
Para unir pasado con presente hay tiempos y lugares en los pueblos. Resolanas, al tibio sol de invierno, carpinterías y fraguas en los días desapacibles. Sentados a la lumbre en los recesos de las matanzas. Esquinas y mentideros. Entre olivos en la recolección de la aceituna…
También en los bares y tabernas, en las horas tranquilas en las en las que ya solo quedan los habituales veceros, sin prisas ni agobios.
Son los momentos en los que se trasvasa información de los que vivieron o escucharon los hechos que se narran a los nuevos moradores. Conexión y enlace entre generaciones para mantener viva la memoria colectiva, acumulando un bagaje cultural y etnográfico que conforma la idiosincrasia de las comunidades y el sentido de pertenencia a ellas de sus miembros. Peculiaridades con las que se identifican los naturales y se marcan diferencias con los forasteros.
Los mayores cuentan, los jóvenes callan, escuchan y preguntan. Transmisión oral de un legado del que se hacen depositarios para transmitirlo a su vez a las siguientes. Una cadena que no apresa, sino que enlaza.
Hoy recuerdo las conversaciones sobre las cuadrillas de trabajadores en las faenas del campo. En la recolección del grano y la escarda recorrían las hazas, alineados horizontalmente, como los soldados en los desfiles. El que se adelantaba o atrasaba quedaba a la vista del manijero, que vigilaba desde la linde. Este no le quitaba las ganas al que iba con delantera, sino que animaba a los demás a ponerse a su altura. Había compañeros solidarios que, viendo el agobio de los que quedaban atrás, les echaban una mano, cuando el atraso no era causado por pereza, sino por la poca práctica o destreza en el oficio, sin que faltara voluntad de conseguirlas.

De las habilidad y diligencia mostradas nacía una reputación, una jerarquía sin galones visibles, que se ponía de manifiesto a la hora de ser contratados. Los patronos elegían a los más avezados. Esta presión hacía que muchos alardearan de fuerza, maña o resistencia, aun a costa de sufrir lesiones o deterioro físico para no quedarse atrás en la estima y labrarse buena fama. Primero entre los compañeros de cuadrilla y después, de boca en boca, entre el resto de vecinos, que asignan glorias o destruyen reputaciones. Por ello algunos cargaban los sacos más pesados sobre sus espaldas, a pesar de que les temblaran las piernas subiendo las escaleras empinadas de los doblados o hacían alardes de su pericia en la conducción de los carros cargados de mieses.
Como la vida misma. La competencia y opinión ajena condicionan nuestro comportamiento. Sin regatear elogios al triunfo y al tesón por conseguir metas de los que se afanan en ello, conviene echar la vista atrás para ayudar al rezagado porque no todos tenemos las mismas oportunidades ni capacidades. Echar una mano al que flaquea es una virtud al alcance sólo de las almas generosas.
