Votemos en paz

No sabían la profundidad del pozo en el que habían caído hasta que con gran esfuerzo alcanzaron el brocal con las manos desgarradas.  De sus ropas quedaban sucios harapos que dejaban ver sus cuerpos consumidos, pómulos salientes y mirada hundida, allá, en los cuencos violáceos de sus ojos. Al principio no fue el verbo ni la luz, sino el silencio, el miedo y las tinieblas. La escalada desde el cenagal del fondo que cualquier guerra provoca fue penosa. Hubo que empezar de nuevo desde las ruinas que la sombra de Caín dejó sobre las tierras de España. En el borde del abismo miraron entonces al cielo y se dieron cuenta de lo que habían perdido o les habían robado. Lucharon por conseguir cobijo en paz bajo su manto y un lugar al sol para sus vidas, costase lo que costase en la moneda del trabajo. El ser humano es un ave Fénix, que resurge de sus propias cenizas y supera los más difíciles obstáculos.
Los años del hambre no fueron ni un eufemismo ni una frase redonda para poner título a las crónicas de un tiempo negro, sino una realidad lacerante, que afectó a todos, aunque con desigual intensidad y grado. Como siempre los que no tenían clavo al que agarrarse, ni aun ardiendo, pagaron el peaje más caro por un asiento en el barco de la vida. Algunos quedaron en tierra para siempre.  Hubo pocas familias que pasaron el angosto desfiladero con holgados medios; otras, lo hicieron con lo mínimo y la mayoría a pelo, según bando y fortuna. Espigadores, rebuscadores, ballesteros, furtivos…cualquier actividad servía para buscarse la vida, que estaba más escondida que nunca entre cascotes aún calientes. Dignidad había la que dejaban el miedo y la falta de alimentos que llevarse a la boca. Hubo quienes vendieron sus cuerpos porque había quienes los compraban por unas migajas de pan o un mísero trabajo. Cobarde y abyecto chantaje ante la necesidad. Los hijos duelen como alfileres en los ojos; por ellos se hace todo.  Se rumiaban las palabras que no podían decirse, quedando a la orilla del esputo, pero se callaban produciendo arcadas, casi vómitos, porque sin vida sobran atributos y decoros y había que asegurar en primer lugar la subsistencia.

Deshonra para los que, pudiendo hacer el bien, hirieron y gloria a los que tendieron la mano a quienes la necesitaban. Las situaciones turbulentas resaltan la grandeza de las personas nobles y agrandan la maldad de los miserables. No le demos de nuevo ocasión a la historia para demostrarlo. Que el ciprés no extienda su alargada sombra de odio a las nuevas generaciones. Volver sobre lo andado es caer de nuevo al pozo.  El olvido es más difícil y quizás ni convenga porque no depende de la voluntad, sino de la memoria y esa va por libre sin que acepte bridas ni aparejos.
No más azules, rojos, amarillos, grises, pardos o violetas para excluir. Los colores son el alma del campo, que vive en las flores y  el corazón del cielo, que late en las nubes de los crepúsculos. Una combinación que encuentra en la variedad su razón de ser y su armonía. No los uséis como lanzas contra los adversarios. Un voto es un arma de paz que vale más que mil pistolas. 

Comunicando

 

Los niños del mañana no sabrán, si no lo contamos, que hubo un tiempo en el que las personas se comunicaban por otros medios distintos a los teléfonos móviles. Aunque pudiera suceder que cuando llegue ese mañana ya existan otras formas de relacionarse que ahora parecen de ciencia ficción. Pronto nos identificarán los cajeros de los bancos por el iris de nuestros ojos, sin boleros que ensalcen su color.  Quizás un guiño, un pestañeo a teclas invisibles del aire lleven mensajes a su destino con la misma velocidad que la luz. O tal vez los pensamientos salgan de la mente y se dirijan por caminos nuevos a posarse en las de los destinatarios, cuando la telepatía descubra sus misterios y conozcamos los códigos de su funcionamiento. ¡Quién sabe!

