Vanidades

En la vida aspiramos a superarnos y a mejorar personal y profesionalmente. Para ello es necesario el esfuerzo y la lucha contra las dificultades. Fijarse una meta, pelear por ella y no hacer caso a las sirenas que intentan distraernos en nuestra travesía.

Es encomiable el tesón de los que se esfuerzan por conseguir lo que se proponen con su trabajo o sus estudios. Ese afán es el motor que hace que la humanidad progrese.

Salvo los sabios, a los que no les atraen ni el dorado techo de los palacios ni les enturbia el estado de los soberbios, en palabras de Fray Luis de León, los demás luchamos por prosperar y aportar lo que podamos a la sociedad.

Cursar carreras universitarias, crear empresas, destacar en actividades artísticas o deportivas, investigar… son algunos campos en los que la actividad humana puede encontrar el modo de satisfacer sus aspiraciones. Todas necesitan muchas horas de trabajo y de renuncias y, salvo envidiosos, el reconocimiento de los demás, pues es un estímulo que ayuda a perseverar en el empeño.

Ciertos sujetos, ajenos al esfuerzo y sacrificio que estos logros suponen, los buscan por atajos, pero no renuncian al brillo social que los mismos representan. Todos los vicios dan tregua, pero la vanidad del mundo nunca dice basta, escribió Baltasar Gracián.

Los que tienen la habilidad social de rodearse de personas de las que pueden conseguir favores y prebendas, lo intentan por esa vía. ¿Se han fijado ustedes en las reuniones de alto copete en las cabezas que giran como brújulas en busca de otras personas más influyentes sin hacerles ni puñetero caso a quienes les están hablando?

Para el acceso a la, en teoría, noble actividad política, no se exigen condiciones previas de preparación, salvo el ser español mayor de edad y no estar privado por sentencia judicial firme del derecho a ser elegido. Así tiene que ser en puridad democrática. Entran los que van con la loable intención de mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos y los que, a rebufo, medran por sus intereses personales. Alguno lo dijo a boca llena: me he metido en política para forrarme.

Verse de la noche a la mañana con poder, infla la vanidad de ciertos electos. La atracción por honores y coronas de laurel es insaciable y ha llevado a algunos a añadir a sus currículos títulos falsos para dar lustre a sus ensoñaciones. Pero los títulos, salvo los heredados de origen medieval con pomposos apellidos, preposiciones y conjunciones, hay que trabajarlos y merecerlos.

Aparentar lo que no se es disfraza un complejo de inferioridad y una humillación cuando son descubiertos. El escudero al que sirvió el Lazarillo, intentaba engañar a los demás engañándose a sí mismo cuando paseaba con buena disposición y razonable capa y sayo sin haber comido el día anterior nada más que un mendrugo de pan que le trajo su criado.

Viejos oficios

 

 

 

 

 

 

(Fotografía del periódico El Norte de Castilla)

Los adelantos técnicos y los cambios sociológicos han hecho que en el medio rural haya ido cambiando la forma de trabajar y desapareciendo muchos oficios. La mayoría dependientes, directa o indirectamente, de la agricultura y la ganadería. De la siembra a voleo y la siega a mano con la hoz a las modernas sembradoras y cosechadoras hay una gran diferencia, con ahorro de esfuerzo y rentabilidad económica.

Las grandes casas de labranza disponían de numerosas y variadas plantillas.

De aperadores a gañanes y de mayorales a pastores, sin olvidar a yunteros y vaqueros, por ejemplo. Además de las personas que empleaban para el servicio doméstico: planchadoras, niñeras, cocineras, lavanderas… Ni sueldos ni impuestos ni derechos eran los de ahora.

La desaparición de los animales de labor llevó consigo la de los profesionales que se dedicaban a la confección y reparación de sus arreos y aperos. Talabarteros, herreros y herradores tuvieron que adaptarse a los cambios o desaparecer.  

