La Escuela Normal
Bodas de plata de la promoción de maestros de 1972
La escalinata de la antigua Escuela Normal de Magisterio, en el cruce de las avenidas de Colón y Santa Marina, tenía todos los días un gran trasiego de alumnos a las horas de entrada y salida de las clases a finales de los sesenta y principios de los setenta. En mi curso había cinco grupos con cerca de cuarenta alumnos cada uno.La ciudad no llegaba entonces por el oeste más allá del colegio de médicos, pero empezaban a construirse nuevas urbanizaciones y barriadas.Las tardes las dedicábamos a comprar por las tiendas el material que necesitábamos para las actividades que nos mandaban los profesores. El estaño para repujar en las clases de manualidades de Angelita, el mapa mudo de don Arcadio Guerra o el papel de barba para la lámina que don Isauro nos recomendaba mirar con los ojos entornados. En la calle de san Juan, con su recién estrenado pasaje, y en las confluyentes a la plaza, se observaba el ir y venir de estudiantes con bolsas de compra. Las librerías la Alianza y Doncel eran tiendas muy concurridas, sobre todo por las tardes de los comienzos de curso.El currículo del efímero plan de estudios de magisterio de 1967 constaba de tres cursos y una reválida. El último de estos era de prácticas en los colegios de la capital. Estaban remuneradas con cuatro mil quinientas pesetas al mes. Tan corta vigencia se debió a la promulgación de la Ley General de Educación de 1970, la de Villar Palasí. Con solo dos promociones terminadas, surgió este nuevo plan de estudios que transformó a las Escuelas Normales en Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado y los maestros pasaron por mor de la citada ley a ser profesores de E.G.B.Antes de implantarse el plan de 1967 los aspirantes a estudiar magisterio accedían a la carrera con cuarto y reválida y con catorce años de edad. Constaba de tres cursos y al empezar a ejercer los casi imberbes maestros podían confundirse en las escuelas con algunos de los alumnos mayores. De referencias de compañeros conozco los protocolos de las tomas de posesión y ceses en los pueblos, con presentación obligada al alcalde y de cortesía al párroco.A finales de los años sesenta la Asociación de Amigos de la Universidad con el apoyo de las instituciones regionales luchaba por la creación de la de Extremadura.
Costó trabajo arrancarles a las universidades históricas de Sevilla y Salamanca su consentimiento, de tal forma que la Facultad de Ciencias de Badajoz, creada en el curso 1968-69 dependía de la hispalense y el Colegio Universitario de Cáceres, creado en 1971, de la salmantina.La antigua Escuela Normal cruzó el puente cuando empezó a funcionar la Universidad de Extremadura en 1973 y se fue al campus de la avenida de Elvas.Cuando voy por Badajoz y veo nombres de maestros y profesores en algunas de sus calles me conmueve por el merecido reconocimiento que les hizo la sociedad y por el impacto que el paso del tiempo me produce. Antonio Ayuso Casco, Benito Mahedero Balsera, Arcadio Guerra Guerra, Isauro Luengo Barbero, Inocencia Rodríguez Rubio, Carmen Álvarez Arenas, Jesús Delgado Valhondo …Cuántos recuerdos acuden al leerlos cuando la memoria aún los conserva impartiendo clases a sus alumnos.
No todo el monte es orégano.
La primera vez que escuché el refrán ‘No todo el monte es orégano’ fue a mi padre y me lo aplicó a mí. No comprendí entonces muy bien el significado porque era aún pequeño y no conocía esta aromática planta que se aclimata mejor en zonas muy específicas de la sierra que en los llanos de la campiña.
Le pedía insistentemente que me comprara algo que sobrepasaba el precio que él tenía previsto gastar. No conocía yo la aplicación práctica de la maldición bíblica que nos condena a ganar el pan con el sudor de la frente ni la limitación de los recursos disponibles ni las prioridades de gasto de una casa. Me pasaba como a esos niños que les piden dinero a sus padres y al decirles que se ha acabado el que había señalan al cajero: ahí hay más.
