Por el camino de la gloria.

En la sala de juegos
se jugaba a las damas.
Mejor, a imaginarlas,
porque si descuidabas,
como a Ulises las sirenas,
te llamaban a la incontinencia sus encantos
y por la noche, antes de irnos a la cama,
una negra sotana
estaba en el rincón de la capilla
esperando dar absolución a tus pecados.
¡Cuántas trabas! y, sin embargo,
el caballo salía,
cada tres por cuatro, desbocado.
De aquellos pesares de entonces
por pensamientos, obras, palabras y omisiones
solo de uno de ellos me arrepiento:
no haber tenido más obras
al faltar la complementaria
y así llegar hasta el infierno
por el camino por la gloria.

Enfermos mentales

En las fiestas se juntan entre ellos y, aunque estén al lado del bullicio y de la música, están ajenos. Vagan por los vericuetos que sus mentes enfermas trazan. Fuman mucho y hablan poco. A veces alguno ríe sin motivo aparente. Beben agua en abundancia, quizás debido a su medicación. Son conscientes de su enfermedad, que asoma a sus ojos miedo, pero no dominan las bridas para controlarla. Solo el tratamiento la mantiene a raya. Los brotes más agudos los sufrieron en su adolescencia, cuando el volcán de las glándulas rompe costuras e inestabiliza todo el andamiaje de la personalidad.
Hay una gran variedad de trastornos mentales, cada uno con sus manifestaciones propias. En España, según la OMS, entre el 2.5% y el 3% de la población adulta padece una enfermedad mental grave, lo que supone más de un millón de personas.  El 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo padecerá a lo largo de su vida. Dicen los manuales que entre las causas están la herencia genética, haber sufrido situaciones muy estresantes, las lesiones cerebrales, los desequilibrios químicos en el organismo y el consumo de drogas y alcohol.
Una vecina a los pocos días de morir su padre me contó que lo veía en la televisión dando las noticias del telediario y que le daba consejos sobre lo que debía hacer y lo que no. Le dije que eso eran imaginaciones suyas, que no existían en la realidad. ¿Entonces no es verdad? Claro que no, es tu mente. Y se quedó pensativa, con la mirada perdida más allá de donde yo podía alcanzar. Padecía esquizofrenia desde hacía bastantes años, alternando periodos de lucidez con crisis agudas.
Otra enferma iba casa por casa de los amigos de su padre a horas intempestivas exigiéndoles que se lo devolvieran y preguntándoles que dónde lo habían metido.
La mente, ese maravilloso ‘conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes’ tiene en el cerebro su base. La sala de máquinas con cien mil millones de neuronas que controla y coordina nuestras acciones mentales y físicas. Tan fascinante es su estudio como puede ser el del universo.

 

Las enfermedades graves son penosas para sus familiares y para quienes las sufren. En el habla popular existen variadas expresiones, injustas por livianas y poco compasivas, para calificar los comportamientos erráticos de quienes desvarían y se apartan de lo que se supone que es la lógica. Estar como una cabra, tener un tornillo flojo o perderlo, estar sonado, írsele a alguien la pinza, estar chiflado, cruzarse los cables, perder el norte….
Ha habido escritores y artistas que las padecieron. Muchos acabaron suicidándose. Virginia Woolf lo hizo sumergiéndose en el río Ouse vestida con un abrigo lleno de piedras en los bolsillos. Felipe Trigo y Ernest Hemingway optaron por un tiro… Demasiado sufrimiento para no prestar atención a estas dolencias.

