Llerena, de matanza
Las matanzas caseras o domiciliarias, que hace años eran numerosas y constituían un medio fundamental en el sustento de muchas familias del medio rural, han disminuido considerablemente debido al cambio de los hábitos alimenticios. Lejos están los tiempos en que preguntábamos en casa qué había de comer y la respuesta era la misma: cocido. Con sopa, garbanzos, tocino, morcilla y carne. La despensa estaba en las varas y maderos de las cocinas y doblados. Para los que trabajaban en el campo no faltaba en la hortera la chacina.
Solo los domingos y festivos se rompía la monotonía y se le daba entrada al pollo con arroz o papas.
El colesterol, el azúcar y la tensión arterial han convertido a los pucheros en una comida extraordinaria, a la que recibimos con deseo y alborozo el día que toca.
Para que el rito ancestral de las matanzas perdure, al menos en la memoria y el proceso de su elaboración sea conocido por las nuevas generaciones, hay pueblos que dedican un día a celebrarla.

Mañana será en Llerena, ciudad por título y honores noble y leal, situada en un privilegiado paraje con vistas a la Campiña Sur y escoltada por las estribaciones de la hermosa serranía bautizada con el apelativo de Morena. Pasado y presente fundidos en un crisol de huellas moras, judías y cristianas, con un rico patrimonio que la historia fue dejando en sus calles, plazas y plazuelas.
Es el primer año en que esta celebración, que va por su XXV aniversario, luce los galones de Fiesta de Interés Turístico Regional.

Desde primera hora de la mañana en la Plaza de España, escenario en otros tiempos de autos de fe, corridas de toros y festivales de música y teatro, huele a aguardiente y a leña de encina haciéndose brasa. En medio, diestros matarifes desmenuzan y distribuyen las carnes según destinos. Por las nueve calles confluyentes van accediendo, reguero bullicioso, visitantes procedentes de los más variados lugares y vecinos que al llegar el medio día la llenarán a rebosar. Alrededor del centro de la plaza están situados los puestos o casetas que ofrecen los más variados y apetitosos productos de la tierra: dulces, vinos, embutidos, jamones, quesos …

Un plato de migas, una copa de aguardiente y una perrunilla es buen comienzo para afrontar la jornada. La banda de música de Llerena sube por la calle Zapatería al ritmo siempre alegre de la música española. No faltan comparsas del reciente carnaval que siguen el mismo recorrido. Colorido y vistosidad. Después en la artesanía hecha plato y vaso de cerámica se sirven las ‘probaíllas’, la carne y los garbanzos.

Las terrazas y bares de la plaza están repletos. Se come, se bebe, se compra y se pasea. Los mayores hacen una excepción apetitosa a los regímenes de contención que las analíticas demandan. El pastillero consigo, pero un día es un día y un color de manzana frotada en la pechera va apareciendo en sus caras con el gustoso yantar acompañado de los buenos caldos de la tierra.