En mi pueblo, de más de diez zapaterías, con maestros y aprendices, no ha quedado ninguna.

 

Las actividades de echar unas medias suelas, reparar tacones, clavar tachuelas, coser con leznas y engrasar con cerote los cabos fueron desapareciendo paulatinamente.

Tan vinculados estaban los oficios a las personas que los ejercían que bautizaban a ejercientes y herederos con los nombres del oficio.  Juan el del molino, Carlos el jabonero, José el mayoral, tío José el caballista… Lo de tío y tía es un tratamiento que se conseguía con la edad y el respeto. Entre el don y el tú.

En Llerena, mi amigo Francisco Escudero todavía conserva el sobrenombre de Espartero, no por el torero, sino por la digna y artística profesión de su padre que trabajaba con el esparto.

Los recoveros recorrían aldeas y cortijos cambiando productos de los que no disponían allí, por otros de producción campestre, como huevos y gallinas.

Desaparecieron de las calles los afiladores con sus bicicletas y sus chiflos.  Los silleros que echaban los asientos de las sillas con las eneas cogidas en el río. Paragüeros y lateros de estaño y alicates…

Dejaron sus ocupaciones curtidores y ladrilleros, carreros y arrieros con sus borricos por caminos en mal estado. Los caleros que extraían la cal viva de las caleras. Picapedreros, canteros y peones camineros. Poceros de soga a la cintura y asidero en el brocal, jaboneros de aceite usado…

Hasta un sastre tuvimos de jaboncillo azul y cinta métrica. 

Cisqueros y carboneros de retamas y encinas, de negro aspecto y rojo fuego.

Diteros de libreta a crédito.

Telefonistas de centralita y latiguillo de ‘le pongo’. Pregoneros de voz ronca y trompetilla. Relojero de lupa y soplo.

No sospechábamos entonces que el verso de Juan Ramón Jiménez que dice que “el pueblo se hará nuevo cada año” se iba a transformar con el paso del tiempo en el pueblo se irá haciendo viejo y languideciendo poco a poco cada año.

Pisos compartidos

Todos los animales tienen un lugar donde sentirse protegidos. Donde refugiarse en tiempo de inclemencias y descansar del ajetreo de la vida.  Nidos, guaridas, madrigueras, covachuelas… incluso las ramas de los árboles sirven para ello. Las personas tenemos nuestras viviendas, sean más pequeñas o más grandes, más sencillas o más lujosas. Cuatro paredes y un techo forman un hogar. En ellas los corsés de las vestimentas que nos imponen las etiquetas sociales se cuelgan en las perchas.

Cobijo en el que la familia charla sin oídos inoportunos, comparte tristezas y alegrías y se lavan los trapos sucios si los hubiera.

En esa burbuja los ajenos tienen su tiempo de acogida y cortesía, pero nada más porque, según establecen los buenos modales y la experiencia, las visitas deben ser cortas y limitarse a los cumplidos.

La Constitución Española establece en su artículo 47 el derecho al disfrute de una vivienda digna y adecuada y a los poderes públicos la obligación de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho. Una aspiración de buenas intenciones que está lejos de alcanzar sus objetivos.

En nuestros pueblos era frecuente en tiempos no tan lejanos que los recién casados, a falta de vivienda propia, se quedaran en las de los padres de uno de los cónyuges, generalmente en los de la mujer. Una rama ganaba un hijo y otra lo perdía.

Acondicionaban una habitación como su zona exclusiva.  Las demás dependencias de la casa: cocina, cuarto de aseo, sala de estar, patios, corrales y pasos eran de uso compartido por todos los miembros de la familia, que podía incluir también a los abuelos. Todos, aun no queriendo, estaban al tanto de las peripecias y horarios de los demás.

La convivencia es complicada y exige renuncias y adaptaciones. La zona exclusiva de cada morador se reduce a unos metros cuadrados. Tienen que regularse el uso de los servicios, los gastos comunes, las visitas de amigos y familiares… Y lidiar con el carácter de cada uno. En suma, se pierde libertad y aumentan las molestias.

