
El próximo día 22 el sol se situará frente a la línea imaginaria del ecuador de la tierra. Con ello se igualará la duración de los días y las noches en los dos hemisferios. Esta noria que nos lleva con rítmico compás en viajes periódicos alrededor del sol no produce cosquillas en la barriga ni alborota el cabello, como las que mecen en las ferias las ilusiones infantiles. El astro rey seguirá su descenso hacia el sur acortando las horas de luz. Las alamedas vestirán de tonos ocres y dorados sus hojas, que emprenderán en los brazos del viento su caída hasta las riberas de los ríos.
Es la tierra, como sabemos, la que gira sobre sí misma y alrededor del sol. Realidad que no siempre fue aceptada por los moradores del planeta. El movimiento aparente del sol confundía.
La teoría geocéntrica fue defendida por eminentes filósofos como Aristóteles y astrónomos de prestigio, como Ptolomeo. La iglesia la sostenía fervientemente, aunque ya doscientos años antes de Jesucristo, el sabio griego Aristarco de Samos propuso un modelo heliocéntrico del universo. No le hicieron mucho caso y el geocentrismo se mantuvo durante mil setecientos años más, hasta que Copérnico le dio el famoso giro a esa suposición y Galileo posteriormente lo demostró, no sin que le obligaran a negarlo y ser condenado con arresto domiciliario.
Los astrónomos empezaron a parcelar el tiempo. Las primeras referencias para hacerlo estaban a la vista: el sol y la luna en sus cadencias, sin que faltaran interpretaciones mágicas y brujerías. Los días se partieron en horas, minutos y segundos y se agruparon en semanas, meses, lustros, décadas y siglos. Con esas particiones organizamos nuestras vidas.

Los instrumentos de medida y el temor o el deseo condicionan la percepción de su transcurrir. La fijación en grandes períodos produce perspectiva y sosiego y los pequeños, ansiedad. Un cronómetro marcando décimas de segundo origina la sensación de que la vida se escapa de las manos y caemos irremediablemente hacia el abismo.
Cuando lo que se espera es placentero parece que el tiempo transcurre con más lentitud. Pongamos como ejemplo el comienzo de las vacaciones. Por el contrario, cuando se teme una fecha porque no queremos que llegue, percibimos que transcurre con más rapidez. No corre igual escuchando el tictac del reloj en la madrugada cuando esperamos a nuestros hijos que bebiendo cerveza en el bar con los amigos. Ni de jubilados como cuando éramos niños. Los que hicimos el servicio militar sabemos que los veteranos, también conocidos como abuelos, iban borrando los palotes que habían marcado en sus gorras con los días que les faltaban para la licencia. Con esta ansiedad las jornadas se les hacían interminables.
¿Tendrán la misma percepción los que detentan el poder y los que aspiran a ejercerlo? Pongamos por caso el de los señores Pedro Sánchez Pérez-Castejón y Alberto Núñez Feijoo y sus adláteres.
