Anótalo en mi cuenta

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Hoy no tengo ganas  de hacer nada,

sólo quiero mirar las musarañas,

dejar  pasar las horas indolente

sin más aspiración  ni  pretensiones.

 

Vayan los demás a sus quehaceres

con  prisas por llegar sin saber dónde

y volver ignorando a qué habían ido

en trajín de hormigueros con alzheimer.

 

Que el guardagujas del reloj anote

estas horas perdidas en mi cuenta,

en la página que afecta al debe.

 

La deuda que hoy contraigo  en mi provecho

abonaré con amplia  demasía

con el trabajo que me den de muerto

 

Primavera tardía

W. A. Bouguerau, “El rapto de Psique”

(El rapto de Psique de W.A. Bourguerau)

Tengo en mis sueños
los labios de quererte en carne viva,
los deseos, someros, 
como la flor de espiga,
fecunda de graneros
desde su levedad inadvertida.
Primavera a destiempo
que el agua fresca de la lluvia aviva 
de la tierra en el fecundo seno. 
La tez endurecida
da nuevamente brotes, pasajeros,
pero ansiosos de vida,
como la sed busca veneros, 
como el alba rosada anuncia el día.

 

Esas miradas…

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Ese mirar tuyo

que traba  o resbala,

que manda o que ruega,

reprocha o aprueba,

que besa sin labios

o  hiere sin daga,

subyuga o eleva

o deja perplejo

a quien le incomoda,

que aísla  o arrastra,

que turba o serena,

enerva y altera,

Ese mirar tuyo

me lleva abstraído,

obseso  y poseso

tras su bella estela.

Campaña electoral

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Las próximas elecciones

serán sobre Venezuela

y no sobre la cazuela

que se cuece en los fogones.

¡La cosa tiene cojones!

Con los temas que tenemos

y que solamente hablemos,

para ocultar las  tarjetas

y los robos de los jetas,

del partido de Podemos.

Los jefes a su porfía:

Que a mí no me das lecciones,

que tú tienes más ladrones,

que tú eres más todavía.

¿Y de lo nuestro qué había,

señores procuradores?

¿Olvidan nuestros dolores,

mientras sobre el lodazal

discuten del bien y el mal

postulantes regidores?

Haikús

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La mariposa

en la flor de la jara

y tú  conmigo.

 

En  el estanque

a la luz de la luna

canta la rana.

 

Sendas de plata

en  noches de verano

por los olivos.

  

Un beso a oscuras

se perdió en tus labios

por la calleja.

 

Tarde de siesta,

en el fondo del pozo

perdí los ecos.

 

En  el balcón

de una calle desierta

canta un jilguero.

 

Qué guapa estás

con el cabello al aire

mirando lejos.

 

En la rivera

a la sombra  del chopo

el agua pasa.

 

El bieldo al aire

separa paja y grano

con la marea

 

En los olivos

serrando siesta y  aire

va la chicharra.

 

Noche de invierno

por callejas a oscuras,

huellas de barro

 

Calor ardiente,

con el pañuelo al cuello

los segadores.

 

Musgo y piedra

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Cuando las velas de tus deudos

extingan de  sus pábilos las llamas

sólo musgo y piedra

velarán tu sueño eterno.

En  las grietas de las losas

crecerá bravía la hierba

y los  vientos del otoño

arrastrarán hasta tu tumba  espinos secos.

Nadie evocará tus andanzas

ni sabrá tus historias.

Quienes te conocieron

labrarán contigo  el mismo huerto

de moradas malvas.

Para los nietos de tus nietos

 ni siquiera serás un recuerdo.  

 

Voces al viento

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Entre un corro de  muchachos

el pregonero en la esquina

lanza al aire sus pregones

al toque de trompetilla.

 

Chiflo del afilador,

arpa de viento que afila

con silbo fino de acero

el vientre de las cuchillas.

 

El hortelano  vocea

con voz de noria tranquila

los productos  de la huerta

y el verde frescor del día.

