La mili

Ya hace treinta y seis años que suspendieron la obligación de hacer la mili. Los quintos, que creó Carlos III al decretar que uno de cada cinco jóvenes debía incorporarse al ejército, fue el nombre que se utilizó para todos los mozos que se incorporaban a filas, aunque los procedimientos para hacerlo fueron cambiando con los años.
El día ocho de noviembre de 2000 se celebró el último sorteo que asignaba los destinos del año 2001. A partir, por tanto, del uno de enero de 2002 quedó suspendido el servicio militar obligatorio.
En este largo periodo de vigencia de la mili hubo injustas formas de leva que hacían recaer la defensa de la patria en los que no podían librarse porque no disponían de medios económicos. “Si te toca te jodes que te tienes que ir, que tu padre no tiene para librarte a ti”
Fueron los casos de redención y sustitución por los que quedaban exentos de ir al ejército, tanto en tiempo de paz como de guerra, quienes pagaban una cantidad de dinero o buscaban directamente un sustituto, el cual cumplía el servicio en lugar del sustituido.
 La diferencia entre redención y sustitución era que en el primer caso la administración se comprometía a reemplazar al redimido por otro voluntario o reenganchado y en la sustitución era el joven beneficiado quien debía presentar al sustituto, una vez comprobada su aptitud.
La picaresca encontró en ello su caldo de cultivo.  Muchas familias se entrampaban para librar a sus hijos pagando intereses abusivos. Se presentaban para ser sustitutos, cojos, enanos, lisiados… que eran declarados inútiles en la primera revisión médica. También se presentaban por la mitad del precio, vagos y delincuentes que a la primera ocasión que tenían desertaban, con gran perjuicio tanto para el ejército como para el que había pagado para ser sustituido, pues éste debía abonar ahora una cantidad suplementaria a la Administración. Casos más tristes eran los jóvenes que en edad militar se auto mutilaban con tal de ser declarados no aptos.
Esta situación duró hasta 1912 en que se derogaron la redención y la sustitución, lo que supuso una importante disminución de ingresos para Estado. Se aprovechó la circunstancia para crear el llamado ‘soldado de cuota’ con el fin de favorecer a estudiantes y profesionales al permitirles reducir el tiempo de permanencia en filas mediante el pago de una cantidad de dinero.
Con la Ley de Reclutamiento de 1940 se implantó el servicio militar obligatorio para todos los varones declarados aptos.
De los temas de conversación de los jóvenes han ido desapareciendo el vocabulario y el argot que muchas generaciones anteriores de varones utilizaron en una etapa de sus vidas que les dejó huellas imborrables. Estas palabras entraron en una zona de penumbra y las venideras solo las conocerán por referencias. Canciones que pertenecen al acervo cultural de los pueblos: “Vamos los quintos parriba/que nos llaman las campanas. /Jugaremos nuestra suerte/pa unos buena pa otros mala”. Los toques de fajina, diana, retreta, generala; las guardias, la soledad de las garitas, la alerta del centinela, los arrestos en prevención y calabozo…Lugares que solo con nombrarlos evocan cientos de anécdotas y recuerdos: Ovejo, Cerro Muriano, llano amarillo, jura de bandera… Amistades que perduran a pesar del tiempo transcurrido. La historia ordenó retirada con toque de corneta.

