Ferias y fiestas

Esta semana, si por mal no fuera, estaríamos de feria de Llerena. De la antigua concentración de tratantes de caballerías que acudían por estas fechas a la compra y venta no queda nada. Ni siquiera el terreno donde se reunían alrededor del pilar con las bestias, ocupado hoy por el crecimiento de las edificaciones.  Lo que fue rodeo se ha reducido a fiesta con comidas, bebidas, ruidos y paseos por el real.

De pequeño me llevó mi padre para que la conociera.  Había muy pocos coches particulares y de servicio público solo dos. La gente subía a la carretera y allí esperaba a los taxis que no dejaban de dar viajes. Los abordaban en cuanto estaban a su alcance. Hasta hubo discusiones por el turno que le tocaba a cada uno.

Las atracciones principales eran el rodeo por la mañana y el circo y el teatro por la tarde.

Aquella noche fuimos a un espectáculo en el que actuaba, entre otros, Manolo ‘El Malagueño’.

Estuve más pendiente durante la actuación de las reacciones de mi padre y sus amigos que de lo que ocurría en el escenario. Vi cómo se emocionaban poniendo la frente tersa cuando cantaba ‘El niño perdido’. “La madre desesperada no encuentra remedio humano…Cuando llaman a la puerta y un buen hombre se presenta con el niño de la mano”.

También acudían a la feria compañías de teatro, como la del ‘Mari Paqui’. En mi pueblo lo instalaron en la Plazuela.  Pepe, se llamaba el empleado que organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones…  Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos daba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban algún mobiliario para las representaciones.  El “Crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que fue de las que más gustó al respetable. Los Álvarez Quintero no faltaban. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran muy buenos. El recinto se llenaba todas las noches. Quedó en la memoria de los que lo conocieron una cancioncilla, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…”

Cuando salimos de la función de Llerena llovía intensamente. Habíamos quedado en que el taxi nos recogería en ‘La Casineta’, emblemático bar de la plaza.  Me entretuve viendo llover desde los soportales. A contraluz de las farolas las cortinas de agua, como tendidas al viento, formaban impetuosos remolinos.

Corrían por el regajo de la calle las bolsas vacías de las chucherías. El reloj de la torre era un fanal en medio de la tormenta. Un espectáculo gratuito del que disfruté mientras los mayores distraían la espera en la barra. No me gustó que llegara tan pronto el taxi aquella noche.

Juegos de otoño

Cuando llegaban las primeras lluvias nos gustaba ponernos los jerseys que nuestras madres habían guardado en el ropero a principios de verano. Suponía una vuelta a la tibia intimidad después de las dilatadas jornadas del estío. Con los preludios del otoño cambiábamos de juegos y entretenimientos, más en consonancia con la climatología y la disminución de las horas de sol.

Cada estación tenía un aliciente para nosotros. Íbamos descubriendo los ciclos de la luz y de la vida con curiosidad y sin la rutina que dan después los años.

Comenzaba el viento de poniente a desprender las primeras hojas de los árboles. Alfombras de colores ocres, naranjas y ambarinos que las tolvaneras levantaban del suelo presagiando el próximo cambio de tiempo. La luna con sus cercos y sus halos las noches anteriores lo anunciaban.  A los pocos días las nubes asomaban por las crestas de la sierra como escuderas que estudian el terreno para la batalla inminente.  Lluvias con sabor a despedida de vivencias veraniegas y a plácido reencuentro con el otoño en el andén donde las estaciones cambian sus trajes. La primavera viste, el otoño desnuda y reparte fragancias de tierra mojada después de una larga sequía.  

Retomábamos entonces los juegos que habíamos abandonado en el verano. En la tierra humedecida jugábamos a pinchar el clavo, compitiendo con destreza y puntería en algunos prados del ejido.

 

 

 

 

 

Saltábamos a la pídola.  La modalidad que menos preparativos necesitaba era la que hacíamos saltando uno sobre todos los demás puestos en fila. Cuando acababas te agachabas, hacías de burro y a aguantar a todos sobre tus espaldas.  Lo denominábamos ‘paso Berlanga’, quizás por la cercanía entre los dos pueblos y porque si no dejabas de saltar podías llegar al destino entretenido y ejercitado.

