Aliviando calores

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En el  fondo del pozo yacerán como pecios de barcos de cristal algunas botellas que, caídas   de la canasta de mimbre, naufragaron en su travesía vertical hacia la luz.

Las manos cuidadosas  de quien esperaba recompensa con un  reconfortante trago que aliviara la sed y levantara el ánimo al regreso del trabajo, la bajaban con cuidado hasta las zonas  sombrías del agua callada. La conducción del timonel evitaba el encalle en los salientes o el vuelco de  la nave en su periplo.  Allí quedaba hasta el mediodía, suspendida de una cuerda atada en la parte interna del brocal. Era una de las formas de aliviar los calores de la canícula.

A falta de red pública de abastecimiento los pozos de aguas llovedizas o de manantiales que había en casi todas las casas se utilizaban para aseo personal, limpieza doméstica y como neveras. En otras latitudes, desde tiempo de los romanos, construían  neveros  para conservar la nieve caída en invierno y obtener hielo prensándola.  Por aquí, a falta de nieve,  se aprovechaba   el frescor  que proporcionaban su profundidad y el resguardo del sol.

Los campesinos, cuando  llegaban sudorosos al anochecer después de un día de intenso trabajo,   llenos de polvo de los caminos y de pajas de las eras, sacaban  del pozo varias cubas y  se las echaban por la cabeza  en los corrales.

A los niños nos la   ponían a calentar  al sol cerca de la pared que daba al poniente y de ahí, al caer la tarde, a nuestros cuerpos que la recibían con saltos jubilosos.

En las cantareras, situadas en los  lugares más  frescos,  se colocaban los cántaros y el botijo para que la corriente de aire que atravesaba la casa desde la calle al corral los refrescara.

Pero yo no he probado agua con la  temperatura más agradable que la que se conseguía cuando en las noches de verano se dejaba el pipote al sereno. Un frescor a las puertas del frío, sin llegar a traspasarlo. Para que no le entrase ningún insecto se le tapaban la boca y el pitorro.

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Juan Diego traía de la fábrica  de Berlanga   barras de hielo en el portamaletas de su bicicleta,  envueltas en sacos con paja para que no se derritieran por el camino. Se las encargaban algunas familias   para trocearlas y ponerlas en cubas o lebrillos cuando tenían alguna celebración especial en sus casas.  Allí se enfriaban las bebidas. A los niños nos gustaba coger trozos a escondidas para  chuparlos como si fueran polos.

Las primeras neveras de madera que hubo en los bares  funcionaban también con estas barras. Se colocaban en el compartimento superior y desde ahí irradiaban el frío a todo el habitáculo, sin conexión eléctrica ni baterías.

Las casas de labranza  tenían una franja central de rollitos   por donde entraban y sacaban a las bestias. Al mediodía  los regaban. Se corría  el cortinón de  la puerta del corral y la casa quedaba en un agradable estado de fresca penumbra, aislada de la flama que fuera incendiaba el aire.

Bares.

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Las mujeres no entraban en los bares. Solamente en días de fiesta iban con sus novios o maridos  a sentarse en los veladores. Para beber, refrescos. No estaba bien visto que cataran vino. Los niños íbamos cuando nos mandaban a cambiar la botella vacía  de la Casera  por una llena.

Los hombres allí hacían tratos, concertaban trabajos, fumaban, bebían y vociferaban.

Muchos iban a diario, unas veces con la excusa de que tenían que ver a uno sin falta y otras  a echar el fondo, costumbre que, aunque debilitada, se mantiene. Consiste en sentarse a beber vino en grupo pagando a escote y aportando  unas pocas viandas traídas de casa que se ponen en medio de la mesa para compartirlas.

