Estampas de otoño

 

Tras un largo paseo campestre me he sentado al tibio sol del otoño cerca de un meandro del arroyo de la Corbacha, que discurre por la Campiña Sur de camino para el Matachel, rodeado extensos olivares, terrenos de labor y partes de posío. Enfrente, el collado de “Las Majadillas”, topónimo que recuerda su pasado pastoril y ganadero.

Pasan los cazadores rastreando por tomillares y barbechos. Algún tiro y ladridos de perros rompen momentáneamente el silencio de la mañana. Después solo se oye el rumor de la corriente del agua como una musiquilla de cascabeles de cristal por las pequeñas quebradas que forman las rocas entre juncos y adelfas.

Allá arriba el águila mece su augusta majestad y los aviones pasan dejando cicatrices blancas en el cielo, que poco a poco se desvanecen.

El verano se despidió dando tumbos y latigazos luminosos, ahíto de soles y calimas saharianas.

Se posó el rocío, tarjeta de visita del relente, sobre el pasto de las vegas en los amaneceres.

Los vientos ábregos comenzaron a espabilar a las alamedas de su dilatado letargo veraniego y estas responden con risueños desperezos. Sus hojas, desprendidas por el viento, han empezado a hilvanar tapices ambarinos sobre las riberas. Van ampliando sus dominios las umbrías a medida que el sol baja hacia el solsticio. Bardas sobre el horizonte de la sierra anunciaron las primeras lluvias del otoño, que tienen entre sus atributos el color verde hierba y la fragancia fresca y penetrante de la tierra mojada. Han sido generosas estos días. Bálsamo para la piel quemada de la tierra y esperanza de fruto en ciernes para la labranza.

Al anochecer la luz de la farola de la esquina riela sobre el agua caída.  En los cristales de mi habitación, las gotas forman, juntándose unas con otras, pequeñas y sinuosas cordadas que se precipitan hasta el junquillo de la ventana donde se pierden en el crisol ceniciento de la tarde.

Por los límites difusos del olvido y la añoranza vaga la melancolía con un fondo musical y algún recuerdo lejano que quizás nunca existió.

Días de aceitunas, mazo sobre piedra y tinaja de barro para su endulce. Hormigas de alas, ballestas de furtivos cazadores a la espera de que piquen alondras y trigueros.

Tiempo de jugar a pinchar el clavo sobre el prado humedecido, de desplazar a la rayuela con el pie, de lanzar la peonza y cogerla para que siga girando sobre la palma de la mano. De bolindres y billardas. De cortar el hilo y recorrer las calles con los aros… Entre las juntas de los rollos de las calles brotaban las hierbas primerizas…

Otoños pasados que siempre acuden a la memoria por estas fechas, aunque el asfalto y el cemento han suplantado a la tierra y los niños no juegan en las calles a juegos sobre los que caen las cenizas del olvido en el rincón del abandono.

Llerena

Al sureste de la provincia de Badajoz, blanca de cal y roja de mudéjar, destaca, en el ancho corredor de la campiña, entre la sierra de San Miguel y la de Hornachos, Llerena, equidistante de tres capitales de provincia, Badajoz, Córdoba y Sevilla.

Según don Luis Zapata de Chaves “…lugar…feliz de sitio, fértil de suelo, sano de cielo, soberbia de casas, agradable de calles, abundante de hermosas, llena de caballeros y letrados y de tan raros ingenios, que apenas necio podrá hallarse uno.”

Apasionante su historia, con ilustres personajes y gran riqueza patrimonial. Pero no va de ello la columna. Tiene Llerena competentes historiadores de acreditada solvencia para estos menesteres.

Va del presente, de la fructífera dinámica social que generan sus moradores de la que surgen actividades artísticas, culturales y recreativas. La historia no es corsé ni motivo de parálisis por el embeleso en su grandeza, sino terreno abonado para fijarse nuevas metas.

Con arraigada tradición musical, dispone de escuela de música, peña flamenca, coral, banda, charangas y grupo rociero.  

Una apreciada compañía de la escena, Teatro de Papel, con variado repertorio, que abarca desde los clásicos a don Ponciano, pasando por Cervantes y Moliere, y un  prestigioso elenco de actores.