De bares y pícaros

Los bares son lugares para la relación social. En ellos conocemos a gente, nos enteramos de las novedades que ocurren en el pueblo o en el barrio, echamos la partida, leemos la prensa y comentamos las últimas noticias. Cuando las llaves de las copas abren las puertas de los sentimientos hacemos y nos hacen confidencias. También sirven para conocer la condición de las personas a poco que se sea observador, pues el dicho de que en la mesa y en el juego se conocen al caballero hallan aquí terreno abonado para ello.
Hay momentos para la pequeña picaresca, que si no llega a mayores es más por la falta de ocasión que por escrúpulos de conciencia.  Un cliente con acreditada fama de roñoso, rebajaba el número de consumiciones que se había tomado cuando el tabernero le preguntaba que cuántas habían sido. Este, con el grado que da la veteranía, buscó la estrategia para evitarlo. Si decía tres, él replicaba que cinco, a lo que respondía que ni hablar, que eran cuatro, con lo cual pagaba lo que correspondía.
El que está detrás de la barra aprende, pero también lo hacen los veceros.
Se puso de moda durante un tiempo la venta de unas papeletas dobladas y cosidas con hilo. El proveedor entregaba al dueño del bar dos bolsas, en una iban las que contenían los premios y en la otra las vanas. Incluso se apreciaban tonalidades distintas en unas y otras. Así se las ponían a Felipe II en el billar y a los pícaros la tentación en bandeja. Las premiadas salían cuando el del bar creía conveniente.  En un papel visiblemente expuesto estaban anotados los premios, el mayor de los cuales creo que era de quinientas pesetas y se cobraban en especie. Cuando aparecía uno debía tacharlo. Cierta noche llegó una cuadrilla que venía de ‘cordeleo’, haciendo el viacrucis de otros bares, caldeados por el vino y dispuestos los bolsillos para los dispendios. Observaron que los premios mayores aún no estaban borrados y la cantidad de papeletas que quedaban no eran excesivas. Así que hicieron cálculos por lo alto y se lanzaron al abarco. ¡Danos el resto!
Al dueño del negocio le cambió el semblante.  Intentó convencerlos de que desistieran de su empeño, aconsejando que no arriesgaran porque no le saldrían las cuentas. Esto en lugar de quitarles las ganas las aumentó. Y también las sospechas. Descubierto el engaño, las excusas fueron que se le había olvidado tachar los premios y que seguramente fuera un forastero el agraciado. Desarmado el débil argumentario claudicó y mediante acuerdo resarció el gasto e invitó a más rondas. La picaresca sigue teniendo buena tierra de cultivo por las tierras de España.
Viejas anécdotas de bares que desaparecieron hace tiempo. Por el bien de los profesionales que viven de esta actividad y por el esparcimiento de quienes gustan frecuentarlos, deseamos que vuelva pronto la normalidad para disfrutarlos.

Manuel Pacheco

La plaza de Minayo, bautizada así en honor de Manuel Pérez Minayo, obispo de la ciudad desde 1755 a 1759, luce junto a otros nombres de ilustres próceres. José Moreno Nieto, político e historiador de Siruela, en el centro y pedestal y Adelardo López de Ayala, escritor, académico y político, nacido en Guadalcanal cuanto esta localidad era extremeña, dando nombre al emblemático teatro.
La biblioteca municipal de Badajoz estuvo ubicada en el edificio de Cultura de esta plaza desde el año 1959 hasta 1979. Los estudiantes recalábamos en ella para documentarnos sobre temas que nos mandaban realizar.
Allí trabajaba por las tardes de ayudante de bibliotecario el poeta extremeño Manuel Pacheco Conejo, quien por meritoria obra ha venido a dar lustre a tan selecto elenco.
Tenía entonces abundante y ondulada cabellera y profundas arrugas en el rostro que la vida le había marcado. Vestía con abrigo de cuello vuelto y mostraba una amabilidad a prueba de estudiante despistado.
Ni era yo entonces ni soy ahora conocedor de su obra completa, pero me llamó la atención por su aspecto bohemio.
Hablé con él lo imprescindible cuando necesitaba algún libro para consultar. Estaba interesado entonces por la meteorología y quería saber sobre borrascas, frentes y anticiclones. Por las estanterías anduvo buscando y acarreándome solícito cuanto encontró referente al tema.
Cuando murió su padre, de profesión zapatero, su madre se vio obligada para sacar adelante a sus cuatro hijos a ingresarlo en un orfelinato. “En largo banco de piedra/ sentaron mis siete años. /Patio empedrado de hospicio/para jugar hospicianos. Yo en el hueco de la piedra, como una piedra soñando … “.
A los dieciocho años, durante la guerra civil, fue llamado para incorporarse a filas.  Y fue aquel soldado quien le contestó al sargento intrigado porque sus cartucheras pesaran tan poco: “No llevo balas de muerte/ llevo velas”. Velas para leer poesía casi a escondidas en los libros que nutrieron su afán autodidacta de saber.
“Fui monaguillo, cantador de tangos, fotógrafo, ebanista, cargador de muelle en la estación de ferrocarril de Badajoz, albañil, marmolista, repartidor de hojas de empadronamiento, comparsa de teatro. Pasé hambre y me fui a Portugal en busca de comida”. Su obra viene determinada por estas vivencias y por su compromiso moral con los semejantes. “No hay lugar para la poesía pura de los ruiseñores”.
Murió el 13 de marzo de 1998.  El día diecinueve de diciembre de este nefasto año vírico y bisiesto se cumplen cien años de su nacimiento. 
Leí en el periódico HOY que un comité coordinado por el profesor Antonio Viudas Camarasa, nombrado por Manuel Pacheco como “albacea de su espíritu” y profundo conocedor de su obra, quiere por medio de diversas actuaciones preservar el legado literario y la memoria de quien en palabras del mismo profesor “es el mejor escritor del siglo XX de Extremadura, aunque las envidias de los escritores burgueses lo excluyeran de sus antologías”.

