Estancos

La primera vez que me mandó mi padre al estanco fue para comprar un timbre móvil. Le pregunté que para qué servía eso. Ya lo verás cuando te lo den.  Yo lo asociaba con bicicleta, pero me dieron un sello sin Franco. Mi padre lo pegó en un papel, previo lengüetazo.  Ni sonó ni se movió.

Conocí posteriormente mejor lo que despachaban en los estancos porque el de mi pueblo estaba frente a mi casa y quienes lo tenían me trataban como si fuera de su familia.

Algunos anochecidos me iba allí y me sentaba al lado del regente. Tenían la expendeduría en el primer paso, en la habitación de la izquierda, según se entraba. Un mostrador de madera lo separaba del pasillo.  En dos cajones guardaban los sellos y el dinero. Las monedas, en una cestita de pita y debajo de ella los billetes, a los que había que recomponer a menudo debido a su mal estado. No sé si pesaba más el papel o los remiendos y la mugre que acumulaban. Los había de una, dos y cinco pesetas. Los de más valor escaseaban.

Cuando terminó la guerra civil la concesión de estos establecimientos se realizaba para “amparar a los que habían luchado en los campos de batalla o sufrido más directamente las consecuencias de la guerra…” Del bando triunfador, se entiende. Tenían derecho preferente a regentarlas las viudas y huérfanas solteras.  Las transmisiones hasta el año 2005 se hacían solo entre los familiares de tercer grado de parentesco, como máximo. Algunos beneficiarios los arrendaban a terceras personas, aunque esa modalidad no estaba recogida en la ley.

Llegaban los hombres del campo a comprar al atardecer. A algunos les cogía de paso y se presentaban con la ropa de faena, barba incipiente y una larga faja negra liada alrededor de la cintura. Les servía de abrigo y protección para tantas inclinaciones a tierra, para mitigar el peso de las cargas y el empuje de los brazos sobre la mancera. Cubrían sus cabezas con sombreros de paja, bilbaínas o mascotas negras. Los colores de sus vestimentas eran oscuros y las de faena de crudillo, con colores grises o marrones. Esto añadía años a la apariencia de edad. Aquellos hombres, que podían tener treinta o cuarenta años, a mí me parecían ancianos.  Compraban tabaco picado y libritos de envolver. Algún mechero de mecha o de martillo. Y piedras para la chispa en forma de pequeños cilindros.

Mujeres iban pocas. Cuando lo hacían pedían sellos y sobres de los de avión con bordes rojos y azules.  Y tabaco para los hijos o maridos si estos no podían acercarse.

Horas de revuelo esas del anochecido. De ultramarino y de fragua, de tibia leche en el establo, de rezos a la puerta de la ermita, de olor a tortilla recién hecha, del lucero en el cielo y el guizque del electricista dando luz a las calles.

Fronteras

 

 

 

 

 

 

 

 

(Photo by slworking2 on Foter.com)

Para recordar lo insignificantes que somos nada mejor que mirar al cielo en una noche estrellada. Es una buena terapia para doblegar soberbias y achicar orgullos, relativizar el valor que le damos a ciertas cosas y hacernos preguntas que no por repetidas han perdido su vigencia.

Nuestro sistema solar está en un brazo de la espiral de la Vía Láctea. Para llegar a la estrella más cercana, aparte del sol, tardaríamos más de cuatro años viajando a 300.000 kilómetros por segundo, lo que todavía no se ha conseguido.

La Vía Láctea tiene un diámetro de cerca de 200 mil años luz y consta de entre 200 y 400 mil millones de estrellas. Hay tantas galaxias que aún no se sabe su número con exactitud. Los últimos estudios calculan que puede haber más de dos billones. Cantidades mareantes con poco que se piense en su significado.