Morrimer, es la asociación cultural que organiza anualmente el prestigioso certamen de cortos ‘El pecado’, ya en su vigésima tercera edición. Han producido documentales tan interesantes como La columna de los ocho mil o Los refugiados de Barrancos.

Un grupo de senderismo con aromas de tomillo y romero, ASTOLL, con una organización y funcionamiento merecedores de encomio. Elabora un atractivo calendario de rutas, entre las que destaca la del Rey Jayón.

En el campo deportivo tiene equipo de fútbol y de baloncesto y peñas de los más renombrados equipos nacionales 

Una asociación carnavalera, ‘El Matasuegras, organiza los carnavales, donde la dinastía de reyes y reinas ha alcanzado tal alcurnia que ya dispone de reina vitalicia.

Una asociación de molineros y huertanos que dispone su fiesta allá por la Candelaria…

Podría seguir enumerando, pero valgan estos ejemplos como muestra.

Haría falta quizás una asociación de asociaciones para coordinar actos que repercutan en el bienestar y desarrollo económico y humano del pueblo y la comarca. Así se ganaría fuerza en apoyo de iniciativas que afectan a todos. Hospital, tren y autovía forman trípode y columna vertebral de estas reivindicaciones.

Como en cualquier sitio, de todo hay en la viña del Señor, sin que falten los que “miran, callan y piensan/ que saben, porque no beben/ el vino de las tabernas”. Son los menos.

Arturo Gazul Sánchez Solana escribió que “la finura y espiritualidad de Llerena se debe a la torre; su llaneza de carácter a la llanura de su campiña, su franqueza humana y cordial a la amplitud soberana de su horizonte, su misticismo al infinito de su paisaje; la áspera dureza de algunos de sus hijos, acaso a la sequedad de la sierra”.

Mitos

 

Unos niños juegan en la plaza sin ser conscientes de que están construyendo un mundo de añoranzas para cuando sean mayores. Echarán de menos a esos amigos con los que comparten sus juegos, el toque de las campanas llamando a misa, el sol que se despide amarillo del chapitel de la torre y los grajos y palomas que vuelan alrededor.

Para entonces el tiempo habrá modificado en su memoria este momento.

En su transcurso la fantasía irá llenando de aderezos sus recuerdos. Y ya no serán como fueron, sino como les gustaría que hubiesen sido.  “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, en palabras de Gabriel García Márquez.

Suele darse en las vivencias de nuestra infancia y juventud. De ahí, quizás, lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero no es así. Tendemos a quitar espinas y a conservar las rosas, a mantener lo dulce y a eliminar lo amargo. Si le ponemos un poco de luz a la razón veremos que lo que se idealiza no fue tan placentero como lo contamos. Que sufrimos y tuvimos que enfrentarnos a momentos desagradables, traumáticos en ocasiones.  Que cuando estábamos en el cenit de lo que se supone el disfrute de la juventud también zozobramos muchas veces.

Creamos mitos y los veneramos, como los pueblos primitivos levantaban altares a sus dioses o tótems a sus creencias.

La muerte es la aduana de la inmortalidad para los que brillaron y se fueron. Necesitamos algo permanente en un mundo volátil. Ídolos que, aunque sean de barro, nos parezcan eternos y nos ayuden a tener anclaje en ese refugio, más proclive a la emoción que al raciocinio.

Suele suceder también en el deporte y en los toros.

Los cronistas glosan con hiperbólicas imágenes las gestas de quienes fueron celebrados jugadores de fútbol. Gainza fue apodado El Gamo de Dublín, Di Stéfano, La Saeta Rubia, Gento, La Galerna del Cantábrico, Gorostiza, La Bala Roja…

Si nos dicen de corrido la delantera de los años cuarenta del Atlético de Bilbao (Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo, Gainza) o la de los Cinco Magníficos de los años sesenta del Real Zaragoza (Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra) transformamos en imágenes jugadas de ensueño desde las ondas sonoras de Carrusel Deportivo en aquellas tardes de domingo.

En el mundo del toreo existen mitos y leyendas que trascienden a una época determinada. Manolete sigue muriendo cada año en la plaza de Linares. Se rememoran lances y anécdotas de los toreros. Reales unas, inventadas otras y mitificadas todas. La rivalidad de Lagartijo y Frascuelo, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, Joselito el Gallo y Juan Belmonte, entre otros. Faraones y califas toreando al natural en el ruedo de las fantasías.

