Mi pueblo, indeleblemente tatuado en la piel del recuerdo, donde sigue vivo en la añoranza el tiempo más hermoso. Los juegos, los amigos, las escuelas, mi primer maestro… Aquellas navidades, las matanzas, las noches de verano y el canto de los grillos… Los rincones, las solanas y las calles, el prado de la fuente y la cañada, donde apurábamos las tardes hasta el anochecido. Donde a la pata la llana cruzaba los arroyos o resbalaba en los pasiles…Las lluvias, los ejidos y las eras. Allí disfruté las primeras alegrías y sentí las primeras tristezas, los primeros gozos con mi bicicleta nueva y también las primeras decepciones, vivencias todas labradas en la piel tierna del alma cuando ésta es una vega inmaculada y labrantía, abierta a la siembra de la vida. Mi cama donde recibía las primeras claridades del día a través de la ventana y escuchaba la lluvia de la madrugada y el ruido de las canales, donde en sueños rumié amores y edifiqué quimeras y sufrí las primeras pesadillas que mi madre espantaba. Donde fui feliz a mi manera, sabiendo que mis padres esperaban siempre mi llegada. Ahí están mi patria y mis raíces y donde quiera que vaya van siempre conmigo.
Mejor, callado.
De pensar y sentir yo soy el dueño
de tesoros que siempre van conmigo
y, si así lo decido, a nadie enseño.
Si debo hablar, cavilo antes que digo,
mas callo lo que pienso con frecuencia
y soslayo del verbo hacer castigo,
pues la verdad desnuda es insolencia
si ofende más que ayuda al que nombrado
intenta con razón su conveniencia.
Mas a veces traspaso lo adecuado
por la rabia que provocan los falaces
mintiendo con descaro reiterado.
Salvo a estos farisaicos con disfraces,
que ponen una cara por delante
y un puñal en la espalda lenguaraces,
con los demás, procuro ser galante
si no produzco daño a algún honrado,
que entonces la palabra va delante.
Si en el silencio no hay perjudicado
nada ganas diciendo lo que piensas,
pues los necios te habrán tergiversado
y los demás inventarán ofensas.
Antiguas centralitas.
Después del cura la telefonista de la central era la persona más informada del pueblo. Sus manos combinaban las clavijas que ponían en contacto telefónico a los pocos vecinos que en los años cincuenta y sesenta disponían en su casa de este servicio.
Los que no lo tenían se dirigían a la central si necesitaban poner una conferencia. En la entrada había un banco para sentarse a esperar pues la comunicación no se establecía inmediatamente y las demoras eran frecuentes y duraderas.
Si te iban a llamar te enviaban a tu casa un aviso de conferencia para que a una determinada hora estuvieses allí.
Solía haber interferencias y ruidos, quizás por eso nuestros padres tenían el hábito de hablar por el teléfono a voz en grito, costumbre que conservaron siempre.
Había formulismos que crearon costumbres en los conferenciantes. Del “oiga” del que llama al “diga” del que escucha, pasando por responder “al aparato” cuando preguntaban por el que estaba al otro lado de la línea o “¿con quién hablo?” para identificar al interlocutor.
No había facturas al final de mes. Cuando terminaba cada llamada pedías el importe y pagabas en el acto.
Ya no existen estas centrales. Quedan las cabinas que prestan este servicio público para casos puntuales de urgencia sin disponer de otros medios.
El decreto 726/2011 obliga a Telefónica, en el artículo 32, a garantizar una oferta de teléfonos públicos hasta diciembre de 2016. Se exige que haya una cabina por cada 3.000 habitantes en poblaciones pequeñas y grandes, mientras que en los núcleos más pequeños tiene que haber, al menos, uno. O sea, que a partir de 2017 pueden desaparecer.
Pero no hay más privacidad ahora que entonces, cuando la telefonista de la central podía enterarse en primicia de la muerte de un familiar o del nacimiento de un hijo. El gran hermano está con su ojo avizor más potente que nunca. Por muy escondidos que estemos somos vigilados por GPS y nuestras conversaciones, grabadas. Que se lo pregunten, por citar algunos casos sonados, al ex duque de Palma, al presunto asesino Sergio Morate detenido por encender el móvil en Portbou (Girona), o a los que un misil borró del mapa al encenderlos. Estos últimos no van a responder a la llamada.