Había en el pueblo varias tabernas a las que se  se solía ir con traje de faena al regreso del trabajo. Por las noches las frecuentaban veceros de pródigo libar. Una de ellas parecía sacada de una estampa de almanaque antiguo. Alumbraba el local una bombilla de mortecina  luz suspendida   de  un madero por un  cordón  trenzado que en su día fue blanco y que las moscas  habían  ido poblando   de pintas negras  y  el humo del tabaco vistiendo de amarillo. 

El dueño del establecimiento era persona leída y sentenciosa, con gafas quevedescas y venillas en el rostro semejantes al mapa de una cuenca hidrográfica.

Llos clientes compartían  confidencias y en ocasiones, pese al cartel colocado en la pared prohibiendo el cante, se cantaba. Por lo bajo, con los ojos entornados, una mano al aire marcando compás y otra en el hombro del compañero, que asentía  moviendo la cabeza. Émulos de Pinto,  Marchena o Molina. Amores despechados, que madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

El vino desinhibido y  generoso afloraba las frustraciones y anhelos  de los  tabernarios.

El regente, aparentemente ajeno, confesor y sabio,   canturreaba  detrás  de la barra mientras limpiaba a rosca los vasos con un paño  de color indefinido. Ante afirmaciones comprometedoras callaba o justificaba ¡Lo que tapan  las tejas!, comentaba entre dientes al escuchar ciertas  intimidades.

La fantasía, que el vino estimulaba, pintaba  de colores los  oscuros trazos de la vida en noches de parranda.  Quimeras  y aspiraciones que terminaban abriendo en canal el corazón  sobre el manchado mostrador, como cantaba la Piquer.

Cuando la madrugada  subía  al nido del sueño el tabernero, centinela y sereno de la calle a oscuras,  se asomaba  a la puerta   y pronunciaba su frase ritual, recuerdo quizás de alguna película de los años veinte: “París duerme”. Emparejaba la puerta para que los ruidos no molestasen el descanso del escaso vecindario y pedía moderación en el volumen de las gargantas.

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 Terminado el culto a Baco los componentes de la  cuadrilla se desperdigaban por las calles solitarias, no sin rematar antes algunos flecos de las conversaciones inconclusas. Cada mochuelo a su olivo. Mañana sería otro día. Los primeros rayos de sol los sorprenderían en la  lona de los sueños tras el directo al hígado de la noche anterior.

Mujeres

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Las mujeres  fueron  tan fundamentales y abnegadas  como marginadas  en aquellos años plúmbeos de escaseces  en los que  en España, decían, empezaba a amanecer. Piedras angulares  de la vida familiar,  organizaban y trabajaban en  las  casas  de penumbra a penumbra. Su única distracción y relativo  descanso llegaba al caer la tarde cuando se sentaban detrás de la ventana o se reunían con otras vecinas en los patios a escuchar novelas en la radio, como la célebre Ama Rosa, mientras zurcían,  bordaban, hacían ganchillo  o confeccionaban abrigos de punto  con  la rapidez y destreza con que frotan las moscas sus patas delanteras. De tanto escuchar esas radionovelas  hasta a los niños que merodeábamos por allí  se nos quedaron en la memoria  los nombres de los guionistas,  Guillermo Sautier  Casaseca y  Rafael Barón y los de algunos actores como Juana Ginzo, Matilde Conesa o José Fernando Dicenta.

Recuerdo a las abuelas sentadas en las sillas costureras estirándose el pelo hacia atrás y recogiéndolo en un moño con una peineta curva  ante un pequeño espejo. Después con sus gafas de cerca sujetas a la cabeza  con una  goma elástica se unían a las labores. Hablaban poco. De mayor comprendí que quizás su silencio se debiera  a que  habían conocido  demasiadas barbaridades y que estaban muy cercanos el miedo y las heridas, a veces dentro de  sus propias familias. Evitaban hablar de esos temas sobre todo delante de los niños. Alguna vez capté susurros temblorosos que no entendía,  pero lo que no podían ocultar era el brillo de los ojos cuando lo hacían.