Sublimamos a personas y situaciones como una aspiración de permanencia. Quizás por lo que soñamos o quisimos haber sido y nunca fuimos.  

Dichosas rutinas

Esas pequeñas cosas, aparentemente intrascendentes, que nos producen un bienestar difuso, sin altibajos emocionales, conforman el núcleo central y más estable de nuestra vida. El que, como un pegamento, une alegrías y penas, formando un todo indisoluble.

No es fácil mantener el ánimo siempre en la cúspide. Hay curvas, piedras y pendientes en el camino y cuando menos te lo esperas, en un cambio de rasante, te das de bruces con un problema mal aparcado. Se alteran nuestros signos vitales básicos y al corazón le cuesta volver a sus cadencias habituales.

Los momentos de felicidad son resplandores que desaparecen pronto. Desde las simas de las aflicciones cuesta más trabajo levantar el vuelo. Resplandores y oscuridades se alternan en el inevitable transcurrir del tiempo.

En medio de ellos, la monotonía de las rutinas, que a fin de cuentas es el intervalo más duradero y estable.  Es como la materia oscura del universo que, según los astrónomos, no emite ninguna radiación electromagnética, pero está ahí, influyendo en el movimiento y sincronía de las galaxias. Espacio y tiempo sin límites claros donde se desarrollan acciones a las que no les damos importancia, pero que forman el armazón que da estabilidad a nuestra estructura emocional. Hábitos adquiridos inconscientemente por la tendencia natural al equilibrio.

También tiene placeres la monótona cadencia de los días, como el remanso de agua cristalina entre el verde frescor de la floresta, alejada de violentas correntías.

Acudir al trabajo y esperar con ilusión el fin de semana. Echarte a la siesta, el paseo diario, las copas cuando plazca y charlar con los amigos, sentarte en la puerta de tu casa a ver pasar la gente e intercambiar tópicos sobre el estado de la atmósfera. Calentarse en la candela de llamas los crudos días del invierno, oyendo el crepitar de la leña. De vez en cuando, según el cuerpo pida y el cariño demande, ascender a la cumbre donde Venus y Cupido tienen posada.

En estos días de vacaciones muchos buscan playas. Allí se supone que los que van encuentran lo que buscan. Los que permanecemos en tierra adentro somos marineros en mares ondosos de trigales. Al viento, velas de la flor de espliego. Aquí no planean gaviotas en el aire, son pardales, alondras, colorines y trigueros los que vuelan sobre sembrados pegujales. Las corrientes marinas, senderos trazados en la piel de las dehesas. Las mareas, que la mar nos presta, las hacemos viento para limpiar los trigos de las eras, bieldo en mano, hacia la luz lanzados bajo el azul de todas las riberas.

Cada cual, según edad y condiciones, disfruta a su manera. Unos mirando una cometa que se eleva y se sostiene sobre el fondo azul del cielo, otros contemplando crepúsculos de atardeceres y amanecidas.

No busquemos penas, que esas vienen solas.  Con estos buenos deseos me despido hasta septiembre, pasada que sea la vorágine festiva de agosto.

Noche estrellada

 

Julio se nos presenta en la campiña con envoltorio de rastrojos y manantiales en retroceso en su interior. La luz del sol, en las paredes encaladas de nuestros pueblos blancos, ciega a quien la mira. Hay huellas secas de carros y labriegos que traen las mieses de los campos de labor hasta las eras por los caminos del sudor y la fatiga. A lo lejos, espejismos de llamas temblorosas que brotan de la tierra. El aire se va haciendo denso y desploma su pesadez en las solanas. 

Por los campos se escuchan cantes de trilla y de siega con cadencias de expresivos silencios. Un remolino inesperado, que al poco desaparece, levanta espirales de polvo y espinos secos. Al mediodía, con el sol en lo alto, llega al agua del pozo un haz de luz, que muestra fugazmente el brillo de las escamas de unos peces y las rocas del fondo.

Cuando la tarde alarga las sombras es hora de buscar los oasis de frescor en las huertas y las norias. Los cangilones suben el agua hasta la superficie y la reparten por acequias, surcos y canteros.

