Visto y no visto

De otros tiempos llegan hasta mí por la ventana del recuerdo las risas de unos niños que juegan en la calle.  Uno del grupo venda los ojos al que hace de ciego.  Después le da vueltas en varias direcciones para despistarlo.  El invidente intenta tocar a los demás, que forman corro a su alrededor, y estos procuran esquivarlo. Es el juego de ‘La gallinita ciega’. Francisco de Goya lo inmortalizó en una de sus pinturas.

Un amigo mío y yo nos montábamos en la misma bicicleta. Uno conducía y el otro iba en el portamaletas con los ojos tapados.  Dábamos varias vueltas por el pueblo y, al final de cada trayecto, el que no podía ver tenía que averiguar en qué lugar nos encontrábamos.

Hay más juegos en los que la privación de la visión es el elemento determinante.

Dos personas, sentadas una frente a la otra, intentan darse de comer mutuamente galletas mojadas en chocolate. El jolgorio está servido para la concurrencia.

Otros consisten en adivinar mediante el tacto de qué objeto o persona se trata.   O reconocer por la voz quiénes son los que las emiten.

Producen risa algunos, sorpresa otros y siempre ayudan a valorar la importancia de la visión como elemento identificativo y a resaltar la función de los otros sentidos en ausencia de esta. En todos, la satisfacción mayor se produce cuando, despojados de la venda, se vuelve a ver.

Para comprender mejor lo que es vivir sin este sentido basta con cerrar los ojos e intentar hacer las rutinas diarias: andar por casa, elegir la ropa que te vas a poner, encontrar el interruptor de la luz o servirte un café. Es una manera de valorar las dificultades con las que se encuentran cada día los ciegos y la meritoria labor de organizaciones como la ONCE.  

La piel percibe la temperatura, el vientecillo fresco de la tarde o el solano del verano Y las caricias.  El olfato distingue olores y aromas. (Recuerdo ahora ‘Esencia de mujer’ con Alpacino y ‘Perfume de mujer’ con Vittorio Gassman).

Las manos se convierten en identificadoras de formas.  Los oídos distinguen las voces de familiares y amigos y el tono con el que nos hablan… pero ninguno suple ni supera a la vista.

Escribió Antonio Machado que el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas: es ojo porque te ve. Mañana, doce de marzo, se celebra el día del glaucoma. Ocasión para concienciarnos de esta sombra silenciosa que va cerrando lentamente las cortinas a la luz. Afecta a más de un tres por ciento de la población y es, junto a la diabetes, la principal causa de ceguera en España. Puede prevenirse si se sabe que se padece y para eso lo mejor es controlar la tensión ocular que lo provoca. Su medición es indolora y rápida. Se evitan así sorpresas desagradables cuando el tiempo corre en contra. 

GENOCIDAS

Sálvenos el destino de verdugos

escondidos detrás de los morteros,

ya se crean ungidos por sus dioses

o por urnas con votos fraudulentos.

Dictadores que agitan aguas claras

para pescar después en río revuelto

y simular que son los salvadores.

Son lobos disfrazados de cordero

que derraman la sangre de los débiles

para saciar sus enfermizos egos.

Poder sobre la muerte sustentado

y en el espanto que produce el miedo,

malditos y negados sean siempre

por tanto padecer y sufrimiento.

Invención de los carnavales

Cuentan que los hombres vivían en una caverna atados con cadenas y condenados a ver en el muro del fondo las imágenes proyectadas por el fuego que tenían a sus espaldas.

En cierta ocasión llegó una bella e incitadora moza y uno de los presos, no pudiendo resistir sus insinuantes encantos, yació con ella.

Esta doncella era una de las múltiples personificaciones que la carne adopta para llevar por los caminos de la lujuria la voluble voluntad de los humanos.

La hermosa dama liberó al complacido preso de sus ataduras y le indicó que volviese la cabeza para que contemplase el origen de las imágenes que veía en la pared.