Pocas mujeres  salían de sus casas para viajar si no era por motivos de enfermedad. Con escasísimas posibilidades de estudiar el matrimonio era  su aspiración. La  viudedad y la soltería suponían más dificultades para la subsistencia si no se disponía de capital.

En tiempo de recolección, si las contrataban, conseguían los jornales para todo el año cobrando, como era normal entonces, menos que los hombres. También espigaban o iban al rebusco.

Espigadoras al atardecer. Jules Bretón

Espigadoras al atardecer. Jules Bretón

Mujeres  que pasaron de puntillas por la vida solventando sus necesidades básicas con esfuerzo, resignación y alguna ayuda ajena, como Ángeles, mujer humilde, de expresión triste y  mirada llorosa con unos  ojos marcados por profundas ojeras, siempre  vestida de oscuro y con un pañuelo  cubriéndole la cabeza. Iba a los entierros con una mesa cubierta de tela negra para que los que portaban al difunto a su última morada pudiesen descansar cuando el sacerdote rezaba en los responsos y asperjaba el féretro con agua bendita. Así de parada en parada. La familia del difunto la gratificaba después con lo que su voluntad consideraba oportuno.

Observé muchas  veces a algunas  vecinas al anochecer cuando se dirigían  a la tienda de comestibles con un plato metálico bañado de porcelana descascarillada a comprar dos sardinas. Las sacaba el tendero de una lata grande que  estaba en un extremo del mostrador, cerca de la balanza. Le pedían  que les echara una cucharada de aceite sobre el pescado para mojar en él. Era su cena. 

Monaguillos y campanas.

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Había monaguillos fijos, que recibían de estipendio doce duros al mes, y eventuales. Estos ejercían por Semana Santa y lo hacían por devoción o curiosidad  y  sin asignación.

 Lo que más nos gustaba era subir a la torre a repicar las campanas. Allá arriba me sentía  privilegiado por conocer  una noticia que hasta que yo empezase a tocar las campanas  los demás ignoraban. Era yo quien decidía cuándo los vecinos  iban a enterarse de que alguien había muerto y el comienzo de las glosas del difunto en  los mentideros del pueblo. O el aviso de que el sol en lo alto anunciaba el mediodía.

 Había tañidos tristes, los dobles,  que comunicaban muertes con la señal  y despedían a los vecinos para siempre. Tres para el hombre y dos para las mujeres separados por un toque  de campana chica.  Lentos y espaciados, sollozos de bronce que   recorrían el aire hasta dejarse caer de tristeza en los rincones. Las mismas campanas  recibían jubilosas  a los recién nacidos el día de sus bautizos,  festejaban bodas o acompañaban festivas  el recorrido  del patrón por las calles del pueblo. Alertaban de incendios con toques monocordes y repetidos de una sola campana. Sonaban al alba para misa temprana,  a las doce para el ángelus, al mediodía para vísperas, a  las tres en verano y a las dos en invierno y al atardecer.  Un lenguaje que no necesitaba intérpretes.  Pensaba yo entonces que las campanas  tenían sentimientos, que se alegraban o entristecían con nosotros.  

Una tarde de noviembre subimos al campanario para el toque de oración.  Invitamos al acto  por nuestra cuenta y riesgo a varios amigos para que conocieran de cerca el lugar y comprobaran nuestra destreza combinando los sones. Levemente echados hacia atrás los cuerpos, bien asentados los pies en el suelo, con la soga de la campana gorda en la mano izquierda y la de la pequeña en  la derecha agitábamos  los badajos con acompasado ritmo.  

Nuestros invitados  aguardaban vez  para hacerlo.  Tanto fue el entusiasmo que pusimos en enseñarles y ellos en aprender  que no nos dimos cuenta del tiempo que habíamos dedicado  a tan sonoras lecciones. Debió de ser bastante porque el párroco nos esperaba  al final de las escaleras del coro repartiendo pescozones  a diestro y siniestro. Había acudido alarmado por el recital inusual, convirtiendo aquella tarde gris de sirimiri  en una fiesta de repiques largos y variados.