Otra modalidad era el barranco, más estática. Según saltábamos íbamos diciendo algunas retahílas. Cada vez que acababa una serie por haber saltado todos, el que hacía de burro medía un pie y medio y se alejaba de la línea que no podía pisarse. Así, hasta que la distancia era considerable y el salto se ponía tan difícil que solía terminar con el saltador dando con las narices en el suelo y el paciente burro, deslomado.

El que empezaba la serie anunciaba la modalidad que todos debían seguir, como apoyar solo una mano o hacerlo sin tocar nada. Una variante consistía en dar un taconazo en el culo del que estaba agachado. ¡Con espolique!

 

 

 

 

 

 

 

 

Para lanzar el ‘repión’ o peonza había que enrollarlo bien con una cuerda. Una moneda de dos reales o una chapa de refresco machacada en un extremo para sujetarla entre los dedos. Competíamos en duración de giros y en cogerlos del suelo y colocarlos sobre la palma de la mano.

Son algunos de los juegos con los que nos divertíamos entonces, cuando con las primeras aguas plegábamos las velas del estío y nos retirábamos al resguardo de la dársena otoñal.

Que siga la música

Una de las consecuencias negativas de la pandemia ha sido la de suprimir las verbenas, animadas por conjuntos musicales y orquestas en las plazas de nuestros pueblos.
Desde los antiguos, con poco más que un saxofonista y un batería hasta los modernos grupos con numerosos componentes, juegos de luces, máquinas de humo, rayos láser y potentes equipos de sonido, la música siempre ha estado presente en nuestras fiestas.  Yo recuerdo a un hombre ciego con un acordeón, que me trasladaba mentalmente a la taberna de un puerto de mar.
La música de las verbenas fascina, enardece y evoca.  Hay canciones que dejan posos de acordes asociados a sentimientos que vuelven a aparecer cuando se escuchan de nuevo.
Un solo de trompeta de Félix Bote, avanzada ya la noche, abría en la bóveda oscura del cielo, más allá de los farolillos, una brecha radiante y metálica.  Desafíos que ascendían altivos y después, rotos en pedazos de lejanos ecos, se mecían un momento en la cuna del aire y bajaban, vencidos, en copos sonoros a la plaza.
Al principio era el pasodoble el escudero que abría el baile.  Los hombres, abrochadas sus chaquetas y compuesto el porte, se dirigían hacia el grupo de mujeres para invitarlas a compartir bailando música tan animosa y española.
Un paisano, aficionado al buen vino, a la copla y a las ferias, me comentó después de escuchar ‘Nerva’ con marcial postura, que la única pena que tenía en esta vida era no haber sido músico. Disfrutaba escuchando canciones que provocaban su emoción y nostalgia.  Algunas veces, cuando la copla, según decía él, le espelucaba el vello y el brillo asomaba a sus ojos se ponía en pie, erguido y entusiasmado.
Con la música hemos acariciado muchas noches el cuerpo de una pareja, cuando el mundo se resume en dos personas unidas por un abrazo.  El pelo al viento leve, las mejillas juntas y los corazones latiendo al unísono en los pechos.
¿Quién no ha pedido alguna vez que pare el reloj el andar de sus manillas al ritmo musical del famoso bolero de Roberto Cantoral? Entre brumas de olvido y fantasía, mezclando lo que fue con los deseos, recordamos noches inolvidables, allá en el fondo de la edad perdida. ¡Oh, beatíficas caras trascendidas hacia la mística de lo sublime!
Amanecía- porque nadie había escuchado la vana pretensión de que quedara el tiempo detenido en nuestras manos. El sol nos encontraba abrazados a las sombras de las quimeras en el aire fresco de la aurora.
Nos hacen falta las canciones para estimular nuestra fantasía y emocionarnos. Los músicos del Titanic siguieron interpretando cuando el barco se iba a pique. En algunas cantinas del oeste americano ponían un cartel en la pared rogando que no disparasen al pianista. Ingrid Bergman en Casablanca le ruega a Sam que vuelva a tocar ‘As time goes by’.
Siempre nos quedará la música para tiempos de zozobra.

