DNI

A primeros de mes volverá al pueblo el equipo que hace y renueva los DNI. Han pasado diez años desde la anterior renovación y ya toca otra vez. La fotografía se quedó parada, pero los años han seguido en caída libre. Yo, como voy conmigo, no me entero, pero los que la miran necesitan varias pasadas y algún arqueo de cejas para asegurarse que no soy un impostor. Puede que esta renovación sea la última y me den el permanente, que caducará cuando yo. Ignoro si en su tramitación todavía te sujeta el funcionario el dedo y lo mueve a derecha e izquierda para que los tortuosos caminos de las huellas queden bien impresos. A mí me parecen esas curvas las isobaras de una gran borrasca.

Se cree que el alma abandona el cuerpo cuando mueren las personas. No lo sé, pero sí que el DNI sobrevive a quienes identifican. Lo necesitan los deudos para variados y obligados trámites. Permanecerán registrados en los ordenadores de la administración, de los bancos, de las compañías eléctricas y telefónicas…  Y cuando todo esté saldado y repartido, los números irán al cementerio de los dígitos huérfanos.

En el periodo de colonización de América, se estableció un sistema para controlar las personas que salían de España. Se otorgaban las llamadas ‘cédulas de composición’, que eran unos pergaminos con los datos del poseedor escritos a mano. Estaba prohibido a los extranjeros residir en los territorios españoles de ultramar. A pesar de ello muchos se arriesgaban a cruzar el Atlántico y establecieron allí su residencia en busca de fortuna. Para regular esta situación se otorgaban estas cédulas a quienes llevaban tiempo viviendo en las colonias con sus familias y poseían bienes. Concesión que estaba sujeta al pago del tributo correspondiente.

Hasta el reinado de Fernando VII no aparecen unos documentos con cierto parecido a los actuales DNI. Las llamaban ‘cédulas personales’ y ‘cartas de seguridad’.  Las expedían los ayuntamientos y diputaciones para aquellos que tuvieran que realizar gestiones con los organismos oficiales. Eran fáciles de falsificar.  En el mismo reinado se creó la Policía General del Reino, concediéndole la facultad de realizar padrones con los datos del sexo, estado, profesión y naturaleza. Esta facultad sigue atribuida, con los cambios pertinentes originados, a la Policía Nacional.

Los sucesivos modelos de DNI han ido reduciendo tamaño, modificando colores, acumulando información sobre nosotros y aumentando prestaciones.

El actual no es tan antiguo. Lo implantó el régimen surgido de la guerra civil por medio de la convocatoria de un concurso para su diseño, que ganó D. Aquilino Rieusset Pachón. Hasta el año 1951 no se expidió el primer ejemplar, que fue, con el número uno, para Francisco Franco; el dos para su esposa y el tres para su hija. Años después, se reservaron para la familia real los números del 10 al 99.  En el cementerio de los números de carnet también hay jerarquías.

Río Duero

Me gusta pasear por el campo estos días de febrero porque la primavera se anuncia en los almendros. Duro y de rugoso aspecto en su exterior, pero de bellas y delicadas flores. Destacan, blancas y rosadas, en los ribazos y entre los olivares de la sierra.

Tiene la edad madura algo de similitud con este árbol. Los años endurecen y arrugan la piel, pero el aspecto engaña e igual que en ellos ofrecen hermosas flores, de los mayores pueden nacer los sentimientos más excelsos. ¿Por qué se emocionan tanto los viejos si no es porque conservan en su corazón la ternura que su físico les vela?

Pienso estas cosas mientras paseo por la ribera del arroyo de la Corbacha, casi seco en los últimos veranos, pero que en inviernos lluviosos se convierte en caudaloso río con imponente rugido entre las abruptas rocas de su cauce. Quedan restos de viejos molinos en sus orillas y en sus vegas florecieron feraces huertas que llenaron de vida estos parajes.