Monaguillos

Los monaguillos conocíamos cada rincón de la iglesia y de la torre y los entresijos de la sacristía, entre ellos el lugar donde se guardaba el vino de consagrar.

Una noche observé que el cura de un pueblo cercano que venía a ayudar al párroco en las  grandes solemnidades abrió la puerta y  tomó  antes de dirigirse al púlpito  un vaso de vino. Los fieles a la salida se hacían cruces ensalzando la  hermosura y vehemencia del sermón. Pensé yo con mi razonamiento infantil si un ángel oculto en la botella, como el mago de Aladino,  lo habría inspirado en su magnífica oratoria.

La saca.

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Léon Lhermitte, Los segadores.

Aguador, que no les falte el agua  a la cuadrilla de afanosos segadores. Acércate a la fuente cuántas veces hagan falta,  que el  inclemente sol castiga sus cuerpos entre las mieses doradas. El aire denso tiene una quietud de fuego cuando el  canto  aserrador  de las chicharras corta calimas en la siesta acompañando a  las hoces en la siega. Sólo los protege un sombrero de paja y un pañuelo sobre sus cabezas, que a ratos mojan con agua fresca. Brazos tensos y morenos, brazada a brazada, van dejando de rastrojos lo que fue ondulante mar de raspas. La cuadrilla avanza en uniforme alineación. Ninguno se retrasa del grupo. Pundonor y estima  obligan a no desfallecer en la faena. Arresto y destreza son galones que producen respeto.

A finales de mayo comienza la saca, que así se llama el proceso de siega, carga y transporte desde las hazas a las eras cuando las espigas alcanzan  la madurez tras pasar en el campo las lluvias de otoño, las  heladas de invierno, la tornadiza primavera, que unas veces colma y otras merma, y los solanos de mayo que frustran  el granar y la esperanza. Sacar de la tierra el fruto de los sudores del trabajo transformado en grano a golpes  de hoz y  cinturas dobladas.

 Los segadores van  juntando las mieses en su mano izquierda. Dediles de cuero protegen sus  dedos de posibles cortes.  Las gavillas  se amontonan y se  forman haces  que se atan por sus talles con vencejos. Desde el suelo  hay que subirlos al  carro, al que se han añadido  varas  para ampliar capacidad.  Un trabajador arriba los coloca y ordena  y otro  desde abajo  se los manda pinchados  con horquilla.  Cuando está completa la carga se corona y ajusta  con el cintero que sirve de tope y sujeción.

Y a las eras, que el tiempo apremia. A pleno sol por caminos en mal estado por las huellas secas del invierno,  con  baches y piedras,  el carrero arrea a la caballería,  a veces subido en una de ellas, a veces andando o  sentado sobre el tiro para hacer de  contrapeso, más pendiente de evitar el vuelco que de escuchar  los chirridos  de los ejes que cantaba Atahualpa Yupanqui. En ocasiones  se cimbrea peligrosamente y hay que atemperar el paso y extremar las precauciones.

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El carro es el medio de transporte fundamental y único hasta que lleguen tractores y remolques. Según peculio y haciendas se dispone de  yuntas y  atalaje. De yugo los más pudientes, los más modestos de dos varas laterales y en lugar de mulas tordas, alazanas o zainas, asnos rucios para cargas más livianas.

Antes de empezar la saca ha habido que engrasar los ejes con sebo,  que no es sino tocino añejo.

Por las noches dejan los labradores los  carros en sus puertas.  Los niños, evitando que nos vean pues nos despachan, jugamos en  ellos. La bolsa inferior, que es su barriga de esparto sujeta con dos galgas, nos sirve de escondite y los yugos de imaginaria conducción.  

 

 

Pedir la puerta.

