Árboles

El mes de agosto ha pasado, dejando tras de sí fuego en la tierra, humo en el cielo y desolación, muerte y tristeza en las personas y animales que poblaban los parajes quemados. Los árboles han quedado como esqueletos que murieron gritando de dolor sin poder huir. Como el hombre de la camisa blanca con los brazos extendidos en el cuadro de los fusilamientos de Francisco de Goya. Como rayos inmovilizados en el momento del relámpago.

El intenso calor del verano cambió bruscamente el verde esplendoroso de las hierbas primaverales por el blanco pajizo. Combustible voraz que salta cercados y caminos y repta sinuoso por gavias, lindes y regajos, dejando la negrura de la devastación por dehesas, montes, alquerías y cortijos. Las catástrofes más devastadoras las han ocasionado en España en los últimos meses el agua y el fuego. Tan beneficiosos e imprescindibles cuando están controlados y tan dañinos y mortales cuando se desmandan. Las llamas, como las cabras, tiran al monte, tienen tendencia a subir hasta las escarpadas cumbres. El agua en su crecida busca impetuosamente sus vertientes naturales camino del mar, llevándose consigo todo lo que encuentra a su paso. La lluvia y la candela nos producen tanta seducción como espanto el fuego incontrolado y la riada salvaje.

Las precipitaciones del próximo otoño se llevarán las cenizas y brotarán de nuevo con pujante verdor. ¡Qué resistentes sus semillas! Pero los árboles son cantar de otras riberas, sombra y alimento en la dehesa, aceite en los olivares, vivienda de las aves y oxígeno para nuestros pulmones. Tardarán años en recuperarse.

Son parte fundamental de nuestra infancia y sus recuerdos. Trepamos a las moreras a coger moras y hojas para los gusanos de seda. Buscamos nidos entre las ramas de la higuera, setas en los troncos de alamedas y choperas.

¡Cómo suena el viento entre sus ramas anunciando la llegada de los temporales!

Cuando se queman no solo desaparece la parte material. También la espiritual.  El nogal al lado de la noria, la encina frente al cortijo, testigos de tantas charlas. Quizás de alguno de ellos haya desaparecido un corazón con una flecha que la adolescencia grabó una tarde de paseo.

Me lo resumió un amigo cuando se jubiló después de estar muchos años trabajando en una finca. La propiedad material, me dijo, es del dueño, pero la sentimental también es mía. Conozco cada árbol, cada rincón, cada encina…

Qué simbolismo el de los brotes verdes en los árboles que, estando en las postrimerías de su vida, aún les queda savia para dar luz a otros nuevos. Lo describió el gran poeta Antonio Machado en su excelso poema “A un olmo seco”.  “Con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido”, lo que en él trasciende a la esperanza: “Mi corazón espera también hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”.

Cuadrillas

Para unir pasado con presente hay tiempos y lugares en los pueblos. Resolanas, al tibio sol de invierno, carpinterías y fraguas en los días desapacibles. Sentados a la lumbre en los recesos de las matanzas. Esquinas y mentideros. Entre olivos en la recolección de la aceituna…

También en los bares y tabernas, en las horas tranquilas en las en las que ya solo quedan los habituales veceros, sin prisas ni agobios.

Son los momentos en los que se trasvasa información de los que vivieron o escucharon los hechos que se narran a los nuevos moradores. Conexión y enlace entre generaciones para mantener viva la memoria colectiva, acumulando un bagaje cultural y etnográfico que conforma la idiosincrasia de las comunidades y el sentido de pertenencia a ellas de sus miembros. Peculiaridades con las que se identifican los naturales y se marcan diferencias con los forasteros.

Los mayores cuentan, los jóvenes callan, escuchan y preguntan. Transmisión oral de un legado del que se hacen depositarios para transmitirlo a su vez a las siguientes. Una cadena que no apresa, sino que enlaza.

Hoy recuerdo las conversaciones sobre las cuadrillas de trabajadores en las faenas del campo. En la recolección del grano y la escarda recorrían las hazas, alineados horizontalmente, como los soldados en los desfiles.  El que se adelantaba o atrasaba quedaba a la vista del manijero, que vigilaba desde la linde. Este no le quitaba las ganas al que iba con delantera, sino que animaba a los demás a ponerse a su altura.  Había compañeros solidarios que, viendo el agobio de los que quedaban atrás, les echaban una mano, cuando el atraso no era causado por pereza, sino por la poca práctica o destreza en el oficio, sin que faltara voluntad de conseguirlas.

De las habilidad y diligencia mostradas nacía una reputación, una jerarquía sin galones visibles, que se ponía de manifiesto a la hora de ser contratados. Los patronos elegían a los más avezados. Esta presión hacía que muchos alardearan de fuerza, maña o resistencia, aun a costa de sufrir lesiones o deterioro físico para no quedarse atrás en la estima y labrarse buena fama. Primero entre los compañeros de cuadrilla y después, de boca en boca, entre el resto de vecinos, que asignan glorias o destruyen reputaciones. Por ello algunos cargaban los sacos más pesados sobre sus espaldas, a pesar de que les temblaran las piernas subiendo las escaleras empinadas de los doblados o hacían alardes de su pericia en la conducción de los carros cargados de mieses.

Como la vida misma. La competencia y opinión ajena condicionan nuestro comportamiento. Sin regatear elogios al triunfo y al tesón por conseguir metas de los que se afanan en ello, conviene echar la vista atrás para ayudar al rezagado porque no todos tenemos las mismas oportunidades ni capacidades.  Echar una mano al que flaquea es una virtud al alcance sólo de las almas generosas.