Llerena
Manitas de cine
Mi mano sigilosa en la frontera
de dos cuerpos de ardor adolescente
reptaba sondeando compañera
en la envolvente oscuridad del cine.
Tras un paso, astuta y cautelosa,
ocupaba el terreno conquistado
y seguía avanzando en su aventura
hasta el ansiado roce en que esperaba
con la respiración sujeta en bridas
el rechazo o la cálida acogida
La quietud era indicación de avance
hacia el querido otero de la tuya,
que con un voluptuoso desperezo
giraba receptiva su postura,
uniendo palmas y enlazando dedos,
mientras tropas de yanquis galopaban
con toques de cornetas estridentes
por las llanuras ardientes del desierto.
Radicales (intransigentes)
¿Desde qué inconmensurable altura
proceder enjuicia o da lecciones
a quienes, sin hacerle peticiones,
su vida reglan a su modo y cura?
¿Qué dios le otorgó en su botadura
alforja plena de sapiencia y dones
repartiendo indulgencia y bendiciones
a quienes equivocan singladura?
¡Oh, falsario que ve en el ojo ajeno
defectos en los propios evidentes
y además se permite dar consejo
o censura creencias diferentes
desde la suya, excelsa, que es modelo
y las de los demás, inconsistentes!
El recibo de la luz senatorial.
El Senado destina dos millones de euros a gastos de luz y gas para 2016 y 2017.
Se quejan ustedes de vicio. Nuestros representantes senatoriales sí que tienen un recibo de la luz costoso: 2.740 € diarios si se contaran los años por 365 días cada uno, pero. teniendo en cuenta que, según recoge la página web del senado, durante 2014 hubo actividad 127 días, sale cada día a 7.874 €.
Así que nada de quejas, que estos señores sí que llevan sobre sus espaldas, además del peso de la púrpura, trasponiendo el conocido dicho cardenalicio a sus sufridos hombros patrios, el gravoso recibo de la luz y el gas. Todo por sus desvelos en favor nuestro.
Pensaba yo ante este dislate recomendarles que usaran velas, quinqués o carburos para alumbrarse por si salía más económico, pero vistas algunas fotos de senadores y “senatrices” dormitando, tal vez por un exceso de trabajo, o absorbida su atención con el uso de sus móviles de última generación, no me atrevo con la propuesta, no fuera a ser que en un descuido o ronquido incontrolado rodaran velas, quinqués y carburos por las alfombras y provocaran un incendio de imprevisibles consecuencias.
Sólo me queda recomendarles que al salir el último no se olvide de apagar las luces y la caldera, que no están los tiempos para derroches, aunque pensándolo bien a ellos les darán tres leches (sin IVA), pues nosotros, sufridos contribuyentes, nos haremos cargo de esos dispendios, sabiendo el bien que nos reportan.
Aquellos rosarios
La rutina convirtió el rezo en cantinela,
como el ruido del agua entre las piedras.
Se desgranaban los misterios
de los dolores a la gloria,
pasando por los gozos.
La tarde extendía sus sombras
con letanías de beatas
en repetidos soliloquios
de respuestas decadentes.
Rumor de solitarias almas
que no esperan respuestas de momento.
Para llevar las cuentas,
hilera de bolitas ensartadas.
En mí quedaron las metáforas
labradas con marfil y oro,
una estrella en la mañana y una rosa.
¿Anotaría Dios
mi número de rezos en sus tomos?
Agua de pozo
Está la tarde anclada en los espejos
de calientes calimas blanquecinas,
un dogal ata el aire a las esquinas
y flamean antorchas a lo lejos.
Rejón de luz al agua negra llega
por la sombra redonda de los pozos,
desde el cenit al fondo cenagoso
do fugaces escamas centellean.
Mi invocación de estremecidos ecos
espera la respuesta de la mora
con el miedo infantil a que saliera.
La siesta y yo supimos los secretos
del agua oculta que en silencio implora
pedacitos de cielo entre las piedras.
Palabras que callamos