A partir de la tarde con la rapidez y eficacia del servicio de limpieza la plaza queda totalmente aseada. Comienza la hora de los pub y lugares de copas donde los más jóvenes continúan la fiesta hasta la madrugada. Si ustedes gustan.
Diarios
Entre los viejos libros de texto encontré una agenda de mis tiempos de estudiante en la que tuve la ocurrencia y la osadía de escribir mis impresiones, mis alegrías y mis tristezas. Un diario donde intenté reflejar lo más significativo que me ocurría cada día.
Lo redactaba con un lenguaje casi en clave por temor a que cayera en manos de alguien y descubriera los pensamientos e interioridades que con tanto cuidado preservaba. Lo que escribía iba dirigido solo a una persona, que era yo. Como mucho a ese complementario que decía Machado, que siempre va conmigo. Por eso lo hacía sin tapujos, miramientos ni barreras.
Al leerlo muchos años después, como estoy haciendo ahora, cuando el último sol de la tarde se posa sobre sus páginas y añade amarillez a la que el tiempo depositó en ellas lentamente, me asombra lo que entonces pasaba por mi cabeza y sentía mi corazón. La importancia que le daba a algunos sucesos que hoy solo me producen una sonrisa. Escribió Franz Kafka que “una de las ventajas de llevar un diario es que uno se da cuenta con tranquilizadora claridad de los cambios que se sufren constantemente”
Aquí están recogidos los enfados con algunos amigos y los ritos para recuperar las relaciones de amistad perdida. Lo que llamábamos ponerse bien. Una discusión acalorada era motivo para que nos mandáramos unos a otros más allá de donde se pone el sol y pronunciáramos la frase de ruptura: ‘A mí no me hables más’. En ese estado de interrupción de trato, si queríamos que se enterase de algo nos dirigíamos a los demás mirándole a él con el rabillo del ojo. Para restablecer la amistad rota un amigo común servía de enlace. Que dice Juan que digas ‘rosa’. Si lo decías, el otro respondía ‘clavel’. Nos dábamos la mano y enfado concluido.
Al hilo de este tema recuerdo la forma que teníamos de establecer un pacto de parentesco para siempre. Veíamos en algunas películas que los amigos que decidían apoyarse y defenderse mutuamente sellaban su compromiso haciéndose una herida en la muñeca y las juntaban para mezclar su sangre. Nosotros éramos más prácticos y evitábamos dolor y posibles contagios. Orinábamos en el mismo sitio y al terminar decíamos: ¡Ya somos primos! Un parentesco que duraba lo que las chorradas tardaban en evaporarse.
El diario era como un drenaje de tinta del corazón al papel. Aliviaba la presión y los sinsabores de todo el día. Un confidente que calmaba el disgusto que producía una mala calificación en los estudios o el desaire doloroso de un compañero. También quedó reflejado el halago de algún profesor, aunque no se prodigaban mucho en ellos, cuando deberían saber que motiva más una frase de ánimo que cien de reprimendas.
Muchos años después fui descubriendo que esta forma de expresarse a través de los diarios fue una modalidad literaria que utilizaron muchos escritores. El primero del que tuve noticias fue el de Ana Frank, testimonio cruel de la barbarie. Otros me impresionaron por impulsivos, espontáneos y escandalosos, como los de Anaïs de Nin.
Según la investigadora Gillie Bolton, escribir un diario, entre otras ventajas, “aumenta la confianza en uno mismo y permite explorar áreas cognitivas y emocionales que no siempre son accesibles”. Quizás no estaría mal retomarlos.
Elaborado en Extremadura
Llegaban al pueblo a comienzos del otoño unos camiones muy grandes para llevarse la lana de las ovejas. En el momento en el que los veíamos aparecer los seguíamos por las calles hasta la puerta de los laneros. Allí estaban almacenados los vellones metidos en sacos o jardas desde la esquila de la primavera, cuando los manigeros los enrollaban en los ‘guaches’ cada día de trabajo.
Los camiones procedían del norte. En las puertas de las cabinas estaba el nombre de la empresa, ‘San José’, que tenía su sede en Guipúzcoa. Los conductores hablaban con una entonación que nos resultaba llamativa, con palabras y expresiones que desconocíamos.
La llegada de estos mastodónticos vehículos suponía para nosotros un acontecimiento extraordinario, habituados a ver por las calles del pueblo solo carros y remolques.
Los mayorales de las casas (así era costumbre denominar, añadiéndole el nombre del propietario, a las empresas agrícolas y ganaderas con bastantes acomodados y abundancia de fincas y ganados) dirigían la operación, controlaban el número de sacos que salían y su peso. Los empleados los echaban al camión y el camionero y su ayudante los colocaban adecuadamente para que no se desequilibrase la carga. Después los sujetaban fuertemente con sogas y correas. El momento de la partida era lo más emocionante para nosotros porque las sacas casi rozaban los cables del tendido eléctrico que iban de esquina a esquina y a veces tenían que elevarlos con palos para que pudieran pasar. La excelente lana de las merinas viajaba a otros lares para su lavado y transformación en industrias textiles.

En el tiempo del verdeo también llegaban camiones que se llevaban las aceitunas. Cada tarde, cuando regresaban los aceituneros del campo traían las recolectadas durante el día a los puestos, que eran los almacenes o locales donde se descargaban, pesaban y almacenaban hasta que se juntaba una cantidad suficiente para cargar un camión. Los compradores eran los que establecían precio y condiciones. Venían de fuera y se asociaban con los propietarios de estos locales, quienes por su conocimiento del vecindario eran los que trataban con los agricultores. Una fila de carros y posteriormente de tractores se iba formando por orden de llegada hasta que a cada uno le tocase el turno. La entrega de un vale servía como justificante para el cobro.
A los cerdos y los borregos criados en las dehesas extremeñas se los llevaban también a otras regiones y los comercializaban como propios.
El camión de la leche pasaba cada mañana y se llevaba la que había sido extraída por ordeño a mano el día anterior. Toda, menos la que se vendía a granel a los vecinos que iban con lecheras a por ella y la que algunos pocos ganaderos utilizaban para hacer quesos de manera artesanal.