Lo primero que vio fue el fuego que las proyectaba. Empezaba a comprender muchas cosas.

Después fue guiado hacia la salida, ascendiendo por una escarpada pendiente. En el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Descubrió que la verdadera vida no era la reflejada en el muro, sino la que se desarrollaba a sus espaldas, la que él contemplaba en aquel momento.   

El tiempo concedido terminaba y tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que él había experimentado y pensaba contarles? ¡Había conocido la esencia de las cosas y no sus representaciones!

Se rieron y se burlaron de él durante días, pero, pasado un tiempo, decidieron que lo mejor era probar, no fuera a ser que se estuvieran perdiendo las maravillas que les relataba el compañero. Rogaron insistentemente la presencia de guías que los condujeran hacia el conocimiento de la verdad.  Las mujeres presas exigieron, so pena de rebelión tumultuosa, que mandaran tanto hembras como efebos.

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva hermosas mujeres y apuestos varones, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía unas condiciones: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales volverían a la cueva y serían de nuevo encadenados, volviendo a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 Así que, cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto con la primera lección que se negó a conocer más realidad que la que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás salieron al exterior y pasaron cinco días de cantes, bailes y desfiles, acompañados de cómica desmesura y estridente bullicio. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Y aquí están de nuevo, para que los que gusten y quieran, asciendan por la rampa para descubrir la parte oculta de sí mismos.

Camino andado

Me queda mucha tierra por andar

y no me dará tiempo a recorrerla,

pero emociones quedan pocas.

He reído y llorado,

quise y me han querido,

estuve triste y toqué el cielo.

Las mariposas que movían alas

dentro del pecho

están posadas hace tiempo

sobre las flores secas del jardín.

El curso de la vida bajó las torrenteras,

pero hoy, remansada el agua,

acumula en el fondo

el légamo arrastrado de las cumbres.

Ya solo quiero

sentarme en el otero del camino,

 y mirar con cierta melancólica distancia,

el trayecto que llevo recorrido.

Lamento lo que hice y no debía

y lo que dejé de hacer debiendo  haberlo hecho.

El futuro se pierde en un recodo,

entre la niebla de la incertidumbre.

Para el tramo final solo deseo

unas manos asidas a las mías

cuando contemple amaneceres y crepúsculos,

en silencio, sintiendo sus latidos.

Gracias. Hasta pronto.

Esta columna salió a la luz porque en aquel tiempo Tomás Martín Tamayo andaba por la red social de Facebook y leyó algunos escritos míos. Me preguntó si no había publicado nunca y le dije que no. Te voy a recomendar para que lo hagas, me contestó. Y me puso en contacto con Ángel Ortiz, director entonces del periódico.  Este me pidió que le mandara unas muestras de mis escritos. Así lo hice y parece ser que no le disgustaron. Al poco recibí una llamada de Juan Domingo Fernández, director de opinión. Comentamos sobre la extensión y algunos temas formales. Si no era imprescindible que evitara los temas políticos. Le mandé la foto que me pedía para encabezar la columna y con gran satisfacción y la inflada vanidad que parece ser que tenemos todos los que escribimos vi mi primer artículo publicado el nueve de octubre de 2015.  Antes había sido un asiduo de las Cartas al Director. El que las publicaran como destacadas me envanecía.  La última fue dedicada a las antiguas centralitas de teléfono, aquellas en que las llamadas tenían siempre demora y comunicaban solo inevitables penas y contadas alegrías.  

Un año después de publicar mi primera columna me cambiaron de lugar y ocupe el que dejó vacante el excelente escritor Fernando Valbuena.

Seis años y pico ha durado esta maravillosa travesía. He buceado en la memoria y sacado a flote recuerdos e impresiones que marcaron mi vida. Y como la vida de uno no se desarrolla sola, también la de muchos que han visto reflejada parte de las suyas en lo que contaba.  