Agradecimiento

Hoy se celebra el día del maestro. Mal año para festejos compartidos, pero la mente está dispuesta al recuerdo y el agradecimiento.  Esta profesión no siempre ha sido valorada como merece por su importancia y trascendencia. Los regímenes de turno la han utilizado para llevar el agua a sus molinos, buscando en ella el vehículo para adoctrinar y divulgar ideas que favorecen sus intereses. Un repaso a la historia lo confirma plenamente. Debe de ser muy difícil desprenderse de egoísmos y, con altura de miras y talante de estadistas, acordar bases duraderas para dar estabilidad al proceso educativo. Mientras esto llega, los profesionales, desconcertados por la continua sucesión de leyes, siguen en las aulas, dedicados con su mejor voluntad a formar a sus alumnos. La mayoría de ellos en tiempos muy difíciles fueron excelentes profesionales que dejaron huella perdurable en sus pupilos por su buen hacer. En este oleaje de vaivenes ha permanecido erguida la figura del maestro, agarrado a su trabajo para no perder el equilibrio y ser engullido por el temporal del desánimo y las incongruencias.

Hoy dedico este recuerdo agradecido a quienes abrieron nuestros ojos a la vida a través de la lectura y la escritura, instrumentos que ya nunca abandonamos y que nos han servido para conocer y amar el legado que la humanidad ha ido acumulando a través de los siglos.

Todos los oficios y profesiones merecen reconocimiento porque colaboran al progreso y bienestar de los pueblos. Por insignificante que parezca un trabajo, si deja de hacerse sufre las consecuencias toda la sociedad. Si faltan los encargados de la limpieza nos dejarían a merced de infecciones, el electricista a oscuras, los médicos y enfermeros abocados al dolor y a la muerte, los mecánicos sin medios de locomoción, los transportistas aislados, los albañiles sin casas…

La labor del maestro, tan meritoria como cualquier otra, tiene además la peculiaridad de que trabaja con los mimbres que formarán el armazón de la sociedad futura.

Estaba yo haciendo las prácticas de magisterio en el colegio de Santa Engracia, en Badajoz, y llegó un día a la clase de don José María un señor preguntando por él. Se saludaron, el recién llegado con una amplia y abierta sonrisa y el bueno de mi tutor, confuso al principio porque no lo reconoció, pero cuando le dio detalles de quién era se le abrieron los ojos por la sorpresa y se fundieron en un abrazo. Era un antiguo alumno suyo que después de muchos años pasaba por allí. Se acercó a saludarlo y agradecerle lo que aprendió de él en los años de escolaridad.

Cuando se fue mandó a los niños que se prepararan para el dictado. Me dijo entonces con los ojos brillantes que cuando yo ejerciera comprendería que eso que acababa de presenciar era el pago más gratificante que cualquier maestro puede recibir en vida.

Y comenzó el dictado: “Una tarde parda y fría…”

