No somos nadie

 

Los proverbios, refranes y aforismos, condensan los resultados de experiencias y observaciones de los que nos precedieron. De tanto usarlas las convertimos en tópicos y las utilizamos como comodines para ahorrarnos el trabajo de pensar qué deberíamos decir o hacer en según qué situaciones. Otros ya lo hicieron por nosotros. Forman parte del acervo cultural de los pueblos y, aunque pierden lustre por el uso, no dejan de ser constataciones sentenciosas de una forma de entender la vida.

La expresión ‘No somos nadie’ la utilizamos cuando la muerte presenta sus cartas credenciales a personas conocidas.  Cada vez que sucede nos damos cuenta de que no hay grandeza que no quepa en un nicho. Cuando todo se reduce a la nada multiplicada por cero.

A San Francisco de Borja, que antes de ser elevado a los altares, ostentó numerosos títulos nobiliarios con grandeza de España incluida, se le atribuye esta otra expresión: ‘Nunca más servir a señor que se me pueda morir’. Según cuentan la pronunció ante el féretro que contenía los restos mortales de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Dicen que fue una mujer de gran belleza, fallecida a los treinta y seis años.

Esta misma idea de no ser nadie una vez muertos, la glosó Jorge Manrique en los versos de las ‘Coplas a la muerte de su padre’: “Tantos duques excelentes, /tantos marqueses y condes/y varones/como vimos tan potentes, /di muerte, ¿do los escondes/y traspones?”.

Es difícil encontrar escritores y filósofos que no hayan tratado en sus obras sobre la fugacidad de la vida y las consecuencias de la muerte.

Siendo esta la que nos iguala y la que nos pone en ese lugar donde nada es todo, salvo creencias ultraterrenas.

 

 

 

 

Existen congéneres que se arrogan atribuciones que solo al proceso natural de la existencia corresponden y disponen de las vidas ajenas como si fueran dueños de ellas.

Buscando su grandeza y alimentados sus egos desde las paranoias más severas, desprecian al resto de los mortales aniquilando a unos e ignorando las peticiones de clemencia de otros.

Destacaron en esta infame labor personajes históricos investidos de poder por diversas circunstancias, no siendo las menores las que se consiguieron con traiciones y engaños. Estos caudillos, que se creen ungidos por sus dioses respectivos o elegidos por el destino para salvar a sus pueblos, son impermeables a los ruegos y surgen cuando las condiciones de tolerancia e indiferencia internacionales les son propicias.

 

 

 

 

 

 

 

Características comunes son su afán de dominio y la aspiración de crear imperios, aunque para conseguirlo tengan que hacer limpiezas étnicas o invadir tierras que no son suyas. Lo perpetran por la fuerza bruta de sus sinrazones e intereses y a los demás nos ignoran descaradamente mientras consiguen su botín.

No pongo nombres para evitar que salgan las palabras manchadas de sangre.

No somos nadie, pero déjennos ser. 

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