Habrá que decirles a esos niños que antes se escribían cartas a mano que empezaban con una cruz y acababan con la firma y si había un olvido se les añadía una posdata, que era como la última recomendación que le da la madre al hijo antes de salir de casa. En las cartas se comunicaban las novedades, se declaraban amores y se enviaban besos y abrazos que salían de los trazos hasta el corazón de los destinatarios. Utilizaban muletillas para armar el mensaje por no mandarlo desnudo y desabrido. Eran como el envoltorio con lazos de presentación y despedida. Siempre con buenos deseos: ‘Espero que a la llegada de esta os encontréis bien, nosotros quedamos bien por la presente, a Dios gracias’. En el sobre había que poner ‘contiene fotografía’, si tal era el caso. Fotos que estaban dedicadas por detrás, casi siempre con un ‘recuerdo de vuestro tal que no os olvida’. Generalmente se las hacían de estudio, con el mejor vestido y arreglada compostura. Les ponían un marco y las colocaban sobre la mesita con paño de encaje al lado de la radio. Y el tiempo echaba el ancla para quedar detenido en los bordes amarillos del recuerdo. Habrá que decirles también que había sobres con ribetes negros en señal de luto, como aquellos brazaletes que se añadían a la chaqueta por encima del codo. Y otros con rayas azules y rojas, que eran como alitas para viajar en avión. Quienes más los utilizaban eran los emigrantes y sus familias. Decirles que había teléfonos con cable colocados sobre una mesa o sujetos a la pared, como los cabestros de la caballería a las argollas de las antiguas posadas. Y telegramas que eran radiografías del esqueleto de la comunicación.

Y en esto de suponer, pienso en las cabezas de los que nos precedieron, esas que ya no alzarán más su nuca del lecho donde yacen, pero que invocamos imaginando la sorpresa que se llevarían si así lo hicieran al comprobar el avance vertiginoso de la técnica y el cambio radical de las costumbres. Y los imagino paseando por la calle viendo venir de frente a personas que gesticulan y peroran aparentemente solas, que ríen sin que nadie al lado las escuche ni responda. Ignorarán que van hablando por unos auriculares conectados a un teléfono metido en un bolsillo, pero ellos se echarían a un lado, temiendo que algún aspaviento llegase hasta sus narices y pensarían, tal vez, cómo ha aumentado el número de chalados desde que abandonaron estos lares. 

San Isidro

Mayo separa el tiempo meteorológico en dos vertientes. La que da a la primavera, ya de retirada, y la que mira al verano, que se anuncia en los oteros con los primeros pastos secos.  Pasado san Isidro, se dobla el cabo de las tormentas para dar vista al mar abierto con noches estrelladas y prolongados atardeceres. De la cruz de mayo a la de septiembre es tradición partir la jornada de trabajo en el campo con la siesta. Son dilatadas las horas de luz y el calor aprieta cuando está en lo alto.  Las ovejas juntan sus cabezas y las chicharras estridulan en las dehesas.

Abril tiene la llave del año por las lluvias, que se desean para las cosechas y arboledas y se temen las heladas tardías por el daño. Mayo, sin embargo, guarda la llave de la puerta falsa, la que mira al horizonte por donde el sol levanta. De allí pueden llegar los temidos solanos, aires secos y calinosos, que son los ardores del sol tras una noche de borrachera. Mustian y agostan los últimos verdores de los valles y quedan a media granación a las espigas. Bienvenidas son las brisas del Atlántico y los gallegos, auras que acarician y mantienen tiernos hasta su total maduración los granos de los cereales y a la flor de los olivos que aquí llamamos esquimo y en otros lugares denominan rapa. Un equilibrio inestable el de las dos orillas que queda a merced de las veletas.

Justo a mediados, con las cartas en poder de la rosa de los vientos, la gente sale al campo a divertirse.  Súplica y ofrenda en honor de este santo al que un ángel le araba la tierra mientras él rezaba. Con una gavilla de espigas en la mano preside la mesa extendida sobre el mantel verde de los campos, pletóricos y exultantes

Puestos a aprovechar el día y sin contradicciones que lo impidan la romería honra con largueza a los dioses paganos, Dionisio y Baco, no importando la nacionalidad romana o griega, en un ambiente que haría las delicias del poeta Anacreonte.

Sin llegar a la importancia de las de Fuente de Cantos y Valencia de Alcántara, entre otras acreditadas fiestas camperas, hay muchas localidades extremeñas que celebran estos días sus romerías.