Carpinteros

Descargaban los troncos en la puerta de la carpintería, despojados, en una primera limpia, de sus ramas. Cerezos, encinas, pinos, castaños… que las manos diestras del carpintero transformarían en sillas, puertas, mesas o marcos de ventana.
Recuerdo ahora el local envuelto en un ambiente de evocadora decadencia. Cristales cuadrados tintados de polvo y vaho y bombillas colgantes con platillos invertidos para concentrar la luz.
Olía dentro a aromas campestres que los leños desprendían cuando los cortaban. ¡Cuánta lluvia habría resbalado por ellos, desde la copa hasta la base nutricia de la tierra! “Un olor fresco y honrado/ a corazón descubierto”, como describió Juan Ramón Jiménez.
En el banco de trabajo estaban las herramientas. El tornillo para sujetar las piezas, la garlopa, la gubia, el formón… para que, en una combinación de arquitectura y tornería, el carpintero diera nueva forma a la madera.
Llevaba un lápiz aplanado detrás de la oreja y un metro plegable a mano siempre en el bolsillo.  El primer examen de la rectitud de los listones lo hacía apuntando, como si fuera a disparar con ellos. En el pelo y las cejas, polvo del serrado y el pulido.
Cuatro carpinterías había en el pueblo de distinta extensión y variado destino. Una de ellas estaba especializada en carros, en construir ruedas y calzarlas con aros de hierro. Era una de las labores que más llamaba la atención. Lo hacían al aire libre y reunían alrededor a los curiosos y desocupados que por allí merodeaban. Hacían candelas formando círculo y sobre ellas en piedras colocaban el aro.  Después, con maña y tiento, coordinación y mazos, lo encajaban en la rueda, desprendiendo abundante humo cuando le echaban agua para que, con la contracción del metal, quedara perfectamente ajustado.
La carpintería mejor dotada de maquinaria disponía de serradora y pulidora. En la primera tenían que juntarse varias personas para poder subir los troncos a la altura de la sierra. Allí les daban el primer corte. Abiertos en canal, a mí me parecía ver el corazón grabado en sus entrañas.
En la pulidora alisaban los listones. Sonaba su deslizamiento por el rodillo como un coche de carrera que pasaba y se alejaba.  En el suelo quedaban rubios rizos de virutas y serrín.
A los niños nos atraía ver desde las puertas y ventanas el trabajo de la madera, el hierro y el cuero, pero les privábamos de la luz natural y nos despachaban.
Mi tío Francisco fue carpintero, maestro de los que quedaron referencias por su buen hacer. Enseñó a otros este hermoso oficio y pueden dar fe de lo que digo.
Yo, por el parentesco, tenía acceso a la carpintería y me embelesaba contemplando sus labores, desde serrar hasta dar lija y después el encaje de las piezas y el barnizado. También cogía tablitas de deshecho y con ellas hacía construcciones que me inventaba.
No quedó ninguna carpintería. Desaparecieron, como otros tantos oficios artesanos.

Amarse en silencio

 Hay personas que no tienen reparos en expresar sus sentimientos en cualquier circunstancia. A otros, les cuesta Dios y ayuda encarnar el cariño en un abrazo en tiempos sin pandemia.
Los psicólogos denominan ‘alexitimia’ a la incapacidad para verbalizar estados afectivos. Los neurólogos han observado una anomalía en una zona cerebral que podría explicar estas conductas.
Sean cuales sean las causas, lo evidente es que hay personas efusivas que dan besos abrazos y caricias y otras que se sienten incómodas cuando los reciben y cohibidos cuando tienen que darlos.
En una entrevista que le hicieron a Fernando Alonso declaró: “Mi padre me quiere con locura, pero nunca me ha abrazado”. Y continuaba diciendo que a él le pasaba igual, que se bloqueaba en las manifestaciones afectivas, pero que el cariño que sentía era incuestionable.
Lo que relato a continuación quizás no encaje en el concepto o este ha sufrido mutación en nuevas cepas.

Ocurrió antes de la invasión de artilugios electrónicos. Una pareja sentada en la terraza de un bar. Ambos miran en direcciones opuestas, ora a los que pasean por la plaza, ora a los que están sentados en veladores próximos. De vez en cuando, al reloj de la torre, que marca el hastío. No hablan. Comen pipas. Si pasa algún conocido levantan la mano para saludar.  Después de dos horas la señora hace un gesto con la cabeza como señal de marcha y el señor dice las únicas palabras de la noche: “Vámonos, sí”.
 Son las únicas porque el camarero al llegar les preguntó que si lo de siempre y ellos asintieron moviendo la cabeza. Quizás sea un matrimonio de esos que ya se lo tienen dicho todo y es tal la compenetración que se entienden con solo mirarse. O quizás la causa de tanto silencio sea alguno de los enfados que suele acarrear la convivencia y que como las olas llegan y se van.
Este otro caso es distinto. Ya se han metido por medio terceros en discordia: los aparatos tecnológicos, que producen cortocircuitos en la comunicación. No hay que estar enfadados ni tener todo hablado.  Parejas que se sientan juntas y conversan virtualmente con ausentes, ignorándose entre ellos. Si acaso, cada cierto tiempo, ponen la mano sobre la pierna del compañero o compañera para cerciorarse de que todavía siguen allí. Se ríen ambos, pero las causas son diferentes. Vidas paralelas.
Una tarde fui testigo involuntario de la escena siguiente. Llegaron dos jóvenes de distinto sexo al parque donde yo estaba. Se sentaron enfrente de mí y encendieron sus teléfonos. Al cabo de aproximadamente media hora la mujer se levantó y se fue. El varón siguió sin quitar la vista de la pantalla. Extendió la mano para constatar la presencia de la compañera y comprobó que ya no estaba. Miró en derredor e hizo una llamada, que imagino dirigida a la ausente. Se incorporó, “fuese y no hubo nada”. 