He desempolvado los viejos pupitres de la escuela, añorado a los maestros y compañeros de entonces, las bodas, las matanzas, los juegos de calle y de mesa, la esquila de las ovejas, los trabajos artesanos, las charlas de las comadres al atardecer haciendo ganchillo, los lutos, los bares, las fiestas, las candelas, el cine…Estampas y retratos que la memoria guarda, sin duda filtrados por la melancolía de lo que se pierde y edulcorada su acidez y limadas sus aristas por el paso del tiempo y la subjetividad. Ignoro por qué se pierden unos y se conservan otros.

Acompañando al artículo de la semana pasada sobre el contrabando anunciaba al periódico mi deseo de dejar la columna Raíces. Son cerca de trescientas entregas y he pensado que es hora de un descanso. Así lo voy a hacer temporalmente, no sin antes agradecer a los lectores y al periódico la atención que siempre me han prestado.

Marisa García Carretero me anima a seguir, lo que agradezco. Quedamos en dejar un tiempo muerto de inactividad y reanudar posteriormente, dilatando la periodicidad a quince días.

Hurgaré en los rincones del recuerdo para sacarlos a la luz. Al fin y al cabo, como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Contrabando

Aquella noche del tres de abril de 1970 disputaba José Manuel Ibar, ‘Urtain, en el Palacio de los Deportes de Madrid el título de campeón de Europa de los pesos pesados al alemán Peter Weiland. Un grupo de estudiantes de la residencia ‘Fátima’ decidimos ir a ver el combate por televisión a un bar de los alrededores. La residencia estaba ubicada en las traseras de la antigua central lechera, con cuyo rumrum nos acostábamos y nos levantábamos.

En la misma residencia preparaba don Julio Fernández Nieva una tesis doctoral con muchas madrugadas de estudio. Nuestros bares de referencia eran ‘La Toja’ y ‘Azcona’. Enfrente, pasando la carretera de Portugal, abrieron un local con luces sugerentes denominado ‘Pipo’s’.

En esta ocasión decidimos ampliar nuestro territorio y nos dirigimos a ver el combate a una calle que salía de la avenida de Elvas hacia abajo. Una tasca de vino blanco en botella, luz macilenta y mucho humo. Estaban de moda entonces unas gabardinas, estilo Colombo, color marfil con cinturón y doble fila de botones en la pechera. Tres de nosotros las llevábamos. Parecíamos un comando de detectives.  Entramos en el local, donde no habíamos estado nunca antes. Los presentes nos miraron sorprendidos. Algunos desaparecieron y otros cuchicheaban.  Con la pinta que llevábamos no les inspiramos mucha confianza. Después del sobresalto inicial y aclaradas nuestra procedencia e intenciones vimos el combate sin problemas. Urtain salió a hombros con su nuevo título y nosotros a pie con nuestras gabardinas y el vino blanco asomando rosado en las mejillas. 

Los estudiantes de la residencia cogíamos el autobús al lado del edificio de Obras Públicas. Observé más de una vez cómo subían mujeres con unos paquetes del tamaño de cajas de galletas y sin conocer nosotros otras circunstancias bajaban precipitadamente y abandonaban la mercancía. Unos señores que debían de ser policías de paisano subían y la requisaban. A mí me daban pena los últimos cabos de la organización.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por entonces era raro que se fuera a Badajoz y no se comprara café portugués de estraperlo.  En la antigua estación de LEDA siempre había una mujer, resuelta y fresca que se acercaba ofreciéndolo. Desaparecía un momento y al cabo te traía el encargo. Estaba entonces a catorce duros el paquete. Curioso el origen de esta palabra. Es un acrónimo de Strauss y Perlowitz, dos vivales holandeses que en tiempos de la Segunda República trajeron a España una ruleta eléctrica trucada con la que obtuvieron grandes beneficios hasta que les descubrieron el engaño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El estraperlo, acuñada la palabra, y extendido su significado a otras actividades ajenas al artilugio eléctrico, enriqueció a mucha gente en tiempos de escasez. Tabaco y café eran dos de ellos.

