa paja y grano
con la marea
En los olivos
serrando siesta y aire
va la chicharra.
Noche de invierno
por callejas a oscuras,
huellas de barro
Calor ardiente,
con el pañuelo al cuello
los segadores.
Musgo y piedra
Cuando las velas de tus deudos
extingan de sus pábilos las llamas
sólo musgo y piedra
velarán tu sueño eterno.
En las grietas de las losas
crecerá bravía la hierba
y los vientos del otoño
arrastrarán hasta tu tumba espinos secos.
Nadie evocará tus andanzas
ni sabrá tus historias.
Quienes te conocieron
labrarán contigo el mismo huerto
de moradas malvas.
Para los nietos de tus nietos
ni siquiera serás un recuerdo.
Voces al viento
Entre un corro de muchachos
el pregonero en la esquina
lanza al aire sus pregones
al toque de trompetilla.
Chiflo del afilador,
arpa de viento que afila
con silbo fino de acero
el vientre de las cuchillas.
El hortelano vocea
con voz de noria tranquila
los productos de la huerta
y el verde frescor del día.
De Huelva, la mar salada,
frescas y vivas sardinas,
jureles, cazón y rubio
almejas y pescadillas.
El hombre de los “tostaos”
pregona la mercancía
y cambia garbanzos crudos
quitando el colmo a la cima.
Carbonero con su burro
despacha carbón de encina
que torna en oro el soplillo
en las antiguas cocinas.
Mujer de verdes hinojos,
pobre y de luto vestida,
junta manojos lavados
en la fuente de la villa.
El pan de las aguaderas
por vales de la maquila.
Manosea el panadero
ronzal, burra y calderilla.
Casa por casa el dulcero,
del brazo una canastilla
con mimos y cortadillos,
hojaldras y perrunillas.
Altramuces del arroyo
en el charco de tía Espina
con una cesta de mimbre
y un vasito de medida.
Diego y Bartolo con chambras
de Campanario venían,
hilos, tripa y pimentón
que las matanzas avían.
Cuando acababa la feria
los turroneros salían
de calle en calle endulzando
la oculta glotonería.
El tío de los helados
con la paleta ponía
cabeza a los cucuruchos
de turrón, fresa y vainilla
Podría seguir contando,
mas, larga fuera la lista.
Sólo nombro a botijeros,
y al hombre de la cal viva.
¡Ah, me olvidaba al ditero,
y al que del Viar traía
peces en la bicicleta.
Y al de las calcomanías,
ese de los cancioneros
de Marifé y de Molina,
gomas y restalladeras,
pirulís y chucherías.
Aquí acaba el homenaje
a personas que hace tiempo
recorrían nuestras calles
lanzando su voz al viento.
Francisco Umbral
La vida de Francisco Umbral, que en realidad se llamaba Francisco Alejandro Pérez Martínez, fue, tras esa postura insolente y descarada que exhibía, triste y trágica.
Su madre, Ana María Pérez Martínez, una mujer soltera y tuberculosa, lo tuvo a él tras una relación con un hombre casado del que era su secretaria, Alejandro Urrutia, abogado cordobés y escritor, padre del poeta Leopoldo de Luis, gran amigo de Umbral. El distanciamiento y desapego de su madre, que fue a parir a Madrid al hospital benéfico La Maternidad por temor a las habladurías de la gente de Valladolid, lo marcó para siempre. Umbral tuvo un único hijo que murió de leucemia a los cinco años, lo que le inspiró su libro Mortal y rosa (1975), lleno de hondo lirismo y sentimiento.
Él mismo escribió: “He optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.
Me he permitido escribir el soneto que sigue como reconocimiento al gran escritor que fue tras reflexionar que muchas veces las apariencias engañan.
Creó en su mente un mundo paralelo
lleno de elaborada fantasía,
para suplir su infancia tan vacía
de familia, querencias y consuelo.
Con alas de escritor levantó vuelo
y dio armazón a lo que no existía
creyéndose él mismo la utopía
del brillo que emitía el espejuelo.
Francisco Umbral, de cínica insolencia,
ególatra y pedante altanería
inventó el personaje de sí mismo,
alcanzando en las letras la excelencia
con la trágica farsa que escondía
su orfandad en el fondo del abismo
Dormir en el monte
Esta noche he dormido en el monte
sin ser aquel vaquerillo
que tendió su manta en el suelo.
Como los pastores en días fríos,
busqué cobijo al sur de la ladera,
cerca de Venus,
Hacia el norte, el valle de su vientre
y el edén de su pechos más arriba.
¡Qué placenteras ondulaciones del terreno!
A su abrigo quedé en la madrugada,
amparado en el tibio calor de los deseos.
Mujeres valientes
¿Qué juglar glosará tu valentía
si el falso libro de la historia calla
relato meritorio de medalla
y mención que resalte tu valía?
El duro batallar de cada día
donde ni el sufrimiento hizo muralla
ni a tu entrega frenó ninguna valla
ha de tener su justa apología.
En tiempos de carencias, hambre y miedo
silenciosa, sufrida y olvidada
luchaste por tus hijos con denuedo.
Tenaz mujer, a ti va dedicada
en solar patrio de Caín y ruedo
esta loa debida y tan ganada.
Atardecer en el campo
Se está tendiendo la tarde
como alondra en la besana
sobre los surcos en sombras.
Los álamos cantan nanas
en los remansos del río
con los trinos de sus ramas.
El agua va permutando
dorado color por plata
y luego oscuro azabache.
El toque de las campanas
llega en brazos de los ecos
con súplicas desmayadas
a morir en los barbechos
desde la torre lejana.
La senda se desvanece
o en las excelsas palabras
que escribiera don Antonio
con una espina clavada:
“se enturbia y desaparece”.
¡La inmensidad está en calma!
Preadolescencia