Recuerdo otros días de lejanos febreros. La lluvia repentina y breve, la luz del sol que aparece entre trozos de añil y levanta el arco iris sobre la nube negra que se aleja. Los bulliciosos trinos de ruiseñores en la alameda y en el pelo mojado de una joven, efímeros reflejos bellamente tentadores. De nuevo el campo se oscurece al paso de otra nube que se acerca con un rumoroso galope de lluvia. Llega y nos moja. Juntos buscamos la protección de nuestros cuerpos hasta que se aleja por los olivares arrastrando entre las ramas los volantes de sus cortinas de agua.  El sol vuelve a dejar medallones sobre el campo verde y entre la siembra se escuchan los reclamos de la perdiz en celo. 

A mi paso han levantado el vuelo, sorprendidos, unos cuantos patos azulones. Una gallineta esquiva ha sobrevolado a ras el agua y se ha escondido en las eneas.

Si este pequeño arroyo provoca en mí tantas sensaciones, qué no será el Duero para muchos amantes de la naturaleza y la poesía al pasear por los mismos lugares que inspiraron a tan insignes escritores.

Gustavo Adolfo Bécquer ubicó allí la acción de dos de sus ‘Leyendas’: ‘El monte de las ánimas’ y ‘El rayo de luna’.

Y qué decir de Antonio Machado: “Allá, en las tierras altas, /por donde traza el Duero /su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/ y manchas de raídos encinares, /mi corazón está vagando en sueños…”

Hay un proyecto para construir una urbanización en su orilla derecha a su paso por Soria, lo que alteraría el paisaje y su patrimonio sentimental.

Alertas meteorológicas

El joven pastor estaba con el rebaño de ovejas una tarde de mayo entre las encinas de la dehesa.

Al mediodía empezaron a aparecer en el cielo unas nubes blancas con forma de coliflor. Fueron creciendo de volumen y ennegreciendo su aspecto con el paso de las horas. Un penacho en su cima con forma de yunque remató su formación.

Un compañero de trabajo le dijo que no se entretuviera. Ya había empezado a tronar y una cortina gris por la parte de la sierra anunciaba la lluvia próxima.

Pronto empezaron a caer gruesas gotas y los truenos rebotaban de loma en loma cada vez más cercanos al destello repentino de los relámpagos. Las ovejas llegaron solas al cortijo. Alarmados, los compañeros salieron en su búsqueda y vocearon su nombre por caminos y encinares sin obtener respuesta. Recorrieron los lugares por donde suponían que podía haberse refugiado. En una primera batida no lo localizaron. Cesó la tormenta, pero la llegada de la noche dificultó la búsqueda. Fueron al pueblo a buscar ayuda.  Lo encontraron entre el pasto, fulminado por un rayo. En ese lugar una cruz con su nombre y la fecha lo recuerda desde entonces.

No es la única que hay por esta campiña en recuerdo de fallecidos en circunstancias parecidas.

Otro hecho que los mayores de mi pueblo recuerdan y refieren es el de un labriego que una tarde emprendió el camino hacia su lugar de trabajo, distante algunos kilómetros. La tarde estaba desabrida y empezó a nevar.  Entre la poca luz de la tarde invernal y la intensidad de la nevada que cubrió caminos, perdió todas las referencias de orientación. Extraviado, pasó toda la noche a la intemperie y no aguantó las bajas temperaturas. Lo encontraron muerto al día siguiente.

Los dos protagonistas de estas historias no dispusieron de una información meteorológica que podría haberles evitado la muerte.

En la actualidad es admirable la calidad y grado de acierto de las previsiones del tiempo atmosférico. Fotografías desde el espacio en las que se observan la evolución de los ciclones, las borrascas y los frentes. Con días de antelación pronostican que una masa de aire frío en altura se desgajará de la circulación general y seguirá una trayectoria por otras latitudes, seguida permanentemente por los satélites. Las alertas por situaciones potencialmente peligrosas son comunicadas a los ayuntamientos a través de Protección Civil.

Avisos que van dirigidos a las autoridades para que tomen las medidas oportunas y a la ciudadanía en general para que no se exponga con acciones imprudentes o temerarias en circunstancias tan adversas.