Con el trigo también se estraperleaba. Se escamoteaba la obligación de entregar toda la producción al Servicio Nacional del Trigo y se ocultaba el resto, que se vendía en el mercado negro a precio muy superior.

Tren de vía estrecha

Hay oficios que bautizan a los que los ejercen y a toda su parentela.  Si vamos a un pueblo y queremos saber de alguien conviene conocer su ocupación. Nos será más fácil localizarlo.

Si preguntamos, por ejemplo, por José González, es probable que existan varios con ese nombre y que quizás pocos lo conozcan por él.  Pero si añadimos el yegüero, el sillero o el aperador habrá tantas manos como personas señalando la casa donde vive. 

En mi pueblo, Juan Diego era conocido como ‘el del carrillo’. Yo de pequeño lo atribuía a alguna incidencia o característica peculiar que tuviera en la parte más carnosa de la cara, pero por mucho que lo observaba no encontraba nada extraño.  

Tuvo variadas ocupaciones en su vida. Fue porteador de barras de hielo en su bicicleta desde la fábrica de Berlanga a Ahillones, municipal y cartero. Por si fuera poco, formó parte de la División Azul en tierras rusas, donde aprendió algunas frases que repetía con frecuencia a los amigos y donde se le quedó un trozo de su nariz por una bala perdida.

Lo de tal sobrenombre tenía otra explicación. Le venía del carrillo que utilizaba como medio de transporte para recoger y llevar paquetes de Ahillones a Valverde de Llerena. Por allí pasaba el tren de vía estrecha y existía estación del ferrocarril. En un principio la vía partía de Fuente del Arco y llegaba hasta Peñarroya (Córdoba). Posteriormente la ampliaron hasta Puertollano (Ciudad Real). La línea fue construida por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya. La idea del trazado fue del ingeniero y gerente francés Charles Ledoux. Así daba salida al mineral hacia el norte y hacia el sur por Sevilla, pues la línea enlazaba con las de más anchura.

El mineral de la mina de La Jayona lo transportaban al principio en burros hasta la fundición, cercana a la estación.  En el año 1905 se puso en funcionamiento un teleférico para salvar las sierras entre ambos valles. Todavía quedan huellas de las torretas en algunos tramos.

 En el año 1956 la línea pasó a ser propiedad del Estado. Transportaban pasajeros y mercancías. La progresiva decadencia de las minas y el poco uso del tren hicieron que en el año 1970 se cerrara definitivamente por no ser económicamente rentable.

Paseo a veces por el antiguo trazado de esta vía férrea. La han convertido en ruta verde escoltada por dehesas, pastos y tierras labrantías para senderistas y ciclistas. Saliendo de Fuente del Arco llega a las ruinas de un antiguo apeadero, a cinco kilómetros de Berlanga y siete de Azuaga.  Al pasar por la antigua estación de Valverde, totalmente en ruinas, me acuerdo de Juan Diego y su carrillo, de la vida de entonces y de la actividad económica que hubo tiempo atrás con la minería.  Y acuden a mi memoria los versos de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía…”

Lluvia calaera

“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”, escribió Jorge Luis Borges.  Y del pasado llegan los recuerdos de otras lluvias, de otros temporales otoñales que por su ausencia en el presente acrecientan el deseo.

¡Qué placer sentimos de niños al ponernos con los paraguas debajo de los canalones! También cuando jugamos a ser ingenieros construyendo con piedras y barro presas en los regajos de la calle.

Con la lluvia navegamos por el mar del embeleso, atraídos por el espectáculo sonoro y visual que lo envuelve todo.