Viendo pasar estos últimos años a los jóvenes en las carrozas camino de la ermita, acuden recuerdos de otros, ya lejanos, cuando por las venas de nuestros cuerpos corría vigorosa la savia de la juventud, fresca la sangre en las agallas y ardiente en el alma la ilusión.  La construcción de las carrozas, los preparativos de comidas, el desfile por la plaza con vistosos trajes y aderezos y el camino hasta el lugar de la convivencia festiva. Allí compartíamos viandas, vino y cantes. El color sonrosado en las mejillas de las mocitas, pañuelo al cuello, bellas, esbeltas, zalameras, fino el talle y elegante el andar por ondulados mares de trigales nos llevaba a los mozos detrás su estela. Y aunque solo sea por eso, porque algunas veces lo vivimos, sabemos lo que se siente y mantenemos vivo el recuerdo. Por eso, vámonos con Juan Ramón al campo por romero, por romero y por amor porque Dios está azul y la flauta y el tambor anuncian ya la cruz de primavera. 

Pipas

Los domingos y días de fiesta íbamos a casa de tía Javiera para comprar pipas. Vivía en la calle Valverdejo, nombre que yo siempre he asociado al agua y al verdor porque termina en un paraje donde está la huerta de la Villa y la fuente del Lugar. ¡Qué hermosos los topónimos de nuestros pueblos! Cantarrana, Albardilla, Torviscal, Toledillo, Sierra Morena, Puerta Aurora…
Tía Javiera era una mujer mayor que para sacar unas pesetas con las que suplir la carencia de pensiones se dedicaba a vender pipas. Ella misma las tostaba. Se sentaba en una mesa camilla en el primer cuerpo de la casa y allí nos despachaba. Para que se conservaran calentitas y crujientes las ponía al lado del brasero.

Antes de que las metiesen en cucuruchos de papel de estraza y las envasasen en bolsas de plástico, las vendían a granel con medida que podía ser un vaso o una cucharita como una pala. Las vaciaba en nuestras manos dispuestas en forma de cuenco.
Una vez servidos regresábamos con los bolsillos llenos a la plaza, a nuestras casas o al cine, según tocara, para echar la mañana o la tarde atrás con la sal en los labios.
Las pipas eran las acompañantes de nuestras reuniones.  Sentados en la pared de la plaza en las noches de verano, en la camilla de nuestras casas en las de invierno, si no teníamos otro sitio adónde ir por el mal tiempo. Allí las pasábamos jugando al parchís, a la oca o a la lotería.  También las comíamos cuando paseábamos por la calle en un viaje de ida y vuelta continuo, marcando el ritmo de nuestra marcha con chasquidos en el aire.  ¡Qué habilidad la de algunos para no dejar de hablar y seguir comiendo pipas sin descanso!
 El salón del cine era un cóctel de humo y de crujidos, carcomas que descosían el silencio con un ritmo frenético. La carrera de cuadrigas de Ben Hur, la flecha del indio que cruzaba el aire desde la escarpada encrucijada hasta el pecho del enemigo, el momento crucial de la intriga y el suspense estaban acompañados por el ruido persistente de la extracción de la semilla de su cuna. Nuestros labios quedaban como brocales hinchados de sal donde asentaban las llagas sus pertrechos en un pozo que clamaba por el agua.
De la fila de atrás llegaban hasta las espaldas de los que estaban sentados delante las cáscaras. Si vestían trencas de aquellas que llevaban gorros y no se las quitaban porque el frío se colaba por las rendijas de las puertas, podían llevarse a casa una muestra numerosa de las consumidas
Dardos eran, a veces, que en el afán masticador iban a parar a la cara del acompañante, porque había quienes para no perder puntada las expulsaban con la misma boca en lugar de tirarlas con la mano al suelo… o a tus pantalones.
 En el local amanecían al día siguiente como alitas de animales abatidos, interior de nácar, abiertas y vencidas en una batalla perdida de antemano ante las pinzas incisivas de los dientes. 
Tía Javiera solo vendía pipas, sin más estructura comercial que una mesa camilla y un vasito de medida. Negocio inviable hoy  que no encajaría en el sistema de módulos ni estimación directa.