Guardar las apariencias

En el capítulo tercero del Lazarillo de Tormes se narra lo que le aconteció a este cuando se puso al servicio de un escudero que no tenía qué llevarse a la boca, salvo una paja con la que salía a la puerta “escarbando los que nada entre sí tenían” para aparentar ante los demás que había saciado su hambre. No era así, pero ponía, creía él, a salvo su fama y su honra, conceptos ambos de arraigada tradición en la sociedad y literatura. Lo describe viéndolo “venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta” […] “y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos”.
Aún hoy el buen nombre y la fama ocupan lugar destacado en la escala de valores sociales y, perdida la hacienda, se intentan preservar aquellos ante los ojos y la opinión de los demás, aunque ya sabemos que es el poderoso caballero quien “da y quita el decoro/y quebranta cualquier fuero”.  
Las personas necesitamos ser aceptadas y valoradas por el grupo con el que convivimos y el temor al rechazo y la marginación nos lleva a observar ciertas formalidades, aunque no comulguemos con ellas.  
Pero puede suceder que supongan un corsé y limiten la libertad cuando otorgan credenciales de buen o mal comportamiento, según retrógradas mentalidades.
Hay que ser muy independientes para no actuar condicionados en alguna medida por la opinión ajena, por el qué dirán. O eres pobre de solemnidad y nada tienes que perder viviendo al margen o muy rico y a ajenos ojos tus deslices serán campechanías y no desdoro.
Y si bien es necesario para la convivencia guardar modales que muestran el respeto a los demás, no es conveniente convertirse en esclavo o víctima de las mismas.  La moral y las costumbres son cambiantes y lo que ayer fue negro hoy tornó a rosado, aunque ciertos vigías de morales ajenas se empeñen en mantener e imponer, anquilosadas y rancias, las suyas.
Hace años convivir célibes sin pasar por vicaría suponía escándalo y mancilla y si llegaba un embarazo en estas circunstancias las hogueras de las lenguas abrasaban el crédito de los afectados. Si mediaba promesa, con prisas, a echarse bendiciones. Si procedía el retoño de casado o bribón, la pobre mujer afrontaba sola el infortunio. Así que muchas, porque la cincha de las murmuraciones las asfixiaba, pusieron tierra por medio y se abrieron camino en la vida con grandes dificultades lejos de tan agobiante corsé. “Me dijo: ¿Por qué te vas? /Le dije: porque el silencio/ de estos valles me amortaja/ como si estuviera muerto”.
Cotilleos en el pozo, ambientada en la Sevilla del siglo XIX. Se trata de una xilografía coloreada a mano, basada en un cuadro de J. Philips.
No había que llegar a esa situación para que el viento de arena minara la fama y el buen nombre. Los censores de morales ajenas tras las persianas llevaban cuadrante de horas de salidas y llegadas a casa. Hasta había quienes anotaban fecha de casamiento. Llegado el parto, aunque fuera con los dedos, echaban cuentas hacía atrás para averiguar momento de la concepción sin ángel. ¡Ya decía yo, que dispusieron pronto!
 Pero “La juventud siempre vence, la juventud siempre empuja” y los moldes opresores de antaño fueron, afortunadamente, rotos y las costumbres liberadas. Los que ayer fueron principios inmutables los cambiaron la sociedad y Groucho Marx. 