Al anochecer las débiles luces de las bombillas rielan en los charcos. Es la hora del regreso de los labradores, barro en las manos y en los ojos el pardo color de las besanas.

Estamos terminando octubre y por aquí ha llovido poco. Pero ya las bardas agarradas a la sierra por poniente y las nubes con forma de borreguitos al mediodía la anuncian para este fin de semana. Se desea y se necesita, no con la impetuosidad con la que cae la de septiembre, sino la caladera que fecunda los campos y llena los veneros. “Lluvia mansa y serena, de esquila y luz suave”, como la define Federico García Lorca.

Con el pronto declinar de la luz solar en estas fechas, el atardecer se convierte en un puzle de tonalidades grises que lo envuelve todo.

Me distraigo viendo las gotas, sujetas brevemente a los cristales con sus leves manos líquidas, como queriendo ver, curiosas, el interior del cuarto donde paso la tarde. Vienen otras y se las llevan, resbalando hasta el junquillo de la ventana.

De madrugada la lluvia tiene un encanto especial. Se oye el silbo del viento en los cables del tendido eléctrico y en las cornisas de los edificios. El rumoroso murmullo del agua, como un enjambre de abejas libando en el panal de los tejados.  Con ese sonsonete me duermo plácidamente hasta que por las rendijas de la ventana entran las espadas cenizas de la aurora.

Después de una noche lluviosa vamos a ver la crecida del arroyo, que baja con agua turbia y restos de pasto seco. Hay gente en las orillas con las manos en los bolsillos contemplando en silencio, igual que cuando se miran las llamas de la candela. Las nubes se alejan veloces camino de la mar vieja.

En los pueblos conocemos las rutas que siguen, presentimos los cambios por la dirección del viento y el aspecto del cielo. Tenemos el horizonte al alcance de la vista, ahí en los ejidos y lamentamos su tardanza cuando falta a su cita.

Quiero que llueva, “porque la mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Los remolinos polvorientos y espinos en las alambradas, me desazonan y me llevan a la aridez de los desiertos. La lluvia me devuelve a la vida de la infancia.

 

 

Gestos y detalles

Los gestos, en su acepción de hechos que implican un significado o una intencionalidad, forman parte de nuestras vidas.  Unos son nobles, emocionantes otros, muchos, impostados por conveniencia o presunción.

Sergio Reguilón, futbolista español que juega en el equipo inglés del Tottenham, ha recibido gran cantidad de parabienes en las redes sociales y periódicos deportivos por el que tuvo en un encuentro con el Newcastle. Avisó al árbitro de que un espectador tenía un problema sanitario. Gracias a esa observación se suspendió el encuentro hasta que el afectado fue atendido por los equipos médicos.

La risa inoportuna del candidato alemán de la CDU a la cancillería, mientras el presidente alemán hablaba de solidaridad con las víctimas de las inundaciones, lo puso en un aprieto y le obligó a pedir disculpas. Posiblemente le ocasionó también la pérdida de muchos votos.

En el debate televisado de la campaña electoral entre Nixon y Kennedy en 1960, el primero no quiso maquillarse, vestía un traje gris y sudaba.  Su oponente cuidó los detalles. Traje oscuro y bronceado impecable.

A otro candidato a la presidencia de Estados Unidos, George Bush padre, le salió caro mirar dos veces el reloj durante el debate frente a Bill Clinton.

No recuerdo bien si fue Joaquín Vidal, el excelente cronista taurino, quien escribió que a la plaza de la Real Maestranza de Sevilla se iba sobre todo a emocionarse. Un quite, un brindis, una media verónica, un par de banderillas. Incluso el paseíllo, cuando quien lo hacía era el faraón de Camas.

 “Un destello de luz y una risa oportuna amo más que las languideces de la luna,” escribió Manuel Machado.

El futbolista famoso que regala su camiseta a un niño desvalido emociona y gana la simpatía de los espectadores.

