Cementerios
Todos los años por estas fechas recorro el cementerio leyendo nombres y fechas que el dolor dejó anclados en el mármol. Epitafios con el último adiós grabado con el cincel de la ausencia. Hay tumbas anónimas en el suelo con una cruz y una piedra blanqueada que casi nadie sabe a quienes pertenecen. Lápidas con nombres ilegibles que ya no tienen quienes que vengan a cuidarlas. Por aquí anduvieron todos trabajando, celebrando fiestas o sufriendo. Se llevaron en sus ojos el pardo de las besanas, el dorado de las mieses y los colores del cielo. De los enterramientos más recientes, cuidadosamente mantenidos, se extinguirá también su recuerdo cuando mueran sus deudos y los hijos de sus deudos. El tiempo dejará su huella en los nombres desteñidos de las lápidas y en las plantas silvestres que brotan entre sus grietas. Sólo los toques de las campanas a primeros de noviembre recordarán su memoria.
La muerte nos iguala a todos convirtiéndonos en polvo. “Allí los ríos caudales, /allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales /los que viven por sus manos / y los ricos”.
Pero los vivos seguimos manteniendo diferencias entre ellos. Cuando yo era pequeño había entierros de tercera, de segunda y de primera. En unos despedían al finado a la puerta de la iglesia, a otros los acompañaban hasta la última calle del pueblo. A por todos, sin embargo, iban a recogerlos a sus casas. Había funerales de tres capas y los demás, solo con cura, sacristán y monaguillo. Las diferencias en las despedidas siguen existiendo. A la vista están las pompas fúnebres de reyes, papas y personajes ilustres. ¡Qué bien recomendados van, si de algo les valiera!
Estos homenajes mortuorios sirven de satisfacción y vanagloria a los deudos que se quedan, pues ensalzando las virtudes del extinto se enaltecen ellos.
Suntuosos panteones, esquelas con los méritos, títulos, cargos, profesiones, cruces y collares conseguidos por el finado de rimbombantes apellidos, unidos por guiones, conjunciones y preposiciones que dan lustre a los que no lo olvidan y que de nada sirven ya al que en vida los lució.
Hasta se permitían aquí ahorrarles trabajo a las alturas enviando a los difuntos ya clasificados.
En la confusión de poderes civiles y religiosos, concordados mediante, en los recintos de los cementerios no se permitía que recibieran sepultura los herejes, apóstatas, suicidas, masones, duelistas y pecadores manifiestos a los que no podían concederse exequias eclesiásticas sin escándalo de los fieles. Durante la segunda república se estableció por ley que “los cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”
Duró poco esta disposición pues en Ley de Cementerios de 1938, se estableció que “las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos’
En las grandes ciudades se construyeron cementerios civiles, pero en los pueblos se establecieron los ‘corralillos’, que eran lugares al lado del camposanto, pero separados. Allí enterraban a los que morían sin haber mostrado arrepentimiento de sus desvaríos, siendo juzgados y condenados por los que invocaban el nombre de Dios a conveniencia.
Afortunadamente esto último es historia y al menos la condena, si se mereciera, está aplazada ‘sine die’.
El porvenir
Como el título de la novela de José Luis Martín Vigil ‘La vida sale al encuentro’, libro de gran difusión en los años sesenta, a nosotros también nos salió al paso con todo el cúmulo de sentimientos, eclosiones hormonales, contradicciones e ilusiones que la adolescencia lleva consigo.
El porvenir, esa sombra alargada que va delante menguando con el tiempo hasta colocarse detrás, era uno de los temas en nuestras conversaciones. Aspirábamos a un puesto en la sociedad que nos proveyera de los medios económicos necesarios para vivir independientemente. Como hacen los jóvenes actuales, con más preparación que nosotros y menos esperanzas de encontrarlo.
A los niños nos gustaban, entre otras profesiones, las de policías o bomberos y a las niñas enfermeras o maestras. Los castillos en el aire y las quimeras también ponían su parte en la elección. Yo quería ser futbolista y correr por el césped de los campos de fútbol entre aplausos y vítores de admiración de los aficionados. Jugadores del Sevilla y del R. Madrid como Arza, Campanal, Achúcarro, Valero, Di Stefano, Velázquez, Amancio, Puskas Gento…fueron algunos de los nombres míticos que avivaban mis anhelos. Soñar costaba poco, pero la realidad jugaba en terrenos más áridos y no tan verdes y bien cuidados como el césped de los estadios. Hasta un coetáneo hubo que se colgó al hombro un hatillo de ilusiones y salió una noche del pueblo en busca de una oportunidad para ser torero, animado por el fenómeno social y mediático del ‘El Cordobés’. La realidad fue limando sueños y las posibilidades de elección reduciéndose con el paso del tiempo. Con los pies más cerca de la tierra comprobamos que las circunstancias económicas y sociales limitaban y cercenaban nuestras preferencias.