Los grandes datos de la macroeconomía española, según nos dicen, son buenos, pero, como la lluvia, van calando lentamente hasta las zonas más profundas.  Y a veces ni llega porque antes la han absorbido las capas de arriba.

Ahora que los pueblos pequeños están perdiendo moradores y existen más ofertas de casas no hay quienes las compren ni arrienden. Los jóvenes salen fuera a estudiar o trabajar. En cambio, en las ciudades aumenta la demanda de viviendas, lo que las encarece en exceso y para la mayoría, dificulta o imposibilita las opciones de adquirirlas. Hay residencias de estudiantes a más de mil euros por mes para los que pueden pagarlas. Pero el grueso del pelotón tiene que compartir piso con compañeros, unas veces conocidos y otras, desconocidos, como antes se hacía con suegros y parentela anexa. Ninguna de las dos opciones es deseable.

La percepción del tiempo

El próximo día 22 el sol se situará frente a la línea imaginaria del ecuador de la tierra. Con ello se igualará la duración de los días y las noches en los dos hemisferios. Esta noria que nos lleva con rítmico compás en viajes periódicos alrededor del sol no produce cosquillas en la barriga ni alborota el cabello, como las que mecen en las ferias las ilusiones infantiles. El astro rey seguirá su descenso hacia el sur acortando las horas de luz.  Las alamedas vestirán de tonos ocres y dorados sus hojas, que emprenderán en los brazos del viento su caída hasta las riberas de los ríos.

Es la tierra, como sabemos, la que gira sobre sí misma y alrededor del sol. Realidad que no siempre fue aceptada por los moradores del planeta. El movimiento aparente del sol confundía.

La teoría geocéntrica fue defendida por eminentes filósofos como Aristóteles y astrónomos de prestigio, como Ptolomeo. La iglesia la sostenía fervientemente, aunque ya doscientos años antes de Jesucristo, el sabio griego Aristarco de Samos propuso un modelo heliocéntrico del universo. No le hicieron mucho caso y el geocentrismo se mantuvo durante mil setecientos años más, hasta que Copérnico le dio el famoso giro a esa suposición y Galileo posteriormente lo demostró, no sin que le obligaran a negarlo y ser condenado con arresto domiciliario.

Los astrónomos empezaron a parcelar el tiempo. Las primeras referencias para hacerlo estaban a la vista: el sol y la luna en sus cadencias, sin que faltaran interpretaciones mágicas y brujerías. Los días se partieron en horas, minutos y segundos y se agruparon en semanas, meses, lustros, décadas y siglos. Con esas particiones organizamos nuestras vidas.

Los instrumentos de medida y el temor o el deseo condicionan la percepción de su transcurrir. La fijación en grandes períodos produce perspectiva y sosiego y los pequeños, ansiedad. Un cronómetro marcando décimas de segundo origina la sensación de que la vida se escapa de las manos y caemos irremediablemente hacia el abismo.

 Cuando lo que se espera es placentero parece que el tiempo transcurre con más lentitud. Pongamos como ejemplo el comienzo de las vacaciones.  Por el contrario, cuando se teme una fecha porque no queremos que llegue, percibimos que transcurre con más rapidez. No corre igual escuchando el tictac del reloj en la madrugada cuando esperamos a nuestros hijos que bebiendo cerveza en el bar con los amigos. Ni de jubilados como cuando éramos niños.  Los que hicimos el servicio militar sabemos que los veteranos, también conocidos como abuelos, iban borrando los palotes que habían marcado en sus gorras con los días que les faltaban para la licencia. Con esta ansiedad las jornadas se les hacían interminables.

¿Tendrán la misma percepción los que detentan el poder y los que aspiran a ejercerlo? Pongamos por caso el de los señores Pedro Sánchez Pérez-Castejón y Alberto Núñez Feijoo y sus adláteres.