La vida política y social está llena de ellos. Llegan fácilmente a los destinatarios.  El beso al suelo del país al que se llega. Un apretón de manos o, al contrario, la negación del saludo a quien la tiende transmiten el mensaje de un estado.

Arafat pronunció un importante discurso en la ONU el 13 de noviembre de 1974 con un ramo de olivo en una mano y una pistola en la otra.

Tommie Smith y John Carlos los dos atletas de EEUU recibieron sus medallas de oro y bronce, respectivamente, levantando un puño con un guante negro en la Olimpiadas de México en 1968.

La imagen de Rafa Nadal ayudando en las inundaciones de Mallorca el nueve de octubre de 2018 le granjeó más simpatías, si cabe, de las que ya goza.

El abrazo entre una militar española y una mujer afgana en el aeropuerto de Torrejón en la última guerra de los talibanes realzó la misión solidaria de nuestro ejército.

Hay gestos trascendentes. Otros, forzados, se desvanecen en cuanto dejan de alumbrar los focos. Son impostores y charlatanes de feria. Conviene separar el grano de las granzas.

Vino amargo

Lóbregas tabernas donde olía a sudor y se juraba sobre el altar profano de los mostradores. Sillas de enea, algunas camillas y el humo de tabaco envolviéndolo todo.

Los urinarios estaban en el corral o en la calleja cercana. La meada, con una mano en el cuadril o en la pared si el que miccionaba necesitaba ayuda para mantener el equilibrio.  Los establecimientos que tenían dentro del local los servicios disponían del habitáculo justo para que cupiera el usuario. Uno tenía la puerta tipo cantina del oeste, tapaba el tronco del cuerpo y dejaba al aire pies y cabeza, de forma que el que estaba orinando podía seguir la conversación

con los compañeros que permanecían en la barra. Como no había agua corriente, de vez en cuando le echaban una cuba para aminorar el mal olor.

En uno de ellos el dueño guardaba una escoba de rama cerca del agujero donde se evacuaba. Estaba en el descanso de una estrecha escalera que subía al doblado. Había que traspasar el mostrador, por lo que quien necesitaba hacer uso de él debía acceder levantando la tapa que estaba en un extremo. El regente del local siempre avisaba: ¡Cuidado con la escoba!

Para limpiar la vajilla disponían de cubas o lebrillos, uno para lavar y otro para el enjuague. El agua iba tomando color a medida que avanzaba la jornada.  El paño ultimaba el aseo. Se introducía con el dedo pulgar en el vaso y se rotaba. Una mirada a contraluz delante de la clientela servía como acreditación de la limpieza.

Sin comida que acompañar en las libaciones, el alcohol expandía sus efectos desde el estómago a los pies y a la cabeza, pasando por la lengua que en los primeros momentos era vivaz y después se hacía pastosa, enredándose en las lianas de la torpeza. El señuelo era evadirse, pero se terminaba cayendo en una profunda melancolía. Agarrados al espejismo de la euforia, poco a poco, los efluvios del alcohol se evaporaban dando paso a la tristeza.

Había borracheras bochornosas, sobre todo en los días de fiesta. Ciertos trabajadores que acudían al pueblo con ganas de beberse a tragos su ausencia en pocas horas terminaban perdiendo la decencia y la dignidad.

Todavía repugna a mi recuerdo un borracho tendido en la acera. Boca arriba, turbia mirada al cielo, con un hilo de vino entre la comisura de sus labios. De mayor conocí algo de su historia. Sicario en la pared del cementerio, junto al pozo, donde quedaron cicatrices que la cal solo pudo disimular con una mano blanca. Eran las primeras imágenes que captaba de la degradación humana, ignorada hasta que descendí por las escaleras de la razón a la sima de lo inexplicable. Bebía para olvidar, pero el vino no borra, sino que resalta lo que se desea ocultar cuando las olas de la resaca se retiran en un amargo despertar.