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Pelando la pava”. Pintura de Mariano Bertucci (1884-1955)

Las relaciones entre jóvenes de distinto sexo han perdido las formalidades que hace bastante tiempo se observaban para ennoviarse. Ahora son amigos, parejas y  un día cualquiera, sin más prolegómenos,  comunican a sus padres que se van a vivir juntos.

Antes eran pretendientes y  novios. Llegada la hora y cumplidos todos  los requisitos, casados ante el altar  de por vida,  salvo escasos  ahí te quedas que yo me voy con mi madre o a por tabaco.  Paso a paso,  que las prisas estaban mal vistas. Para acceder al estatus del noviazgo había un proceso.  Acto importante era la petición de  puerta.  La hija comunicaba a sus padres, que ya conocían la relación extraoficialmente porque en los pueblos estos temas no pueden ocultarse,   que el mozo que la pretendía  quería solicitar su avenencia  para platicar en la puerta de casa. Desde que se tuvo conocimiento del cortejo el tono de  los adioses y saludos entre las parentelas había cambiado. Un dejo más alargado y un sutil  punto efusivo. Si  era del agrado familiar se facilitaban los trámites.  El forastero pasaba  por un filtro  de investigación preliminar con envío de emisarios  de incógnito al pueblo que fuere para recabar información  sobre origen, familia  y hábitos del aspirante si no se tenían referencias, Cierta endogamia y similitud de haciendas eran frecuentes en los emparejamientos. 

La  petición de la puerta era  parte fundamental del reconocimiento oficial.

Esta noche a las nueve te estarán esperando mis padres. Y allá irá el mozo ataviado convenientemente para causar buena impresión. Nervioso, porque el brete no era baladí.  Para aliviar la cortedad unas copas  quizás ayudasen. También algo de nerviosismo habría en los anfitriones. La casa relimpia y ordenada para tan significativo acontecimiento. La comparecencia, al anochecido, hora de visitas y cumplidos, tras  regresar de las labores del campo y haber dado tiempo al aseo.  Sentado en el filo de la silla, por timidez o ganas de salir del trance cuanto antes, el azorado mozo, que sentía su ropa como cárcel, comenzaba, tras dar  las buenas noches, su breve y previsible exposición.

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Ya sabrán ustedes a lo que vengo.

El suegro facilitaba la salida airosa del trance, pues bien conocía él por experiencia propia  los apuros que se pasan en estos casos.

Concedida la aquiescencia, previas recomendaciones de formalidad y alertas sobreentendidas de los límites efusivos, empezaban las citas detrás de la puerta.

El siguiente paso era reservarles una habitación con mesa y sillas, cercana  a la estancia donde estaba el resto de la familia. De vez en cuando algunas toses para recordar presencia, que los silencios prolongados, como en los niños, suelen ser señal de travesuras.

Fulanito ya entra en casa, decían los vecinos  para significar lo avanzado de la relación.  Llegaban los días de fiesta y  se  intercambiaban invitaciones para comer en las casas respectivas, igual que sucedía en las matanzas.  Con el noviazgo se contraía un   compromiso que si se rompía por cualquiera de las partes podía suponer el desapego de las dos ramas familiares  para los restos.  

La pela.

Transhumancia

Desde las fincas en las riberas  del río Viar donde pastaban las ovejas, traían los pastores los rebaños siguiendo las rutas tradicionales de cordeles y cañadas para pelarlas con los primeros calores de mayo. Los mayorales eran los organizadores de todo el proceso a las órdenes directas del dueño.

