
Durante siglos los hijos de los pastores siguieron guardando ovejas, los de los mayorales y aperadores desempeñando las funciones de los padres en las mismas casas solariegas, los de los labriegos continuaron sembrando y recogiendo mieses en las mismas besanas y los de los herreros forjando hierros y avivando el fuego de la fragua con el fuelle. Pero los nietos y bisnietos, bien entrado el siglo veinte, interrumpieron la cadena y comenzaron a estudiar. Obtuvieron títulos universitarios y ejercieron de maestros, abogados, veterinarios, médicos, ingenieros…
Con esa preparación se le quebró una alfajía a la techumbre de los estamentos. No era fácil cambiar de ubicación en este edificio, pero con las conquistas sociales se hicieron más permeables los límites y los niños yunteros que describió Miguel Hernández, nacidos para el yugo, rompieron la inercia de siglos y ascendieron socialmente de la única forma que podían hacerlo: a través del estudio, del sacrificio de sus padres, de las becas y de su esfuerzo.
Esa es la revolución pacífica y silenciosa que permite una movilidad social y va transformando a la sociedad. Los condicionamientos de las clases sociales siguen existiendo. Nacer en una familia o en otra sigue siendo determinante. Las hay que pueden permitirse grandes desembolsos económicos para dar estudios a sus hijos en prestigiosas universidades y otras se las ven y se las desean para pagar una habitación en un piso compartido para los suyos. En la Edad Media el ascenso social primordialmente tenía dos estrechos ascensores: meterse en el clero o hacer méritos en la guerra.
Los reyes premiaban con posesiones y títulos los servicios a la corona. De aquellos tiempos queda una corte diseminada y privilegiada de aristócratas que generación tras generación han ido ostentando, no sin traperas puñaladas y traiciones, abolengos, blasones y escudos que dan lustre, prestigio social e influencias.
El dinero solo da un brillo estridente. Para tratar de disimular la ordinariez lo cubren de toga, muceta y birrete con el nombramiento honorífico de doctores. El saber siempre enaltece.

Para la gente normal el principal medio de movilidad social es la educación. También, otro: la política, con sus atributos de mando y el poder que da conceder subvenciones y licencias. Es el medio que menos preparación requiere. Teóricamente, ninguna. Ser mayor de edad, no haber sido condenado por delitos que conlleven esa privación u ostentar determinados altos cargos. Así es en puridad democrática. Negarlo iría contra un principio básico. Solo hay que afiliarse a un partido, obedecer ciegamente al líder y aplaudir cuando lo manden. Los meten en el cajón de sastre de las listas cerradas, donde a más bulto, menos claridad y, si los votos son propicios, pueden asistir con la cabeza erguida a actos civiles y religiosos. En caso de cesantía siempre hay un puesto en los reductos que aún controla su partido para reubicarlos, aunque confundan un bien inmueble con una cómoda.