Cuadrillas

Para unir pasado con presente hay tiempos y lugares en los pueblos. Resolanas, al tibio sol de invierno, carpinterías y fraguas en los días desapacibles. Sentados a la lumbre en los recesos de las matanzas. Esquinas y mentideros. Entre olivos en la recolección de la aceituna…

También en los bares y tabernas, en las horas tranquilas en las en las que ya solo quedan los habituales veceros, sin prisas ni agobios.

Son los momentos en los que se trasvasa información de los que vivieron o escucharon los hechos que se narran a los nuevos moradores. Conexión y enlace entre generaciones para mantener viva la memoria colectiva, acumulando un bagaje cultural y etnográfico que conforma la idiosincrasia de las comunidades y el sentido de pertenencia a ellas de sus miembros. Peculiaridades con las que se identifican los naturales y se marcan diferencias con los forasteros.

Los mayores cuentan, los jóvenes callan, escuchan y preguntan. Transmisión oral de un legado del que se hacen depositarios para transmitirlo a su vez a las siguientes. Una cadena que no apresa, sino que enlaza.

Hoy recuerdo las conversaciones sobre las cuadrillas de trabajadores en las faenas del campo. En la recolección del grano y la escarda recorrían las hazas, alineados horizontalmente, como los soldados en los desfiles.  El que se adelantaba o atrasaba quedaba a la vista del manijero, que vigilaba desde la linde. Este no le quitaba las ganas al que iba con delantera, sino que animaba a los demás a ponerse a su altura.  Había compañeros solidarios que, viendo el agobio de los que quedaban atrás, les echaban una mano, cuando el atraso no era causado por pereza, sino por la poca práctica o destreza en el oficio, sin que faltara voluntad de conseguirlas.

De las habilidad y diligencia mostradas nacía una reputación, una jerarquía sin galones visibles, que se ponía de manifiesto a la hora de ser contratados. Los patronos elegían a los más avezados. Esta presión hacía que muchos alardearan de fuerza, maña o resistencia, aun a costa de sufrir lesiones o deterioro físico para no quedarse atrás en la estima y labrarse buena fama. Primero entre los compañeros de cuadrilla y después, de boca en boca, entre el resto de vecinos, que asignan glorias o destruyen reputaciones. Por ello algunos cargaban los sacos más pesados sobre sus espaldas, a pesar de que les temblaran las piernas subiendo las escaleras empinadas de los doblados o hacían alardes de su pericia en la conducción de los carros cargados de mieses.

Como la vida misma. La competencia y opinión ajena condicionan nuestro comportamiento. Sin regatear elogios al triunfo y al tesón por conseguir metas de los que se afanan en ello, conviene echar la vista atrás para ayudar al rezagado porque no todos tenemos las mismas oportunidades ni capacidades.  Echar una mano al que flaquea es una virtud al alcance sólo de las almas generosas.

Retazos de julio

Julio viene envuelto en embalaje de rastrojos, ardores de cal viva desde el fondo de la tierra y luz que deslumbra a las niñas de los ojos.  Sus noches estrelladas producen asombro y más preguntas que respuestas.

Pasan labriegos- “el ciego sol, la sed y la fatiga”- con sombrero de paja y zurriago en mano, arreando a las caballerías por caminos polvorientos. Carros cargados de mieses segadas con hocinos a golpes de brazadas. En las calles, corros de vecinos charlan al fresco. Ventanas y balcones en los que los grillos hilan la noche con pespuntes de luna desde una lata con agujeros.

Una huerta frondosa y una noria con una higuera donde se está muy cerca de la gloria cuando el sol se despide en los resaltos.