El canto de la perdiz

En las zonas rurales los olivos llegan casi hasta las paredes del pueblo y puedes escuchar el canto de la perdiz sin alejarte mucho de los campos que lo circundan.
Por estas fechas el refranero avisa a los cazadores de que es tiempo de colgarse el perdigón a las espaldas y salir a practicar esta ancestral modalidad de caza que tiene acérrimos detractores y fervientes partidarios.
En estas fechas previas al levantamiento de la veda el jaulero se esmera en el cuidado de sus ejemplares y aumenta la frecuencia de sus visitas a las jaulas. Les pica bellotas, cerrajas, ‘lechuguetas’, acelgas silvestres, achicorias; les echa trigo, cañamones, pipas de girasol…Una alimentación rica y variada para la temporada de celo.
Saca los perdigones al sol del corral en donde se escuchan los reclamos de otros enjaulados que replican y llaman.
Los puestos o tuyos son ahora portátiles y los hacen con materiales artificiales. Antes se requería destreza y más tiempo para construirlos. Muy antiguos, los de piedras. Los construidos con ramón de los olivos, aprovechando la tala, los más utilizados. Parte fundamental de todos, la tronera, pequeña abertura desde donde se observan los lances. Se busca el lugar adecuado, según se salga al alba, a las once o de tarde.
El perdigón del campo acude a defender su territorio cuando escucha al intruso que quiere, gallardo y altanero, imponer su dominio y robar la hembra al compañero.  Ese es el meollo, la esencia que la naturaleza repite en casi todas las especies para su conservación.  En medio, el hombre, alterando el instinto más atávico y más placentero.
La utilización de la tendencia sexual no es un ardid exclusivo del mundo cinegético. También se ha empleado en el espionaje. Una bella mujer con sus encantos atrae a un ilustre personaje que embelesado por sus dotes olvida obligaciones y entra en plaza con tal celo que entrega información y documentos que no debiera. Es lo que sucede cuando el pensamiento baja del lugar destinado para ello y se enreda en las madejas del deseo. Dos casos, como ejemplos. Mata Hari, la espía nacida en los Países Bajos que trabajó para los servicios secretos alemanes y Cristina Keeler, la del caso Profumo, el ministro de guerra británico que tuvo que dimitir por sus debilidades amorosas.
Los bellos y variados cantos de llamada, reto, recibimiento y cortejo conforman un espectáculo sonoro y visual de gran belleza. La primavera despunta en la flor del almendro y aunque todavía no es su tiempo, en nuestra tierra la luz se escapa pletórica por las costuras del invierno.
Existe un vocabulario rico y onomatopéyico para designar los diversos tonos del canto de la perdiz: reclamos de cañón, de buche, ‘curicheos’ piñoneos, ‘piteos’, cloqueos, castañeos, titeos… Hasta hay uno que llaman responso que emite el enjaulado tras el tremendo disparo que enmudece al campo. Yo pienso que para comprender plenamente sus significados y los sentimientos que transmiten esos cantos tendría que ser uno perdigón.  Dicen que terminada la sesión de caza se le acercan al de la jaula los abatidos para que, viendo los trofeos, se sienta vencedor en el duelo. Me parece que eso es querer saber demasiado, sobre todo si entre ellos está la hembra a la que ha estado requiriendo con cariñosos y variados requiebros sonoros un poco antes. 

Norias y huertas

¿Recuerdas aquellos atardeceres cuando nos sentábamos a la sombra del moral que crecía al lado de la alberca?
Íbamos allí a coger hojas para los gusanos de seda que guardábamos en una caja de zapatos. ¡Cómo nos gustaba observar la elaboración de los capullos y la asombrosa transformación en frágiles y efímeras mariposas que morían después de poner multitud de huevecillos!
La noria vaciaba allí el agua clara y fresca. El manantial estaba debajo de una bóveda de ladrillos.  Nos vencía la curiosidad y bajábamos a verlo por unas escaleras de losetas rojas. Una cancilla cortaba el paso a mitad de camino. El fondo oscuro nos impresionaba. Solo cuando el sol estaba cercano al mediodía un haz luminoso llegaba hasta él. Las escamas plateadas de los peces brillaban fugaces cuando les daba la luz en sus vientres.
Cerca de la alberca tenía el hortelano su huerta. La burra con los ojos tapados, dócil extremo del radio de un mono surco rayado, extraía el agua en los cangilones. Una feria de cosquillas y de risas acuosas parecía el sonido de la que volvía a caer otra vez en el venero.
Distribuía el agua por los canales tapando o abriendo el acceso. Qué olorosa frescura percibíamos entonces. La labor del horticultor es la que más mima la tierra. La desmenuza cuidadosamente, la peina con el rastrillo, acaricia la espalda a los canteros y da vida a sus arterias con el riego.
Dice el refrán que ‘quien tiene un huerto tiene un tesoro y si el hortelano es moro, doble tesoro’.  Fueron maestros en la horticultura y en el uso de agua, construyendo aceñas, azudes, pozos, norias, acequias…
El fraile franciscano Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar, nacido en Hornachos en 1725, en su manuscrito ‘Partidos triunfantes de la Beturia Túrdula’, el territorio prerromano situado entre el Guadiana y Sierra Morena, ensalza la labor de los moros por la traída desde África de árboles frutales y por la utilización sabia del agua y la labranza del terreno, lo que daba lugar a productivas y hermosas huertas. Este manuscrito, convertido en libro, se conservó gracias al interés por él de Vicente Barrantes Moreno.  El original se conserva en la biblioteca del  monasterio de Guadalupe.
Ya no se utilizan las norias y el número de huertas ha disminuido considerablemente.  
En el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1791 decían de mi pueblo que había “doce huertas de regadío y agua de pie plantadas de arboleda de pera, higueras, ciruelas de distintas clases, cerezas, guindas, de buena calidad todo, y de legumbres, lechugas, escarolas, cardos, coles, zanahorias, cebollas, ajos, tomates, habichuelas, nabos, pimientos, pepinos, berenjenas, y otros cuyos frutos son saludables y de buen gusto”.
Hoy he vuelto por aquellos parajes que tantas veces recorrimos de niños.
La hierba se ha apoderado del lugar donde estaba la noria. Tiene el palo del mayal roto y los cangilones oxidados, pero aún se nota tenue el camino redondo del andén que los pasos repetidos de los asnos hicieron.
Al pasar por la puerta del cortijo me he acordado de los que sin prisas se sentaban debajo del parrón y charlaban hasta que el cricrí de los grillos y la primera luz de los luceros se fundían en una sinestesia de los sentidos.