Volver a empezar

Recuerdo mis primeros años de escuela como alumno, hace ya tanto tiempo que da vértigo asomarse.
La mano, hecha puño, vellón rosado con el cuerpo extraño del lápiz, y la lengua entre los labios, acompañando con su movimiento los primeros trazos. El descubrimiento de un mundo nuevo a través de grafías asociadas a dibujos de casas, animales, frutas, y estas a sonidos: Ma, me, mi, mo, mu… Mi mamá me mima. Íbamos a la mesa del maestro a leer en la cartilla.  Yo voy ya por la llave y tú por el tomate. En el cuaderno quedaron las líneas inseguras y los garabatos, entre las cuatro paredes de la clase, los sonidos titubeantes de nuestras voces enlazando vocales y consonantes en una red de combinaciones que entonces nos parecía la jungla. En el corazón, el agradecimiento a quienes nos iniciaron en el maravilloso mundo de la lectura y escritura.
Me acuerdo del estreno de aquellos zapatos del ‘Gorila’ y de la pelota verde que nos daban de regalo. De la colocación de las carteras en la puerta de la escuela para guardar el turno de llegada, de la voz del compañero que hacía de vigía y anunciaba la llegada del maestro nada más verlo aparecer calle abajo y de nuestras carreras a su encuentro para darle los buenos días.
De la plumilla que mojábamos en el tintero de porcelana blanca metido en los agujeros del pupitre y que uno de los alumnos mayores llenaba cada mañana. De la fecha, la consigna y la muestra escrita con letra primorosa en la pizarra que nosotros copiábamos con sumo cuidado en la libreta de caligrafía de dos rayas. De la alegría cuando con lápiz rojo el maestro nos ponía ‘Muy bien’ y lo mostrábamos a los compañeros con satisfacción.
En estos días los profesionales de la enseñanza están preparando la vuelta al cole. El papeleo y la burocracia han ido ganando terreno a la docencia. Reuniones de grupos de un mismo nivel, departamentos, coordinación de ciclo, comisión pedagógica, equipo de orientación con los tutores, claustros, consejos escolares…y la elaboración de programaciones y proyectos, del plan del centro, memoria, estadísticas…Los tiempos cambian. Y por si fuera poco este curso ha venido a parir la abuela con la dichosa pandemia.  Tendrán que seguir los protocolos establecidos y anotar y comunicar cualquier incidencia que se produzca, además de estar pendientes de que los niños guarden distancias y observen las restantes medidas higiénicas. “Y el tiempo que te quede libre, si te es posible dedícalo a mí”. No habrá más remedio, quizás, pero es difícil ponerle puertas al campo o encerrar al viento en una jaula.
Desde aquí mi ánimo para todos con la frase que un maestro viejo nos dijo a quienes acabábamos de empezar: “A pesar de todo, los padres siguen confiando en nosotros porque nos entregan para su educación lo que más quieren, a sus hijos”.

Plaza de Llerena

Esta plaza, que según opiniones distintas tiene un diseño oriental, indiano o castellano, va recuperando poco a poco a las personas después de la soledad de los días de confinamiento. Un grupo de hombres pasea por el recinto interior, más elevado que el resto y limitado por bancos de granito y baranda metálica de forja. Van y vienen sobre las losas una y otra vez.  El suelo exterior que circunda a este espacio está empedrado con menudos rollos, piso poco propicio para el requiebro galante del ‘pisa, morena’.

En un momento se mezclan con estruendosa algarabía los graznidos de los grajos, el piar de los vencejos, el griterío de la chiquillería y los toques de las campanas. Unas madres conversan sin perder de vista a sus hijos pequeños que ora ríen, ora acuden llorando porque les han quitado la pelota.

En la parte que da al poniente se levantan dos encinas nuevas que escoltan a la antigua fuente diseñada por Francisco de Zurbarán, quien vivió y tuvo su taller en una de las casas de los soportales.  Pintor de claroscuros religiosos que mira atentamente, paleta y pincel en mano, desde el atrio del templo en una estatua sedente, a medio camino entre’ El pensador’ de Rodin y un cazador al aguardo en la tronera. Bella obra del escultor llerenense Ramón Chaparro Gómez.

Acuden al toque de las campanas algunos fieles, pocos en los tiempos que corren. Imagino que sus rezos se elevarán por los muros de la iglesia como humo de incienso rumoroso y alcanzarán en la veleta el último sol de la tarde que los llevará por los caminos de su fe en un largo viaje. Si los dogmas admitieran pensamientos se enredarían en las marañas de las dudas. ¿Por dónde irán mis rezos infantiles? ¿Habrán llegado al destino que imaginé entonces entre nubes blancas de algodón y coros de rubicundos querubines? Iban vestidos de inocencia, puro candor de niño crédulo, desde las majestuosas catedrales y la penumbra de iglesias de pueblo, sin acuse de recibo. Tal vez se extraviaron entre las galaxias por los inextricables laberintos de estrellas y agujeros negros. Los más temerosos salieron de mi almohada, súplicas nacidas del miedo al fuego eterno por si la muerte me cortaba el paso una mañana.