Son recuerdos de veranos pasados. Después vinieron otros, pero, como las golondrinas del poema de Bécquer, aquellos nuestros, cuando creímos que el mundo giraba alrededor nuestro, no volvieron.

Esta estación veraniega nos ofrece también la posibilidad de contemplar el misterio insondable del cielo estrellado.

Arriba sigue la franja del Camino de Santiago por donde fuimos descubriendo las constelaciones que forman las estrellas: escorpiones, dragones, osos, peces, toros…, pero sus guiños ya no son cómplices de secretos que entonces compartimos.  Hoy, en esta hora de volver a los recuerdos, como en el tango de Gardel, nos miran a nuestro paso burlonas e indiferentes.

Conviene observar el cielo para darnos cuenta de lo insignificantes que somos y la importancia que nos damos.  Nos brinda la oportunidad de pensar sobre el sentido de la vida y sobre la función que desempeñamos en el engranaje de la naturaleza.

Echo de menos aquellas noches de mi infancia tendido en la era, cuando el relente se posaba sobre nuestros cuerpos. Empecé por entonces a sorprenderme de la grandeza  del universo y a hacerme preguntas a las que no he logrado encontrar respuestas todavía.

Una de aquellas madrugadas un suave vientecillo levantó fragancias en la vega del río. La luz de la luna destacaba difusos caminos en la llanura y entre los olivares.  Cantaban los grillos y las ranas. 

Estuvimos mucho tiempo sin hablar.  Nuestros corazones latían como dos piezas más en la armonía universal. Nos sentíamos parte integrante de la inmensidad del cosmos.

Deseé que nunca terminara aquel momento, aquella sensación inabarcable de dicha y de paz.

Volvimos por una vereda sin límites claros todavía. Empezaba el alba a dibujar con tonos rosas el tapiz del saliente y las hojas de los chopos se desperezaban con la brisa de la amanecida.

Al cuarto de las talegas

Las noches del Seminario estaban separadas de la actividad diaria por el muro del silencio mayor. Comenzaba después de la cena. Durante esta había dos opciones. Escuchar la lectura que hacía un compañero o, por concesión discrecional del prefecto encargado de la vigilancia, charlar. La venia la otorgaba pronunciando las palabras: “Benedicamus Domino”. A lo que los comensales respondíamos: “Deo gratias”.

Al finalizar la comida leían dos notas. ‘Al cuarto de los paquetes’ y ‘Al cuarto de las talegas’.  Los primeros, normalmente, eran de comida que nos mandaban de casa. Las talegas, de ropa lavada. Los mensajeros porteadores eran familiares o conocidos que iban a Badajoz y se acercaban a la Cañada de Sancha Brava a vernos, si nos dejaban, porque en horario lectivo no se permitían visitas, a no ser de familia muy cercana y por muy poco tiempo, entre clase y clase.  El bulto lo recogía Franco, que así se apellidaba el portero.

Había pocos coches particulares y los viajes desde mi pueblo se hacían en autobuses de la empresa LEDA o en tren.  Los taxistas realizaban servicios por plazas, lo cual estaba prohibido porque les quitaban viajeros a las líneas regulares. Así que nos ponían sobre aviso, si nos para la policía decidle que lleváis el coche arrendado y que sois de familia. La picaresca permanente en esta España de nuestras dichas y desvelos. Si se viajaba en tren había que hacer trasbordo en Mérida. Así continuamos, que en esto de medios de transporte y combinaciones somos muy tradicionales por nuestra zona y lo de adelantar que es una barbaridad se quedó con Campoamor. Podemos ir a Sevilla más rápidamente y directos por tren y carretera que a nuestra capital de provincia. 

 

 

 

 

 

 

 

Llegaron en una ocasión dos paisanos a visitarnos a mi amigo Francisco Gimón y a mí. A la hora de despedirnos, nos dijeron que si queríamos algo para el pueblo. Nosotros, ni cortos ni perezosos, subimos a los dormitorios y bajamos dos talegas repletas de ropa para lavar. Se miraron sorprendidos, con una sonrisa a punto de congelación y se las echaron al hombro. Así los vimos salir por la puerta principal, como dos novilleros con el hatillo en busca de una oportunidad camino de la estación del tren.

Las frases tópicas de cumplido no son para tomarlas al pie de la letra. Son buenos modales a los que se responde dando las gracias.