¡Viva el gobernador!

Llegó un año al pueblo el gobernador civil de la provincia. Bajó del coche, abrazó al alcalde, que le presentó al cabildo, y saludó, mano al aire, correspondiendo a los aplausos de bienvenida que le tributaba el público presente, convocado al efecto por bando municipal.

Durante el recorrido por las calles una briosa voz salía del grupo dando vivas a tan ilustre preboste. Vítores que eran replicados por los acompañantes, mostrando el primer edil complacida sonrisa por tales muestras de entusiasmo.

Los concejales, designados por el alcalde entre vecinos de su plena confianza, iban inmediatamente detrás de la cabeza del cortejo, formada por el gobernador, el alcalde y unos señores sin cargos oficiales conocidos, que no salían por el pueblo sino para ir a la iglesia. Eran quienes lo trataban con más campechanía, cogiéndolo del brazo y riendo abiertamente con él. Los guardias municipales iban pendientes de que los niños no se pusieran delante y dificultasen la marcha de la comitiva.

El cargo de gobernador llevaba aparejado el de jefe provincial del Movimiento con lo que concentraban en su persona el máximo poder a nivel provincial.  Nada importante se hacía sin su autorización y sus órdenes llevaban el marchamo de lo insoslayable.  ‘Esto viene de arriba’, justificaban los funcionarios ante preguntas o quejas (suaves y con el debido respeto, claro). Fórmula con la que expresaban que lo que decía el papel era de obligado cumplimiento y que no cabía opción o atajo para evitarlo.

La línea de mando estaba rígidamente jerarquizada y engrasada por la lealtad y el acatamiento a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Donde había patrón no mandaba marinero y la desafección o tibieza era castigada con la exclusión. Más o menos lo mismo que Alfonso Guerra resumió años después con la frase de que “el que se mueve no sale en la foto”. A los gobernadores civiles los designaba el ministro de la Gobernación, que, a su vez, era nombrado por Franco. Solo quedaba por encima Dios, por cuya gracia se detentaba el poder y el caudillaje.  Los nombramientos entonces solían ser más duraderos que ahora. Camilo Alonso Vega, por ejemplo, estuvo de ministro de la Gobernación desde 1957 hasta 1969.  Francisco Santolaya de la Calle fue gobernador de Badajoz desde 1960 hasta 1968. Valentín Gutiérrez Durán, desde 1969 hasta 1976 en Cáceres. Aunque hubo por el extremo opuesto en la misma provincia el caso de Leopoldo Sousa Méndez- Conde, cuya duración en el destino fue solamente de dos días, en marzo de 1937.

El tiempo de permanencia en el cargo era variable e imprevisible, sin que ley o norma lo previese. Dependía solamente de la voluntad del que nombraba o de la sugerencia de los que estaban más arriba en el escalafón para que los de abajo, por la buena marcha del negocio, la hiciesen efectiva. Cuando se producía el cese de un ministro la forma de comunicárselo era mediante una carta que llevaba un motorista desde el Pardo hasta su domicilio. En ella se le agradecían los servicios prestados y se le comunicaba sin más preámbulos su destitución. Así que, para algunos de los destinatarios, el ruido una moto por las cercanías de sus casas debía de suponerles momentos de zozobra capaces de descomponer el cuerpo al más templado.

Otras Semanas Santas

 

 

 

Quedan vestigios materiales, ya en desuso, de Semanas Santas pasadas, como un velo negro de encaje guardado en el arcón y un reclinatorio con tela de terciopelo rojo. Sabores de pestiños y gañotes, bolla y rosquillas blancas de harina y huevo. Y recuerdos entrañables.

Mi madre, después de poner en los pies de la cama la ropa que nos debíamos poner cada uno de nosotros, daba los últimos retoques a mi pelo y ajustaba la camisa blanca de tergal recién estrenada, aquellas novedosas que no había que planchar y mantenían los puños y el cuello tiesos.  No sé cómo llevarían los discípulos los pies cuando se los lavó Jesús, pero los nuestros iban escamondados y perfumados aquella tarde para que el cura les echara agua clara con la jarra y la jofaina y después los besara.