Cuando te vas haciendo mayor el cincel de la realidad delimita los contornos de lo que es posible o no y la percepción idealizada que tienes de tus padres, que de pequeño crees que lo pueden todo, echa pie a tierra. Te das cuenta que no pueden darte lo que se te antoje, aunque luchen por conseguirte lo que esté a su alcance y te convenga. Los recursos son habas contadas y la luna cae lejos para alcanzarla. Y es entonces cuando valoras lo que hacen por ti para que tengas una buena formación en esa carrera de obstáculos que es la vida.
Al ser padre entiendes por qué a tu madre les gustaban más las colas de sardinas que sus lomos y la carne de pescuezo más que las pechugas o cómo se puede velar la noche entera al lado de la cama esperando que baje tu fiebre sin decir que están cansados al día siguiente. Y comprendes que en la entrega diaria está el valor de quienes eran tus ídolos, ya humanizados, con sus virtudes y sus defectos.
Ahora que está el curso recién comenzado y que muchos adolescentes empiezan o prosiguen sus estudios fuera de sus casas se ocasionan muchos gastos: matrículas, viajes, alojamiento, manutención, libros… lo que implica grandes sacrificios para la mayoría de las familias, salvo para los ilusionistas que sacan títulos de la chistera o para holgadas economías a las que les da igual sacar la carrera en un lustro o en el próximo.
Hay dos cuestas en el año, como mínimo, que secan más que los solanos. La de enero, cuya subida hasta llegar al otero del treinta y uno desde donde se divisa la Candelaria, un poco más de luz y a las cigüeñas que vuelan alrededor de las torres y espadañas, resulta complicada para la mayoría. Esta tiene la fama por el erial en que quedan las haciendas domésticas tras lo gastos que originan las Navidades por comilonas, celebraciones de Nochevieja y regalos en Reyes Magos, entre otros dispendios reseñables, y esta de septiembre, que carda la lana a la chita callando, que merma la bolsa con la boca cerrada, a la que han de hacer frente sobre todo quienes tienen hijos estudiando.
Aquellos principios de curso vividos desde la orilla adolescente, un poco ajeno e ignorante de lo que hacían por nosotros, y estos, desde el otro lado, siendo padre, completan la visión. No, el monte no es todo orégano.
Apúntalo en mi cuenta

En mi pueblo había un tabernero que cuando llegaba el verano y le entregaban un billete de quinientas o mil pesetas para que se cobrase, exclamaba aireándolo: “¿Dónde estuviste este invierno?”. Y es que estos eran largos, duros y corría poco el dinero.
En el medio rural los ingresos eran cíclicos e irregulares, dependiendo de que las condiciones meteorológicas fueran favorables o adversas. Se jugaba a una carta sobre el tapete verde de las sementeras en que el más imprevisible y veleidoso tahúr limpiaba mesa o la colmaba. El cielo mostraba azul o pardo su semblante y regaba o agostaba a su capricho. Como ahora, pero sin subvenciones.
Terminada la cosecha y vendido el producto había que hacer muchos montoncitos para saldar deudas que se habían ido acumulando durante el resto del año. Los braceros o jornaleros- oficio sin más títulos y másteres que el propio cuerpo- lo fiaban todo a la existencia de trabajo en determinadas épocas del año para poder hacer frente a las necesidades básicas.
Entonces, y aún ahora, en las tiendas pequeñas de los pueblos se fiaba y se apuntaba el débito en una libreta que sabía de secretos y carencias. En la zapatería, la medias suelas, puntadas y tacones. En las fraguas, afilamiento y soldadura de azadas, rejas y escoplos. En los ultramarinos, retirada de alimentos… ‘Que dice mi madre que lo apunte’. Ya sabía el comerciante que había que esperar a la recogida de la cosecha, si por bien venía, y a la existencia de jornales para poder cobrar. Algunas hojas de estas las libretas aparecieron después de muchos años sin la cruz que saldaba la deuda. Capítulo de fallidos en tiempos difíciles. La venta a la dita y los apuntes eran prácticas usuales. Mini créditos al albur de la intemperie.