El aire en calma, desmayado sobre la tierra ardiente. A lo lejos, un espejismo tembloroso que sale del suelo. De pronto, un remolino asciende en espiral y levanta briznas de paja y espinos secos.  Se escucha algún cante de trilla al compás del silencio. Avispas esquivas dan vueltas alrededor de la cuba en el brocal del pozo. El agua, desde el fondo, misteriosa y oscura, devuelve las voces de niños hechas ecos en las horas espesas de la siesta.

En la mecedora de madera de nogal, curvada de eses, el abuelo dormita echado sobre el respaldo de mimbre entrelazado.

Las sombras en julio son como ovejas acosadas por los lobos. El sol vertical del mediodía las junta y estrecha.

Para aliviar un poco el bochorno, hay que buscar el cobijo de los árboles y sacar el agua de los pozos. 

Unas cubas izadas con garrucha se vierten sobre las cabezas. También en recipientes de plástico con alcachofas para controlar y dosificar.  A los más pequeños se la calientan al sol, cerca de la pared que da al poniente en los corrales.

Las casas se comunican con el exterior por las puertas del corral y de la calle. Cortina y cortinón hacen frontera para proteger del calor y de las moscas. Para estas, el aparato del ‘flit’, con un pequeño depósito de insecticida delante, como si fuera un perro de San Bernardo. Se pulveriza con bombeo manual. Prendidas en el techo, las tiras donde quedan pegadas.

 En el cuerpo intermedio de las viviendas están las cantareras y a lo largo, rollitos para el paso de los animales.

 Lo más económico para aliviar sudores, el abanico y las tiras de cáscara de pepino sobre la frente. El ventilador, solo en algunas. El botijo, al relente durante la madrugada con tapaderas en el piporro y en la boca para evitar que entren bichos. Y en las eras, el barril entre los haces.

Mosquitos atraídos por la luz de las bombillas y las salamanquesas pacientemente al acecho.

Son recuerdos que vuelven, turbios de tiempo y de distancia, pero aún, como la brasa entre cenizas, conservan el calor en sus entrañas. 

La comba

En el juego de la comba dos niños hacen girar una soga y los demás saltan, procurando que pase por debajo de los pies y por lo alto de la cabeza. Hay que sincronizar las entradas y las salidas para no ser eliminados o penalizados con la sustitución de los que están moviéndola. Terminada una tanda se vuelve a hacer cola por la parte contraria. El juego se acompaña con canciones tradicionales. El cochecito leré… Al pasar la barca me dijo el barquero… De Cataluña vengo de servir al rey…

A los que son muy hábiles y tardan en ser eliminados les incrementan la velocidad hasta que los hacen fallar.

El sol es la comba que va del orto hasta el ocaso, y la tierra, con nosotros dentro, la niña que juega a luces y sombras con sus giros.

 El astro rey ha ido subiendo en el horizonte poco a poco desde la sima del invierno hasta llegar a lo más alto, ampliando las horas de luz y dilatando los crepúsculos vespertinos.  

El reparto de claridades tiene sus límites en las veinticuatro horas que dura la rotación. Lo que pierde la noche lo gana el día.

Intento vano ampliar o reducir fronteras, por muchas prisas que nos urjan.  

El próximo mes colgarán en las administraciones de lotería, los décimos de Navidad, jinetes de piernas abiertas sobre los alambres de la suerte.

Ansiamos que lleguen las rebajas cuando no hemos estrenado algunas prendas de las que adquirimos en las últimas.

Queremos que pasen los días y lleguen las vacaciones, el viaje proyectado, el reencuentro familiar, la fiesta; que pase el calor y que venga el frío para luego ansiar lo contrario cuando nos salen sabañones. 

Tenemos prisas por llegar a un lugar y una vez allí nos impacientamos y queremos volver a donde estábamos.

Nunca el gozo es duradero y no damos por completa dicha alguna. En cuitas se nos va el hoy y el mañana nunca llega. Paso que avanzamos, paso que se aleja.  La angustia de no estar a gusto en ningún sitio, de viajar sin saber si es búsqueda o huida el impulso que nos mueve.