 Por eso produce enojo que haya quienes no atienden las recomendaciones y se exponen a peligros con actividades que pueden evitarse o aplazarse si no son estrictamente necesarias. Se ahorrarían zozobras o desgracias que afectan a familiares y a las arcas públicas por el despliegue de medios y gastos que los eventuales rescates ocasionan. 

Almanaques

En el servicio militar había compañeros que al escuchar el toque de diana lo primero que hacían era anunciar a grito pelado los días que nos quedaban para la licencia: ‘¡Quince y la loca!’, y así iban descontando hasta que llegaba el día de la loca, que era el que nos entregaron ‘la blanca’ y tiramos la gorra por lo alto al romper filas. Llevaban algunos la contabilidad en la de faena, con rayas que iban cruzando según pasaban las jornadas. ¡Qué largos se nos hicieron las últimas!
En el colegio anotábamos en los calendarios de bolsillo los días fijados para los exámenes. El nerviosismo aumentaba a medida que se acercaban. Nos parecía que el tiempo pasaba demasiado rápido. Así sucede cuando no se desea o se teme algo.  
Los almanaques están confeccionados con casillas donde se guarda el tiempo distribuido en días para tomarlos en dosis cada veinticuatro horas. De enero a diciembre, y sean negros o rojos, dulces o amargos, te los tienes que tragar, así te pongas en cruz. 
 Cada comienzo de año buscamos uno para ponerlo en un sitio apropiado en nuestras casas. A pesar de todos los aparatos electrónicos que los incorporan, el colgado en la pared o en la puerta de la cocina sigue siendo el más utilizado para anotar acontecimientos reseñables.
 Cuando yo era niño recuerdo que se apuntaba en ellos el día que la gallina clueca se echaba en los huevos para que estuviéramos pendientes sobre los veintiún días para ver su eclosión y salida de los pollitos. En noches como estas frías que llevamos, los metíamos en una caja de cartón y los poníamos al lado del brasero.
Se apuntaba en los almanaques el día de la matanza y el que se ponía el jamón en salazón.  También el comienzo de un tratamiento médico, la fecha de la última carta enviada o recibida, el cambio de las sábanas de la cama, el día del casamiento al que nos habían invitado o el del fallecimiento de alguien allegado. Hechos pasados y venideros.  Pequeños mojones en las lindes del tiempo.
 En las carpinterías, fraguas, comercios y zapaterías apuntaban los días de un pedido, la última recepción o el compromiso de entrega de cualquier trabajo.
Los almanaques mostraban los pronósticos del tiempo, recogían refranes y dichos populares, cuentos, máximas, días que llevábamos y faltaban del año, horas de salidas y puestas del sol y la luna con sus fases, tiempo litúrgico y ornamentos correspondientes…Era el medio más consultado por todas las clases sociales y para muchos la única fuente de información a través de la lectura.
Alcanzaron tanta difusión tiempo atrás que hasta hubo dos reyes que los prohibieron. Carlos III y Fernando VIII.
Al tiempo se le empezaron a medir las hechuras mirando al cielo y fue plasmado en los calendarios después de muchos ajustes. Nosotros los llenamos de vida con las anotaciones de nuestras pequeñas historias.

