La señora Carmen.
Comentaba la señora Carmen mientras cosía a la luz de una farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta el salón de su casa, la pena que debía darles a los ricos morirse.
Su marido había sido guardia de asalto y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios. Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.
La señora Carmen vivía con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.
Coincidimos allí un curso mi cuñado Antonio, Pelayo, estudiante de peritaje, que era de Oliva de la Frontera y Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.
La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que echábamos muchos ratos de charla.
Prudentemente la señora Carmen no hablaba mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”.
Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces, me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.
La alberca.
Quiebra lunas mi cuerpo en el cielo azabache.
Envuelto en abrazos acuosos me baño en la alberca cercada de tupidas madreselvas.
Una rana sorprendida salta del nenúfar al negro remolino del agua removida.
Noche de junio.
Me llegan alientos de cálida brisa saturada de aromas de mieses y la fragancia de la huerta recién regada.
El horizonte aún tiene matices violáceos de lubricán veraniego.
Enhebra el grillo con pespuntes negros los labios sensuales de la noche.
El amor y los candados.
“El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”, escribió don Ramón Gómez de la Serna, y se suele testimoniar cuando está en su cenit con regalos y símbolos para que quede constancia de que Cupido unió dos corazones con las flechas de su aljaba
Pero el dios del amor lleva los ojos vendados y no asegura la permanencia de la pasión. Llega el desamor y los regalos se tornan huéspedes incómodos. Unos se tiran: “el clavel que me diste lo tiré al pozo…” y de otros se pide su devolución: “devuélveme el rosario de mi madre…”
“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, (Pablo Neruda). Tan corto que algunos símbolos de la promesa ya caduca perduran más, como el tatuaje en la piel o el candado atado a un puente. Son como las estrellas que vemos brillar mucho tiempo después de haberse apagado.
Quevedo pudo ser el precursor involuntario de esta moda: “el amor es una libertad encarcelada”, porque el amor, liviano de peso y tornadizo, sólo encarcela mientras dura. Lo que queda preso es el símbolo del juramento o la promesa.
En lugar tan romántico como el Pont des Arts sobre el Sena parisiense el peso de los candados puede tumbar sus barandillas. Si no hubiesen tirado las llaves al fondo del río, seguro que el peso sería más soportable.
Oquedades
(Pintura de Bruno Amadio)
Una tristeza de límites difusos
ha posado sus manos
en las frágiles alas del pasado,
mariposa herida, ya sin vuelo,
que deja lastimoso desconsuelo
en la sombras ausentes de los cuerpos.
La huella de la herida en la memoria
reblandece la piel del sentimiento
y afloran, silenciosas, las lágrimas,
pétalos de rosas sobre el suelo.
Memoria macerada en la añoranza
que deja posos agridulces
en el fondo de la tarde.
El amor, evocado siempre, acude
al efluvio nostálgico del vino.
Señales en la piel de los afectos,
que al volver a tocar,
producen sarpullidos
de emociones no acabadas.
La ausencia de personas
sobre el anaquel de los recuerdos
en el tiempo amarillo de las fotos.
Palabras que no dije
cuando alguien esperaba mi consuelo,
abrazos que no di
perdidos para siempre
a mitad de camino
entre la timidez y el deseo.
Acordándome de esto
he llorado como niño perdido
de la cálida mano de su madre,
una noche de feria
en el bullicio de la calle.
Siega y trilla antaño.
“En la siega” de José Llul
Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.
En el abarco de una mano, las gavillas con las que formaban haces que subían a los carros de varas con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.
Por caminos de baches y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después el trillo en rutinarios giros separaba el grano de la espiga. Para quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos a la caballería. A lo lejos reverberaba la calima.
Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla, a los costales y de allí al doblado y los graneros a golpe de espaldas riñones y rodillas. La paja, tupida en carros con varas y redes, a las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.
Nos oxidamos.
Como a un hierro tirado en la maleza
el transcurrir del tiempo nos oxida,
no de amarillo anaranjado,
sino de níveo albor
en coronada testa acumulado.
Ese es el resumen de la vida
y la razón de todas las arrugas.
El tiempo, haciendo de las suyas,
desgasta las rodillas
y forja corcovadas gibas.
Física y química aplicadas
en nuestros cuerpos pasajeros,
desde la luz del primer día
hasta el rastro que la escarcha deja
del hierro en la hierba señalado.
Amelia.
Para Antonio Solano y Sonsoles Vidal, hallador y sabueso tenaz, respectivamente.
Cuando un escritor publica una obra, ésta escapa a su control. Ya no es suya. Los sentimientos y las sensaciones que la inspiraron se recrean en cada lector de forma distinta.
Se expanden como aroma de jazmín de otoño después de haber llovido y se multiplican como la imagen en un espejo roto. Pasan los ejemplares de mano en mano con desigual suerte. Algunos quedan olvidados en los anaqueles de las librerías, depositarios de polvos que sólo de tarde en tarde serán removidos. Dispar fortuna de la vida impresa, olvido y quizás algún maltrato para otros.
Sólo los ejemplares afortunados llegan a disfrutar los mimos y cuidados de un espíritu sensible.
Una mujer, de probables costumbres solitarias y tal vez de aparente vida monótona, fue dejando en el regocijo de su intimidad a impulsos de corazón y lápiz, fechas, citas, confidencias y comentarios en los ribetes blancos de las páginas de un libro, estableciendo una especial relación con el autor a través de su obra.
Muchos años después en un puesto de venta callejera un amante de libros antiguos adquiere el ejemplar y descubre sorprendido la relación idealizada de la lectora con su autor a través de estas cálidas anotaciones.
Fue, quizás, platónica querencia, pasión rumiada en los renglones sugerentes de la lectura en el rincón favorito de su casa. Sentimientos guardados como flor seca entre sus páginas que en su día reconfortaron su corazón solitario y volvieron a la luz para gozo y deleite de quienes lo compartimos. La evocación volvía a recrearse en cada uno de nosotros.
Dignidad.