El grandioso espectáculo del cielo nocturno solo es posible contemplarlo si nos alejamos del cascarón de luces artificiales que envuelve a las ciudades. Hace ya bastantes años los agricultores dormían al raso en las eras durante el tiempo de recolección para evitar que les robaran el grano. Pasaban, manta al hombro, en dirección a los ejidos por mi calle. La novelería y la curiosidad hacía que los amigos les rogásemos a ciertos vecinos que nos dejasen ir con ellos. Pedíamos permiso a nuestros padres, pero ofrecían resistencia. Nos alertaban sobre el relente de la madrugada, un descenso silencioso de humedad que sin llegar a rocío se posa en las hierbas. ‘Blanda’ le llamamos por aquí.

Nos gustaba distinguir en la maraña grumosa del cielo el paso de los aviones con sus luces intermitentes y los satélites artificiales que daban vueltas alrededor de la tierra.  Pero lo que más nos asombraba era contemplar la Vía Láctea, el camino de Santiago, impresionante franja con sus apelotonamientos de estrellas de distintas intensidades.  Su brillo llegaba hasta nosotros tras un viaje de millones de años.

De las constelaciones distinguíamos entonces solo al carro grande y el carro chico, que era como llamábamos a la Osa Mayor y Menor. Nuestra imaginación formaba otras figuras hilvanando con hilos de plata a los puntos luminosos.

Ya cerca del alba, después de un sueño ligero, comprobábamos que las posiciones de las estrellas habían cambiado. “El viento de la noche gira en el cielo y canta”. Una armonía constante de rotaciones silenciosas.

El universo, con los únicos límites que imponen el tiempo y el espacio, sigue su evolución por los siglos de los siglos. Los humanos en este rincón minúsculo, nos revolcamos en el lodazal de nuestras mezquindades. Parcelamos la tierra y los mares a base de guerras. Las fronteras están amojonadas con la sangre de quienes las defendieron o atacaron y con la de los que intentan escapar de ellas o les impiden la entrada. ¿Quién otorga los títulos de propiedad en exclusiva?

Fútbol

La competición de fútbol en primera división está llegando a su fin. La penúltima jornada ha traído reminiscencias de tiempos pasados, cuando la mayoría de los partidos se jugaban los domingos por la tarde y los transistores nos llevaban en volandas de campo en campo en la voz de los corresponsales. Los intereses de las televisiones han estirado los partidos desde el viernes hasta el lunes con horarios que abarcan del aperitivo a la cena.

Hay mucho de irracionalidad en las fobias y filias de los forofos del mundo futbolero. Algo de mística y de escape, de subida a la cima de las emociones y de brusca bajada al lumpen de los insultos. Similitudes entre campos de batallas y de juegos. De cobijo en la fuerza del grupo para unir fuerzas y sentir el amparo del colega.

Cuando en Anfield Road más de cincuenta mil personas cantan ‘Nunca caminarás solo’ enarbolando banderas y bufandas con los colores del Liverpool es difícil no sentir un poco de emoción o al menos de asombro. Pasa lo mismo en el Sánchez Pizjuán cuando ‘El Arrebato’ entona el ‘Himno del Centenario’ y el público puesto en pie lo acompaña.  Algo mágico se eleva desde las gradas del estadio hacia el cielo de Nervión.

Bajamos al césped. Una mano es justificable y exenta de voluntariedad si con ella marca gol el jugador de nuestro equipo y otra en similares circunstancias merece penalti y expulsión del infractor si se sucede en el área contraria.  La arbitrariedad de nuestros juicios. No hay objetividad posible.

¿Cómo se explica que un señor de aspecto apacible en su vida diaria dispare por su boca la artillería pesada de los improperios más abyectos?

Los motivos por los que cada uno se hace simpatizante de un equipo son variados. Habrá quienes siguen la tradición de algún familiar, otros por la aureola de sus tiempos de niño. Quizás un viaje en edad temprana a la capital… Cada cual que repase las suyas.

En las ciudades se entiende que cada cual defienda al suyo. Pero, como los amores del corazón loco de Machín, se pueden querer dos equipos a la vez, uno el de andar por casa y otro de alto copete. Se crean peñas y celebran comidas en nombre de la afición al mismo equipo. Los forofos reciben felicitaciones cuando el de sus amores ha ganado un título, y más anchos que largos asienten moviendo la cabeza con satisfecha complacencia. Sienten el triunfo como propio.