El sol ha abandonado ya las ‘picochas’ y retirado de los tejados los últimos flecos dorados de su vestido.  Vuelve el silencio acompañado por una suave brisa.

A medida que oscurece brilla más la luz de los relojes de la torre y el ayuntamiento, con números de caracteres árabes el primero y de romanos el segundo. Un estrabismo conciliador. Las campanadas de las horas se retiran lánguidamente por el zaguán de la noche.

Aparecen las primeras estrellas en el trozo de cielo limitado por las fachadas. El mismo cielo que en otros tiempos fue testigo de autos de fe de la Inquisición, de fiestas, zarzuelas, verbenas, mercados, corridas de toros y de despedidas de aventureros que hicieron las Américas. Hay mucha historia escrita en las hojas azules de sus archivos.

Monedas y billetes

Los de mi generación utilizábamos las perras gordas y las perras chicas para nuestras pequeñas compras y juegos. La peseta para el cine de los domingos y los días de fiesta. Los mayores valoraban tierras, mulas y jumentos en reales, vestigio de cuando el real de a ocho fue divisa universal en los tiempos de esplendor del imperio español.  Conocido también como peso fuerte o peso duro transmitió el apelativo de dureza por semejanza a la moneda de cinco pesetas, el duro, que ya era palabra mayor para valorar las transacciones.
En mi memoria queda el real de los tiempos de Franco con su orificio central, que también tenían los dos reales. Sin embargo, la de diez, más oscura, no llevaba el ombligo al aire.
Las monedas originarias de diez y cinco céntimos fueron acuñadas en el año 1870 por orden del gobierno provisional que se formó tras el triunfo de la Revolución de 1868.
En el reverso se representaba a un león sosteniendo el escudo de España. Tan difusamente perfilado estaba que el pueblo lo confundió con una perra gorda y con ese apodo pasó a la historia la mayor y como perra chica, con el mismo diseño, pero más pequeña, la de cinco.  Tanto caló lo de la perra que tener muchas, como ya sabemos, es sinónimo de ser rico.
Del cobre con que estaban acuñadas las primeras se pasó, linaje y título incluidos, al aluminio de las de la dictadura. Estas fueron las que yo conocí.  Jinete con lanza en el anverso y escudo del águila al reverso. Cuando echábamos suerte para los juegos lanzando la moneda al aire, en lugar de cara o cruz decíamos caballo o águila.
Lo de rubia para denominar a la peseta, que también procede del tiempo del gobierno provisional de 1868, se debía al color del metal de las emitidas durante la Segunda República. De ellas decían que eran la perdición de los hombres porque reunían en su circular contorno el dinero, la mujer y el vino, representado por el racimo labrado en su reverso.
De billetes conocí hasta los de peseta. Como el material debía de ser escaso para hacer nuevas emisiones, en su tráfico iban acumulando mugre y desperfectos. Estos segundos los solucionaban con las tiras de papel donde venían sujetos los sellos de correos. Una vendita que se les pegaba con tal de que no tapara el número de serie porque en ese caso no los admitían en las tiendas.
En este discurrir aparece un niño agarrado con sus manos al borde del mostrador. Se emperica y suelta sobre la superficie de madera las monedas que lleva en su mano. Pide un pirulí que el comerciante le entrega. A ver qué traes ahí. El tendero cuenta.  Son siete chicas, te sobra una perra gorda. Y el muchacho se va corriendo a endulzar la tarde al rincón de la plazuela.