Hay que entrar al salto en el momento justo y disfrutar lo que tenemos sin los apremios de las prisas.

De camino hacia el solsticio de verano la comba del sol ha ido remontando en la bóveda del cielo. Golondrinas, aviones y vencejos rayan el intenso azul de las mañanas con sus vuelos. Las calimas reverberan a lo lejos. En olivares y encinares la chicharra recorta el aire denso de la siesta y de noche la rana y los grillos trenzan, con encajes de luna, un vestido de plata al agua en la ribera.

Disfrutémoslo. No tengamos prisa por llegar de donde no podremos regresar nunca.

En este juego planetario, una vez que sales, no hay ocasión de colocarse de nuevo a la cola.

Fernando Fuentes

(Fotografía de Juan Sevilla Durán)

¿Guardarán memoria los repechos, las lomas, los recodos, las llanuras de las huellas de quienes los pasaron? ¿La arboleda, de las sombras, el éter del firmamento, de las charlas?  Él ya no volverá a pisarlos físicamente. No sé si los espíritus en las noches de luna vuelven por donde anduvieron sus dueños llenando de plata los caminos.

 Los manillares de tu bicicleta tienen la horma de tus manos y los pedales el peso de tu fuerza cuando la vida salía por los poros. Aunque inanimada, si la miramos, notaremos la triste melancolía de las ausencias. Parece que te está esperando.

Tus amigos de Astoll volverán por los mismos parajes por los que anduviste, charlarán a la sombra de un castaño, de una encina o de un olivo y tú estarás presente. También cuando tras las rutas tomen cervezas en cualquier plaza de los muchos pueblos por los que pasasteis. Allí estarás con ellos porque el rastro de las buenas personas, de los buenos compañeros permanece siempre en el recuerdo de los que los conocieron.

Que el viaje que emprendiste el día de san Fernando, que cruel coincidencia, no te sea gravoso y vueles con las alas de los sentimientos de los que te trataron, que seguro irán acompañándote para que esta ruta por la que también nosotros pasaremos, te sea leve.

No somos nadie

 

Los proverbios, refranes y aforismos, condensan los resultados de experiencias y observaciones de los que nos precedieron. De tanto usarlas las convertimos en tópicos y las utilizamos como comodines para ahorrarnos el trabajo de pensar qué deberíamos decir o hacer en según qué situaciones. Otros ya lo hicieron por nosotros. Forman parte del acervo cultural de los pueblos y, aunque pierden lustre por el uso, no dejan de ser constataciones sentenciosas de una forma de entender la vida.

La expresión ‘No somos nadie’ la utilizamos cuando la muerte presenta sus cartas credenciales a personas conocidas.  Cada vez que sucede nos damos cuenta de que no hay grandeza que no quepa en un nicho. Cuando todo se reduce a la nada multiplicada por cero.

A San Francisco de Borja, que antes de ser elevado a los altares, ostentó numerosos títulos nobiliarios con grandeza de España incluida, se le atribuye esta otra expresión: ‘Nunca más servir a señor que se me pueda morir’. Según cuentan la pronunció ante el féretro que contenía los restos mortales de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Dicen que fue una mujer de gran belleza, fallecida a los treinta y seis años.

Esta misma idea de no ser nadie una vez muertos, la glosó Jorge Manrique en los versos de las ‘Coplas a la muerte de su padre’: “Tantos duques excelentes, /tantos marqueses y condes/y varones/como vimos tan potentes, /di muerte, ¿do los escondes/y traspones?”.

Es difícil encontrar escritores y filósofos que no hayan tratado en sus obras sobre la fugacidad de la vida y las consecuencias de la muerte.

Siendo esta la que nos iguala y la que nos pone en ese lugar donde nada es todo, salvo creencias ultraterrenas.

 

 

 

 

Existen congéneres que se arrogan atribuciones que solo al proceso natural de la existencia corresponden y disponen de las vidas ajenas como si fueran dueños de ellas.

