
Existen diversas formas de anunciar la muerte de alguien. Otras tantas, de dejar constancia de la misma para el recuerdo.
Los dobles de campanas y el boca a boca de los vecinos es la más tradicional. Se sigue haciendo así, pero los bandos móviles llevan la noticia hasta nuestras manos de modo más rápido y general.
Publicar esquelas en los periódicos, donde el tamaño importa, es una manera más selectiva de darlo a conocer. Son como tarjetas de visita de los deudos con los méritos del difunto. Lápidas de papel que se irán poniendo amarillas en las hemerotecas. De las frases tópicas-todos morían habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su santidad- han evolucionado hacia una pequeña crónica social. Incluso a textos literarios ingeniosos.
Las esquelas dan lustre a los que quedan. No hay familia pudiente o de abolengo que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa. A más tamaño y número de esquelas, más repercusión social. Apellidos ilustres con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones y un currículo de cargos desempeñados, realzan la figura del difunto, a quien poco le importa ya, y aportan laureles a la sobreviviente parentela. Las esquelas constituyen un reflejo sociológico de las que algunos lectores, previo minucioso estudio, desgranan e hilvanan conclusiones. Deducen desavenencias entre parientes por las posibles omisiones, se remontan a las ramas familiares de los consortes y construyen árboles genealógicos.

Para la permanencia del recuerdo del difunto en la memoria colectiva también existen modalidades. Desde la cruz con unas iniciales a suntuosos panteones de mármol y granito.
Hay una costumbre, ya en progresivo desuso, que consiste en confeccionar unos recordatorios para repartirlos entre familiares y amigos del fallecido con imágenes de vírgenes dolorosas y cristos crucificados, en los que se incluían sus datos personales, jaculatorias y frases piadosas.
Es una forma personal, más reducida de tamaño, pero más amplia de plegarias que las lápidas de los cementerios. Se repartían pasadas unas semanas del óbito.
De epitafios hay un curioso muestrario. Desde los humorísticos recogidos por Francisco Martínez de la Rosa en su obra ‘El cementerio de Momo’: “Aquí yace un cortesano, /que se quebró la cintura/ un día de besamanos”. O este otro: “Yace aquí un mal matrimonio, dos cuñadas, suegra y yerno…No falta sino el demonio para estar junto el infierno”, a los que escribieron los propios interesados para sus tumbas. Así, Miguel de Unamuno: “Méteme, padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.
Enrique Jarduiel Poncela, escribió lo que todos sabemos: “Si queréis los mayores elogios, moríos.” Vicente Huidobro, una bella alegoría: “Abrid la tumba. Al fondo, se ve el mar”.
No sé los que lucirán en sus panteones cuando mueran los paranoicos con tanto poder, que tienen la desvergüenza, ellos y los aduladores que se prestan, de apoyarse en religiones para justificar los miles de muertos que provocan.
