Viejas fotografías

Las metáforas que identifican al río y al camino con la vida están muy usadas.  El mérito fue de quienes las crearon.  En tropos está casi todo escrito.  Muchos proceden de los clásicos griegos y latinos. Celebrados autores de las corrientes literarias que han existido lo largo de la historia: Renacimiento, Barroco, Romanticismo, Modernismo. Generación del 27… han dejado pocas aguas sin surcar. Cuando crees que has descubierto un nuevo mar te das cuenta de que estás en el mismo por donde pasaron antes otros. Algunos buscando nuevas formas de expresión retuercen el lenguaje hasta hacerlo incomprensible para la mayoría.
Sirva pues una vez más la imagen del camino para el propósito que aquí persigo.  El viaje es largo o corto, intenso o monótono, según naturaleza o subjetiva apreciación de quien lo anda. A veces, placentero, a veces penoso, pero siempre interiorizado en cada uno de nosotros como una experiencia única, vayamos solos o acompañados. En nuestra memoria afectiva se van depositando vivencias como pavesas. Al cabo de muchos años, si las removemos, comprobamos que guardan aún calor dentro, como aquellos braseros que volvían a encenderse las mañanas de invierno con el rescoldo casi oculto entre las cenizas que dejó la madrugada.
En el camino te encuentras con mucha gente. Unos dejan pocas huellas, otros permanecen para siempre. A otros desearías no haberlos conocido y de otros sientes no haber compartido más tiempo.
En algunos tramos piensas que aquellas personas que comparten contigo ese momento serán inolvidables.  Pero “es tan corto el amor, y es tan largo el olvido…” que la ausencia difumina su intensidad. Las nuevas amistades van llenando huecos que dejaron los que se marcharon, de los que se desvanece poco a poco su recuerdo.
En estos días pasados en casa muchos de nosotros hemos abierto de nuevo la caja donde se guardan las fotos antiguas de familiares y amigos. Instantes captados que fueron acumulándose de fiestas, de romerías, del servicio militar, de un baile…. De ancestros que apenas conocimos, del viaje de novios de nuestros padres, de nosotros mismos… cada vez con menos parecido con el que ahora está con gafas de presbicia intentando identificar a los fotografiados.
Entre ellas he encontrado una foto de la escuela con cerca de cuarenta compañeros, el cura y el maestro.  De cuando señalábamos la esfera terrestre con nuestro dedo índice, con mapa de España detrás, bandera y crucifijo. El Catón abierto sobre una mesa con agujeros para el tintero.
Murieron algunos.  De otros ignoro sus actuales paraderos. ¿Qué suerte habrá corrido cada uno de ellos? Sus ilusiones, sus proyectos, sus hijos, la lucha por la vida…  He vuelto a sentir las casi olvidadas sensaciones de entonces.
Las fotos son referencias que va dejando nuestra vida en las lindes del camino y ponen algo de orden en el antes y el después del tiempo que se confunde en la niebla del pasado.