Buenos y malos.

El pasado viernes firmaba en estas páginas de opinión un artículo Antonio Soler con el título de `Las tres Españas del 20’. En él afirmaba, basándose en un libro de Paul Preston: ‘Las tres Españas del 36’, y en un acertado razonamiento que ni entonces ni ahora han existido solo esas dos Españas.

Reducirlas es una simplificación que ignora a la moderada y sufrida, la que aguanta y padece los embates de los extremos que se ladran entre sí y azuzan el ánimo de los demás para que tomen partido por sus bandos, como si no hubiera otras alternativas. O yo o el caos. Esa polarización puede que esté en las tribunas, en las tertulias o en cierta prensa, pero la mayoría es “gente que solo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz” y no se identifica con esa visceralidad.

Desde niños nos han dividido el mundo en dos partes antagónicas, en buenos y malos. Hasta en los evangelios Jesucristo dice que “quien no está conmigo está en mi contra”. No hay términos medios.  Rojos o azules, blancos o negros.

La historia, maestra de la vida y testigo de los tiempos, en palabras de Marco Tulio Cicerón, muestra sobrados ejemplos de ello. ¿Quiénes son los malos y quiénes los buenos?

Espartaco fue un insurrecto para los romanos y un líder grandioso para los esclavos. Igual que Viriato lo fue para los romanos y lusitanos, respectivamente. 

Los nazis alemanes consideraban terroristas a quienes los combatían desde la resistencia en los países invadidos. Eran héroes, sin embargo, para sus compatriotas.

Las guerras de la antigua Yugoslavia alumbraron líderes en cada uno de los bandos contendientes que eran aclamados por sus partidarios y vituperados por los enemigos. 

Los historiadores partidistas mojan la pluma en el tintero de sus conveniencias, ponen altavoz a las crueldades ajenas y justifican las propias.  Laurel y sordina para los camaradas y condenas para los adversarios.

En las películas del oeste nos presentan a los cowboys y pioneros como los valientes y virtuosos y a los indios como salvajes a los que hay que someter. 

Los versos de Campoamor que fían la verdad al color del cristal con que se mire tienen parentesco con el moderno concepto de posverdad, distorsión deliberada de la realidad, acomodándola a las emociones y a las opiniones personales. Expresan la quintaesencia del relativismo moral. No hay valores inmutables. La interpretación de los hechos es maleable y se acomoda a lo que deseamos o esperamos que suceda.

Sin embargo, hay un derecho universal fundamentado en la naturaleza humana que reprueba los abusos y discierne el bien del mal, aunque se desconozcan los derechos positivos de cada una de las naciones. Pero váyale usted con esas monsergas a cualquier dictador o ungido y alabado líder arropado por fanáticos que se arrogan el papel de salvar a sus conciudadanos sin que nadie se lo haya pedido.