Sucede con el ‘si ustedes gustan’ cuando alguien se dispone a comer o lo cogemos en plena ingesta.

Vaciedad de contenidos que ha contagiado a otros sectores. Así sucede con las promesas en las vísperas electorales. Son frases de incumplimiento.  Fórmulas de hipocresía.  El protocolo periódico de la antigua y nueva farsa, a lo que educadamente deberíamos responder: Gracias, estamos servidos. O entregarles las talegas de nuestras decepciones para que las lleven sobre sus espaldas como recordatorio de sus promesas incumplidas.

Manuel Machado y Ahillones

 

Entre costuras, la abuela echó un vistazo al suplemento dominical del periódico HOY, que su nieto, Antonio Marín Guerrero, había dejado sobre la mesa del comedor. Unas fotografías llamaron su atención. Se detuvo a observarlas más detenidamente poniéndose las gafas de cerca. Correspondían a un reportaje sobre los hermanos Machado. Sorprendida le comentó que uno de los señores que estaba en las fotos iba en ocasiones al pueblo. Había reconocido a Manuel Machado. Le dijo que en aquellas visitas le acompañaban su esposa, Eulalia Cáceres, y la hermana de ésta, Carmen.

Los anfitriones eran Luis Durán y su hermana Matilde, que estaba casada con Narciso Maesso Cabezas, acaudalado terrateniente que fue diputado provincial desde 1871 hasta 1877 y posteriormente diputado por Badajoz en el Congreso en cinco ocasiones, en el periodo que va de 1876 hasta 1919.

Y lo más sorprendente. El mayoral de Narciso Maesso era José Dolores Durán, padre de su abuela Josefa y, por lo tanto, su bisabuelo. Le dio más detalles. Le gustaba al poeta pasear por las extensas propiedades que poseía el dueño e informarse de temas campesinos y sociales de la zona. Formas de cultivo, siembra, recolección y relaciones de los trabajadores con quienes eran conocidos como amos o señoritos. Tiempo de desamortizaciones, acumulación de fincas y voto censitario, con sus consiguientes daños colaterales.

Estos testimonios despertaron la curiosidad de Antonio Marín, que actualmente es cronista oficial de Ahillones, y comenzó a investigar más detalladamente sobre el tema. Debían de estar escribiendo por entonces los hermanos Manuel y Antonio Machado la obra de teatro ‘La Lola se va a los puertos’. Así se lo escuchó su abuela Josefa decir a su padre,  a quien se lo dijo el escritor en alguno de aquellos paseos.

Hay algunos detalles interesantes que parecen avalar esta afirmación.

Luis y Narciso, los nombres de sus anfitriones, están asignados en la obra teatral a dos de sus personajes. Y el de José Dolores, su bisabuelo, también aparece. En una conversación entre don Diego, el dueño del cortijo, y su hijo, éste le dice: “Yo no entiendo una palabra de fiestas de campo…”  “Eso es lo de menos. Tú hablas con el mayoral, José Dolores, para las vacas y los becerros; Guerrero, el picador de las cuadras, puede sacar hasta doce caballos”. Apellido este de Guerrero muy común en Ahillones. Así se apellidaba un caballista de las fincas.

Aún se conservan las dos casas donde se alojaban tan ilustres huéspedes.  Una en la calle Nueva y otra en Sierra Morena. En la primera, actualmente dividida en dos mitades, encontró su antigua propietaria un ejemplar de ‘La Lola se va a los puertos’, con dedicatoria manuscrita de Manuel a Luisa Durán Laguna, hija de Luis Durán. Desafortunadamente, está desaparecido. De la otra vivienda queda el nombre de la habitación donde se hospedaban, conocida por miembros de la familia como la de Manuel Machado.

Una cana al aire

 

Corrían los años setenta y nuestro protagonista había pasado ya de los cuarenta. Las discotecas estaban en plena ebullición y a él le cogían un poco con el paso cambiado, pero no sin deseo de visitarlas. Escuchaba historias a los más jóvenes que fueron alimentando su curiosidad. El ambiente a media luz, las copas, los ligues fáciles y su imaginación producían en él un efecto parecido a los cantos de las sirenas en Ulises.    