Había en el pueblo tres “guaches”,  que así se llamaban los locales  donde se esquilaba. Pertenecían a tres ramas de un común tronco familiar. Estaban situados en las caballerizas de sus casas solariegas, en los corrales a los que se accedía por grandes puertas falsas.  El mayor de ellos con capacidad para más de cincuenta esquiladores. En este no se exigía un tope mínimo  de ovejas  que pelar y era al que acudían las personas de mayor edad y algunos  aprendices. En los otros dos los mayorales  establecían   una media de dieciséis ovejas por trabajador. No se controlaba esta cantidad individualmente, sino en conjunto.  Si al final del día no se había llegado al cupo quedaba como tarea para realizarla el  siguiente.  A esto se le llamaba remonta. Los aprendices sólo recibían una gratificación discrecional al final de la temporada.

El manigero estaba encargado del funcionamiento del “guache”. Dependía del mayoral  y liaba con un ayudante los vellones  de  lana  según iban pelando las ovejas.

El morenero era el muchacho que paseaba por el “guache” con una lata de carbonilla. La traían de las fraguas y servía para que  las heridas que producían los cortes no se “bichearan”. Siempre atento  a las llamadas de los esquiladores que a la voz de ¡moreno! lo reclamaban.

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Las tijeras de pelar tenían sus peculiaridades. En el ojo donde se meten los dedos centrales había una tabla pequeña y recta llamada palillo. En el otro, el del pulgar, una almohadilla de piel rellena de paja de centeno  y una pieza de corcho, el  “calcaño”, para ajustar el espacio y sujetar  la almohadilla. Ambos ojos de las tijeras estaban recubiertos de lana para evitar los roces.  Queda un dicho local sobre esta pieza. Cuando se corre demasiado en la realización de cualquier actividad se suele decir que no  se aligere tanto que  se va a perder el “calcaño”.

Los más diestros en el oficio formaban cuadrillas de cuatro o cinco y  se desplazaban a los cortijos para pelar a destajo. A principios de los años setenta cobraban cinco duros por oveja.

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Cuando el rebaño estaba pelado se realizaba el “repegao”, que consistía en marcar con pintura negra en  los costillares el hierro de la casa. Después  lo llevaban  de  nuevo al campo. Pasaban balando por las calles detrás del tañido de las esquilas que portaban los mansos.

En otoño llegaban grandes camiones  del norte de España  a llevarse la lana que se guardaba en los laneros metida en sacos. Se corría la voz entre los muchachos: ¡Ha venido el camión  de la lana!   Íbamos a la puerta  a ver los vehículos y a observar la carga.   En algunas ocasiones  nos metíamos dentro a saltar sobre los sacos.

Mi calle

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Mi calle es una plazuela. Recibe al sol en una acera y  en otra lo despide. De escoltas, solana y umbría.  Allí pasé muchas horas de  rutinas cotidianas. Hechos intrascendentes  que cuando nos hacemos adultos  añoramos. ¿Quién me iba a decir que imágenes  como el paso de las viejas a la iglesia envueltas en mantos negros  o  el del electricista cada anochecido  con un palo largo encendiendo las luces de las calles  o el de los hombres con mascota y faja liada en la cintura hacia el estanco para comprar su paquete de tabaco verde y su librillo de liar  iban a ser recordadas con añoranza muchos años después? Estábamos construyendo los cimientos de nuestro acervo cultural, fundando,  sin tener conciencia de ello, lo que Rainer María Rilke llamó la verdadera patria que es la infancia. Que si yo llego a saberlo le bordo escudo a la bandera y  compongo un himno marcial a la proeza.  

Aquel rincón donde  hablábamos de cosas que no se enseñaban en la escuela, donde fabulábamos historias  de fantasmas y apariciones en los cementerios que habíamos escuchado alguna vez a los mayores.  Allí filtrábamos los acontecimientos del mundo por la lente  inocente que nos ofrecía la edad. Por delante  de nuestros ojos  pasaba la vida más cercana. A dos luces los labriegos de regreso del campo a sus hogares, montados a mujeriegas sobre las cansadas mulas después de una larga jornada de trabajo. En los días lluviosos, con capotes  negros de alquitrán  sobre  los hombros. En  primavera con haces de forraje recién segado sujetos sobre el lomo de los asnos  para dar comida fresca en  los establos.  Cuando los veíamos aparecer dejábamos el juego y  corríamos hacia ellos a pedirles  espigas verdes que grano a grano pelábamos y nos  comíamos.