Monedas y billetes

Los de mi generación utilizábamos las perras gordas y las perras chicas para nuestras pequeñas compras y juegos. La peseta para el cine de los domingos y los días de fiesta. Los mayores valoraban tierras, mulas y jumentos en reales, vestigio de cuando el real de a ocho fue divisa universal en los tiempos de esplendor del imperio español.  Conocido también como peso fuerte o peso duro transmitió el apelativo de dureza por semejanza a la moneda de cinco pesetas, el duro, que ya era palabra mayor para valorar las transacciones.
En mi memoria queda el real de los tiempos de Franco con su orificio central, que también tenían los dos reales. Sin embargo, la de diez, más oscura, no llevaba el ombligo al aire.
Las monedas originarias de diez y cinco céntimos fueron acuñadas en el año 1870 por orden del gobierno provisional que se formó tras el triunfo de la Revolución de 1868.
En el reverso se representaba a un león sosteniendo el escudo de España. Tan difusamente perfilado estaba que el pueblo lo confundió con una perra gorda y con ese apodo pasó a la historia la mayor y como perra chica, con el mismo diseño, pero más pequeña, la de cinco.  Tanto caló lo de la perra que tener muchas, como ya sabemos, es sinónimo de ser rico.
Del cobre con que estaban acuñadas las primeras se pasó, linaje y título incluidos, al aluminio de las de la dictadura. Estas fueron las que yo conocí.  Jinete con lanza en el anverso y escudo del águila al reverso. Cuando echábamos suerte para los juegos lanzando la moneda al aire, en lugar de cara o cruz decíamos caballo o águila.
Lo de rubia para denominar a la peseta, que también procede del tiempo del gobierno provisional de 1868, se debía al color del metal de las emitidas durante la Segunda República. De ellas decían que eran la perdición de los hombres porque reunían en su circular contorno el dinero, la mujer y el vino, representado por el racimo labrado en su reverso.
De billetes conocí hasta los de peseta. Como el material debía de ser escaso para hacer nuevas emisiones, en su tráfico iban acumulando mugre y desperfectos. Estos segundos los solucionaban con las tiras de papel donde venían sujetos los sellos de correos. Una vendita que se les pegaba con tal de que no tapara el número de serie porque en ese caso no los admitían en las tiendas.
En este discurrir aparece un niño agarrado con sus manos al borde del mostrador. Se emperica y suelta sobre la superficie de madera las monedas que lleva en su mano. Pide un pirulí que el comerciante le entrega. A ver qué traes ahí. El tendero cuenta.  Son siete chicas, te sobra una perra gorda. Y el muchacho se va corriendo a endulzar la tarde al rincón de la plazuela.

 

 

 

Suspiros

Está la luz borrosa en los espejos que el calor forma en la lejanía. El aire caliente y denso remolonea en las solanas. En medio del patio, el pozo recibe por su boca un rejón de luz que llega al fondo del agua oscura y deja ver a través de la medalla luminosa que la luz acuña, fugaces, las escamas de los peces.  El niño recibe temblorosos ecos de su voz que rebotan y suben hasta el brocal donde en una cuba de zinc merodean sedientas, indecisas y esquivas avispas verdinegras.
En el interior de la casa el hombre se ha levantado de la siesta con cara de pocos amigos. Pelo revuelto y ojos hinchados. Mejor no hablar con él hasta que los humores se asienten. Trae la huella del sueño labrada en los pliegues de su cara. Con el torso desnudo y bostezando se dirige al segundo paso de la casa donde está la cantarera y el botijo. Bebe largamente y deja que resbale un hilo de agua por su pecho. Después da un suspiro con dobladillo de queja: “¡Ay, qué vida esta!”, lo que recibe réplica inmediata de su esposa que cose en la sala:  “¡No sé por qué suspiras tanto, con la vida que te pegas!”. “¿No puedo suspirar ni en mi casa? ¡Vamos, hombre!”. De alguna forma la mujer ha sentido el suspiro como una queja indirecta hacia ella.
 Y es que son como las rastras, que sacan del pozo las cubas caídas en el pozo.
Los hay de frustración, de hastío, de quejas contra el mundo o de pena por ausencias. Bécquer se quedó en la obviedad de su esencia y su destino: el aire. Dicen que los suspiros fisiológicos se repiten varias veces cada hora de forma inconsciente, por una necesidad que tiene el cuerpo de reponer oxígeno. Son más discretos e imperceptibles, pero los otros, los emocionales, traen mensajes en la cola del aliento. Yo observaba de niño los de las viejas mientras dormitaban en la camilla o zurcían tras la puerta entornada. No los comprendía entonces.

Salían lastimosos y traían palabras detrás, como el estrambote de un poema o la media verónica que culmina una tanda de pases de capote.  Tristes unos y añorantes otros. Hay suspiros que no necesitan más explicaciones para saber de qué van por la rúbrica que los cierra: ‘¡Qué castigo!’ o ‘¡Qué cruz!’ Otros llegan con avales de vírgenes y santos. Muy implorada la del Carmen, por ser protectora de los navegantes. El recurso a los patrones y patronas de los pueblos siempre está a mano para un apuro. Pedro Antonio de Alarcón describe maravillosamente los que llegan heridos de amor: “…suspiras, ¡ay! y acongojado miro/que no es por mí…Y así, mujer amada, /no sé si flores son o abrojos/esos suspiros de tus labios rojos, /ignorando también en mi desdicha/si mi vida o mi muerte son tus ojos”.