Motes

Cuando llegues a cualesquiera de nuestros pueblos es posible que localices mejor a la persona que buscas si sabes el mote por el que es conocida. Es una forma directa y rápida para no errar. Pero ten cuidado de no ofender involuntariamente porque hay quienes escuchan su apodo o el de su familia y reaccionan como si les tiraras un gato a la cara. Están  los que los  aceptan, quienes lo llevan con orgullo y a quienes no puedes decírselo en la en la cara so pena de enfrentamiento.
Existen sobrenombres que derivan del oficio desempeñado, como carniceros, esquiladores o diteros.  Otros, vía sinécdoque, compendian en un vocablo la identidad, como Cerote, famoso zapatero. Hay familias que son conocidas por la finca donde trabajaron ellos o sus antepasados, como los de la Virgen del Ara, los de la Vicaría o Encinalejos.  Los motes que aluden a deficiencia físicas, como cojeras o bizqueras, es mejor evitarlos por ser de mal gusto y humillantes.
El ingenio y capacidad de observación de los que motejan son asombrosos. En mi pueblo había dos hermanas que siempre vestían de negro y entraban y salían de su casa con la asiduidad que los recados y faenas demandan. Un vecino que tenía por oficio más conocido sentarse en la puerta de su casa no dudó en bautizarlas como las Golondrinas.
Tan frecuentes son los apodos y tan enraizados están en nuestra idiosincrasia que en algunos pueblos confeccionaron la guía telefónica con ellos, como sucedió en Cedillo, Cáceres.
El otro día requerí los servicios de un electricista en ciudad ajena y le pregunté el nombre para localizarlo en una próxima ocasión.  “Pregunte usted por Juan el Chispa”, me dijo. No quedé muy convencido de la efectividad de los empalmes que pudiera hacer si de ellos resultaban estas.
 A un señor que se las daba de fino cada vez que hablaba le pusieron el Entrefino.  El Letra a quien cobraba las de cambio con aquella cartera alargada. Trancas largas al que andaba con pasos excesivos.
Otro tema es el gentilicio coloquial con el que se designan a algunos naturales de ciertos pueblos, producto sin duda de rivalidades vecinas. A los de Usagre les llaman Panzones, Culebrones a los de Bienvenida. Serones a los de Villanueva y Calabazones a los de don Benito, por citar solo unos ejemplos.
Caso curioso es el de Guadalcanal, hermoso pueblo de la provincia lindera de Sevilla, donde por la abundancia que hubo de haber de folladores, (no pienses mal, se refieren a operarios que afuellan en las fraguas) se les conoce con tal denominación que lleva al equívoco. Original el de mi pueblo: Pahilones.
A Berlanga, donde apodar es uso corriente sin que los apodados se ofendan, llegó un día un camionero a un bar preguntando por un vecino del que aportó nombre y apellidos. Después de deliberar los asistentes sobre la identidad del aludido, el dueño del local exclamó: “¡Ah, sí, hombre, ese es el Gato!”. Salió a la puerta para indicarle con referencias más visibles la casa donde moraba el susodicho. “Cuando llegue usted allí, pregunte por el Gato, dígale que lo manda Ratón”. Tal era el apodo de quien tan amablemente lo guiaba. El camionero, desconcertado, no sabía si se estaba burlando de él o le estaba dando razón cierta.