La  calle era  de tierra,  empedrada a tramos.  En invierno barro y en verano polvo y paja que dejaban los carros en el acarreo.

De juegos, el fútbol el primero,  con dos piedras de portería que al poco cubríamos con las prendas de abrigo que nos íbamos quitando.

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La noche se prestaba a dos juegos  parejos que tienen en común ocultarse y no ser visto: el escondite y el trapo esconder. Por el primero, después de contar  hasta diez, nos dispersábamos  por la calle buscando sombras. No era difícil  el empeño porque las bombillas alumbraban escasamente a salamanquesas y mosquitos. Una, dos y tres, por todos mis compañeros y por mí el primero. Llave de la libertad para los presos que cumplían condena por haber sido avistados. 

Al  trapo había que buscarlo en los lugares más recónditos. Para el hallazgo servía  la voz del ocultador dando pistas de frío o de caliente.

Algunas tardes se jugaba al corro o a la rueda, que por aquí  llamamos mata. Era juego de niñas -no es sexismo, sino constancia-, pero a menudo participábamos también los niños. Giros y giros agarrados de las manos, cantando canciones que hoy resuenan en el recuerdo como débiles voces perdiéndose por los resquicios del aire.

 

Bailes.

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Los días de fiesta había baile. Las más de las veces el grupo musical se componía de  un saxofonista y un batería.  Los días de abolengo más festivo  había también matiné. Para empezar  con buen pie, “La morena de mi copla”  que pintó Julio Romero y que hicieron pasodoble Jofre de Villegas y Carlos Castellano. La  pieza,  número de canciones que tocaban entre cada receso, terminaba con un vibrante  toque  de platillo.

Las mujeres   en una parte del salón  y los hombres  en otra. Con los primeros compases  comenzaba el cortejo para conseguir pareja. Ellos, dispuestos, salvaban distancia y llegaban  al grupo.  Ellas, atentas, charlaban y observaban con disimulo. La invitación,  bisílaba y directa,   podía recibir   respuesta negativa y entonces había que andar con tiento  y no precipitarse.  Repetir solicitud  a otra pretendida próxima  podía añadir a la negativa  la respuesta   ofendida  de no ser plato de segunda mesa.   Casos hubo.

Las más solicitadas concedían bailes  con dos o tres piezas de antelación. ¿Bailas? Tengo pareja. ¿Y para la siguiente? También. Pues entonces para la otra. No,  porque ya  será tarde y tengo que irme. ¡Vaya!

Las mujeres tenían por costumbre bailar entre ellas.  Llegaba entonces la ocasión de elegir a dúo. Dos mozos, pactada la elección,  se dirigían a ellas  para invitarlas a bailar. Llamaban  a esto partir pareja.

 Normalmente se cambiaba  en cada pieza. Bailar dos  seguidas con la misma persona suponía una singularidad que no pasaba desapercibida y si eran tres, los augurios  se daban por cumplidos. Allí  había un comienzo de noviazgo.

El  contacto corporal se limitaba a lo estrictamente necesario para  acompasar la música al movimiento. Una mano al talle y la otra a la mano compañera o las dos al talle, que también fue licencia consentida.

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Retener una mano valía un imperio y rozar la mejilla gozar del paraíso.   Más contactos eran conquistas dependientes de  tiempo y afecto.  Para salvaguarda y barrera estaban los brazos de la mujer  sobre el  pecho del varón. Una leve aproximación suponía un avance en el lenguaje corporal  y preludio de aceptación de futuras confianzas.

 En los pueblos, tan propensos a buscar imágenes del medio natural, cuando un joven pretendía a una muchacha se decía que le arrastraba el ala, símil columbino de cortejo. El baile era de las pocas oportunidades que había para demostrarlo.

