Honradez e incongruencias

Hay personas que tienen autoridad moral entre sus vecinos por coherencia entre sus actos y sus palabras. No depende del cargo ni del oficio que desempeñan. Tampoco de nombramientos en boletines oficiales. La reputación se gana a lo largo de los años. A tales personas acuden los que los conocen en busca de consejo cuando tienen un problema o van a emprender un negocio y tienen dudas sobre la viabilidad del mismo.  Ese prestigio se refleja en la forma en que los paisanos se refieren a ellos.  No es lo mismo nombrar a un individuo como Juanillo que como señor Juan, o tío Juan, como decimos en mi pueblo. No hace falta el don, que es más distante.

Sin embargo, ese poder de influencia puede venirse abajo como un castillo de naipes en poco tiempo. El refranero, igual que en otros casos, tiene el veneno y el antídoto. La buena fama sube por escaleras y baja en ascensor, como el precio de los combustibles, pero a la inversa. El dicho de cría fama y échate a dormir, es muy relativo. No dura para siempre.

En los juegos de cartas el tahúr queda en evidencia cuando en una partida lo pillan en un renuncio. Con una acción fraudulenta dilapida su crédito y el resto de jugadores empieza a dudar de él y a vigilarlo de cerca.

Por el contrario, la coherencia, libre de contradicciones, ha llevado a algunos hombres y mujeres a sufrir prisión y hasta pagarla con la vida. Honor y gloria a ellos.

 La historia es maestra de la vida, en expresión de Cicerón, y la forma de ser de los humanos es más duradera que las modas. Encontramos ejemplos de ilustres personajes que de la cima de la estimación pública cayeron en el desprestigio. Julio César, de la gloria del imperio a morir apuñalado por un grupo de senadores. María Antonieta, reina consorte de Luis XVI, de los aduladores fastos cortesanos al afilado acero de la guillotina.

En el ejercicio de la actividad política hay multitud de contradicciones entre lo que se promete y lo que se hace. Las hemerotecas producen vergüenza ajena y deberían provocar la propia, cuando se les echa un vistazo. Hay actividades en que lo coherente es la incoherencia.

Considerar a alguien adalid de la integridad y ser sorprendido en un renuncio es demoledor. Queda el recurso de aquel clérigo: Haced lo que yo os diga, no lo que yo haga.

Pero habría que ver si los que jalean las caídas de los referentes no son también merecedores de la misma reprobación social.  El que esté libre de culpa que tire la primera piedra. La condición humana, con sus miserias y grandezas, repite comportamientos recogidos desde hace siglos en las obras de eminentes escritores. Nada es nuevo. Pero necesitamos creer en la esperanza de que al menos habrá diez justos en la ciudad para evitar otra Sodoma.

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