Ahora a nadie se le ocurre decir a la cajera de uno de esos establecimientos que llevan prefijos de grandeza que anote el importe de la compra para pagarlo más adelante sin que aparezca un miembro de seguridad o suenen las alarmas de las puertas de salida.
Fotografía de El Mundo
En los bares también fiaban, pero menos por no ser artículos de primera necesidad. Era costumbre que las cuadrillas de trabajadores hicieran escala en ellos para proveerse de tabaco y tomar una copa de aguardiente. En cierta ocasión uno de los componentes de un grupo de escardadores tenía una deuda que en gestos del regidor del establecimiento ya olía por antigua. Por no poner en un aprieto al afectado delante de los demás lo llamó en un aparte cuando reemprendían la marcha. “Fulano, espera un poco que tengo que hablar contigo”. El resto de los compañeros prosiguió la marcha a ritmo lento para que los alcanzara cuando terminase la charla. Le recriminó el tabernero la tardanza del pago y le urgió a que lo hiciese efectivo. Él dio las explicaciones y justificaciones que creyó conveniente con promesa de pronta liquidación. Al llegar a la altura de los demás le preguntaron con un poco de regodeo y sorna, pues conocían sus debilidades con la priva, sobre el tema de la conversación. El interpelado, ocurrente y vivaz, por salvar vergüenza y estima, no se inmutó, pues precavido esperaba la pregunta, y respondió: “Este, que quiere que le prepare los olivos y yo ahora no tengo tiempo.”
Camino de la escuela
Ha comenzado un nuevo curso académico. Los colegiales camino de los colegios son un símbolo de futuro y de progreso. Pasan con caras de sueño, ’ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante’ por el peso de las mochilas llenas de libros sobre sus espaldas. Otros los llevan en carritos con ruedas, como los que se usan en la compra. El saber, que no ocupa lugar cuando se asimila, sí lo invade y pesa antes que pase del papel a las cabezas.
Al verlos pasar recuerdo el primer día que fui a la escuela, sin contar el único año de párvulos que existía entonces y que cursé el año anterior. Tenía yo seis años. Mientras mi madre me peinaba y le daba los últimos retoques a mi indumentaria mi padre me aconsejaba sobre la forma de comportarme con el maestro y con los compañeros.
Llegaron mis amigos a recogerme para emprender juntos el camino hacia los grupos escolares. Mi equipaje era escaso: una cartera de cuero cosida a mano con artesanal maestría por el talabartero del pueblo. En caso de apuro podía ser utilizada incluso como arma defensiva. Nos servía también de hélice cuando girábamos el brazo con ella en la mano. Tenía un broche metálico con llave y cerradura para unir la solapa, y dos hebillas a los lados, siempre con las puntas de la correa levantadas. En su interior, bagaje ligero: una libreta de dos rayas, un lápiz, un sacapuntas y una goma de borrar que siempre se extraviaba por alguno de sus cuatro rincones. Más adelante se incorporaron a las pertenencias la enciclopedia Álvarez y una pizarra rectangular pequeña con marco de madera, un trapito atado para borrar y un pizarrín blanco y redondo para escribir en ella.
Al llegar a la puerta de la escuela las colocábamos en orden. Así guardábamos la vez para la entrada.
Un pantalón corto de pana, el jersey de punto que tejió mi madre en primavera y unos zapatos de la marca ‘el gorila’. Con ellos regalaban una pelota verde y dura con la que jugábamos a ‘corra’, o sea, que salías corriendo o quien la cogía te arreaba el pelotazo. Más entrado el otoño nos calzábamos las botas katiuskas para meternos en los charcos. ¡Qué sensación de navegantes teníamos cuando nos poníamos en la corriente del arroyo y mirábamos fijamente al agua! Las orillas nos dejaban atrás y nosotros nos sentíamos veleros surcando los mares.