No eran tiempos para lanzar muy lejos la caña. El hilo del carrete daba poco de sí. Muchos amigos y compañeros tuvieron que quitarse pronto de la escuela porque su ayuda era necesaria en las enclenques economías familiares y a veces solo con una boca menos ya aliviaban la carga.
Algunos empezaron de aprendices en los oficios artesanos que había entonces: carpinterías, zapaterías, pequeños comercios, herrerías, barberías… No había mucho donde elegir. En el campo, los trabajos estacionales eran pan para hoy y hambre para mañana. Los cargos en las casas grandes de labranza se heredaban de padres a hijos. El ’rapa’ era el desempeño más bajo del escalafón. Zagales, rapaces, que empezaban haciendo los mandados y acarreando agua. Solo el estudio y la preparación ampliaban horizontes y abrían el abanico de posibilidades a quienes no poseían capital ni haciendas propios. La formación de las mujeres en general iba encaminada a ser amas de casa. Una mutilación en toda regla promovida por el sistema y asimilada por la sociedad.
Por aquellos tiempos se pusieron de moda los cursos por correspondencia, con academias a distancia como la CCC. (Centro de Cultura por Correspondencia) Nosotros enviábamos la solicitud de información porque nos gustaba recibir cartas a nuestro nombre y por probar suerte con alguna. Corte y confección, electrónica, secretariado, taquigrafía, mecanografía, cultura general, redacción comercial, además de los cursos de inglés, francés y modista.
Si ayer nos preocupaba nuestro provenir ahora lo hace el de nuestros hijos. La vida sale al encuentro en cada hornada cada vez con el aspecto más huraño.
Tarde de octubre.
Me he echado enfrente, no del infinito campo de Castilla, como hizo Juan Ramón, sino de la Campiña Sur, que extiende sus dominios entre sierras. La de Hornachos por el norte con su mole azul de abruptas crestas; al oeste, las de san Miguel, san Bernardo y san Cristóbal, y más al mediodía, la Capitana, cerca de Guadalcanal. “¡Qué bien los nombres ponía/ quien puso Sierra Morena/ a esta serranía!”En este mes de octubre comienzan los labradores los trabajos de siembra, ayer a voleo sobre la amelga y hoy con modernas maquinarias.El sol aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron días pasados.Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose sobre el azul del cielo. Me adormezco.Me llegan lejanas las voces de unos niños que juegan al balón en un prado cercano y el tenue tintineo de unas esquilas, como una débil hebra sonora. Los ruidos se dispersan en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero me siento integrado en la naturaleza, mecido suavemente dentro de su inmensidad por un ligero vientecillo que parece que me lleva sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón. Acude a mi memoria el poema de Manuel Machado, Los Adelfos: “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna/ en que era muy hermoso no pensar ni querer…/Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…/De cuando en cuando un nombre y un beso de mujer”.Pasado un tiempo, que no sé precisar, me incorporo y apoyo mi cuerpo en uno de mis brazos. Miro al arroyo que tengo enfrente. En el trecho conocido como la charca de tía Espina endulzaban antaño los altramuces metidos en cestos de mimbre.Se ha extendido una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas al arroyo. En un pequeño valle cercano a él está la cantera donde nos bañábamos de muchachos. La hicieron hace muchos años para extraer piedras de las que obtenían almendrilla que utilizaron en la construcción de la carretera de Llerena. Aún resuenan en el fondo de mi memoria los estampidos de los barrenos.
La tarde declina. Recuerdo cuando los labriegos regresaban a estas horas por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias.Antes de llegar a sus casas paraban para que abrevasen en el pilar de la fuente del Horno. Sus dueños, con la mirada perdida en el agua, esperaban fumando parsimoniosamente montados sobre ellas, tras los silbos que las animaban a beber.Refresca. Se han encendido las luces del pueblo. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones, espaldas de las calles y los huertos. En ellos me cruzo con una mujer que cubre su cabeza con un velo negro. Se dirige a rezar al cerro conocido como del santo donde termina el viacrucis que hay repartido por el ejido. Cada estación está representada por una cruz blanca. Culmina con las tres del monte Calvario y una imagen del corazón de Jesús.Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. El lucero ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que se extiende desde el campanario de la iglesia sobre el pueblo con un manto de tristes y lánguidos ecos.