Los Santos Inocentes

El día de los Santos Inocentes íbamos a las casas de nuestros familiares más cercanos y les pedíamos dinero con cualquier excusa. “Me ha dicho mi madre que si le puedes dejar un duro, que no tiene suelto.  Después te lo devolverá ella”. Con las cinco pesetas en la mano salíamos corriendo. “¡Los santos inocentes te lo paguen!”.  La mayoría de las veces fingían sorprenderse, pero sabían a lo que íbamos porque la expresión de nuestras caras nos delataba. Tendríamos que aprender muchos años después cómo se miente sin alterar los músculos faciales, observando a caraduras de cemento armado negando la evidencia.
Entre las variadas bromas que ideábamos para aprovechar la buena fe de los que no caían en la cuenta del día que era, estaba la de hacer ir a alguien a algún lugar con el pretexto de que lo estaban esperando.
Los medios de comunicación también han contribuido a esta costumbre publicando o difundiendo noticias falsas. Práctica que en la actualidad ha decaído.  La mayoría son poco creíbles y el lector avispado cae en la cuenta enseguida de su falsedad.
Siempre me extrañó que esta festividad de hoy, que recuerda el asesinato de niños inocentes, se honrase gastando bromas.
 
Pero ya sabemos que la mayoría de las celebraciones cristianas tienen su origen en fiestas paganas. Las Saturnales, en honor del dios Saturno en la antigua Roma, es una de ellas. Se comía y se bebía a discreción y se intercambiaban los papeles sociales. Los criados se convertían en señores y los señores en criados por un día. Con antecedentes en esta se festejaba en Francia en la Edad Media la ‘Fiesta de los locos’.  Durante su transcurso en algunas iglesias los clérigos se daban a la vida licenciosa. Banquetes, juegos y desahogo de represiones, sacrilegios incluidos. Ancha es Castilla a la pata la llana en tierras galas.
En la fiesta de los Inocentes eran los niños los protagonistas. Se ponían en lugar de los adultos y se les permitía toda clase de travesuras.
El origen cristiano de esta festividad es la matanza de los menores de dos años que ordenó Herodes ‘el Grande’ para evitar que el llamado rey de los judíos le quitase el trono. Relato no acreditado históricamente y solo relatado por uno de los cuatro evangelistas, san Mateo.
De los significados que se asignan a la palabra inocente: libre de culpa, que no daña, ignorante, niño que no ha llegado a la edad de la discreción, fácil de engañar, esta última es la que mejor define a los nuevos inocentes, que somos los adultos hechos y derechos.
Miguel Delibes extendió significado y santidad a los explotados por señoritos terratenientes, amos de vidas y haciendas.
Hoy nos engañan más finamente. En esta larga y sibilina inocentada, el sistema permite travesuras perversas a los pícaros. Comisiones bancarias abusivas, subida de cuotas de las compañías de teléfonos por nuevas prestaciones que nadie ha solicitado, promesas electorales incumplidas, sueldos a nuestros jóvenes que en muchos casos solo alcanzan para una penosa subsistencia…Estas son bromas muy pesadas de las que extraigo la sensación que me han colocado en la camisa el monigote de papel con piernas y brazos abiertos y que un grupo de capitostes disfrazados de niños traviesos se parte de risa a mis espaldas.

