Guerras

Desde que el ser humano habita este planeta no han faltado los enfrentamientos y las guerras en algún lugar de su geografía y en cualquier tiempo de su historia.  Unas son más conocidas por su inmediatez o porque las aprendimos en las escuelas y en los institutos. Otras permanecen en segundo plano, antes y ahora, en la penumbra, pero son y fueron igual de mortíferas y causantes de desgracias. Héroes o villanos, según quien lo cuente.  Coronas de laurel y monolitos. O el olvido.

Cada bando contendiente resalta las que más le favorecen. Crean sus héroes y sus mitos. Relatadas en libros y dibujadas en comics, como aquella famosa serie de HAZAÑAS BÉLICAS.

En las dos últimas guerras mundiales el número de víctimas civiles y militares produce espanto. En la primera superó los veinte millones y en la segunda los ochenta. Hay que añadir lo que llaman daños colaterales:  los sufrimientos de las familias de los muertos, el hambre, la orfandad, la miseria… Existen también las no declaradas como contiendas, las que utiliza el variado muestrario de las dictaduras para mantener a raya a los opositores o liquidarlos.

La historia del mundo está cosida con hilos de batallas y escrita con sangre de inocentes, sin que falten en el repertorio las más crueles: las civiles.

Se levantaron imperios sobre millones de cadáveres y sobre otros tantos se derrumbaron.

 

En la mayoría de las guerras surge un caudillo, un enviado por los dioses o el destino. Salvadores a quienes nadie les pide ayuda. Iluminados que arrastran a los pueblos al desastre con una mixtura de populismo, ondeo de banderas, supremacía étnica y aderezos religiosos o ideológicos que prenden en las masas, más proclives a emociones que al raciocinio. De trasfondo siempre, las ansias de poder y las riquezas.

Hay que distinguir entre quienes atacan y quienes se defienden, entre invasores e invadidos. Entre los que ponen yugos y quienes intentan liberarse de ellos.  Nadie tiene por qué ofrecer la otra mejilla ni ser un Mahatma Gandhi a ultranza.   Defenderse es obligado y digno.  Pero si no hubiera quien agrede nadie necesitaría defenderse.

En esa dinámica anda la humanidad desde la quijada a los misiles supersónicos.

Quienes justifican esta interminable beligerancia lo hacen con un sibilino razonamiento.  Sostienen que la industria que generan las conflagraciones son fuente de trabajo y de progreso. Destruir y comenzar de cero sobre las cenizas de los muertos.

Y sin embargo hay muchas personas que hacen avanzar al mundo con sus trabajos e investigaciones. Gente que lucha por un progreso y bienestar sin tener que eliminar a nadie.

Mas la fuerza bruta no ceja en su empeño destructivo.  Va de las armas a las treguas para ir preparando la siguiente embestida.  Guerra que va, guerra que viene, como el mar de la playa a las arenas, en imagen de Miguel Hernández. Malditas guerras, malditos quienes las provocan.

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