Pienso en estas cosas viendo salir de un bar a un grupo de personas que ha seguido la emocionante jornada por televisión. Salen exultantes unos, otros cabizbajos y el resto haciendo cálculos de las posibilidades que les quedan a su equipo para la última jornada. Esto del fútbol nos tiene comido el coco. Por el hueco de la comedura se escapan las tensiones y no entran malos pensamientos. Ni buenos.

Pagamos y exigimos

Me dijo un viejo amigo, curado de asombros y escéptico por norma, que las viviendas que poseemos no son nuestras. Somos arrendatarios.  Cuando pagamos la contribución abonamos el alquiler anual. Si dejamos de hacerlo, tras apercibimientos e incrementos, te embargan y podemos quedarnos sin ellas.  Así ha sido con toda clase de gobiernos.

Los otros bienes y servicios públicos, como la educación, la sanidad y las infraestructuras son nuestros porque los pagamos y mantenemos con nuestros impuestos.

Llega la hora de rendir cuentas a Hacienda. Ella recauda, los parlamentos a través de los presupuestos distribuyen y los gobernantes ejecutan.

El organismo recaudador facilita el proceso con el borrador y los datos fiscales, como algunos confesores te iban enumerando los probables pecados en los que podías haber incurrido y tú solo tenías que afirmar o negar.

Del control de los ingresos que percibimos de la Administración no se escapa nadie. En otros todavía existen pillerías. ¿No les han preguntado a ustedes alguna vez aquello de con IVA o sin IVA? 

 

 

 

 

 

 

La aspiración mayoritaria es pagar lo menos posible. Los más pudientes y avispados en el ejercicio de la picaresca se van a paraísos fiscales, blanquean con argucias técnicas el dinero negro conseguido a saber cómo o directamente tocan la bolsa con la mano sin que a veces les piten ni penalti.

La mayoría de los ciudadanos sabemos que para que existan servicios educativos, sanitarios y de infraestructuras hace falta dinero y que debemos colaborar todos en la medida de nuestra capacidad.

Las campañas publicitarias tratan de mentalizarnos de esa necesidad y con más o menos convencimiento está asumido. Pero un mal ejemplo de los que están al lado del asa lo estropea todo. El descubrimiento de fraudes cometidos por personajes que desempeñan o han desempeñado funciones públicas mina la confianza de los contribuyentes. Lo que más irrita es la desfachatez y el cinismo de los que cometen estos delitos y nos han estado aconsejando de la necesidad de que seamos solidarios y colaboremos en el mantenimiento de los servicios e inversiones del Estado.

Los ciudadanos tenemos derecho a exigir una buena gestión de los recursos que aportamos y que no los dilapiden en obras faraónicas de dudosa utilidad a las que les crece la hierba en las juntas sin haber sido utilizadas. Pongamos que hablo, por ejemplo, de ciertos aeropuertos donde se ven más estatuas que aviones.

Ante esto no hay que extrañarse que la gente pague a regañadientes porque no tiene más remedio, pero si pudiera no lo haría. Nos hace falta la educación ciudadana derivada de la confianza que debe inspirar la buena gestión de los recursos y la comprobación de su eficiencia.

Los que administran nuestros impuestos y los malgastan deberían rendir cuentas de su utilización y gestión, y recibir, si el caso fuera, la reprobación social, pero no con recriminaciones que se olvidan pronto y duelen poco, sino judicial y pecuniariamente. 

‘Enterritos’

No doblaban las campanas con el triste y lánguido son de los entierros. Eran repiques de gloria por un niño que había subido al cielo. En el pueblo lo llamaban ‘enterrito’, con el diminutivo cariñoso que envuelve a quienes dejan el mundo tan temprano.

Era el ataúd blanco y pequeño con ribetes dorados, pero la pena de sus padres y abuelos debía de ser profunda y negra por los gritos y llantos que salían de la casa cuando llegaron el cura, el sacristán y los monaguillos para llevarlo a la iglesia. Unos minutos intensos que conmovieron a todos los presentes.