Enfermos mentales

En las fiestas se juntan entre ellos y, aunque estén al lado del bullicio y de la música, están ajenos. Vagan por los vericuetos que sus mentes enfermas trazan. Fuman mucho y hablan poco. A veces alguno ríe sin motivo aparente. Beben agua en abundancia, quizás debido a su medicación. Son conscientes de su enfermedad, que asoma a sus ojos miedo, pero no dominan las bridas para controlarla. Solo el tratamiento la mantiene a raya. Los brotes más agudos los sufrieron en su adolescencia, cuando el volcán de las glándulas rompe costuras e inestabiliza todo el andamiaje de la personalidad.
Hay una gran variedad de trastornos mentales, cada uno con sus manifestaciones propias. En España, según la OMS, entre el 2.5% y el 3% de la población adulta padece una enfermedad mental grave, lo que supone más de un millón de personas.  El 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo padecerá a lo largo de su vida. Dicen los manuales que entre las causas están la herencia genética, haber sufrido situaciones muy estresantes, las lesiones cerebrales, los desequilibrios químicos en el organismo y el consumo de drogas y alcohol.
Una vecina a los pocos días de morir su padre me contó que lo veía en la televisión dando las noticias del telediario y que le daba consejos sobre lo que debía hacer y lo que no. Le dije que eso eran imaginaciones suyas, que no existían en la realidad. ¿Entonces no es verdad? Claro que no, es tu mente. Y se quedó pensativa, con la mirada perdida más allá de donde yo podía alcanzar. Padecía esquizofrenia desde hacía bastantes años, alternando periodos de lucidez con crisis agudas.
Otra enferma iba casa por casa de los amigos de su padre a horas intempestivas exigiéndoles que se lo devolvieran y preguntándoles que dónde lo habían metido.
La mente, ese maravilloso ‘conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes’ tiene en el cerebro su base. La sala de máquinas con cien mil millones de neuronas que controla y coordina nuestras acciones mentales y físicas. Tan fascinante es su estudio como puede ser el del universo.

 

Las enfermedades graves son penosas para sus familiares y para quienes las sufren. En el habla popular existen variadas expresiones, injustas por livianas y poco compasivas, para calificar los comportamientos erráticos de quienes desvarían y se apartan de lo que se supone que es la lógica. Estar como una cabra, tener un tornillo flojo o perderlo, estar sonado, írsele a alguien la pinza, estar chiflado, cruzarse los cables, perder el norte….
Ha habido escritores y artistas que las padecieron. Muchos acabaron suicidándose. Virginia Woolf lo hizo sumergiéndose en el río Ouse vestida con un abrigo lleno de piedras en los bolsillos. Felipe Trigo y Ernest Hemingway optaron por un tiro… Demasiado sufrimiento para no prestar atención a estas dolencias.

De bares y pícaros

Los bares son lugares para la relación social. En ellos conocemos a gente, nos enteramos de las novedades que ocurren en el pueblo o en el barrio, echamos la partida, leemos la prensa y comentamos las últimas noticias. Cuando las llaves de las copas abren las puertas de los sentimientos hacemos y nos hacen confidencias. También sirven para conocer la condición de las personas a poco que se sea observador, pues el dicho de que en la mesa y en el juego se conocen al caballero hallan aquí terreno abonado para ello.
Hay momentos para la pequeña picaresca, que si no llega a mayores es más por la falta de ocasión que por escrúpulos de conciencia.  Un cliente con acreditada fama de roñoso, rebajaba el número de consumiciones que se había tomado cuando el tabernero le preguntaba que cuántas habían sido. Este, con el grado que da la veteranía, buscó la estrategia para evitarlo. Si decía tres, él replicaba que cinco, a lo que respondía que ni hablar, que eran cuatro, con lo cual pagaba lo que correspondía.
El que está detrás de la barra aprende, pero también lo hacen los veceros.
Se puso de moda durante un tiempo la venta de unas papeletas dobladas y cosidas con hilo. El proveedor entregaba al dueño del bar dos bolsas, en una iban las que contenían los premios y en la otra las vanas. Incluso se apreciaban tonalidades distintas en unas y otras. Así se las ponían a Felipe II en el billar y a los pícaros la tentación en bandeja. Las premiadas salían cuando el del bar creía conveniente.  En un papel visiblemente expuesto estaban anotados los premios, el mayor de los cuales creo que era de quinientas pesetas y se cobraban en especie. Cuando aparecía uno debía tacharlo. Cierta noche llegó una cuadrilla que venía de ‘cordeleo’, haciendo el viacrucis de otros bares, caldeados por el vino y dispuestos los bolsillos para los dispendios. Observaron que los premios mayores aún no estaban borrados y la cantidad de papeletas que quedaban no eran excesivas. Así que hicieron cálculos por lo alto y se lanzaron al abarco. ¡Danos el resto!
Al dueño del negocio le cambió el semblante.  Intentó convencerlos de que desistieran de su empeño, aconsejando que no arriesgaran porque no le saldrían las cuentas. Esto en lugar de quitarles las ganas las aumentó. Y también las sospechas. Descubierto el engaño, las excusas fueron que se le había olvidado tachar los premios y que seguramente fuera un forastero el agraciado. Desarmado el débil argumentario claudicó y mediante acuerdo resarció el gasto e invitó a más rondas. La picaresca sigue teniendo buena tierra de cultivo por las tierras de España.
Viejas anécdotas de bares que desaparecieron hace tiempo. Por el bien de los profesionales que viven de esta actividad y por el esparcimiento de quienes gustan frecuentarlos, deseamos que vuelva pronto la normalidad para disfrutarlos.