Hasta que llegaba el maestro jugábamos a los bolos o al barranco, cambiábamos cromos o impresiones sobre algún suceso acaecido. Cuando lo veíamos aparecer corríamos a darle los buenos días y regresábamos corriendo a formar la fila. Este hecho de saludar se repetía siempre que lo veíamos en cualquier sitio.
El pueblo queda en calma mientras los niños permanecen en sus clases. En su recinto se concentra la esperanza del futuro que aprende y juega mientras los mayores se dedican a sus afanes y a sus cosas. A la hora de salida volverá a correr la savia alegre de sus vidas por las calles del pueblo. Escribió Juan Ramón Jiménez: “Se morirán aquellos que me amaron/y el pueblo se hará nuevo cada año”. Nosotros fuimos, ellos son y mañana serán otros los niños que mantienen la esperanza en el porvenir caminando hacia la escuela.
Relojes
Mientras ella borda en el bastidor llenando huecos de olvido con hilos de seda yo pienso en el vacío que se ha interpuesto entre el mundo que le rodea y su cabeza. El tiempo ha ido depositando pavesas en su memoria y ha borrado de su mente lo que años atrás fueron recuerdos compartidos. Hay un silencio en la sala que solamente quiebra el rítmico y persistente sonido del reloj. Sólo él, comiéndose el tiempo en nuestras manos como voraz paloma, como las carcomas en los viejos maderos del doblado.
El reloj de pared estaba en la sala donde se reunía la familia. Nos acompañaba, aunque la mayor parte del tiempo pasaba desapercibido, como los latidos de la sien. Hilvanó el pasado y el presente con puntadas de tictac. El abuelo se sentaba debajo, de espaldas a él. Para escuchar las campanadas de cada hora se ponía la mano detrás de la oreja. Luego sacaba del bolsillo del chaleco el que siempre llevaba consigo sujeto con una leontina a un ojal. A las doce de la noche le daba cuerda girando la corona dentada, bostezaba y decía que ya era hora de acostarse.
Pienso en el poco sentido que tiene el paso de las horas para quienes han perdido las referencias del pasado y el efímero presente apenas sucede se desvanece, como la estela de un cohete en noche de feria.
Los despertadores ocuparon un lugar en las mesillas hasta que fueron desplazados por los teléfonos móviles, que tienen variedad de tonos a gusto del madrugador. Los más antiguos y aparatosos despertadores disponían de una alarma metálica y estridente que rasgaba abruptamente los límites del sueño y la vigilia. Lo hacían con tal virulencia que los que se despertaban con ella lo hacían sobresaltados, dando un salto, una ‘cojetá’, como si hubiesen sido arrojados a empujones de la cama por un alud de cacerolas que se les echaba encima.
A mí me gusta despertarme sin alborotos. Cuando el organismo está habituado a hacerlo todos los días a la misma hora no hacen falta relojes. Solo cuando adelantan o atrasan dos veces al año las manillas me hacen perder el compás de mis hábitos. Prefiero la primera claridad del alba que se cuela a través de las rendijas de la ventana y se posa suavemente en la almohada.
Me gustan los relojes naturales. El más grande tiene como esfera el cielo y de péndulo el sol que va del orto hasta el ocaso. Es el que siempre usaron los labriegos. Ellos saben calcular la hora, chispa más o menos, que tampoco es preciso en el campo un cronómetro que marque los segundos. Sus referencias son la situación del astro rey y las sombras que proyectan las paredes y las piedras, las costumbres de los animales, el canto de las aves o el silencio de las alamedas. Los labradores adaptan su actividad para aprovechar la luz.
Estamos ya en septiembre, camino del equinocio. Atrás quedaron los dilatados crepúsculos veraniegos, cuando el péndulo se recrea en el horizonte y viste de tonalidades rojas los ocasos. Hay que resignarse y adaptar nuestro tiempo a los relojes, aunque yo quisiera seguir las directrices de los naturales, como el de la luna que cada cuatro semanas le pone un diamante de plata al cielo.






















