Sentados a un metro de distancia en la terraza de un bar miran en direcciones opuestas, bien a los que pasean o a los que están sentados en otros lugares; a veces, furtivamente, al reloj de la torre. No hablan. Comen pipas de una bolsa común que hay sobre el velador. Cuando pasa algún conocido levantan la mano para saludar. Después de dos horas salen las primeras y únicas palabras de la noche:
-¿Nos vamos ya?
-Vámonos
(Nota: Sí, son las primeras y únicas porque el camarero, que ya conoce sus hábitos, ha preguntado que si lo de siempre y ellos han asentido con la cabeza)
Una tarde del día de difuntos, azul y fría, fui con mi padre al cementerio, según es tradición. No tendría más de siete años.
Como el sol de estas fechas se esconde pronto, las sombras alargadas de los cerros cercanos dejaban ya grandes zonas sin su luz directa y en las vaguadas se presentía la helada de la noche cercana.
Subía yo soltándome a menudo de su mano para coger hinojos secos de las cunetas, que olía y tiraba. Teníamos los muchachos un cierto escrúpulo de llevarnos a la boca cualquier planta que nacía en los bordes del camino del cementerio.
La mayoría de las personas, con caras tristes, pensativas y algunas llorosas, regresaba a casa después de haber visitado las tumbas de sus seres queridos. Grupos de mujeres agarradas del brazo, con mantos y velos negros de interminables lutos bajaban por el camino. Dentro del cementerio quedaban a estas horas pocos visitantes. Unos rezaban en silencio y otros paseaban por delante de los nichos, intentando reconocer los nombres de los enterrados o buscando la tumba de algún familiar lejano.
En la inconsciencia feliz de la niñez, mi pensamiento no trascendía a comprender el dolor que deja la ausencia y las caras tristes o llorosas constituían un elemento más del paisaje, pero esta tarde tuve un primer atisbo de la desolación y la amargura que produce la muerte.
Vi a un hombre ya mayor delante de una tumba, con una gran calva blanca que contrastaba con el resto de su cara morena, casi negra de vientos y de soles, la mascota sujeta por las alas entre sus manos nerviosas, levemente encorvado, traje oscuro con chaleco y camisa abrochada hasta el último botón. Yo, que lo que quería era seguir andando, tiraba de la mano de mi padre cada vez que éste se detenía. Pero esta vez me detuve yo al observar que al hombre del sombrero en la mano le resbalaban dos lágrimas silenciosas por su piel curtida y arrugada. Nunca había visto llorar a un hombre. Asombrado, intuí la pena y soledad que debería sentir en aquel momento. ¡Qué profundo respeto me produjo esta imagen una tarde fría de noviembre en el silencio solemne del cementerio, con los restos dorados de un débil sol abandonando ya las picochas de los cipreses! Al regresar no corrí, ni salté, ni cogí hinojos secos de las cunetas. Bajamos sin hablar; oscurecía y un frío de finos cristales se metía entre la ropa.
Llegaban del pueblo los dobles repetidos de campanas, sones que el aire polar del anochecido extendía como sábanas de plomo negro, agazapándose sus ecos en los rincones como alondras en los barbechos.
La costumbre era que los toques de dobles empezaran la tarde de Todos los Santos y continuaran todo el día de los Difuntos, pasando la noche en el campanario los monaguillos y el sacristán. Para ello, la semana anterior, los monaguillos acompañados del sacristán, vestido con roquete para darle oficialidad al acto, y tocando una campanilla como cuando el cura llevaba el viático a los enfermos, habían ido pidiendo por las casas las vituallas necesarias con las que alimentarse durante el día y medio que duraban los toques de las campanas.
En la torre, a medida que avanzaba la oscuridad, se iba destacando la luz de la candela que hacían para calentarse. Sus siluetas fantasmales, ya entrada la noche, eran arrojadas una y otra vez contra las paredes rojas del campanario, impulsadas por el movimiento caprichoso de las llamas.
En mi imaginación infantil, el infierno arrojaba hacia arriba bocanadas de fuego y allá, muy hondo, los pecadores se retorcían del dolor que les producía una combustión que nunca terminaría. Arder y arder sin consumirse nunca, padeciendo insufribles tormentos. El fuego eterno.
Ya en la cama, hecho un ovillo, en la semiinconsciencia que precede al sueño, creía ver un horno inmenso con figuras descompuestas por el dolor, demandando clemencia, una clemencia que por haber muerto en pecado mortal, según nos decían, nunca habría de llegar. Después de rezar dos o tres “Señor mío Jesucristo” con más miedo que devoción, lograba entrar de puntillas en el sueño.
Después de treinta y seis años me he vuelto a encontrar con Teresa. Sigue tan bella, tan entregada, tan ingenua, tan rebelde, tan enamorada y fantástica como siempre. Hemos recorrido velozmente con su “Floride” blanco las calles del monte Carmelo. Hemos tomado copas en el bar “Delicias”, paseado entre confetis y serpentinas una noche de finales de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos. He admirado sus hombros desnudos y su bella melena rubia.
La he reencarnado con tanta intensidad que he necesitado decirme a mí mismo varias veces que es sólo una invención de Marsé. No he podido convencerme. La desazón de una despedida sin abrazos ha quedado a mitad de camino entre la quimera y el deseo.
Sola, en la esquina de la calle más lejana, desnuda y olvidada, está la vieja farola, ajena a los vestigios de una noche ebria y borrascosa. Ya no alumbra los pasos diligentes de mujeres enlutadas ni el andar presuroso del labriego en la alborada. Huyó la corte de mosquitos zumbadores y salamanquesas cazadoras que aguardaban sigilosas el momento del ataque.
Cómplice otrora de furtivos amores y de besos pubescentes, los ábregos, la desidia y la crueldad terminaron por doblar su resistencia. Esqueleto metálico, deforme y herrumbroso, que alberga sólo el ruin casquillo de una bombilla rota.
Esta noche que necesito su luz me ofrece sólo el afilado silbido del viento entre sus hierros retorcidos. Vacío, sin rumbo y triste, he llegado a este lugar presintiendo entre los mantos negros de la madrugada el borde anguloso de su talle. A oscuras, he sentido la fría pena de su soledad y mi amargura.
Aunque el refrán diga lo contrario, el tiempo sí se lo come el lobo porque otros años por estas fechas estábamos cogiendo hongos en Fontanilla, en las Cumbres, en el Palacio y en los posíos de san Pedro.
Y aunque llueva a finales de octubre o principios de noviembre no será lo mismo. Vendrán las heladas y ya no saldrán con sus cabecitas blancas y sus tiernas laminillas rosas entre la hierba. Estas tibias mañanas, las tardes luminosas no son las mismas que si los campos estuvieran verdes por la lluvia. El verano se ha agarrado con fuerza a los faldones del otoño y no quiere dejarlo que vuele libre, húmedo y fecundo sobre las tierras resecas.
Cuando vamos a cogerlos, mayores y niños, pateamos los lugares en que tradicionalmente se han criado y que es donde pastan las ovejas durante el año. Regresamos con las cestas de mimbre llenas de este exquisito producto. En casa, después de quitarle la piel, los ponemos a asar con un poco de sal y cuando empiezan a desprender agua los apartamos. Listos para comer después de soplar un poco sobre ellos para que no nos quemen la lengua.
Esperemos que cuando las primeras cortinas de agua hidraten la piel reseca de la tierra siga el ambiente templado, con apacibles auras, que dejen salir de la tierra estas exquisiteces. Que aguarden las heladas.