Agradecimiento

Hoy se celebra el día del maestro. Mal año para festejos compartidos, pero la mente está dispuesta al recuerdo y el agradecimiento.  Esta profesión no siempre ha sido valorada como merece por su importancia y trascendencia. Los regímenes de turno la han utilizado para llevar el agua a sus molinos, buscando en ella el vehículo para adoctrinar y divulgar ideas que favorecen sus intereses. Un repaso a la historia lo confirma plenamente. Debe de ser muy difícil desprenderse de egoísmos y, con altura de miras y talante de estadistas, acordar bases duraderas para dar estabilidad al proceso educativo. Mientras esto llega, los profesionales, desconcertados por la continua sucesión de leyes, siguen en las aulas, dedicados con su mejor voluntad a formar a sus alumnos. La mayoría de ellos en tiempos muy difíciles fueron excelentes profesionales que dejaron huella perdurable en sus pupilos por su buen hacer. En este oleaje de vaivenes ha permanecido erguida la figura del maestro, agarrado a su trabajo para no perder el equilibrio y ser engullido por el temporal del desánimo y las incongruencias.

Hoy dedico este recuerdo agradecido a quienes abrieron nuestros ojos a la vida a través de la lectura y la escritura, instrumentos que ya nunca abandonamos y que nos han servido para conocer y amar el legado que la humanidad ha ido acumulando a través de los siglos.

Todos los oficios y profesiones merecen reconocimiento porque colaboran al progreso y bienestar de los pueblos. Por insignificante que parezca un trabajo, si deja de hacerse sufre las consecuencias toda la sociedad. Si faltan los encargados de la limpieza nos dejarían a merced de infecciones, el electricista a oscuras, los médicos y enfermeros abocados al dolor y a la muerte, los mecánicos sin medios de locomoción, los transportistas aislados, los albañiles sin casas…

La labor del maestro, tan meritoria como cualquier otra, tiene además la peculiaridad de que trabaja con los mimbres que formarán el armazón de la sociedad futura.

Estaba yo haciendo las prácticas de magisterio en el colegio de Santa Engracia, en Badajoz, y llegó un día a la clase de don José María un señor preguntando por él. Se saludaron, el recién llegado con una amplia y abierta sonrisa y el bueno de mi tutor, confuso al principio porque no lo reconoció, pero cuando le dio detalles de quién era se le abrieron los ojos por la sorpresa y se fundieron en un abrazo. Era un antiguo alumno suyo que después de muchos años pasaba por allí. Se acercó a saludarlo y agradecerle lo que aprendió de él en los años de escolaridad.

Cuando se fue mandó a los niños que se prepararan para el dictado. Me dijo entonces con los ojos brillantes que cuando yo ejerciera comprendería que eso que acababa de presenciar era el pago más gratificante que cualquier maestro puede recibir en vida.

