Navidades

Era entonces la Navidad un portal de Belén con luces de colores. Rojo de celofán, el fuego; de plata, los arroyos y la estrella anunciadora. Nuestros padres eran salvaguarda de inclemencias y contrariedades.  La cena de Nochebuena, sin langostinos, pero con apetitosas comidas elaboradas con esmero y cariño. Copa de anís y algunos mantecados, como remate al pollo de corral, al escabeche o arroz con bacalao. Villancicos por las calles de aquellos campanilleros que no volvieron. Las calvas de pastores, mayorales, aperadores y labriegos, protegidas del sol en sus tareas campestres, brillaban desnudas en la misa del gallo y contrastaban con sus rosadas mejillas ante la mirada divertida de los niños que estaban en el coro.  La nochevieja aún no había alcanzado la madurez de los trasnoches y San Silvestre pasaba de puntillas sobre la blanca escarcha de los tejados. El tránsito entre años era un plácido sueño de estrellas en lo alto.  Los Reyes Magos entraban con sus pajes y camellos por balcones y ventanas cuando ya estábamos acostados. La fantasía entonces no preguntaba por los trucos ni respondía a razonamientos. A la mañana siguiente la ilusión se desbordaba por las calles del pueblo con la primera luz del alba. Pelotas, muñecas, casitas en miniatura y juegos de mesa componían la carga fundamental de sus alforjas.

Fue después la Navidad una casa deshabitada, decorada para estas fechas con guirnaldas, un tocadiscos y una débil luz bajo cuya penumbra bailábamos ascendiendo por los peldaños del deseo.  Siempre hubo alguien con vocación de pinchadiscos cuando no había cinturas donde poner las manos.  Unas tardes de paseo por los verdes prados del ejido a la busca de un cruce de miradas que mantuviera encendida las ascuas del amor primero. Serenatas a la luz de la luna y una carrera a la huida al oír abrirse los cerrojos. La primera borrachera buscando evasión y alimentando quimeras desembocaba en el vacío y la resaca. Los primeros pinchazos de las espinas de la rosa, tan bella, y el derrumbe de idealizados baluartes. En una máquina de discos del bar sonaban canciones de los Módulos y los Bravos.

Ahora, en las Navidades de estos años en que estamos rebasando los últimos recodos del camino, acude el recuerdo de los que ya no están. El portal es un árbol con luces parpadeantes y la cena se hace en una mesa donde los comensales tienen a mano un teléfono que recibe mensajes. En las plazas y calles lucen las bombillas que conducen al imperio del consumo. Hay competencia entre ediles por llenar las ciudades con luces de leds y abetos artificiales. El escenario de este gran teatro luminoso donde los actores nos deseamos rutinariamente unas felices fiestas y próspero año nuevo. Al final, cuando se apaguen las luces, vendrá el brusco descenso a las entrañas frías de enero y volveremos a ver lo que no hemos visto con ellas encendidas.

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