 

De Huelva, la mar salada,

frescas y vivas sardinas,

jureles, cazón y rubio

almejas y pescadillas.

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El hombre de los “tostaos”

pregona  la mercancía

y cambia garbanzos crudos

quitando el colmo a  la cima.

 

Carbonero con su burro

despacha carbón de encina

que torna en oro el soplillo  

en las antiguas cocinas.

 

Mujer de verdes hinojos,

pobre y de luto vestida,

junta  manojos  lavados

en la fuente de la villa.

 

El pan de las aguaderas

por vales de la maquila.

Manosea el panadero

ronzal, burra y  calderilla.

CARRITO CHUCHES

Casa por  casa el dulcero,

del brazo una canastilla

con mimos y cortadillos,

hojaldras y perrunillas.

 

Altramuces del arroyo

en el  charco de tía Espina

con  una cesta de mimbre

y un vasito de medida.

 

 

Diego y Bartolo con chambras

de Campanario  venían,

hilos,  tripa y pimentón

que las matanzas avían.

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Cuando acababa la feria

los turroneros salían

de calle en calle endulzando

la oculta  glotonería.

 

El tío de los helados

con la paleta ponía

cabeza a los cucuruchos

de turrón, fresa y vainilla

 

Podría seguir contando,

mas,  larga  fuera la lista.

Sólo nombro a botijeros,

y al hombre de la cal viva.

 helados

¡Ah, me olvidaba  al ditero,

y al que del Viar  traía

peces en la bicicleta.

Y al de las calcomanías,

 

ese de los cancioneros

de Marifé y de Molina,

gomas y restalladeras,

pirulís y chucherías.

 

 

Aquí acaba el homenaje

a personas  que hace tiempo

recorrían nuestras calles

lanzando  su voz al viento.

Francisco Umbral

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La vida de Francisco Umbral, que en realidad se llamaba Francisco Alejandro Pérez Martínez,  fue,  tras esa postura insolente y descarada que exhibía, triste y trágica. 

Su madre, Ana María Pérez Martínez, una mujer soltera y tuberculosa, lo tuvo a él tras una relación con un hombre casado   del que era su secretaria, Alejandro Urrutia, abogado cordobés y escritor, padre del poeta Leopoldo de Luis, gran amigo de Umbral.   El distanciamiento y desapego de su madre, que fue a parir a Madrid al  hospital benéfico La Maternidad por temor a las habladurías de la gente de Valladolid,  lo marcó para siempre. Umbral tuvo un único hijo   que murió de leucemia a los cinco años, lo que le inspiró su libro Mortal y rosa (1975), lleno de hondo lirismo y sentimiento.

Él mismo escribió: “He optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.

Me he permitido escribir el soneto que sigue como reconocimiento al gran escritor que fue tras reflexionar que muchas veces las apariencias engañan. 

Creó en su mente un mundo paralelo

lleno de elaborada fantasía,

para suplir su infancia tan vacía

de familia, querencias y consuelo.

Con alas de escritor levantó vuelo

y dio armazón a lo que no existía

creyéndose él mismo la utopía 

del brillo que emitía el espejuelo.

Francisco Umbral, de cínica insolencia,

ególatra y pedante altanería

inventó el personaje de sí mismo,

alcanzando en las letras la excelencia

con la trágica farsa que escondía

su orfandad en el fondo del abismo

Dormir en el monte

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Esta noche he dormido en el monte

sin ser aquel  vaquerillo  

que tendió su manta en el suelo.

Como los pastores en  días fríos,

busqué cobijo  al sur de la ladera,

cerca de Venus,

Hacia el norte, el valle de su vientre

y el edén de su pechos más arriba.

¡Qué placenteras ondulaciones del terreno!

A su abrigo quedé en la madrugada,

amparado en el  tibio calor de los deseos.