Y comenzó el dictado: “Una tarde parda y fría…”

Carpinteros

Descargaban los troncos en la puerta de la carpintería, despojados, en una primera limpia, de sus ramas. Cerezos, encinas, pinos, castaños… que las manos diestras del carpintero transformarían en sillas, puertas, mesas o marcos de ventana.
Recuerdo ahora el local envuelto en un ambiente de evocadora decadencia. Cristales cuadrados tintados de polvo y vaho y bombillas colgantes con platillos invertidos para concentrar la luz.
Olía dentro a aromas campestres que los leños desprendían cuando los cortaban. ¡Cuánta lluvia habría resbalado por ellos, desde la copa hasta la base nutricia de la tierra! “Un olor fresco y honrado/ a corazón descubierto”, como describió Juan Ramón Jiménez.
En el banco de trabajo estaban las herramientas. El tornillo para sujetar las piezas, la garlopa, la gubia, el formón… para que, en una combinación de arquitectura y tornería, el carpintero diera nueva forma a la madera.
Llevaba un lápiz aplanado detrás de la oreja y un metro plegable a mano siempre en el bolsillo.  El primer examen de la rectitud de los listones lo hacía apuntando, como si fuera a disparar con ellos. En el pelo y las cejas, polvo del serrado y el pulido.
Cuatro carpinterías había en el pueblo de distinta extensión y variado destino. Una de ellas estaba especializada en carros, en construir ruedas y calzarlas con aros de hierro. Era una de las labores que más llamaba la atención. Lo hacían al aire libre y reunían alrededor a los curiosos y desocupados que por allí merodeaban. Hacían candelas formando círculo y sobre ellas en piedras colocaban el aro.  Después, con maña y tiento, coordinación y mazos, lo encajaban en la rueda, desprendiendo abundante humo cuando le echaban agua para que, con la contracción del metal, quedara perfectamente ajustado.
La carpintería mejor dotada de maquinaria disponía de serradora y pulidora. En la primera tenían que juntarse varias personas para poder subir los troncos a la altura de la sierra. Allí les daban el primer corte. Abiertos en canal, a mí me parecía ver el corazón grabado en sus entrañas.
En la pulidora alisaban los listones. Sonaba su deslizamiento por el rodillo como un coche de carrera que pasaba y se alejaba.  En el suelo quedaban rubios rizos de virutas y serrín.
A los niños nos atraía ver desde las puertas y ventanas el trabajo de la madera, el hierro y el cuero, pero les privábamos de la luz natural y nos despachaban.
Mi tío Francisco fue carpintero, maestro de los que quedaron referencias por su buen hacer. Enseñó a otros este hermoso oficio y pueden dar fe de lo que digo.
Yo, por el parentesco, tenía acceso a la carpintería y me embelesaba contemplando sus labores, desde serrar hasta dar lija y después el encaje de las piezas y el barnizado. También cogía tablitas de deshecho y con ellas hacía construcciones que me inventaba.
No quedó ninguna carpintería. Desaparecieron, como otros tantos oficios artesanos.

Polvo somos

Dobles espaciados de campanas tiemblan en el aire y caen como copos negros por todos los rincones del pueblo. Un año más nos recuerdan el destino que nos espera, al que llegaron aquellos que nos precedieron y que en estos días honramos.
Pasa el alcabalero con el listado de bajas y con los recibos del tributo que pagan los vivos por los muertos. La moneda es la pena.  No admite devoluciones, solo su entrega a cambio de un poco de consuelo y la esperanza que señala al cielo. Pero nadie ha vuelto. Ni siquiera los nigromantes, arúspices y videntes saben de sus paraderos.  Los que tienen fe los ubican en paraísos que no están registrados fehacientemente por notarios ni escribanos. Hasta los papas dicen que no es lugar, sino estado.
Los que murieron permanecen en el corazón de los que quedan mientras vivan. Pero el tiempo los va alejando de los venideros hasta que se pierde su recuerdo en la neblina del pasado. Después nadie se acordará de quiénes fueron. El escritor mejicano José Emilio Pacheco lo expresa en estos versos: “Es verdad que los muertos tampoco duran. Ni siquiera la muerte permanece. Todo vuelve a ser polvo. Pero la cueva preservó su entierro. Aquí están alineados, cada uno con su ofrenda, los huesos, dueños de una historia secreta”.
Sus costumbres, los lugares que frecuentaban y las cosas que usaron dejan un reguero de evocaciones. A tal hora llegaba, a tal hora se iba, ese era su asiento…  Del abuelo, quedó en el perchero el bastón y el sombrero. En el chinero, con sus puertas de cristal labrado, el vaso en que tomaba el vino, casi a hurtadillas por las regañinas de la abuela. En la mesilla sus gafas con los brazos cruzados para siempre tras las últimas lecturas.  De la abuela permanecen en el tocador alguna horquilla, su peineta, la caja para dar color a sus pómulos cuando el último toque de campanas llamaba a la misa del domingo. El brasero recogido en la cisquera que cada mañana de invierno recebaba. La vida está ahí, contenida y condensada en esos instantes que la memoria evoca. Es difícil dominar la emoción cuando la mirada va, como dócil perro a la querencia, a los sitios por donde anduvieron sus pisadas. 
El maullido del gato tras la puerta de corral sonaba a llamada lastimosa a quien siempre le abría para echarle de comer. Un llanto que los humanos a veces no entendemos.
Cuando yo subía de niño al cementerio no conocía a casi nadie de los que allí estaban enterrados. Mi padre me señalaba los nichos de mis abuelos y algunos otros cercanos.
Hoy tengo allí familiares, amigos y conocidos con los que compartí muchos momentos de mi vida. El pueblo se va vaciando cada año y el cementerio tiene calles nuevas para los que inexorablemente les llega la hora del traslado.