Madrugadas
Pinturas realistas de paisajes urbanos. Arte impresionista. Baquetón 001
Las madrugadas están cargadas de proyectos y propósitos de enmienda. De poner en orden las ilusiones y sanar las frustraciones que producen los fracasos. Momentos para encomendar al ‘mañana será otro día’ la esperanza del cambio de fortuna.
Hay quienes buscan recogimiento para estudiar porque en ellas encuentran la concentración que los ruidos y el ajetreo del resto del día dispersan. Otros porque su trabajo así lo exige. Los panaderos hornean la masa de harina con agua, sal y levadura para que cuando llegue la mañana y el pueblo se desperece el aire huela a pan nuevo, como cantaban Lole y Manuel. Los periodistas para poner sobre la mesa del desayuno las noticias que produjo la noche. Un desquiciado con rifle que se lleva por delante a todo el que se cruza en su camino, el tsunami que arrasa una ciudad costera o un cantante que abandona definitivamente Venecia alejándose en una góndola por el canal que ayer cobijaba su amor. El incesante fluir de la vida y de la muerte relejado en imágenes y palabras.
Hay madrugadas de fiestas y verbenas, que son burbujas de luz y ruido en la bolsa redonda de la noche, un cáncer que le sale al sosiego, que solo se cura cuando llegas a tu casa y cierras la puerta que quedó emparejada con una silla detrás.
Las de los hospitales son las que más largas se hacen y las que más ganas tenemos que pasen. La muerte y la esperanza pasean por sus pasillos agarradas de la mano, silenciosas, repartiendo suerte dispar entre las habitaciones. Solo los que velan el dolor ajeno o sufren el propio saben que las manillas de los relojes se mueven lentamente en el magma de la angustia. Usted, caro lector, posiblemente haya pasado por estas vivencias como paciente o familiar y sabe de lo que escribo. Cuando el alba se asoma a los cristales de las ventanas con su aspecto gris primero y dorado después se abre la válvula de escape de la inquietud. La luz trae compañía.
Hay madrugadas con camas de cartones en el suelo y periódicos y estrellas como abrigo. Aquí la luz alumbra las miserias que el sueño distrae.
¡Qué lejos están aquellas de centinelas en garitas con santo y seña, cuando el servicio militar era obligatorio! Allí aprendí que las imaginarias no pertenecían al mundo de la fantasía, sino al de la vigilancia en los dormitorios en turnos de dos horas cuando los demás roncaban, y nunca mejor dicho, como quintos. El castigo a hacer la tercera, de dos a cuatro, era recurrente y temido porque partía la noche por el centro.
Las madrugadas que más añoro son las que pasaba de niño en las eras del ejido por la curiosidad de ver las estrellas fugaces e imaginar constelaciones nuevas ¿Nos enviaban mensajes con sus guiños cuando solo las ranas del arroyo y los grillos rayaban el silencio?
Cuando la mayoría duerme quedan oquedades que ocupan los que velan y entonces estos se sientan al mando del timón del barco que navega a velocidad de crucero por el océano del tiempo. Es el momento de hablar con uno mismo por si alguien más escucha las preguntas que nos hacemos y de las que nadie nos ha dado respuestas.