Monaguillos

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Fui monaguillo de repiques, de ayudantía y de trastienda, que en gajes eclesiásticos recibe el nombre de sacristía. No figuraba yo en la nómina de los doce duros al mes que el cura estipendiaba a los fijos, sino en el ramo de aficionados y en cierto deber moral que nos comprometía a los seminaristas. Conocíamos los monaguillos mejor que nadie los entresijos ceremoniales de las misas y sus prolegómenos de sacristía. Ayudar al cura a vestirse para las funciones religiosas era tarea reservada a los veteranos del escalafón. Había que saber diferenciar colores para cada tiempo litúrgico y prendas para cada ceremonia: amitos, albas, cíngulos, casullas, roquetes, estolas, manípulos… y conocer el orden de su colocación. Cuando los curas se las guisaban en latín, corría por los mentideros del vulgo una explicación apócrifa y burlona del significado de las misas, que nos refirió un día un sacerdote para explicarnos una de las razones de la implantación de la misa en el idioma del país.

La versión era que en las misas antiguas salía el reverendo de la sacristía, calado de bonete, con dos acólitos de escolta y oficiaba en el altar mayor, de espaldas a la feligresía. Poco más entendían los presentes que los momentos en los que había que levantarse, sentarse o postrarse. De vez en cuando el cura se daba la vuelta, abría los brazos y decía el conocido y repetido “dominus vobiscum”, que los fieles, faltos de conocimientos latinos, traducían libérrimamente como “¿alguno de vosotros lo ha visto?”, deduciendo que se referiría al extravío del gorro llamado bonete, porque de la sacristía seguro que salió con él y ahora no lo llevaba en la cabeza.

A media misa recorrían los monaguillos los bancos con bolsas pidiendo limosna. La crédula parroquia pensaba que iba destinada a sufragar la reposición de la prenda desaparecida. Así que a colaborar, aunque bien sabía Dios que ellos no habían sido los usurpadores de tan sagrado complemento y de la dignidad que conllevaba.

Contento el cura con lo recaudado en la colecta echaba un trago para celebrarlo, y agradecido, en justa correspondencia, repartía hostias a todo el que quería acercarse. Entiéndase en el nutricio sentido de la palabra.

Por fin, uno de los monagos se separaba un poco y de un rincón, sin saber cómo, regresaba con el bonete en la mano. El cura se lo calaba y, los monagos delante, enfilaban satisfechos el camino de regreso a la sacristía cantando: “La misa ha terminado cantemos con fervor que nuestra vida sea una misa señor”. No deja de ser una hipérbole humorística para resaltar la barrera de desconocimiento que se levantaba entre el oficiante y los fieles.

Termino con dos anécdotas de aquellas funciones y de aquellos tiempos. A la hora de la comunión un monago sostenía una vela y el otro ponía la bandeja debajo de la barbilla del comulgante para que en caso de que cayera la sagrada forma o una partícula por minúscula que fuese lo hiciese sobre ella. Nos distraíamos mi amigo Francisco y yo, a falta de ocupaciones más complejas, viendo como sacaba la lengua cada uno de los comulgantes. Había una mujer con un ojo de cristal que nos provocaba la risa cada vez que acudía. El cura, que ya conocía nuestra debilidad, nos miraba con el rabillo del ojo a los dos cuando la buena mujer se acercaba en la fila, no sé si advirtiéndonos para que nos contuviéramos o siendo cómplice de nuestro regocijo.

Un secreto de sacristía era el lugar donde se guardaba el vino para la consagración. Estaba bajo llave en uno de los armarios. Sólo el sacristán era el encargado de llenar las vinajeras. Un día, bastante tiempo antes de empezar la misa, tuve que ir, mandado por el cura, a llevar algo y sorprendí al sacristán dándole un trinque a la botella. Como no había explicación posible que justificara la libación, me ofreció como una especie de chantaje y complicidad probar el fruto de la vid de la botella que aún tenía en sus manos. Así obtuve una posición de privilegio en el trato que de tarde en tarde se materializaba con un trago de aquel vino tan exquisito.

Referido sea todo lo anterior con el máximo respeto y sin ánimo de molestar, pero así fue y así lo cuento.

Llerena, 18 de febrero de 2015. Tertulia literaria del ateneo llerenense.