Siega y silos

He leído que los silos son las catedrales del campo. Así parece cuando viajando por las carreteras de España aparecen en el horizonte tan peculiares edificios. Esa imagen me lleva a otra que José Ortega y Gasset describe con exquisita prosa: “…allá lejos navega entre trigos amarillos la catedral de Segovia, como un enorme transatlántico místico…”.
El mar y la tierra comparten imágenes y metáforas. ¿Quién no ha asociado el ondulante movimiento de las espigas con las olas del mar?
Pero vayamos al grano. Los silos se construyeron durante la dictadura de Franco con el fin de comprar y almacenar toda la producción de trigo y disponer de una reserva nacional para garantizar el consumo. Hasta el año 1984 el mercado del trigo funcionó como un monopolio estatal con intervención de precios.
 Al final del periodo había en España 663 silos y 275 graneros. Dependieron de organismos conocidos por sus siglas, desde el originario SNT (Servicio Nacional del Trigo), pasando por el SNC (Servicio Nacional de Cereales), el SENPA (Servicio Español de Productos Agrarios), para terminar en el FEGA (Fondo Español de Garantía Agraria).
El fin del monopolio del trigo por parte del Estado y el ingreso en la CEE supusieron un cambio radical en el destino de estas construcciones y en el sistema que regulaba los precios de los cereales. De los silos existentes, 141 quedaron bajo administración estatal. El resto fue transferido a las Comunidades Autónomas. Algunos pasaron a instituciones y empresas privadas o a cooperativas agrarias. Otros están bastante descuidados en su conservación.  Los agricultores echan de menos la fijación de unos precios mínimos que hagan sostenible la producción de cereales y eviten el progresivo empobrecimiento del campo.
Estamos ahora en tiempo de siega. Las siembras aguantaron verdes hasta mediados de mayo y de ahí en una maduración acelerada tornaron a tonos dorados, inclinadas las espigas ricas en fruto a tierra y empinadas y tiesas las vanas, como recoge la fábula de Juan Eugenio de Hartzenbusch con su moraleja que sigue tan vigente.
La siega va dejando los campos de rastrojos. ¡Qué distinta la de ahora a la de entonces! ¡Cuántas fatigas! Sombrero de paja, pañuelo al cuello y en la mano la hoz, media luna negra, y el sol, como plomo ardiente, cayendo sobre las espaldas.  A ritmo del arco de las brazadas formaban gavillas y haces.
Después de la recolección llega el ganado a las rastrojeras. Eran entonces abundantes, aun después de recoger la paja con los carros. No se apuraba tanto. Ahora después de pasar las empacadoras quedan como cara de barbilampiño adolescente. Tampoco recorren las hazas las espigadoras, plasmadas magistralmente en el cuadro de Monet, en busca de restos de espigas caídas en la tierra después de la recolección.
Ahí siguen, como la puerta de Alcalá, los silos, viendo pasar el tiempo y el grano con el mismo traje de hace más de cuarenta años.

Armonía

Las amapolas son la espuma roja
de las olas del mar de los trigales.
Los senderos, corrientes naturales
que el corazón de la dehesa aloja.
El mismo viento que en la mar arroja
bajeles al abismo en temporales
furiosamente azota matorrales
y al tronco de sus ramas lo despoja.
Islas son los pequeños pegujales,
las espigas dobladas, mar rizada
que acaricia la brisa de poniente.
Tierra y mar, tan opuestos, pero iguales
en la bella armonía no captada
que rige el universo desde siempre.