En los años cincuenta la mortalidad infantil en España era de 68,22 por cada 1.000 niños nacidos vivos. Una barbaridad. En el año 2020 ha sido de 2,35.

 En aquellos años faltaban centros sanitarios y recursos económicos, eran largas las distancias y escasos los remedios para algunas enfermedades.  Se paría en las casas y aunque la destreza de las comadronas y buena voluntad de los allegados hacían todo lo que estaba en sus manos, cuando se presentaban complicaciones era difícil solucionarlas.  Algunos morían en el parto. A veces también sus madres. Me angustiaba el dilema moral que podía presentarse en el caso de tener que elegir entre la vida de la madre y la del niño que iba a nacer.

Eran entonces los cementerios centros de logística para ahorrar trabajo a las alturas.  Un juicio final que la doctrina anticipaba. Los no bautizados, suicidas y no creyentes no tenían sitio en el camposanto.  Los niños que habían recibido el bautismo iban directamente al cielo.

En ciertas regiones de España hablan de celebraciones de bailes en torno al cadáver de los críos.  «Mi Antoñito murió ayer, antes de haber cumplido los cinco años, y como sabemos de fijo que su alma va derecha al cielo, la acompañamos con música y con baile y con un traguito…” Lo narra José Augusto de Ochoa y Montel (1808-1871) hablando de esta costumbre en la provincia de Jaén.

En la isla de La Gomera, según recoge Antonio Tejera Gaspar en ‘La religión de los gomeros’, pervivió hasta finales del siglo XIX y principios del XX el conocido como ‘velatorio de los angelitos’. Le cantaban durante toda la noche al cadáver de la niña o el niño. La madrina era la primera que bailaba con él en brazos por la habitación. Después el padrino y posteriormente todos los presentes comenzaban a bailar y a recitar versos. A la mañana siguiente le ponían cintas de colores al féretro con los encargos que cada uno había escrito para que al llegar al cielo los entregara a sus familiares muertos.

Cuando bajamos del camposanto yo venía triste, haciéndome preguntas, como Juan Ramón al lado de Platero.  “¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde de entierro! Desde el cementerio, ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!”

Pérdidas

La vida es una sucesión de pérdidas que lamentamos cuando echamos de menos lo que perdimos. Del útero materno, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto, dice Freud que quizás persista por siempre en nosotros la nostalgia de su abandono.

Hay pérdidas irremediables. Se añoran, pero de nada sirven los lamentos. Charles Baudelaire dice en ‘Los paraísos artificiales’: “Más de uno de estos viejos que encontramos reclinados en la mesa de una taberna, vuelve a verse a sí mismo rodeado de un ambiente que ya ha desaparecido: su juventud perdida es el ingrediente de su embriaguez”.

Otras privaciones son ocasionadas por la vorágine de la vida que nos empuja hacia adelante, sin pararnos a disfrutarlas.

 “Todos queremos más y más y mucho más… y nadie con su suerte se quiere conformar”. Lo cantaba Alberto Castillo, actor y cantante de tangos argentino. Con ese afán vivimos, pero cuando el destino nos da el alto con alguna enfermedad o contrariedad grave volvemos a apreciar las flores, el sol de primavera, la sombra acogedora de una alameda o la lluvia en los cristales, que están ahí como bálsamo y refugio.

Hace unos días me encontré a un amigo dando un paseo por un camino cercano a su pueblo. Hacía tiempo que no lo veía y me detuve a saludarlo. Lo encontré desmejorado desde la última vez que lo vi. Me dijo que había estado una temporada algo pachucho a consecuencia de una intervención quirúrgica y que ese día era el primero que salía de casa después de una larga temporada. Iba disfrutando de la temperatura agradable, de la vistosidad de la jara florecida y del aroma de la lavanda y el tomillo que abundan por aquellos parajes. No sabes cómo echaba de menos estas caminatas, me dijo antes de despedirnos.