Con los cereales sucedía algo similar desde que dejó de ser obligatoria la venta del trigo a los organismos oficiales del Estado.
En los años sesenta empezaron a irse los jornaleros, braceros, pequeños artesanos y propietarios de mediana hacienda a lugares donde poder encontrar un trabajo y unos ingresos más elevados.
Afortunadamente la situación va cambiando y nuevas generaciones de empresarios van abriendo camino con esfuerzo e imaginación para que los productos de este granero y despensa que es Extremadura sean apreciados y reconocidos por su calidad y origen.
Amigos de la infancia

Casi todos nos hemos encontrado alguna vez después de muchos años con un amigo, un compañero de estudios o de trabajo y nos hemos asombrado de los cambios producidos desde la última vez que los vimos. El mismo asombro que habrán experimentado ellos al vernos a nosotros.
Nuestro cuerpo tiende a disminuir esbeltez, redondear siluetas y destacar prominencias. La tez pierde tersura y gana arrugas, la cabeza blanquea o se despuebla. El pecho disminuye su prestancia y la barriga descuelga su flacidez en la baranda del cinturón. Solo los ojos mantienen la identidad con el pasado.
Con estas transformaciones resulta explicable la sorpresa que nos produce encontrarnos con quien no vemos desde hace mucho tiempo.
Me pasó con un amigo. Superponer la imagen que se guarda desde la infancia con la de la madurez resulta difícil cuando en medio hay un montón de años que no se han compartido.
Cuando volvimos a encontrarnos nos saludamos con efusividad sin dejar de mirarnos de hito en hito, intentando tender un puente entre el pasado y el presente.

Hablamos de nuestras correrías por el campo en busca de grillos, del gateo a las moreras para coger moras; de los partidos de fútbol en el prado de la fuente hasta que el crepúsculo diluía sus tonos rojizos en los grises del anochecido, cuando ya en el pueblo habían encendido las luces de las calles.
La búsqueda de peces en las covachuelas del arroyo y la captura de renacuajos cuando asomaban a la superficie del agua su grácil cola y sus boquitas redondas y abiertas. El asombroso proceso de su transformación fisiológica lo teníamos a la vista. No necesitábamos dibujos ni esquemas. En los dos arroyos que se unen al lado de la escuela estaba nuestro observatorio.
Las libélulas y caballitos del diablo con sus hermosas alas extendidas se posaban para nuestro asombro en los juncos cercanos.
Las siestas y el miedo que no inculcaban con el tío de la sangre para que no saliéramos al campo a esas horas de plomo y calima.
Con la bicicleta ideamos un juego. Uno la conducía y el otro, sentado en el portamaletas con los ojos vendados, tenía que averiguar después de muchas vueltas en qué sitio nos encontrábamos. En el manillar, una ‘revolandera’ que construíamos nosotros mismos con cartulina, un palito y un alfiler. El viento de cara calle abajo la hacía girar velozmente.
La vida ha dejado sus huellas en cada uno de nosotros. Nos fue forjando con lágrimas y vinos, con alegrías y penas.
Cada uno siguió su camino y enraizó en lugares diferentes. Ese día que volví a encontrarme con él nos interesamos por los hijos, por nuestras familias, por nuestros trabajos… En esas preguntas y respuestas, cargadas de emociones, resumimos varias décadas de ausencias. Pero ya no éramos los mismos porque la vida es un proceso continuo de pérdidas y cambios.
Cuando nos despedimos y llegué a casa intenté encontrar, mirándome al espejo, lo que quedaba en mí de aquel niño. Recordé la letra del tango de Carlos Gardel, ‘Volvió una noche’, donde después de contar la decepción que le produce el reencuentro con su amante: “Y tuve miedo de aquel espectro…” vuelve la mirada hacia él: “Había en mi frente tantos inviernos/que también ella tuvo piedad de mí”.
Mi maleta
En el ‘doblao’ (así, porque si no me siento como el que dijo ‘bacalado’, pasándose de fino) guardábamos lo que dejaba de ser útil, pero queríamos conservar.
Hace unos días subí a buscar una antología literaria de mis tiempos de bachiller. La encontré en la maleta que utilizaba en mis viajes de estudiante, en un rincón, como el arpa de la rima, ‘silenciosa y cubierta de polvo’ y aunque nunca saldrán de ella notas musicales, sí guarda parte de mi vida en su interior.
Al abrirla, después de tantos años, me han venido a mientes una gran cantidad de recuerdos que han desbordado el muro que el tiempo levantó y han inundado copiosamente el apacible valle de la memoria. He hojeado algunos libros que conservan rastros que mi mirada dejó entre los renglones de sus páginas y que ahora, al volver a ojearlas, parece que regresan a mis ojos, como perro que encuentra dueño. En una hoja está la firma que un compañero dejó trazada en una tarde de hastío con un saludo y una fecha, tan lejana ya, que produce vértigo asomarse al balcón del tiempo. En la esquina interior de la portada mi deseo de entonces hecho verso y súplica, pidiendo a la virgen aprobar la asignatura. Al lado, lo que me dijo un profesor cuando lo leyó: ‘A Dios rogando y con el mazo dando’
Esta maleta viajó conmigo en autobús, cuando los viajes de Ahillones a Badajoz tardaban más de tres horas entre un olor penetrante a gasoil y ruidos descompuestos de carrocería. En los regresos, por vacaciones, con aromas de café ‘Camelo’, que iban quedándose en las paradas con la discreción que requería el estraperlo. No faltaba alguna rendija por donde se colaba el aire, que en invierno cortaba como navaja barbera.
También me acompañó en los viajes en tren con máquinas de vapor. En el andén la maleta parecía un perro a los pies de su dueño, esperando pacientes que asomara rechiflando con su blanca melena al viento. Hacíamos trasbordo en Mérida. En las curvas que hacía el trazado de las vías me gustaba asomarme a las ventanas, que entonces se bajaban y se subían, para ver el arco de los vagones y la locomotora delante desprendiendo la humareda que me daba en la cara y me ponía perdido de carbonilla.
Su lugar durante el tiempo que duraba el curso estaba debajo de la cama. Maleta dentro, maleta fuera con arrastre cada vez que necesitaba meter o sacar algo en ella. Distribuía su interior en tres compartimentos: dos para la ropa, uno para la limpia, otro para la talega con la ropa usada y el tercero, que hacía de despensa y alacena, para los paquetes que de cuando en cuando me mandaban de casa. ¡Qué a deseo cogía las tortas de chicharrones que recibía por este tiempo!
En algunas ocasiones coincidió mi maleta con las de los emigrantes que marchaban a Alemania en busca de futuro. Me producían una sensación de tristeza. Unas de madera, otras forradas de telas, algunas con refuerzo de cuerdas…
En la mía siempre llevaba recuerdos de mi casa dentro. Aromas de los membrillos del ‘topetón’ de la chimenea, olor a leña ardiendo en la candela y el tacto de las manos de mi madre en los pliegues de la ropa.
Entablar relaciones