Lo que no faltaban eran vueltas y revueltas con más o menos garbo y  arrastre de pies de  punta a punta  del salón.  Vaivenes de  hombros, cada cual con peculiar estilo,  que ya quisieran para  sí  cofradías  de costaleros  para mecer imágenes con brío.

Al final de la noche los grupos de amigos se reunían en el bar. Al calor del vino comentaban impresiones e incidencias  de la jornada. Éxitos o decepciones, la duda que dejó aquella palabra ambigua de la  despedida, la mano retenida un poco más de lo corriente entre canción y canción… Ciertas noches terminaban con  serenata a las jóvenes cuya  belleza o donosura habían calado en el corazón de algunos de los  los reunidos.

Cartas

Foto Press Powerable

Ya casi  no se escriben cartas. Manuscritas,  menos aún.  Cuando yo estudiaba  aprendíamos  a redactarlas,  a diferenciar las distintas clases y la estructura formal de cada una de ellas. En la extinta  Educación General Básica también entraba en el currículo de Lengua Española su aprendizaje y el de instancias y telegramas.  Al final la vorágine del viento digital  ha dispersado las cuartillas de los escritorios.  Los jóvenes abandonan  este noble medio de comunicación y se dedican  a ejercitar compulsivamente los pulgares sobre  los teclados de los móviles, encriptando el lenguaje en un esqueleto de signos con la ley del mínimo esfuerzo. 

Las cartas tradicionales se revestían  de  formalismos, de frases hechas  que rodeaban  como papel de envolver  el  contenido del mensaje.  La fecha, el saludo introductorio: querido, apreciable, estimado… según grado de afecto y relación. Los dos puntos y aparte y  la primera coletilla: “Espero que a la llegada de esta os encontréis bien, nosotros quedamos bien  gracias a Dios”,  o similar. El cuerpo o meollo: “sabrás por la presente” y la despedida con graduación  de abrazos, besos y saludos, según vínculos  también. Y para remate, la postdata, esa percha  tras la firma, donde se cuelgan los olvidos.

En el sobre, aviso de contenido, si es el caso, de postal o foto para alerta de carteros, como la del novio recluta con traje de granito en una tarde de paseo o la de los recién casados a sus padres desde algún emblemático lugar.

El dinero, disimulado en la doblez de las cuartillas para que no se adivinase al trasluz y volase,  que para transferencias pecuniarias  estaban los giros telegráficos o postales.

Se remataba el proceso con el  franqueo que yo, en mi ignorancia infantil, pensaba que era el visto bueno del Franco omnipresente, un lengüetazo a las espaldas del sello y otro en la solapa remitente. Y al buzón para que las alas de  los pies de los carteros la llevaran a su destino.

Foto cortesía de Fernando González Martínez]

Ahora la mayor parte de las cartas que recibimos son comerciales, de bancos, de compañías eléctricas u organismos administrativos. Fríos estándares que anuncian subidas o reclaman cobros con un lenguaje engorroso y  sibilina redacción disfrazada de  amenazas. “Por la presente comunico a usted”.

Las  entrañables son las familiares, las de amor o amistad.  Esas que se guardan atadas  con  una cinta y en sus líneas se adivinan  las manos y las miradas de quienes las escribieron.  Las que releídas después de muchos años nos siguen  evocando  momentos  inolvidables cuando las circunstancias ya no son las mismas. Allí, entre los renglones de  las cuartillas amarillentas por el tiempo, permanecen  unos sentimientos que un día nos conmovieron y que por eso  las  hacen únicas  e irrepetibles. Prefiero esas cartas de antes escritas a mano, las que  empezaban  por la cruz y acababan con la firma. En el centro el corazón derramado con la  tinta. 

 Y como el espacio no da para más se despide de ustedes con un cordial saludo hasta el próximo viernes  este amigo suyo  que  los es.