Visité hace años en el hospital de Llerena al padre de un amigo que sufría una insuficiencia respiratoria grave. Su estado era desgraciadamente irreversible. Le di ánimos y comentamos anécdotas de tiempos pasados, pues coincidíamos algunas veces en la búsqueda de setas. Ahora, me decía, a lo único que aspiro es a irme con el coche a la orilla del pantano y sentarme a pescar porque es allí donde mejor respiro.

Cuando el año pasado por mayo levantaron el confinamiento domiciliario salí de casa temprano. Quería disfrutar de la libertad por el campo y coger los espárragos que todavía pudieran quedar por los lindazos y lugares más umbríos. Estando en esas, pasó cerca de mí un grupo de ciclistas que me saludaron efusivos. Por un ramal de la Cañada Real Soriana hacían senderismo otros. Todos nos echamos al campo para disfrutarlo. Parecía que también se alegraba con nuestro regreso, como si nos esperara. Antonio Machado escribió que se canta lo que se pierde, pero hay pérdidas que solo son olvidos y están ahí para cuando la vida parece que nos da la espalda. 

Libros

Hay libros que dejan huella sin que la calidad literaria sea determinante. Son otras las razones que explican esa impronta.  Alguno cubierto de polvo y las páginas amarillentas que encuentras en una caja arrinconada en el doblado. Perteneció a un antepasado y la curiosidad te lleva a hojearlo sabiendo que otros ojos recorrieron aquellos mismos renglones y otras manos pasaron las páginas como tú estás haciendo en ese momento. Una fecha y una firma de un tiempo muy lejano te hacen pensar qué sensaciones pudo producirle su lectura y te embarcas en ella por compartir en la distancia temporal esa aventura.

A veces son referencias que escuchaste a tus padres o a algún conocido las que despiertan tu curiosidad por algún libro determinado. O imágenes que te quedaron grabadas en la retina porque al contemplarlas te evocaron fantásticas historias. Recuerdo la ilustración en un tono azulado que presentaba a un señor con uniforme militar al que le caía una gran nevada en medio de la noche.  A partir de ella se abría la puerta de salida para que la imaginación volara por el espacio abierto de la fantasía.

Con ‘Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana’, aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos brotan al leer o escuchar algunos de los poemas que contenía. Ese libro, de título tan contundente como inexacto, faltaban algunos y sobraban otros, me sirvió, sin embargo, para despertar mi afición por la poesía y emocionarme con su lectura.  Por él supe que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro. Que los clarines de los desfiles pueden oírse a lo lejos y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conocí al ‘Piyayo’, que la gente tomaba a chufla y a mí me causaba un respeto imponente cuando repartía a sus nietos pan y ‘pescao’ frito.  Imaginé una España orgullosa y soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos solitarios con el solo acompañamiento del cantar de los grillos y las ranas. Que un olmo seco y hendido por el rayo es la imagen de la esperanza con algunas hojas verdes. Que las mozas casaderas no deben estar en la era si no está el sol en el cielo. Que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Que la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta es grandiosa.  Creí en Dios como testigo y lo vi jurar posando su seca y hendida palma sobre una promesa incumplida descolgando su brazo de la cruz.

Los libros esperan, como el arpa de Bécquer en el salón oscuro, que otras manos los abran y comience de nuevo la aventura personal que cada uno siente con su lectura.

Al margen

Cuando baja el caudal de las riadas quedan en las orillas los materiales que la corriente desecha. La imagen del río sirve una vez más como metáfora de la vida.

‘No somos nadie’ es una frase recurrente de nuestro personaje. Y es verdad. Solo es un número escrito en el recuadro de un impreso.

Vive en las afueras. Por temporadas, bajo un puente.  Allá a lo lejos, ajenas, las luces de la ciudad. ‘Por razones de la vida’ (otra expresión suya que revela situaciones convulsas y traumáticas) está al margen porque no le hicieron sitio, no supo buscarlo o le vinieron mal dadas. Abandonó la lucha y se dejó llevar por la indolencia.