La edad fronteriza entre la niñez y la adolescencia es un pasadizo inestable de sensaciones intensas y contradictorias. El cuerpo se convierte en un volcán de hormonas y los sentimientos afloran en tropel. Entonces descubrimos que el imán de los afectos nos atrae y nos domina. Es la edad de la pavera, la de los azoramientos sin motivos aparentes porque el mundo interior bulle en candelas y creemos que una mirada puede estar denudando nuestros pensamientos. Las ensoñaciones de los amores platónicos, de la timidez que levanta barreras. La de enfados repentinos y melancolías sin fundamento. La inmadurez buscando acomodo en arenas movedizas. Esa etapa de la vida en que nos asomamos al precipicio de los desengaños o alcanzamos la gloria de ser correspondido.
Cuando de adultos añoramos la juventud como un tesoro perdido no nos acordamos de esta noria que va del cielo al infierno con intensísimos vaivenes y vacíos de vértigo.
En el proceso de enamoramiento hay miradas que hablan, palabras ambiguas que nos desvelan de madrugada intentando descifrarlas y frases con puntos suspensivos que dejan abierta la puerta a la esperanza.
Las generaciones actuales tienen campo abierto y múltiples oportunidades para tratarse y conocerse. Las de hace muchas décadas, menos. Tuvieron que utilizar maña e ingenio para los encuentros. Los bailes de los días de fiesta ofrecían unas de las pocas ocasiones en que los varones podían comprobar que el talle se curvaba al llegar a la cadera, pero sin pasarse. ‘Un poquito para atrás, por favor, y la mano más arriba’. Los dedos podían doblar su número entrelazados con los de otra piel al son melodioso de un bolero.
Era el lugar y el momento más propicio para declarar amor y esperar respuesta. Con tiempo por medio, por supuesto, porque no estaba bien visto decir sí a la primera. ‘Lo pensaré’, aunque se estuviera deseando.


















