Manos a la obra

En el hogar ardían lentamente los troncos de encina en las noches de invierno con un juego de lenguas sinuosas y una paleta de colores naranjas, azules y amarillos. La cocina era la sala de máquinas de la casa.

Cada rincón, cada esquina fue llenando nuestras vidas de vivencias que ahora de mayores añoramos. El patio con macetas, el corral con el pozo donde se reflejaban las estrellas en la cuba del brocal en las noches de verano. El zaguán de visitas rápidas y maceta de aspidistra tras la puerta entornada de la calle.  La alacena con ventana calada de celosías triangulares.  El dormitorio de sueños y desvelos.  La mesa del espacioso salón en el que cada uno tenía asignado su sitio y el hueco irremplazable que dejaban los que se iban.

Cada parte de nuestros hogares dejó huellas en la memoria que evocamos con nostalgia.

La casa es el lugar donde el cuerpo descansa y la mente se relaja. Donde se ponen en orden las ideas y se planifican proyectos.  El refugio que da calor y protección, al que anhelamos llegar si nos lastiman los zapatos o del que nos pesa haber salido si alguien nos está dando la tabarra. En ella nos libramos de los corsés, abalorios y aderezos que nos imponen las normas sociales de convivencia.

También los animales buscan protección en sus madrigueras, vivares, cubiles, cuevas, nidos … cuando se encuentran en peligro.

Hasta el famoso y entrañable extraterrestre ET, creado por Steven Spielberg, pidió ayuda para regresar a la suya.

Me contó un sacerdote ya fallecido, compañero de estudios y amigo desde entonces, que un día estaba consolando a una viejecita en el tramo final de su vida diciéndole que no estuviera triste porque en la casa del Padre iba a estar mucho mejor. Pero la mujer no tenía muchas ganas de emprender el viaje y le respondió que ella donde estaba realmente a gusto era en la suya, con sus tardes de visillo, sus enagüillas y su brasero, viendo pasar a la gente por la calle. Y sin negar futuras   glorias, de momento, las encontraba más placenteras entre las cuatro paredes de su hogar.

El refranero español lo resume de manera clara: “En su casa hasta el culo le descansa”.

Por muy impersonales que nos parezcan desde el exterior, por muy parecidas que sean a colmenas, cuando la luz natural se va y se encienden las artificiales, las de cada piso de los grandes bloques en las ciudades, son un hogar que cobija sentimientos y los que los habitan se sienten protegidos de hostilidades e inclemencias.

A ver si los poderes públicos, estatales, autonómicos y municipales reman en la misma dirección y ofrecen a la ciudadanía algo más que trifulcas entre ellos. La vivienda es un bien esencial para los ciudadanos. Menos promesas incumplidas, menos acrecentar las narices de Pinocho y más manos a la obra.

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