La Escuela Normal
La escalinata de la antigua Escuela Normal de Magisterio, en el cruce de las avenidas de Colón y Santa Marina, tenía todos los días un gran trasiego de alumnos a las horas de entrada y salida de las clases a finales de los sesenta y principios de los setenta. En mi curso había cinco grupos con cerca de cuarenta alumnos cada uno.La ciudad no llegaba entonces por el oeste más allá del colegio de médicos, pero empezaban a construirse nuevas urbanizaciones y barriadas.Las tardes las dedicábamos a comprar por las tiendas el material que necesitábamos para las actividades que nos mandaban los profesores. El estaño para repujar en las clases de manualidades de Angelita, el mapa mudo de don Arcadio Guerra o el papel de barba para la lámina que don Isauro nos recomendaba mirar con los ojos entornados. En la calle de san Juan, con su recién estrenado pasaje, y en las confluyentes a la plaza, se observaba el ir y venir de estudiantes con bolsas de compra. Las librerías la Alianza y Doncel eran tiendas muy concurridas, sobre todo por las tardes de los comienzos de curso.El currículo del efímero plan de estudios de magisterio de 1967 constaba de tres cursos y una reválida. El último de estos era de prácticas en los colegios de la capital. Estaban remuneradas con cuatro mil quinientas pesetas al mes. Tan corta vigencia se debió a la promulgación de la Ley General de Educación de 1970, la de Villar Palasí. Con solo dos promociones terminadas, surgió este nuevo plan de estudios que transformó a las Escuelas Normales en Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado y los maestros pasaron por mor de la citada ley a ser profesores de E.G.B.Antes de implantarse el plan de 1967 los aspirantes a estudiar magisterio accedían a la carrera con cuarto y reválida y con catorce años de edad. Constaba de tres cursos y al empezar a ejercer los casi imberbes maestros podían confundirse en las escuelas con algunos de los alumnos mayores. De referencias de compañeros conozco los protocolos de las tomas de posesión y ceses en los pueblos, con presentación obligada al alcalde y de cortesía al párroco.A finales de los años sesenta la Asociación de Amigos de la Universidad con el apoyo de las instituciones regionales luchaba por la creación de la de Extremadura.
No todo el monte es orégano.
La primera vez que escuché el refrán ‘No todo el monte es orégano’ fue a mi padre y me lo aplicó a mí. No comprendí entonces muy bien el significado porque era aún pequeño y no conocía esta aromática planta que se aclimata mejor en zonas muy específicas de la sierra que en los llanos de la campiña.
Le pedía insistentemente que me comprara algo que sobrepasaba el precio que él tenía previsto gastar. No conocía yo la aplicación práctica de la maldición bíblica que nos condena a ganar el pan con el sudor de la frente ni la limitación de los recursos disponibles ni las prioridades de gasto de una casa. Me pasaba como a esos niños que les piden dinero a sus padres y al decirles que se ha acabado el que había señalan al cajero: ahí hay más.
Cuando te vas haciendo mayor el cincel de la realidad delimita los contornos de lo que es posible o no y la percepción idealizada que tienes de tus padres, que de pequeño crees que lo pueden todo, echa pie a tierra. Te das cuenta que no pueden darte lo que se te antoje, aunque luchen por conseguirte lo que esté a su alcance y te convenga. Los recursos son habas contadas y la luna cae lejos para alcanzarla. Y es entonces cuando valoras lo que hacen por ti para que tengas una buena formación en esa carrera de obstáculos que es la vida.
Al ser padre entiendes por qué a tu madre les gustaban más las colas de sardinas que sus lomos y la carne de pescuezo más que las pechugas o cómo se puede velar la noche entera al lado de la cama esperando que baje tu fiebre sin decir que están cansados al día siguiente. Y comprendes que en la entrega diaria está el valor de quienes eran tus ídolos, ya humanizados, con sus virtudes y sus defectos.
Ahora que está el curso recién comenzado y que muchos adolescentes empiezan o prosiguen sus estudios fuera de sus casas se ocasionan muchos gastos: matrículas, viajes, alojamiento, manutención, libros… lo que implica grandes sacrificios para la mayoría de las familias, salvo para los ilusionistas que sacan títulos de la chistera o para holgadas economías a las que les da igual sacar la carrera en un lustro o en el próximo.
Hay dos cuestas en el año, como mínimo, que secan más que los solanos. La de enero, cuya subida hasta llegar al otero del treinta y uno desde donde se divisa la Candelaria, un poco más de luz y a las cigüeñas que vuelan alrededor de las torres y espadañas, resulta complicada para la mayoría. Esta tiene la fama por el erial en que quedan las haciendas domésticas tras lo gastos que originan las Navidades por comilonas, celebraciones de Nochevieja y regalos en Reyes Magos, entre otros dispendios reseñables, y esta de septiembre, que carda la lana a la chita callando, que merma la bolsa con la boca cerrada, a la que han de hacer frente sobre todo quienes tienen hijos estudiando.
Aquellos principios de curso vividos desde la orilla adolescente, un poco ajeno e ignorante de lo que hacían por nosotros, y estos, desde el otro lado, siendo padre, completan la visión. No, el monte no es todo orégano.
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