Coplas

Un joven con pantalón acampanado, gafas de sol estilo aviador y jersey de cuello alto está en la barra de un bar. Fuma tabaco rubio y bebe en vaso largo. La mirada la tiene más allá de donde le alcanza la vista. Saca una moneda y la mete en la ranura de la máquina de discos.  Suena Bambino: “Quedé tan solo como quedan los nidos en invierno…”. No hay auriculares para individualizar el sonido, así que todos los presentes escuchan la melodía.
Estas máquinas se pusieron de moda a finales de los años sesenta. El brazo buscaba al disco elegido. Nada de digitalización todavía.
Por un duro se escogían dos canciones de un listado que estaba en el frontal. Por la elección se deducía el estado de ánimo y se suponían los gustos musicales del que echaba el dinero. La escena relatada podía suceder en cualquier bar de aquellos tiempos.
Nuestra historia sentimental está jalonada de canciones que dejaron en nuestras vidas un recuerdo que se aviva cada vez que volvemos a escucharlas, como los perfumes, que asocian su aroma a personas que conocimos o lugares que visitamos.
Nos traen recuerdos de vivencias pasadas. Evocan, emocionan y despiertan nuestra fantasía. Hacen que nos creamos partícipes de los hechos y situaciones que cuentan sus letras. Pertenecen a nuestro bagaje cultural y sentimental.
Yo observé cómo sentían los mayores el dolor por el perro que mataron en el coto de Doñana cuando escuchaban a la Niña de Antequera, admiraban a unos ojos verdes como la albahaca en una noche de mayo; se compadecían de Juan Simón con su azada al hombro y la pala en la mano cuando venía de enterrar a su hija porque era el único enterrador del pueblo. Se sentían mineros con Antonio Molina, buscaban con la Paquera los luceros de unos ojos verdes en la soleá de las noches sin luna.  Vieron caer la torre de arena que labró el cariño y comprobaron con Marifé de Triana que todo es mentira, todo es quimera.
No querían, como Pepe Pinto, dejar sola en el mundo a su niña Lola. Recorrieron las calles con los campanilleros de la Niña de la Puebla y querían mojarse en el campo, como el arbolito lleno de hojas de los cuatro muleros de Pepe Marchena.
Sentimientos primarios, emociones básicas. Hasta la letra intrascendente nos traslada a tiempos donde creímos ser felices alguna vez.
En la película de Basilio Martín Patino, ‘Canciones para después de una guerra’, dicen que “eran canciones para sobrevivir, con color, con ilusiones, con historia; canciones para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, canciones para tiempos de soledad…”
Escuché que un soldado de mi pueblo, al que se le daba muy bien el cante, al embarcar en Algeciras para incorporarse al servicio militar en tierras africanas, cuando Sidi Ifni era española, cantó con tal sentimiento ‘Adiós a España’ que emocionó a todos los presentes. Aplaudieron entusiasmados con lágrimas en los ojos. “Qué lejos te vas quedando, España de mi querer…”. Todavía recuerdo la narración de la madre y todavía se me pone la carne de gallina cada vez que lo recuerdo. Así somos de simples.
Quizás porque, como dijo el escritor y filósofo rumano   Ciorán, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”.

Pensiones, fondas, posadas.