El cartero no acude por esos andurriales. Tampoco lo necesita porque no tiene quien le escriba, como el coronel de García Márquez. Ni siquiera los bancos le comunican el cobro de comisiones. Su coche es el de San Fernando y para portar lo necesario tiene un carrito de la compra hallado en un contenedor. Hasta Hacienda lo ignora. ‘Qué pocos amigos tienen los que no tienen qué dar’. Solo dispone de su carnet de identidad, que algunas veces le piden. Sus únicos papeles son los de los periódicos para cubrirse.  Y las estrellas, que contempla por los ojos arqueados, siempre abiertos, del puente.

Un gato, al que habla como si fuera otra persona, le hace compañía.

 

 

 

 

 

 

 

Se alimenta de lo que le dan por la puerta de atrás de algún supermercado y de las pocas monedas que caen en una cajita a sus pies cuando recala en la avenida. Si el frío es intenso de noche, busca por los alrededores para hacer candela. Cartones verticales le sirven de parapeto, según de dónde sople el viento.

Un colchón viejo y dos mantas son su lecho. De mesilla, una caja de cervezas vacía.

La maquinaria social ata con cien cabos a los que tienen algo que perder. Él no tiene asideros.  Sus datos no saltan en los ordenadores de los ministerios y agencias tributarias.   Nuestro protagonista no votó nunca ni le importa quienes manden. Vive al margen de las normas, pero no enfrente, simplemente pasa de ellas. En la sociedad solo aplauden los comportamientos extravagantes de los que tienen mucho dinero. Él no puede ser ni verso suelto, sino el ripio que chirría en el poema.

Una vez tuvo que responder a un cuestionario. Solo rellenó los apartados de su edad, su nombre y apellidos. El domicilio habitual no lo puso porque era variable. Profesión habitual, vivir, mientras lo dejen. Si no causa muchas molestias, nadie se ocupará de él. Por Navidad le dan café caliente. Quisieron llevárselo a un albergue, pero no consintió perder su libertad.

Allá va, de retirada, con su gato y su carro, cuando encienden las luces de la avenida y comienzan a salir de paseo los grupos de amigos para disfrutar la noche del sábado. 

Permanencias, cantinas, roperos…

No era la necesidad azote exclusivo de un oficio. Las rabizas de los cinturones cada vez eran más largas y los agujeros donde meter las hebillas más numerosos.

Los maestros, pese al dicho, ni eran los más castigados ni los únicos que tuvieron que hacer equilibrios presupuestarios para llegar a fin de mes.

Abonados los gastos de hospedaje, poco dispendio quedaba para el asueto. Largos paseos y mucha charla ocupaban su tiempo libre.

En el año 1950 el sueldo anual de un maestro era de 7.500 pesetas y muchos tenían que buscar complementarlo con otras ocupaciones como, llevar la contabilidad de algún negocio, corregir trabajos para una imprenta o la venta a comisión en horas libres.

El gobierno era consciente de la precariedad, pero no ponía remedios. Como la bolsa estatal estaba exangüe y la educación no era preferente, idearon lo de las permanencias. Consistían en alargar en un máximo de dos horas la estancia en la escuela para aquellos alumnos y maestros que voluntariamente quisieran acogerse a ellas.

Se regularon mediante la Orden de 24 de julio de 1954. Los alumnos pagaban una cantidad mensual. Un 30% de ellos quedaban exentos por aplicación de la ley de Protección Escolar. Al final de cada mes les daban a los alumnos un papelito con la cantidad que debían pagar. Ese tiempo extra se dedicaba a machacar sobre lo mismo.

Había otras instituciones complementarias en el ámbito escolar que vienen de muy antiguo, concretamente de 1911. Eran las mutualidades, los cotos, las colonias, las cantinas y los roperos.

Con las colonias los alumnos que residían en zonas deprimidas pasaban unos días fuera de su localidad realizando actividades recreativas al aire libre y alimentándose convenientemente. En las cantinas comían los niños con menos recursos. Los roperos tenían dos funciones. Facilitaban ropa y calzado a los alumnos que los necesitaban y también ofrecían talleres a las alumnas para que hicieran las prácticas de las asignaturas específicamente femeninas. Las llamadas Labores. En esta tarea también colaboraban las madres y las maestras.