Polvo somos

Dobles espaciados de campanas tiemblan en el aire y caen como copos negros por todos los rincones del pueblo. Un año más nos recuerdan el destino que nos espera, al que llegaron aquellos que nos precedieron y que en estos días honramos.
Pasa el alcabalero con el listado de bajas y con los recibos del tributo que pagan los vivos por los muertos. La moneda es la pena.  No admite devoluciones, solo su entrega a cambio de un poco de consuelo y la esperanza que señala al cielo. Pero nadie ha vuelto. Ni siquiera los nigromantes, arúspices y videntes saben de sus paraderos.  Los que tienen fe los ubican en paraísos que no están registrados fehacientemente por notarios ni escribanos. Hasta los papas dicen que no es lugar, sino estado.
Los que murieron permanecen en el corazón de los que quedan mientras vivan. Pero el tiempo los va alejando de los venideros hasta que se pierde su recuerdo en la neblina del pasado. Después nadie se acordará de quiénes fueron. El escritor mejicano José Emilio Pacheco lo expresa en estos versos: “Es verdad que los muertos tampoco duran. Ni siquiera la muerte permanece. Todo vuelve a ser polvo. Pero la cueva preservó su entierro. Aquí están alineados, cada uno con su ofrenda, los huesos, dueños de una historia secreta”.
Sus costumbres, los lugares que frecuentaban y las cosas que usaron dejan un reguero de evocaciones. A tal hora llegaba, a tal hora se iba, ese era su asiento…  Del abuelo, quedó en el perchero el bastón y el sombrero. En el chinero, con sus puertas de cristal labrado, el vaso en que tomaba el vino, casi a hurtadillas por las regañinas de la abuela. En la mesilla sus gafas con los brazos cruzados para siempre tras las últimas lecturas.  De la abuela permanecen en el tocador alguna horquilla, su peineta, la caja para dar color a sus pómulos cuando el último toque de campanas llamaba a la misa del domingo. El brasero recogido en la cisquera que cada mañana de invierno recebaba. La vida está ahí, contenida y condensada en esos instantes que la memoria evoca. Es difícil dominar la emoción cuando la mirada va, como dócil perro a la querencia, a los sitios por donde anduvieron sus pisadas. 
El maullido del gato tras la puerta de corral sonaba a llamada lastimosa a quien siempre le abría para echarle de comer. Un llanto que los humanos a veces no entendemos.
Cuando yo subía de niño al cementerio no conocía a casi nadie de los que allí estaban enterrados. Mi padre me señalaba los nichos de mis abuelos y algunos otros cercanos.
Hoy tengo allí familiares, amigos y conocidos con los que compartí muchos momentos de mi vida. El pueblo se va vaciando cada año y el cementerio tiene calles nuevas para los que inexorablemente les llega la hora del traslado.

 

Distancia interpersonal

Hay personas que sin darse cuenta atosigan a su interlocutor. He observado en un bar a dos individuos que se colocaron al llegar en un extremo de la barra y cuando decidieron irse estaban en la mitad de la misma.

El motivo fue que uno de ellos, sin ser consciente quizás, se aproximaba excesivamente al otro cuando le hablaba. El pobre hombre, que aguantaba el chaparrón como podía, irguió primero el tronco y echó un poco la cabeza hacia atrás, pero como el parlante caballero no cejaba en su empeño de invadir un terreno que no le correspondía y siendo consciente el paciente acompañante que la ofensiva estaba convirtiendo a su cuerpo en una especie de torre de Pisa con equilibrio inestable, de cuando en cuando, daba un pequeño paso hacia atrás para restablecer la compostura y poder tener campo para el desahogo. No lo consiguió y por si fuera poco hasta cuando iban de camino para la puerta de la calle no dejó de recibir constantes golpecitos en el brazo reclamando la atención del compañero.  

Otro caso, este referido por tercera persona, fue el de dos amigos de los cuales uno charlaba por los codos y el otro educadamente escuchaba y de vez en cuando asentía con la cabeza. Tuvo necesidad de ir al servicio este último, pero el impenitente hablador, tan entusiasmado estaba con lo que le estaba contando que lo siguió hasta la puerta del urinario sin dejar de hablarle. Por no tener suficiente confianza con él o porque era un personaje de alcurnia y reconocido abolengo, no se atrevió a cerrar la puerta por no parecer maleducado y así transcurrió su meada, con el canto del perdigón al lado, la puerta entreabierta y él asintiendo desde dentro.

 

 

 

 

Vienen estas dos anécdotas a cuento de la distancia de seguridad que los expertos recomiendan guardar para prevenir contagios. Una zona que hay que dejarle a los posibles coronavirus para que sin asideros se precipiten al vacío. Pero existen otros límites intangibles que separan predios colindantes y que nos pertenecen. Los expertos los agrupan con la denominación de ‘distancia interpersonal’ o ‘espacio personal’. Fueron Edward T. Hall y Robert Sommer los pioneros en la investigación de esta disciplina. El primero denominó proxemia al estudio científico del espacio como un medio de comunicación interpersonal y Sommer definió a este espacio como un área con límites invisibles que rodea a la persona.

El desarrollo de la psicología ha ido delimitando y concretando los distintos tipos de distancias, que van desde la íntima a la pública, pasando por la personal y social. Sobrepasar esas lindes produce incomodidad en quienes sufren la invasión.

El lenguaje corporal, tan revelador, habla por nosotros. ¿Quién no se ha sentido molesto viajando en metro o en autobús repleto?  ¿Qué tiene de especial el techo de los ascensores que cuando vamos en ellos en compañía todos lo miramos? Pues eso.