Pienso muchas veces cómo empezaría la relación amorosa entre Antonio Machado y Leonor Izquierdo, teniendo en cuenta su diferencia de edad. El escritor llegó a Soria en mayo de 1907, cuando tenía treinta y dos años. En el mes de julio de 1909, quince ella, treinta y cuatro él, se casaron en la iglesia de santa María la Mayor.  No estuvo exenta de críticas sociales y desconfianzas familiares esta relación tan dispar. El día de la boda un grupo de mozalbetes mostró a voces su disconformidad desde los soportales de la plaza cuando salían del templo. Pero aquella muchacha “baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida”, como la describió José Tudela, había conquistado el corazón del gran poeta.
Fue en la pensión que regentaban los tíos de Leonor y que después pasó a sus padres donde cuentan que empezó el idilio.
Las pensiones son lugares de encuentro de personas de diversa condición y procedencia. El huésped lleva, junto con el equipaje, el hatillo de su vida a cuestas.  La intimidad se preserva en los cuartos, pero en las zonas compartidas se suelen intercambiar vivencias si el terreno está abonado para la comunicación. A veces surge el lugar o el conocido común. El mundo es un pañuelo.
Había algunas familias en los pueblos pequeños que, sin ser profesionales, se dedicaban ocasionalmente al hospedaje en un ambiente amable y cercano, sobre todo de maestros solteros y viajantes. Un compañero, en uno de los destinos provisionales de sus comienzos, recaló y se quedó para siempre en el mío al ennoviarse y casarse con la dueña.
Existen variadas denominaciones para designar los lugares donde hacer parada con el fin de hacer gestiones, visitar médicos, reponer fuerzas y aliviar fatigas. Las ventas, vinculadas a caminos de paso, fondas, mesones, posadas… No llegaban a la categoría de hoteles. Estos establecimientos en aquellos tiempos de mi infancia se asociaban a librea, gorra de plato y botones en bocamangas y cordones dorados en pecheras y estaban fuera del alcance de la mayoría.   
En mi pueblo hubo una posada con tanto arraigo que sus dueños y descendientes llevan con orgullo el apelativo de ‘los de la posá’.
Eran lugares más económicos y servían de morada a viajeros que llegaban con carros y caballerías y allí encontraban cobijo y pienso.
Cuando se viajaba a una ciudad, los que la conocían recomendaban pensiones. En Sevilla, cercana a la antigua estación de Córdoba, estaba la pensión ‘Limones’, propiedad de una familia descendiente de Ahillones, que fue referente para muchas personas de por aquí.
Recuerdo con cariño las de mi época de estudiante. La señora Carmen en los Grupos de José Antonio. Completaba su exigua pensión de viudedad con lo que le aportábamos los tres o cuatro estudiantes que vivíamos allí.
También me alojé durante un curso en la calle Dosma, paralela a la plaza de Portugal, donde estuvo la sede de este periódico. En el piso de arriba vivía una esbelta joven de melena larga y rubia que los sábados de sol, esos en los que no hay mocita sin amor, salía al balcón a peinarse. A lo más que llegué fue a mirar disimuladamente hacia arriba para verla, pero me deslumbraba su presencia y me retraía mi timidez. 

Dictadura

Hablando con un amigo cuando hacíamos el servicio militar en el año 1974 se extrañó de que yo no conociese a ciertos escritores y filósofos que habían incidido significativamente en las corrientes de pensamiento en boga por entonces.  El tsunami del mayo del 68 francés se notó en algunas universidades españolas que ya estaban de por sí bastante agitadas. Él procedía de ese ambiente universitario concienciado y reivindicativo.
Al año siguiente, paseando por el patio de recreo de un colegio de Málaga con un colega, me dio sorpresivamente un codazo y me dijo: “¡Vete, vete, aléjate!”. Asustado por tan inesperada orden miré hacia arriba y me puse las manos en la cabeza, temiendo la caída de algún artefacto.  Después me explicó que la policía desde un coche aparcado cerca de la valla exterior lo estaba vigilando por sus actividades políticas ilegales. Estos son dos casos de personas de mi edad que mostraban inquietudes políticas heterodoxas, pero la mayoría estábamos ajenos y poco preparados en este sentido, la verdad sea dicha.    
Varias generaciones nacimos y crecimos en la dictadura surgida tras la guerra civil. Cantamos el ‘Cara al sol’ en las escuelas, bailamos con los coros y danzas de las cátedras ambulantes de la Sección Femenina, hicimos campamentos organizados por el Frente de Juventudes y en los centros de enseñanza confeccionamos murales alusivos a la ideología, efemérides y personajes del régimen.
Era lo que había y así fuimos uniformados. No conocíamos otra forma diferente de organización social para poder comparar. El sistema educativo y los medios de comunicación se encargaban de ello. La mayoría, con más o menos agrado, acatamos las normas imperantes sin que el entusiasmo nos condujera a Dios por el Imperio ni las protestas nos llevaran al Tribunal de Orden Público.  Y el que esté libre de culpas que tire la primera piedra.
No obstante, hubo quienes se opusieron abiertamente a la dictadura y lo pagaron con cárcel y represalias. Reconocimiento a los que fueron consecuentes con sus ideas y las defendieron dignamente.
La democracia impuesta fue calificada como orgánica. A las Cortes Españolas accedían miembros natos por razón de su cargo, otros elegidos por las corporaciones más representativas, como los municipios, y los designados directamente por Franco ‘entre las personas más sobresalientes dentro de las jerarquías eclesiástica, militar, administrativa o social’.  En 1967 se introduce la elección de dos representantes por provincia. Es el llamado tercio familiar. Así quedaban resumidos y compendiados los tres ramales: familia, municipio y sindicatos, que según el régimen eran los cauces naturales de participación en la vida pública. No había sufragio universal y la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años.  Hasta noviembre de 1978 no se baja a dieciocho.
Las leyes importantes eran aprobadas por aclamación con los procuradores puestos en pie aplaudiendo con entusiasmo. Los enemigos del régimen y por lo tanto de España, por esa identificación que suele hacerse entre la patria y la propia ideología, eran calificados como marxistas, masones y organizadores de contubernios judeo-masónicos.
Murió Franco y llegó Jarcha.  Cada cual optó por lo que creyó conveniente, sin faltar algunos que arrimaron el pecho cuando ya la situación sobrepasaba los cuartos traseros para obtener así credencial de demócratas viejos.
 De aquella transición que ilusionó a hoy hay un abismo que da vértigo.