Por medio de las mutualidades se fomentaba el ahorro con aportaciones periódicas. De ese fondo podían disponer en caso de necesidad o para formar parte de sus pensiones cuando fueran mayores. De su gestión se encargaban los maestros, las familias y una junta infantil de los alumnos. Las anotaciones se hacían en una libreta, un extracto de los cuales se entregaba a los mutualistas al final de cada año. Parejo a las mutualidades se crearon los cotos escolares.  Los mutualistas desarrollaban labores hortofrutícolas y agrarias. 

Los beneficios económicos se distribuían entre las cuentas individuales de los alumnos, el socorro de enfermedad, la cantina y el ropero escolar. El 10% era el beneficio del maestro encargado de dirigirlo. Pertenecer a la mutualidad era obligatorio. El coto, opcional. Algunas de estas instituciones continuaron durante los primeros años de la dictadura.

Otros tiempos, otras necesidades, otra escuela. Y quién sabe.

Jeringos

(Dedicado a una persona a la que sé que le encantan)

Comer jeringos lo asociaba con días de fiesta. Cuando las primeras comuniones se celebraban en familia o con los mismos compañeros de la escuela, antes de que se convirtieran en comilonas semejantes a las bodas donde los mayores comparten charla y copas y el comulgante se entretiene con el último modelo de artilugio electrónico en un rincón del salón.

Los comíamos en las cantinas que montaban por feria en la umbría de la iglesia. Allí recalaba la gente antes de irse a casa cuando estaba la noche avanzada y el cuerpo pedía algo caliente para entonarse.

En estos días de Semana Santa, Manuel, apodado el de los jeringos, montaba sus bártulos en las Cuatro Esquinas. Baño de cinc para la masa, sartén con aceite, soporte de bidón para la leña y una pequeña mesa para despachar. Apoyada la jeringa donde el pecho se une al brazo, echaba la masa en el aceite humeante haciendo espirales. Inmediatamente con las varillas las separaba para que no se pegaran. Arriba con ella, un momento para escurrir y a la mesa para trocearla con las tijeras.

 Cuando compraban la rosca entera para llevar le ponía un junco verde para sostenerla y que no se quemaran los dedos. A los mayores que no salían de casa en las fiestas se les llevaba una ración.

El chocolate es el complemento ideal. Espeso y consistente, no la aguachirle que ponían en los colegios. Que al introducir el churro haya que vencer una pequeña resistencia, acción que pertenece a la liturgia de los placeres culinarios y hace funcionar a tope las glándulas salivares.

La Real Academia Española de la Lengua no recoge en su diccionario el término ‘jeringo’, como tampoco le da asiento a ‘posío’, de arraigado y extendido uso por estas zonas, como tierra o campo sin cultivar. No tienen reconocimiento oficial, mientras los advenedizos de las nuevas tecnologías y los más urbanos se cuelan en las nobles páginas que la institución que fija limpia y da esplendor. Clicar, guasapear, friki…

En el tema que nos ocupa, más apetitoso, el diccionario recoge, tejeringo, churro, calentito y porra. Según regiones hay leves diferencias en la masa, donde está el secreto, pero lo fundamental es harina, levadura, agua y sal. Y el medio donde se produce la transformación: el aceite. La blanca masa torna en poco tiempo del albor al dorado y crujiente manjar. Dicen que su origen está en China de donde los trajeron los marinos portugueses. Cuando llegaron a España lo bautizaron como churros por su semejanza con los cuernos del macho de las ovejas churras. Y dicen que fueron los pastores, como en la Nochebuena, los primeros en pasar por el aceite la masa de harina.

Una vez comidos, el cuerpo pide cama. Lleno y reconfortado el estómago, los párpados se ponen intermitentes en una progresiva y lenta retirada de energía de la cabeza al estómago. Que les aproveche.