En la iglesia olía a azahar, a lirios y a incienso. En los bancos de delante, velo, rosario y misal, las mujeres, en los de atrás, con traje de fiesta, los hombres. Las autoridades en el altar mayor, muy circunspectos. Eran días de comuniones masivas para cumplir con pascuas. El cura tenía por costumbre anotar su número en un diario colgado en la pared de la sacristía. Los monaguillos llevaban la cuenta también por si él se confundía.

En los días previos había habido confesiones con dos confesores, el párroco y uno que venía de fuera a ayudar. Yo decía de corrido la retahíla de mis supuestos pecados, que eran siempre los mismos. Con un padrenuestro, tres avemarías y una recomendación de mejor comportamiento, me despachaba. Me llamaban la atención los que se tiraban media hora soltando lastre y en mi curiosidad de niño me preguntaba qué penitencia les pondría. Me comentó un amigo lo que le sucedió a él en una ocasión. Llegó, se postró y saludó, como nos habían enseñado de niños: “Ave María Purísima”. “Sin pecado concebida”, respondió el cura. Después, un silencio que se cortaba. El sacerdote le ofreció salida: “Tú dirás”. Mi amigo desconcertado, porque no sabía cómo seguir, repuso: “Empiece usted a preguntar y yo le iré diciendo si lo he hecho o no”.

Durante la Cuaresma y hasta el Domingo de Resurrección las imágenes de los altares permanecían tapadas con lienzos morados. Yo tenía ganas de verlas sin ropajes, pero las mujeres que se dedicaban a vestirlos y desvestirlos, nos alejaban del sitio, como preservando pudores a la madera y al barro.

Los sermones, me aburrían solemnemente. Decían que eran de siete palabras y pasarían de siete mil. Yo, mientras el predicador en el púlpito desgranaba misterios y dogmas, me entretenía mirando las reacciones de los fieles y en alguna inoportuna cabezada que se escapaba a las puertas de la gloria del sueño.

Un feligrés, depositario de una tradición pérdida, cantaba la sentencia y muerte de Jesús: “Yo, Poncio Pilatos, gobernador del Imperio romano…” Los alabarderos, colocados en formación en el presbiterio, rendían espadas y alabardas al llegar al momento supremo de la expiración.

Al salir de los oficios a la calle, el humo del aceite de los churros se elevaba hasta la cornisa del edificio donde colocaba su puesto Manuel, cuando ya el sol se despedía de amarillo. Comenzaba entonces el paseo hasta que la matraca avisaba del comienzo de la procesión.

Zapatero, a tus zapatos.

 

 

 

 

 

 

 

No te afanes ni sufras por librar

batallas que no deben importarte,

a no ser por justicia o caridad,

que tal  razón merece empeño aparte.

Fijada la excepción, en lo demás,

ni metas las narices ni te muestres

falsamente afectado de pesar

porque ni lustre obtienes ni mereces.

Si por fija obsesión de tal actúas

no te extrañes si airados te responden

que limpies bien tu casa de basuras

antes que  tus pies ajen predio extraño,

pues en el  propio cada cual conoce

dónde colgar candil  y guardar paño.

 

 

 

La señora Carmen

 