Solsticio de verano

El sol sube y baja en la noria de las estaciones. Está otra vez encaramado en lo alto, en el solsticio de verano desde donde se divisan tan prolongados y bellos crepúsculos que casi se dan la mano, atardeceres y amanecidas por las espaldas de los montes.
Las celebraciones por este motivo tienen sus raíces en tradiciones ancestrales.  La naturaleza era el dios que se manifestaba al mundo con sus fenómenos atmosféricos y astronómicos.  Se desconocían las causas que los producían y se recurría a la magia y a la fantasía para explicarlos.
Las hogueras se hacían para que el sol retardara su irremediable declinación hacia el solsticio de invierno, allá en las antípodas, hundido en las profundidades de largas noches.
José María Domínguez Moreno tiene publicado un trabajo, ‘La noche de san Juan en la Alta Extremadura’ en el que relata las tradiciones de Ahigal por estas fechas. Habla del ‘zajumeriu’.  Hacían manojos de tomillo que colocaban en las puertas de las casas. El que habían cortado el día anterior al Corpus y esparcido por sus calles para el paso de la procesión.  La más vieja de cada familia le prendía fuego después de humedecerlo con agua para que su aroma y humo se expandiera por todo el pueblo. Los vecinos saltaban sobre estas pequeñas hogueras. En cada salto recitaban unos versos: “Por aquí pasó san Juan, /yo no lo vi. /Sarna en ti, /salud en mí. /Sarna en un papel, / salud pa tío Miguel” El nombre de papel se va sustituyendo por otras palabras que rimen con los de las personas que saltarán a continuación.
Las cenizas resultantes de las hogueras se echaban al día siguiente por los huertos del pueblo.
También en Cilleros, como cuenta José Luis Rodríguez Plasencia en sus ‘Apuntes de etnografía’, se celebraban ritos parecidos, quemando tomillo y romero. Después acudían los vecinos a lavarse a una alberca antes del amanecer para prevenir enfermedades cutáneas. “Esta noche con la luna/y mañana con el sol/iremos por la laguna/a coger peces de amor”.
Otras leyendas proceden de la época musulmana, como las de las ‘Encantadas’, cuya protagonista suele ser una mora que aparece en la mañana de san Juan o en otra fecha, como la ‘Cantamora’ de Usagre en la fuente de la Luná, que lo hace la noche de san Blas.
El agua, el fuego, las hierbas aromáticas, la magia y las supersticiones son componentes básicos de estas celebraciones, que también se asocian a la fertilidad. “San Juan y la Magdalena/fueron a robar melones/y en la mitad del camino/ por huir del alguacil/san Juan perdió los calzones/la Magdalena el mandil”
Yo quise comprobar si era verdad que en la mañana de san Juan el sol bailaba al salir, pero por algún motivo ese año no estuvo bailador, aunque yo, para no decepcionar a quien con tanta insistencia me invitó, dije que sí, que lo había visto danzar.

Sastres

 

 

 

 

‘El sastre de mi pueblo’, Carlos Alberto González

Quedan muy pocos sastres, esos artesanos de cinta métrica al cuello, jaboncillo azul en mano, solapa llena de alfileres, tijeras, aguja y dedal han ido desapareciendo con los nuevos usos y costumbres. La crisis económica también les ha afectado. Hacerse hoy un traje a medida con buen paño, es caro, pero no tanto si se tiene en cuenta la calidad y duración de su obra. Un terno de sastre tiene marchamo de calidad y vocación de permanencia.  Mientras el cuerpo no invada los predios vecinos, reservados a los excesos de volumen, el traje aguanta las embestidas del tiempo y por su versatilidad lo mismo sirve para un duelo que para una boda.  Incluso con capacidad de adaptación para los descendientes, si el caso fuera, con un nuevo pase por sastrería.

Un buen sastre tarda años en formarse. Tiene que pasar por las etapas de aprendiz y oficial para conseguir finalmente la maestría, como todos los oficios artesanos. Aprenden a medir, cortar y probar y sobre una mesa extensa y plana a ajustar pespuntes y dejar el toque personal de su estilo.