Candelas

Esta tarde sopla un leve y frío viento del norte que ha limpiado la atmósfera. La ha quedado transparente y deja ver el azul intenso del cielo con total nitidez. Estoy en mi cuarto y de pronto desde la calle me llegan delicadas voces infantiles que entonan una vieja canción de corro. Vienen envueltas las notas en candor y seda y apenas tocan leves los cristales se alejan por las rendijas de los ecos. La evocación me lleva a los recuerdos de otras tardes, como en la serie de televisión ‘El túnel del tiempo’ en la que los protagonistas viajaban a épocas remotas. Y así llego a la plazuela.
Hay una gran candela en medio de la calle. La hemos hecho los niños con los restos de leña que han quedado en la puerta de una casa y con algunas ramas secas que nos han dado los dueños por ayudarles a entrarla hasta el corral.
Los más osados nos retamos a saltar sobre las llamas. Cogemos trozos de leña encendidos como si fueran antorchas y nosotros protagonistas de una historia que busca tesoros en el fondo de la cueva de la noche. Con las niñas jugamos al corro a su alrededor y cantamos, como esta tarde están cantando los niños en la calle.
Después nos quedamos parados y en silencio alrededor del fuego.
Queda de entonces, como refleja en sus versos el excelente poeta emeritense Rafael Rufino Félix Morillón, el “recuerdo de una lumbre que encendía/ los ojos inocentes de aquel niño/que hoy solo ve un paisaje desvaído/donde fue el paraíso de sus juegos”.
Al igual que la leña, en las viviendas se almacenan viandas que abastecen a las familias durante gran parte del año. Los melones colgados del techo con redes de juncos o pita, los garbanzos recogidos en agosto, las chacinas de las matanzas, las ristras de ajos, el aceite del año en las tinas….
En algunas casas hacen candela casi todos los días del invierno. Quien se levanta primero la enciende para que esté empendolada cuando los demás se incorporan. El diccionario define empendolar, vocablo ya en desuso, como poner alas a las saetas o los dardos. Aquí la usamos con significado de avivar. Curiosidades del lenguaje. Quizás porque las alas aligeran y facilitan el camino.
Por las noches alrededor de la lumbre se sienta la familia una vez terminadas las faenas. Es el momento de comentar las incidencias del día y hacer planes para el siguiente.
El que se hace con las tenazas recompone y junta los troncos que van desmoronándose y aviva el fuego en caso de desfallecimiento. Cuando las dejan un momento para atender otras faenas me encanta cogerlas. ¡Deja de enredar con la candela, que te vas a orinar en la cama!
Las brasas después se echan en el brasero. Calienta demasiado y las mujeres para que no les salgan cabrillas en las piernas se colocan polainas o leguis. Las más rudimentarias con papeles de periódico o cartones sujetos con una liga de las medias.
Fuera hace frío y cuando sales con las chapetas tienes que tener cuidado de no resfriarte. Pero a mí me gusta pararme a mirar el cielo. Qué frías las estrellas allá arriba, hasta parece que tiemblan. Y la luna, como un trozo de carámbano flotando en medio de la copa.