La señora Carmen atesoró su sabiduría en la experiencia que da la vida y forjó su temple en la adversidad de un hijo enfermo. Enviudó de un guardia de asalto, cuerpo disuelto tras la guerra civil.
Para completar su escaso subsidio admitía estudiantes en su casa en régimen de pensión completa. Allí pasé un curso académico en un ambiente familiar junto con otros tres compañeros.
Uno de ellos, de apellido Pelayo, natural de Oliva de la Frontera, preparaba, las noches que pensaba quedarse a estudiar, un vaso grande de café solo, bien cargado.  El efecto duraba media hora, pues a partir de ahí empezaba a abrir la boca, daba las buenas noches y se acostaba.
De Fermín, hijo de un oficial de la Guardia Civil que estuvo en Llerena, permanece en mi memoria   su gran voz entonando el tango ‘Una noche de reyes’. Y de Antonio Marín, que después fue mi cuñado, el vino que traía de Ahillones y que compartíamos en las comidas.
La señora Carmen se sentaba al atardecer al lado de la puerta acristalada del balcón que daba a la avenida de santa Marina.  Cuando no teníamos muchas ganas de estudiar, que sucedía con más frecuencia de la conveniente, nos poníamos a charlar con ella. Con diecinueve años se ignoran muchas cosas, aunque creamos saberlas todas, y de los mayores siempre se aprende algo porque la vejez es grado que da al diablo más sapiencia que su estado.  La frase de Cicerón “la historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos” se entiende mejor cuando comprendemos la aportación, grande o pequeña, de cada uno de nosotros a ella.
Nos refería sucesos pasados con vehemencia contenida, que encendían sus ojos y bajaban el tono de su voz en los más comprometidos, como poniéndole bridas. En esos casos suspendía la costura y nos miraba por encima de sus gafas de presbicia.
A veces nos recitaba letras de canciones de su infancia y juventud: “Tan alta quieres subir, que al cielo quieres llegar, lástima te tengo niña del porrazo que has de dar”. “La bata me la pongo yo porque me sale del moño y en poniéndome la bata verás qué guapa me pongo…” Letras que nos traían aires de calle y de comba, de juegos de corro y de rayuela.
Entre puntada y puntada suspiraba. Quién sabe de dónde salen y hacia dónde escapan los suspiros, don Gustavo.  Humedecía el extremo del hilo en sus labios y poniendo la aguja a contraluz intentaba enhebrarla, acción que casi nunca conseguía a la primera.
Unos días antes de las vacaciones de Navidad, cuando llegó de la oficina del habilitado de cobrar su pensión de viudedad nos dijo: “Unos tanto y otros tan poco. ¡Qué ‘pagazas’ habrá hoy por ahí!”
Su marido tenía un deseo que ella hizo promesa para cuando él falleciera. Todos los meses apartaba una pequeña cantidad de su paga para que le pusieran una esquela en el periódico HOY, haciendo constar su profesión de guardia de asalto. Una última aspiración de permanencia en letra impresa para que constase en las hemerotecas el orgullo de haberlo sido. Y así la cumplió la señora Carmen, según nos contó con los ojos humedecidos una tarde al lado de los cristales del balcón.

Previsión del tiempo

Me gustaba mirar en las noches de luna al cielo cuando las nubes con forma de ‘borreguitos’ pasaban delante de ella procedentes del Atlántico. La plazuela y sus tejados alternaban el brillo plateado con las sombras, como si jugaran al escondite asomándose por las esquinas. Casi siempre que sucedía esto salía lloviendo al día siguiente.  
Antes de que Mariano Medina, pionero y maestro en la ciencia de la meteorología, popularizara la información del tiempo a través de Televisión Española, con puntero y escasos medios técnicos, como el famoso barco ‘K’ y los mapas de isobaras, borrascas y anticiclones, que dibujaba él mismo a mano,  la tradición popular ha ido recogiendo en el refranero un variado y rico acervo, resultado de la observación del aspecto del cielo, las formas de las nubes, la dirección del viento, las reacciones de los animales, los cercos de la luna y el sol. Y los ‘nietos’ de este, dos escoltas de pequeños soles reflejados a su   lado cuando el horizonte tiene velos al atardecer.
Llovía cuando Dios quería, sin que la mayoría supiese mucho más de las causas físicas que originan los cambios atmosféricos.  Los indicios servían de base para los pronósticos populares. En el medio rural son más bajas las paredes, el reloj no tiene prisa y se sienten los latidos de la naturaleza circundando el pueblo, así que es más fácil la observación. La salida del humo de las candelas: si se arrastra o se eleva majestuoso. El vuelo alto o bajo del grajo. Los arco iris por oriente u occidente. El baño de los gorriones en los charcos. Los crujidos de los muebles. El hollín que cae de las chimeneas. La ceniza del brasero que se pega a la paleta… Hasta las punzadas en los juanetes y en las cicatrices se consideran señales de cambio de tiempo
Quienes del cielo aguardan y al cielo temen, en expresión de Antonio Machado, han mirado siempre al cielo “con ojo inquieto si la lluvia tarda”.
El calendario zaragozano acertaba con las escarchas en enero y las flamas de julio. Lo demás, lo repartía a discreción, teniendo en cuenta la lógica de fechas y lugares. Hay quienes confían en él, como en las cabañuelas, que, según las características de unos días de agosto, vaticinan el tiempo del resto del año.  Como última esperanza para atraer la lluvia, cuando las grietas en la tierra son bocas sedientas que claman al cielo, están las rogativas y la procesión del santo milagroso, aunque hasta el mismo cura avise y dude cuando el tiempo no esté ‘lloveó’.
El cambio climático, que existe a pesar de quienes lo niegan, está dejando en mal lugar al refranero. Hasta el perro, que buscaba sombra en febrero, ha adelantado fecha. Las otoñadas de san Bartolomé y san Miguel han mudado hato y pertenencias hacia fechas más lejanas.  El invierno se ha achatado por los extremos y pasamos por él de puntillas hacia una primavera cada vez más temprana. Quien se está comiendo lo que no le corresponde es el verano, que según los últimos estudios ha aumentado en cinco semanas su duración desde los años cuarenta.  Un embarazo que puede llegar a parir un tiempo muerto. Que Dios nos coja mojados con las primeras lluvias de principios de abril después de tantos días de seca.

