
Hoy, veinte de marzo, se celebra el Día Internacional de la Felicidad, ese estado de grata satisfacción espiritual y física, según el diccionario de la RAE.
Los griegos de la antigüedad la consideraban el fin último de la vida, conseguida a través de la virtud, la razón y la autorrealización personal. Los estoicos la ubicaban en la imperturbabilidad y en aceptar resignadamente lo que escapa a nuestro control.
Bajando de las alturas filosóficas al ruedo de lo cotidiano les refiero dos casos que demuestran que por ambicionar tener más no gozamos de lo que tenemos.
En mi pueblo vivía una persona que, por su posición social, económica y familiar, podía considerarse que reunía todas las condiciones para estar satisfecho de la vida. Esa era al menos la imagen que trascendía al exterior, aunque con la prevención que un tabernero de la vieja escuela, de esos que hablan poco y escuchan mucho, resumía en una frase, cuando algunos clientes al calor de las copas alardeaban de conquistas o contaban supuestas intimidades: “¡Lo que tapan las tejas!”.
Pues este señor de acomodada posición, cuando veía pasar desde el velador de la puerta del bar al basurero de regreso del trabajo con su remolque tirado por una mula, decía: “Para este es la vida, ahora deja la bestia y al carro en la cuadra y se toma tranquilamente sus copas sin tener que preocuparse de nada más”.
El otro caso les sucedió a cuatro amigos que fueron a la fiesta veraniega de un pueblo cercano. Dos de ellos ligaron con dos mocitas y los otros dos se dedicaron a recorrer los bares con otros amigos que encontraron. De regreso a casa comentaron las incidencias de la noche y resultó que los que habían ligado envidiaban a los de las copas por lo bien que, pensaban ellos, se lo estaban pasando y los de la parranda por la suerte que habían tenido con los ligues. Ni unos ni otros disfrutaron de la noche.
Quizás la felicidad esté en retirarse del mundanal ruido e irse al campo, como anhelaban Fray Luis y Juan Ramón. O disfrutar de los pequeños detalles que esta estación que comienza hoy nos ofrece. Aquellas hojas verdes en el viejo tronco del olmo seco, que inspiró a Antonio Machado.
Dejarse llevar en volandas en un bajel de sensaciones con velas empujado por auras tibias y perfumadas. Las gayas sonrisas del azahar de los naranjos. Pero mientras mueran inocentes en las guerras y manchen de sangre las margaritas de los prados es difícil aplicar la máxima estoica de aceptar resignadamente lo que escapa a nuestro control. “Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”, escribió Gabriel Celaya.
Lástima que, según quienes sean los agresores, unos condenen y otros justifiquen. Las guerras nos afectan a todos como humanos, sean los agresores tirios o troyanos y lo diga Sancho Panza o Salomón.