 

 

 

Suspiros

Está la luz borrosa en los espejos que el calor forma en la lejanía. El aire caliente y denso remolonea en las solanas. En medio del patio, el pozo recibe por su boca un rejón de luz que llega al fondo del agua oscura y deja ver a través de la medalla luminosa que la luz acuña, fugaces, las escamas de los peces.  El niño recibe temblorosos ecos de su voz que rebotan y suben hasta el brocal donde en una cuba de zinc merodean sedientas, indecisas y esquivas avispas verdinegras.
En el interior de la casa el hombre se ha levantado de la siesta con cara de pocos amigos. Pelo revuelto y ojos hinchados. Mejor no hablar con él hasta que los humores se asienten. Trae la huella del sueño labrada en los pliegues de su cara. Con el torso desnudo y bostezando se dirige al segundo paso de la casa donde está la cantarera y el botijo. Bebe largamente y deja que resbale un hilo de agua por su pecho. Después da un suspiro con dobladillo de queja: “¡Ay, qué vida esta!”, lo que recibe réplica inmediata de su esposa que cose en la sala:  “¡No sé por qué suspiras tanto, con la vida que te pegas!”. “¿No puedo suspirar ni en mi casa? ¡Vamos, hombre!”. De alguna forma la mujer ha sentido el suspiro como una queja indirecta hacia ella.
 Y es que son como las rastras, que sacan del pozo las cubas caídas en el pozo.
Los hay de frustración, de hastío, de quejas contra el mundo o de pena por ausencias. Bécquer se quedó en la obviedad de su esencia y su destino: el aire. Dicen que los suspiros fisiológicos se repiten varias veces cada hora de forma inconsciente, por una necesidad que tiene el cuerpo de reponer oxígeno. Son más discretos e imperceptibles, pero los otros, los emocionales, traen mensajes en la cola del aliento. Yo observaba de niño los de las viejas mientras dormitaban en la camilla o zurcían tras la puerta entornada. No los comprendía entonces.

Salían lastimosos y traían palabras detrás, como el estrambote de un poema o la media verónica que culmina una tanda de pases de capote.  Tristes unos y añorantes otros. Hay suspiros que no necesitan más explicaciones para saber de qué van por la rúbrica que los cierra: ‘¡Qué castigo!’ o ‘¡Qué cruz!’ Otros llegan con avales de vírgenes y santos. Muy implorada la del Carmen, por ser protectora de los navegantes. El recurso a los patrones y patronas de los pueblos siempre está a mano para un apuro. Pedro Antonio de Alarcón describe maravillosamente los que llegan heridos de amor: “…suspiras, ¡ay! y acongojado miro/que no es por mí…Y así, mujer amada, /no sé si flores son o abrojos/esos suspiros de tus labios rojos, /ignorando también en mi desdicha/si mi vida o mi muerte son tus ojos”.

Siega y silos

He leído que los silos son las catedrales del campo. Así parece cuando viajando por las carreteras de España aparecen en el horizonte tan peculiares edificios. Esa imagen me lleva a otra que José Ortega y Gasset describe con exquisita prosa: “…allá lejos navega entre trigos amarillos la catedral de Segovia, como un enorme transatlántico místico…”.
El mar y la tierra comparten imágenes y metáforas. ¿Quién no ha asociado el ondulante movimiento de las espigas con las olas del mar?
Pero vayamos al grano. Los silos se construyeron durante la dictadura de Franco con el fin de comprar y almacenar toda la producción de trigo y disponer de una reserva nacional para garantizar el consumo. Hasta el año 1984 el mercado del trigo funcionó como un monopolio estatal con intervención de precios.
 Al final del periodo había en España 663 silos y 275 graneros. Dependieron de organismos conocidos por sus siglas, desde el originario SNT (Servicio Nacional del Trigo), pasando por el SNC (Servicio Nacional de Cereales), el SENPA (Servicio Español de Productos Agrarios), para terminar en el FEGA (Fondo Español de Garantía Agraria).
El fin del monopolio del trigo por parte del Estado y el ingreso en la CEE supusieron un cambio radical en el destino de estas construcciones y en el sistema que regulaba los precios de los cereales. De los silos existentes, 141 quedaron bajo administración estatal. El resto fue transferido a las Comunidades Autónomas. Algunos pasaron a instituciones y empresas privadas o a cooperativas agrarias. Otros están bastante descuidados en su conservación.  Los agricultores echan de menos la fijación de unos precios mínimos que hagan sostenible la producción de cereales y eviten el progresivo empobrecimiento del campo.
Estamos ahora en tiempo de siega. Las siembras aguantaron verdes hasta mediados de mayo y de ahí en una maduración acelerada tornaron a tonos dorados, inclinadas las espigas ricas en fruto a tierra y empinadas y tiesas las vanas, como recoge la fábula de Juan Eugenio de Hartzenbusch con su moraleja que sigue tan vigente.
La siega va dejando los campos de rastrojos. ¡Qué distinta la de ahora a la de entonces! ¡Cuántas fatigas! Sombrero de paja, pañuelo al cuello y en la mano la hoz, media luna negra, y el sol, como plomo ardiente, cayendo sobre las espaldas.  A ritmo del arco de las brazadas formaban gavillas y haces.
Después de la recolección llega el ganado a las rastrojeras. Eran entonces abundantes, aun después de recoger la paja con los carros. No se apuraba tanto. Ahora después de pasar las empacadoras quedan como cara de barbilampiño adolescente. Tampoco recorren las hazas las espigadoras, plasmadas magistralmente en el cuadro de Monet, en busca de restos de espigas caídas en la tierra después de la recolección.
Ahí siguen, como la puerta de Alcalá, los silos, viendo pasar el tiempo y el grano con el mismo traje de hace más de cuarenta años.