Carrera que no da el galgo en el cuerpo se le queda, pensaba y él ya tenía bastantes tanganillos que le dificultaban las suyas. Fiado a los latines, carpe diem, determinó ponerlo en práctica.

Convenció a un amigo que estaba en parecidas circunstancias y decidieron que la noche del siguiente sábado comenzarían a saborear las mieles que la vida ofrecía y de la que ellos no estaban disfrutando.

Explicaban este retraso en que de muy jóvenes sus padres pusieron bridas a sus apetencias por evitarles peligros irremediables y cuando estuvieron maduros, que adónde iban ahora, que ya debían estar de vuelta. ¿Cuál era el momento oportuno entonces? ¿Qué vuelta era esa, si no habían llegado a ningún sitio?

No había más que hablar. Compró una colonia, asesorado por la dependienta de la tienda, esa que en las distancias cortas se la juegan, pues él sólo usaba el Floïd que le echaba el barbero cuando se afeitaba.

Antes de acceder a la burbuja estridente y anhelada recorrieron varios bares.  Para empezar bien la noche, unos cubatas, nada de vino peleón. La ocasión lo requería. Tan bien les sentó la primera toma que repitieron comanda. La conversación fue creciendo de intensidad y fantasía.

Pero mire usted por dónde, nada más acceder a la discoteca tuvo un primer percance. Lo deslumbraron las luces intermitentes de una gran bola luminosa. Tropezó en el escalón que daba acceso a la pista y si no es por varias personas que lo sujetaron da con las narices en el suelo.

Empezó a sacar pareja en todos los grupos de mocitas, sin dejar ninguna atrás y solo encontró negativas.

La música para bailar suelto no le gustaba. Mientras volvían a poner la lenta fue a la barra. Por señas y a voces pudo pedir otros dos cubatas. Intercambiaron consejos de cómo abordar a las mujeres. Invitó a un grupo de chicas a tomar lo que quisieran. “No aceptamos invitaciones de desconocidos”. ¡Vaya!  Empezaban a asomar los picos de la camisa por fuera de los pantalones. 

En el coche que los llevaba de regreso, después de un largo silencio, le dijo a su colega de aventura:

“A la rubia la tenía en el bote. No hacía más que mirarme”. El amigo volvió la cabeza y, somnoliento, respondió: “¿Pero no era a mí a quien miraba?… ¿O eso es una canción?”

La alborada empezaba a coronar de rosa el horizonte y los gallos anunciaban un nuevo día.

Ironía e insultos

Hace veinticinco siglos los atenienses se reunían en la plaza pública para tratar asuntos de la comunidad. Puede considerarse como el origen remoto del parlamentarismo.

No sé en qué forma de energía se habrán transformado aquellos discursos. Quizás floten volátiles en el cielo de Grecia y puede que queden algunos ecos incrustados entre las viejas piedras de la Acrópolis.  Tal vez algún día la inteligencia artificial haga lo que hoy parece imposible y puedan recuperarse. Sería maravilloso convertir en palabras de nuevo las disputas entre Esquines y Demóstenes.

También, en la antigua Roma, la elocuencia de Marco Tulio Cicerón y otros excelentes oradores, como Aurelio Cota, que conmovía sin levantar la voz, y Carneades, que era capaz de argumentar válidamente a favor de una propuesta y al día siguiente defender lo contrario con la misma brillantez.

Según Cicerón, los fines de la retórica son persuadir, agradar y conmover. El orador debe poseer las cualidades de todos los que trabajan con las palabras: la agudeza de los dialécticos, la hondura de pensamiento de los filósofos, la habilidad verbal de los poetas, la memoria indeleble de los juristas, la voz poderosa de los trágicos y la expresión convincente de los actores.

En la historia del parlamentarismo español también ha habido extraordinarios oradores: Castelar, Cánovas, Sagasta…

Decían lo que querían, pero con elegancia. Utilizaban la ironía para evitar la ofensa grosera.  Dar a entender lo contrario de lo que se dice, generalmente con guasa, necesita la inteligencia de quien utiliza este recurso y la comprensión de quienes lo escuchan.