El sastre adecúa la tela al cuerpo del cliente, disimula chepas, oculta sobrepeso y realza el tipo.  Ahí está la mano del artista. Los más afamados dieron el salto hacia el diseño y se hicieron modistos de alta escuela, pero el grueso del pelotón ha ido desapareciendo. Los que quedan intentan adaptarse y sobrevivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

De muy joven recuerdo haber oído las excelencias de algunos de ellos por esta zona, como Fidel Martín en Berlanga y Germán Martínez en Llerena.

Un chascarrillo para rematar. En una ocasión llegó un señor algo ignorante y poco versado en modas a una sastrería para que le confeccionaran un traje. Su cuerpo no presentaba ninguna anomalía física que obligara al sastre a hacer filigranas para disimularlas. No debía de andar muy rodado aún el alfayate porque cada vez que el cliente iba a probarse le hacía forzar posturas. Levante usted un poco la pierna, saque el brazo, doble un poco la espalda… Tal, que el buen hombre hubo de ejercer más de contorsionista que de paciente maniquí. El costurero en lugar de acomodar el tejido al cuerpo lo forzaba a adaptarse a las pifias que iba cometiendo. El cándido señor, confiado en el buen hacer del sastre, aunque él no entendiera bien su proceder, callaba y obedecía sus indicaciones.  Por fin salió a la calle con su traje nuevo. Como no se había visto en su vida en otra semejante pensó que así debería ser, aunque él se sintiera algo forzado. En realidad, iba hecho un adefesio, pero hete aquí que dos señores que lo vieron caminar por la acera de enfrente se pararon asombrados y dándole el uno al otro con el codo le hizo el siguiente comentario: “Hay que ver lo mal hecho que está el tío y lo bien que le sienta el traje”.

Corona de laurel

 

A lo lejos, la gloria de la cima.

¿Cuántos recodos quedan al sendero?

¿Cuánto peligro acecha traicionero

antes que la congoja el pecho oprima?

 

El justo premio a tanto esfuerzo anima,

hace nuestro penar más llevadero,

el andar, con tal fin, asaz ligero

y el ánimo exultante con la estima.

 

Así vamos, etapa tras etapa,

un poco más allá, como que escapa

al inmediato alcance nuestra meta

 

por afán de tenerla ya completa,

mas, por mucho que tarden nuestras mieles,

coronarán las testas de laureles.

Piscinas

Las autoridades locales de ciertos pueblos han decidido no abrir este año las piscinas públicas para prevenir posibles rebrotes de la pandemia. Pero no os quejéis, jóvenes, hubo tiempos pasados que sin ellas nos las ingeniábamos para refrescarnos en verano.
Por aquí no había piscinas con azulados fondos todavía. Nos bañábamos en las albercas, en las canteras, en las minas abandonadas y en los ríos. Por esta zona en que vivo, en los charcos que el verano quedaba cortados en el arroyo de la Corbacha, aprendiz de río en invierno y casi regajo en el estiaje, afluente del Matachel, que hoy a duras penas surte al pantano que nos abastece.
Nuestros baños tenían escoltas de juncias, adelfas, juncos y eneas. Y acompañamiento de peces, ranas y otras especies de la fauna, rica entonces, hoy mermada.  Algunas veces echábamos el día completo en sus riberas entre zambullidas y capturas.
Quedó una hondonada de la extracción de áridos con los que obtenían almendrilla para el tramo de la carretera N-432, entre Llerena y Ahillones.  Desde lejos oíamos los barrenos que utilizaban para volar las rocas. Algunas tardes acompañado de mi padre los observábamos desde un cerro cercano. A esa oquedad la llamamos La Cantera. Se llenó de agua. Allí se bañaban los más osados. A mí me daba miedo la zona más oscura y profunda. Desde una piedra de la orilla se lanzaban los mayores. Un día alguien sacó un tritón parduzco de ojos saltones que llamábamos marrajo. Se acabaron los baños en ese lugar para un servidor.
Cuando en algunos pueblos cercanos abrieron piscinas íbamos los domingos a bañarnos, siempre que hubiera alguien con coche que nos llevara. Sin cremas ni mejunjes para protegernos pasábamos del rojo al negro durante el verano, previo pelado de la piel de hombros, nariz y espaldas. Tan ignorantes éramos que alardeábamos de que el sol hubiese dejado su huella a tiras en nuestro cuerpo. Una credencial de idiotas.
También nos bañábamos en albercas que tenían los amigos en el campo con agua fresca de las norias bajo la sombra frondosa de un nogal. A mí me gustaba a la caída de la tarde cuando el agua estaba más caliente. Recuerdo una noche de junio.
Mi cuerpo al lanzarme quebraba la luna reflejada en la superficie azabache. Sus reflejos flotaban como corchos entre las pequeñas olas que mi salto había provocado. Rodeado de una espesa madreselva llegaba el olor intenso de las flores de la dama de la noche que crecía en una tinaja roja del rincón del patio. Las ranas sorprendidas saltaban del nenúfar al agua oscura.
Del campo cercano llegaban bocanadas tibias con olores de las mieses recién segadas.  El hortelano de una huerta próxima había terminado de llenar las acequias entre los canteros.  El horizonte tenía aún matices rosas y violetas que el grillo con pespuntes negros lentamente enhebraba para dar paso a las estrellas. 