 

Maquila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El dinero escaseaba para la mayoría y las tarjetas de crédito ni estaban ni se les esperaba por entonces. Los bancos prestaban con avales y garantías y los usureros con el pie en el pescuezo.

Cuando se dan estas circunstancias se recurre al trueque. Yo te doy garbanzos, tú me das huevos. Se vendían habitaciones o parte de los corrales de las casas a los vecinos linderos. Un laberinto de descuadres para preservar lo sustancial, que era comer todos los días.

Adam Smith y Keynes, liberalismo puro y regulación estatal, quedaban para proyectos de más envergadura, pero lo que apremiaba entonces era tener el pan de cada día sobre la mesa, a ser posible con alguna compañía con que engañarlo. Podía ser la chacina colgada en los doblados, el que dispusiera de ella. ¡Niño no te comas el pan solo, engáñalo con chorizo! No sé quién engañaba a quién.

La mano invisible que regula los mercados suelta algunos guantazos que van a parar siempre a las mismas caras, no a los ‘caras’, porque en el cemento armado no hacen daño.

Las escrituras de las casas se entregaban como garantía y quedaban en arcones ajenos hasta que los dueños pudieran rescatarlas pagando al prestamista, quien coleccionaba llaves de propiedades ajenas como trofeos de su negocio.

En los ultramarinos existían las listas a cuenta, a la espera de la cosecha o de los próximos jornales.  La mayoría eran saldadas, pero otras permanecieron en las libretas como ristras de ajos colgadas del techo cuando cerraron los establecimientos o cuando fallecieron los deudores. Los tenderos de nuestros pueblos prestaron una inestimable ayuda a muchas familias a las que ayudaron a atravesar el río de las penurias sin ahogarse en sus aguas turbulentas.

Los que tenían maquila se aviaban. Entregaban el trigo y les daban los vales del pan para adquirirlo durante el año o hasta que alcanzaran. Eran de cartón con forma rectangular y distinto valor que marcaban números y colores: de uno, de dos, de cinco…. En una caja aguardaban en hilera la llegada del panadero cada mañana. Dinero blanco de harina, rubio de soles y sufrido y honrado de sudores.

En la almazara recogían las aceitunas para molturarlas. Otra forma de maquila. El aceite se guardaba en una tina metálica. En la abertura, colgada de un alambre hacia el interior, la vasija con la que se llenaba el aceitero.  En el fondo quedaba la borra porque el refino era rudimentario. La piedra con forma de cono prensaba y los capachos de esparto filtraban.

Nuestros mayores valoraban los alimentos que se ponían sobre la mesa. Venían de atravesar un negro túnel. Al servirnos decían que lo que se echaba en el plato había que apurarlo porque, aunque algunos pudieran, era una ofensa despreciarla cuando otros no tenían qué comer.  Si le hacíamos remilgos murmuraban en voz baja: ¡Qué sabréis vosotros lo que es la vida!