Don Antonio Cánovas del Castillo respondió a un grupo de señoras que se disculpaba ante él por las molestias que pudieran estar ocasionándole con sus constantes peticiones: “Señora, a mí las mujeres no me molestan por lo que me piden, sino por lo que me niegan”. Hoy, el ilustre malagueño, tendría que andarse con más tiento con estas insinuaciones, pues, por menos, las palabras revierten en denuncias.

Don Manuel Azaña se dirigió a un diputado que acababa de decir una grosería en estos términos: “Perdóneme que me sonroje en nombre de su señoría”. 

Hoy no es raro escuchar insultos burdos, malsonantes, faltos de chispa y sobrados de sal gorda. Denotan pobreza de vocabulario, de educación y de recursos oratorios. Fascistas, sinvergüenzas, miserables, corruptos…son algunos del surtido florilegio de los despropósitos.

Para responder a la impertinencia de un oponente hay que tener el ingenio que tuvo don José María Gil Robles. Es una respuesta muy conocida y citada. La recoge Luis Carandell en su obra: ‘Las anécdotas del Parlamento: se abre la sesión’. Respondió a un diputado, el cual le recriminó a voces desde su escaño que todavía usara calzoncillos de seda: “Qué indiscreta es la señora de su señoría”. Evitó con esta fina ironía usar una palabra chabacana y vulgar, más propia del lenguaje tabernario y que tiene en el macho del ganado cabrío cornudo representante.

Pastilleros

 

El río en su desembocadura ha formado un extenso delta que retrasa su encuentro con el mar.

 En el antiguo rito del bautismo el oficiante ponía unos granos de sal en la lengua del bautizando, recordatorio, quizás, como lo es la ceniza, del final que nos espera.

Río arriba disfrutamos de las torrenteras y manantiales, corriendo confiados y temerarios entre las rocas. También gozamos plácidamente en los remansos del sol templado al mediodía, donde en las tranquilas aguas se reflejaba el intenso azul del cielo.

Durante las cálidas noches de verano impresionaron a nuestros ojos infantiles las estrellas fugaces rayando la cúpula oscura con diamantes luminosos, mientras el agua silenciosa seguía su curso sin que fuéramos conscientes de ello. Cualquier experiencia nueva aumentaba el caudal y nos enriquecía. A partir de entonces formarían parte de nosotros. Soñábamos despiertos con las miradas que nos seducían y con las palabras afectuosas que nos halagaban.  El agua de la superficie se rizaba con la brisa del atardecer al más leve contacto físico. Algunas canciones quedaron asociadas a sensaciones placenteras. Serenatas a la luz de la luna, amistad y vino en noches de francachela… A ninguno nos preocupaba entonces la desembocadura. Nuestra vana aspiración posterior, cuando ya era imposible el retorno, fue querer hacer eternos aquellos instantes en que fuimos tan felices. Nos dimos cuenta que el tiempo se nos escapaba entre las manos. El reloj seguía impasible su camino por la noria de la esfera.

Es el bagaje sentimental acumulado, que aflora cuando abrimos la tapa de la memoria de nuestra infancia y juventud, como en aquellas cajitas que emitían música y una estatuilla giraba a su compás. ¡Corría el tiempo entonces tan despacio y eran las impresiones tan intensas!

En un juego de malabares digno del mejor ilusionista, el tiempo nos ha cambiado aquellas cajas musicales por los pastilleros con pastillas para los achaques que van tomando posiciones e imponiendo servidumbres. Camufladas con diversas formas y colores y con asignación horaria cada grupo, nos ayudan a seguir el curso, aunque ocasionen daños colaterales. Del mal, el menor.

En las farmacias han racionalizado su dispensación en un intento de frenar el despilfarro y la creación de botiquines en los aparadores de nuestras casas. La presentación de la tarjeta sanitaria activa el protocolo. Esta todavía no te toca, ten las otras tres. ¡Oh ríos de la infancia mía, quien os vio y quien os ve!

Una noche de farra, un varón con el futuro en la mochila, una mano   apoyada en el cuadril y la otra sosteniendo el apéndice urinario, se lamentaba dirigiéndole una mirada de impotencia: ¡Con el castigo que me has dado y ahora me estás pudriendo los zapatos…!

Rafael Rufino Félix Morillón lo expresa más bellamente: “Tu cuerpo va adentrándose /en el doliente mar/por el río que se extingue”. Una inevitable despedida con la insuperable imagen del río y el mar.