
Existen sentimientos y conductas que son atemporales, inherentes a la condición humana. El amor, el odio, los celos, la ira, la envidia, la ambición… vuelven en cada época histórica, como las olas del mar a las orillas, con formas y modos diferentes, pero con la misma índole.
El jefe galo, Breno, en el siglo IV antes de Cristo, accedió a retirarse de la ciudad de Roma tras un pacto con los romanos, los cuales debían pagar una determinada cantidad de oro por la retirada. Estos protestaron al comprobar que Breno había puesto su espada en el platillo de las pesas, con lo cual tendrían que aportar más cantidad del metal dorado. Ante las quejas, respondió con una frase lapidaria: «Vae Victis». ¡Ay de los vencidos! O lo que es lo mismo, yo soy el vencedor y pongo las condiciones. O lo tomáis o lo dejáis.
La caída en desgracia de los que un día gozaron del poder y la gloria en cualquier actividad social es un tema del que tratan muchas obras literarias, clásicas y modernas.
A nivel popular existe una canción que describe claramente lo que va del éxito al fracaso: “Cuando yo tuve dinero me rondabas los umbrales, ahora paso y no me miras porque no tengo dos reales”.
Quienes utilizan la política en su propio beneficio se aprovechan de ella. Algunos, no todos, son repudiados por meter la mano o la pata. Los mismos que les aplaudían y les reían las gracias manifiestan que no los conocen, les niegan el saludo o se mudan de acera cuando los ven venir. De palmotear efusivamente sus espaldas con abrazos de los que levantan el polvo de las chaquetas, a esquivarlos.
Dos frases compendian lo que refiero pronunciadas en casos recientes, sin señalar porque está feo. Pero usted, amable lector, puede identificar fácilmente a sus protagonistas. “En el aspecto personal es un gran desconocido para mí”. Y la otra, en el otro bando: “Ese señor del que usted me habla”.
Hasta las pulgas huyen de los zorros cuando mueren.

Cicerón decía que la historia es maestra de la vida porque de ella se aprende. Y bien que aprendieron los espabilados que previendo que tarde o temprano tendrán que abandonar sus cargos, aplican a su proceder lo que cuenta el evangelio que hizo un mayordomo que iba a ser despedido por no administrar honestamente los bienes de su dueño. Llamó a los deudores y les rebajó las cantidades que le debían. Con ello se granjeó amigos para su inmediato futuro. La astucia previsora. ¿No hacen eso cierta clase de personajes para asegurarse un futuro acomodo bien remunerado?
De los vencidos con honra, gloria a Justino Nassau al que Ambrosio Espínola dignificó y Velázquez inmortalizó en la rendición de Breda. No son iguales todas las caídas. De los que lo son por robo, fraude o negligencia, que la justicia los juzgue y la Macarena los ampare.