Armonía

Las amapolas son la espuma roja
de las olas del mar de los trigales.
Los senderos, corrientes naturales
que el corazón de la dehesa aloja.
El mismo viento que en la mar arroja
bajeles al abismo en temporales
furiosamente azota matorrales
y al tronco de sus ramas lo despoja.
Islas son los pequeños pegujales,
las espigas dobladas, mar rizada
que acaricia la brisa de poniente.
Tierra y mar, tan opuestos, pero iguales
en la bella armonía no captada
que rige el universo desde siempre.

Solsticio de verano

El sol sube y baja en la noria de las estaciones. Está otra vez encaramado en lo alto, en el solsticio de verano desde donde se divisan tan prolongados y bellos crepúsculos que casi se dan la mano, atardeceres y amanecidas por las espaldas de los montes.
Las celebraciones por este motivo tienen sus raíces en tradiciones ancestrales.  La naturaleza era el dios que se manifestaba al mundo con sus fenómenos atmosféricos y astronómicos.  Se desconocían las causas que los producían y se recurría a la magia y a la fantasía para explicarlos.
Las hogueras se hacían para que el sol retardara su irremediable declinación hacia el solsticio de invierno, allá en las antípodas, hundido en las profundidades de largas noches.
José María Domínguez Moreno tiene publicado un trabajo, ‘La noche de san Juan en la Alta Extremadura’ en el que relata las tradiciones de Ahigal por estas fechas. Habla del ‘zajumeriu’.  Hacían manojos de tomillo que colocaban en las puertas de las casas. El que habían cortado el día anterior al Corpus y esparcido por sus calles para el paso de la procesión.  La más vieja de cada familia le prendía fuego después de humedecerlo con agua para que su aroma y humo se expandiera por todo el pueblo. Los vecinos saltaban sobre estas pequeñas hogueras. En cada salto recitaban unos versos: “Por aquí pasó san Juan, /yo no lo vi. /Sarna en ti, /salud en mí. /Sarna en un papel, / salud pa tío Miguel” El nombre de papel se va sustituyendo por otras palabras que rimen con los de las personas que saltarán a continuación.
Las cenizas resultantes de las hogueras se echaban al día siguiente por los huertos del pueblo.
También en Cilleros, como cuenta José Luis Rodríguez Plasencia en sus ‘Apuntes de etnografía’, se celebraban ritos parecidos, quemando tomillo y romero. Después acudían los vecinos a lavarse a una alberca antes del amanecer para prevenir enfermedades cutáneas. “Esta noche con la luna/y mañana con el sol/iremos por la laguna/a coger peces de amor”.
Otras leyendas proceden de la época musulmana, como las de las ‘Encantadas’, cuya protagonista suele ser una mora que aparece en la mañana de san Juan o en otra fecha, como la ‘Cantamora’ de Usagre en la fuente de la Luná, que lo hace la noche de san Blas.
El agua, el fuego, las hierbas aromáticas, la magia y las supersticiones son componentes básicos de estas celebraciones, que también se asocian a la fertilidad. “San Juan y la Magdalena/fueron a robar melones/y en la mitad del camino/ por huir del alguacil/san Juan perdió los calzones/la Magdalena el mandil”
Yo quise comprobar si era verdad que en la mañana de san Juan el sol bailaba al salir, pero por algún motivo ese año no estuvo bailador, aunque yo, para no decepcionar a quien con tanta insistencia me invitó, dije que sí, que lo había visto danzar.