 

Recuerdos

Nadie puede acordarse de todo lo que ha vivido.  Hay vivencias que se olvidan para siempre y otras permanecen en el recuerdo sin saber el motivo de esta selección. Quedan islas, imágenes aisladas de las que la memoria guarda el negativo y en determinados momentos la luz de la evocación revela.
Permanece un ramillete, un florilegio emotivo de estampas, conductas y costumbres en cada uno de nosotros con su bagaje, según la vida le haya ido. El motivo por el que perduran estos en la memoria y otros fueron olvidados no dependió ni de la voluntad de quien los narra ni de su interés por conservarlos. Algunos de ellos, que cuento a continuación, fueron captados por los sentidos de un crío que, como todos, se asombra ante las primeras impresiones que les producen ciertos hechos y situaciones.
Nos sorprendemos al comprobar que aquella persona que parecía vieja cuando éramos niños tenía la misma edad que tenemos nosotros ahora, si no la hemos sobrepasado con creces. De los sesenta de entonces a los nuestros de hoy existe un abismo en la apreciación. Nos vemos y sentimos relativamente jóvenes aún.  Desde abajo la montaña parece inmensa y desde la cima todo resulta pequeño.
Me llamaban la atención los palmotazos en las espaldas respectivas, con las que se saludaban los hombres que se veían después de mucho tiempo, con las manos abiertas de par en par. Tanto, que la primera vez que lo vi pensé que se estaban peleando o sacudiéndose el polvo de las chaquetas.
Otra imagen que me sorprendió fue la de un hombre que hablaba por uno de aquellos teléfonos de cordón negro y grueso, colgados en la pared en el descanso de la escalera de un bar.  Deduje que la audición del que estaba al otro lado dependía de las voces que le daba y que, a más distancia, más había que elevar el volumen. Además, para que la comunicación resultara más completa, la acompañaba con gestos exagerados de la mano libre.
Algunas costumbres me emocionaban. Descubrirse suponía desnudar en público la parte más noble del cuerpo. Aquellas cabezas preservadas del sol por mascotas, sombreros, bilbaínas o gorras viseras mostraban su blanca dignidad en señal de respeto cuando se entraba en un sitio público o al paso de un cortejo.  Me imponía esta acción en los entierros y cuando pasaba el cura con el paño humeral sobre los hombros cobijando las formas sagradas, el sacristán con la crismera de los óleos, tocando la campanilla y el monaguillo abriendo paso con la cruz para llevar el viatico a los enfermos. El cortejo ganaba en solemnidad si el enfermo era miembro de la Hermandad del Santísimo. En ese caso acompañaban los demás hermanos en dos filas de escolta con velas encendidas. Estas escenas las recreé años después leyendo la novela de la Regenta, cuando el Magistral, don Fermín de Pas, llevaba el viático al ateo converso don Pompeyo Guimarán.
Me entristecía si este hecho de descubrirse lo realizaba una persona que, fuera de su medio natural de besanas, dehesas, majadas y cortijos, se encontraba desorientada y, teniendo que acudir a solventar trámites burocráticos a cualquier oficina, era tratada desconsideradamente por algún funcionario de bigotillo recortado.
Son islotes que la marea del olvido deja al descubierto. Todavía.