Prensa y censura

Fueron retorcidos en el lenguaje los que idearon la frase del ‘contubernio de Múnich’ para desacreditar a sus adversarios políticos. La primera vez que la escuché me sonó a receta de cocina, a guiso de tubérculos a la alemana. Sobrepasaba mis entendederas entonces y tuvo que pasar bastante tiempo para que pudiese entender que se refería a una reunión de opositores a la dictadura de Franco que se celebró en dicha ciudad en el mes de junio de 1962.  En opinión del régimen, y atendiendo al significado de la palabreja, había sido una cohabitación ilícita, una traición que había quedado en mal lugar al marido agraviado.
En aquellos tiempos no existía forma de obtener una información digna de crédito para la mayoría de los ciudadanos. Se divulgaba lo que interesaba que se supiese. Lo demás se callaba.  Las noticias que procedían del interior estaban filtradas y manipuladas por la censura y las que llegaban de fuera lo hacían con interferencias a través de la Pirenaica.
No sin grandes dificultades, debido a secuestros, multas y cierres, la luz fue abriéndose camino. En muchas ocasiones se tenía que unir al ingenio del periodista la perspicacia del lector para descubrir el mensaje. Había que leer entre líneas.
El humor era una válvula de escape para la crítica. Antonio Mingote fue llamado a declarar por una viñeta en ABC en la que aparecía una botella de whisky con el texto: ‘Reserva espiritual de Occidente… con tapón irrellenable’.
‘Cambio marquesina vieja por persiana de segunda mano’. Este anuncio aparentemente inocuo fue publicado en la revista ‘La Codorniz’. El trasfondo era la visita que el Sha de Persia y su esposa Soraya realizaron a Madrid y en la que el Marqués de Villaverde hizo de cicerone. Esta revista, fundada por Miguel Mihura en el año 1941, conoció su mayor difusión bajo la dirección de Álvaro de Laiglesia. Colaboraron en ella la flor y nata de los humoristas: Tono, Mingote, Mena, Chumy Chúmez, Forges, Máximo, Gila…
Hasta el diario ‘ABC’ fue secuestrado por un artículo de Luis María Ansón en su tercera página: ‘La Monarquía de todos’.
El periódico ‘Madrid’, en la órbita del Opus Dei, también fue secuestrado varias veces. La primera de ellas por un artículo de Rafael Calvo Serer, titulado ’Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle’.
En los años sesenta y setenta comenzó a cambiar el panorama. El diario vespertino ‘Informaciones’ con la dirección de Jesús de la Serna y la subdirección de Juan Luis Cebrián, las revistas Cambio 16, Triunfo, Sábado Gráfico empezaron a aportar una visión más diversa de la realidad.
En tiempo de posverdades, manipulaciones, informaciones opuestas sobre un mismo hecho y fanatismo  son necesarios el juicio sereno y el análisis crítico. Entre los tiempos oscuros de la censura y los turbios de ahora hay una zona intermedia, donde está este periódico, para la información veraz y la opinión ecuánime.