De compras.

 faro

Aquí en el Faro esperando

 a que acaben las mujeres

 sus labores mercaderes

 de tienda en tienda comprando.

 Hay otros más aguardando

 con caras de sufridores

 al pie de los surtidores

 de la fuente iluminada.

 ¡Ya está la espera acabada!

 piensas cuando con sudores

 las ves  de lejos venir   

 hasta las cejas cargadas

 con marchas aceleradas.  

 Te volviste a confundir  

 si  ese fue tu discurrir

 al ver de pronto su vuelta.

 Se debe a dejada y  suelta

 de una primigenia  entrega

 para seguir en la brega

 con disposición  resuelta.

 

Chaqué y pamela.

chaqué

(Como estamos en verano

toquemos temas livianos.

Que quede  bien aclarado:

que cada cual aparezca

en este teatro humano

como a su gusto apetezca.

Ya cuentan con mi respeto,

expresado de antemano ) 

La clase plebeya emula

las modas   de la nobleza

llevando con galanura

sus usanzas y  grandezas.

Van las guapas damiselas

con pamelas a la inglesa

plenas de gracia y lindura

de los pies a la cabeza.

Con no menos compostura

de pingüinos las  chaquetas

o de chaqué vestidura

van los varones  con percha.

Para que no falte altura

la gomina en la cabeza

coronando sus figuras.

¡Qué prestancia y qué majeza!

Si en  modas de tanta  alcurnia               

además de vestimenta

se compartiera fortuna

no habría tanta diferencia

surgida desde la cuna.

Suegras.

suegra

Si es tu madre, gran mujer,

si es tu hermana, qué  primor,

si es tu hija, cuánto amor

demostrado por doquier.

Nada tiene esto que ver

si de tu suegra se trata.

A esta sí que no la mata

ni el más virulento rayo

ni el más profundo  desmayo

ni el más mortal matarrata.

 

No tienen razón de ser

las opiniones  malvadas

con que son consideradas

siendo la misma mujer.

Tu suegra fue hija ayer,

no la trates con desdén

si eres persona de bien.

Antes de hacerlo medita

que si razón no lo evita

tu madre es suegra también.

Miradas indiscretas.

bañista1

(J. A. Dominique INGRES.  Bañista de medio cuerpo)

Hacia  su cuerpo de garboso porte

lo arrastran  apetitos lujuriosos

que a duras penas el pudor refrena.

Pero a sus ojos de sus cuencas idos

no consigue domar por su flaqueza

e intrusos y atrevidos

de su talle a su culo hacen camino.

Pillado en su bajeza.

con disimulo la mirada sesga.

Poco dura el  propósito de  enmienda

y  al mínimo descuido de la dueña

los ojos en impúdica querencia

dirigen la mirada hacia sus tetas.

El número trece.

 

 No sé por qué este vahído

que mi mente desvanece:

doce copas me he bebido,

y  ni un problema he tenido

hasta que probé la trece.

Me tomaré la siguiente

para espantar el mal fario

del dígito maldiciente

y evitar que así  la gente

me tilde de temerario.