Buscando su grandeza y alimentados sus egos desde las paranoias más severas, desprecian al resto de los mortales aniquilando a unos e ignorando las peticiones de clemencia de otros.

Destacaron en esta infame labor personajes históricos investidos de poder por diversas circunstancias, no siendo las menores las que se consiguieron con traiciones y engaños. Estos caudillos, que se creen ungidos por sus dioses respectivos o elegidos por el destino para salvar a sus pueblos, son impermeables a los ruegos y surgen cuando las condiciones de tolerancia e indiferencia internacionales les son propicias.

 

 

 

 

 

 

 

Características comunes son su afán de dominio y la aspiración de crear imperios, aunque para conseguirlo tengan que hacer limpiezas étnicas o invadir tierras que no son suyas. Lo perpetran por la fuerza bruta de sus sinrazones e intereses y a los demás nos ignoran descaradamente mientras consiguen su botín.

No pongo nombres para evitar que salgan las palabras manchadas de sangre.

No somos nadie, pero déjennos ser. 

Secretos

Si alguien en un grupo quiere comunicar a uno de los presentes algo reservado hace un aparte con él. Aunque los secretitos en reunión dicen que son de mala educación, es práctica frecuente hasta en las reuniones de más alto copete.

La confidencia es el drenaje por el que un secreto se transmite a quien pensamos que es merecedor de confianza.  Nos advierte Séneca que el secreto mejor guardado es el que guardas tú mismo. Tres podrían guardarlo si dos de ellos hubieran muerto, afirmó Benjamín Franklin.

Compartirlo establece un vínculo de complicidad que solo se rompe si la indiscreción o la traición de uno de ellos lo hace llegar a terceros. Si así obrara sería la prueba de que nos equivocamos al elegir a esa persona. Según André Maurois, es la forma de comprobar si era digno o no de nuestra confianza.

Hay quienes adornan la transmisión con halagos y prevenciones. Que te lo cuentan a ti porque eres tú, pero no se lo digas a nadie. Con este cuento tienen ya un listado tan numeroso como la lista de Schindler.

De niños teníamos como llave de seguridad la palabrita del Niño Jesús y el beso en los dedos cruzados.

Juan Ruiz de Alarcón nos previene que, incluso con todas las precauciones que se tomen, las paredes oyen. Bien lo saben los que viven en pisos colindantes. Pueden llevar la contabilidad de las veces que el vecino le da a la cisterna y de discusiones y divertimentos varios.

Las trastiendas en los locales comerciales antiguos eran lugares propicios para las confidencias.

También las callejas, las umbrías de las iglesias, las afueras del pueblo…  Siempre con susurros y mirando a derecha e izquierda para comprobar que no hay testigos de cargo. El campo, tan amplio y solitario, ha sido un lugar idóneo. Ahora, sin embargo, habría que mirar primero hacia arriba por si los drones sobrevuelan.

En la edad inestable de la adolescencia el rubor inoportuno que sube a la cara nos delata. Nos parece que aflora los pensamientos que queremos ocultar. Le pasó a un amigo cuando en un bar cruzó su mirada con la del padre de su pretendida. Tuvo la sensación de quedar desnudo y descubierto.

Con los wasaps y demás redes sociales nos hemos confiado en demasía. Los dedos, toma de tierra de los estados de ánimo, han descargado sobre las teclas nuestras frustraciones, anhelos y desengaños. Lo que en un momento es alivio puede convertirse mañana en la daga que nos corte.  Pasar de los extremos cifrados a los medios, expuestos al morbo de unos y escarnio de otros. Hoy contra mí, mañana contra ti. Que no pare el espectáculo. Intereses o indiscreciones de receptores, la desidia de los custodios o la vileza de los bribones nos acechan. No se fíen. Nos tienen cogidos por los teclados y el día menos pensado nos los retuercen.