Retazos de julio

Julio viene envuelto en embalaje de rastrojos, ardores de cal viva desde el fondo de la tierra y luz que deslumbra a las niñas de los ojos.  Sus noches estrelladas producen asombro y más preguntas que respuestas.

Pasan labriegos- “el ciego sol, la sed y la fatiga”- con sombrero de paja y zurriago en mano, arreando a las caballerías por caminos polvorientos. Carros cargados de mieses segadas con hocinos a golpes de brazadas. En las calles, corros de vecinos charlan al fresco. Ventanas y balcones en los que los grillos hilan la noche con pespuntes de luna desde una lata con agujeros.

Una huerta frondosa y una noria con una higuera donde se está muy cerca de la gloria cuando el sol se despide en los resaltos.

El aire en calma, desmayado sobre la tierra ardiente. A lo lejos, un espejismo tembloroso que sale del suelo. De pronto, un remolino asciende en espiral y levanta briznas de paja y espinos secos.  Se escucha algún cante de trilla al compás del silencio. Avispas esquivas dan vueltas alrededor de la cuba en el brocal del pozo. El agua, desde el fondo, misteriosa y oscura, devuelve las voces de niños hechas ecos en las horas espesas de la siesta.

En la mecedora de madera de nogal, curvada de eses, el abuelo dormita echado sobre el respaldo de mimbre entrelazado.

Las sombras en julio son como ovejas acosadas por los lobos. El sol vertical del mediodía las junta y estrecha.

Para aliviar un poco el bochorno, hay que buscar el cobijo de los árboles y sacar el agua de los pozos. 

Unas cubas izadas con garrucha se vierten sobre las cabezas. También en recipientes de plástico con alcachofas para controlar y dosificar.  A los más pequeños se la calientan al sol, cerca de la pared que da al poniente en los corrales.

Las casas se comunican con el exterior por las puertas del corral y de la calle. Cortina y cortinón hacen frontera para proteger del calor y de las moscas. Para estas, el aparato del ‘flit’, con un pequeño depósito de insecticida delante, como si fuera un perro de San Bernardo. Se pulveriza con bombeo manual. Prendidas en el techo, las tiras donde quedan pegadas.

 En el cuerpo intermedio de las viviendas están las cantareras y a lo largo, rollitos para el paso de los animales.

 Lo más económico para aliviar sudores, el abanico y las tiras de cáscara de pepino sobre la frente. El ventilador, solo en algunas. El botijo, al relente durante la madrugada con tapaderas en el piporro y en la boca para evitar que entren bichos. Y en las eras, el barril entre los haces.

Mosquitos atraídos por la luz de las bombillas y las salamanquesas pacientemente al acecho.

Son recuerdos que vuelven, turbios de tiempo y de distancia, pero aún, como la brasa entre cenizas, conservan el calor en sus entrañas. 

Honor y reputación

Santos Cerdán desafió desde su escaño en el Congreso de los Diputados a una diputada del PP, moviendo la mano como si fuese boca de pato, para que le dijera fuera lo que le estaba soltando desde la tribuna de oradores. Imagen que me recordó a los escolares cuando, con motivo de cualquier disputa, se citaban fuera del aula para arreglar las desavenencias por la fuerza en vez del diálogo. ¡A ver si sales, que te vas a enterar! Para añadir más expresividad se pasaban el dedo índice por el cuello o agitaban la palma de la mano de un lado a otro, abriendo los ojos desmesuradamente.

En tiempos pasados las afrentas se dirimían con duelos. Tenían su ceremonial. Un lugar apartado, padrinos y testigos. A primera sangre o a muerte, con espadas o pistolas. Podía suceder que el agraviado en los casos de desafíos ocasionados por infidelidades matrimoniales se llevara la peor parte e irse con toda la cornamenta al más allá. Pero el honor quedaba restituido porque la sangre lo lavaba.

Según el diccionario de la RAE, el honor es una “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”. Hay tres caminos para conseguirlo: la virtud, el mérito y las acciones heroicas. Como consecuencia de ello y a nivel social se obtiene una determinada reputación.

Curiosamente, en las definiciones que da el diccionario de honor y de honra, las referidas a las mujeres coinciden: “En épocas pasadas o en algunas sociedades, honestidad y recato de las mujeres”.

El linaje y la cuna lo determinaban. Nacer en una familia noble y rica llevaba aparejado el honor. Incluso los más tarambanas de las estirpes seguían manteniéndolo, a pesar de sus deslices, porque ya se sabe que unos sufren un ligero mareo cuando beben y otros son unos borrachuzos. Las clases bajas tenían que hacer méritos para escalar en la pirámide, siendo la educación el ascensor social más cotizado. Entonces y ahora.

Los miembros de algunos estamentos, como plebeyos, intocables, esclavos y negros llegaban al mundo con la marca de la marginación.

Hay cargos que por su relevancia confieren honor a quienes los ejercen. Personas que por su buen hacer dan categoría a oficios aparentemente insignificantes y bribones que desprestigian el puesto que ocupan.

Existen quienes optan por la política para su ascenso.  Sólo necesitan el voto de sus conciudadanos, sin más exigencias de preparación o formación. Así es en puridad democrática. El poder siempre ha atraído por su su erótica. Un honor al que hay que corresponder con una gestión eficiente y un comportamiento ejemplar. Desafortunadamente esta forma de ascenso da lugar a que elementos sin   escrúpulos y carentes de los más elementales principios morales y cívicos nos engañen y se cuelen como gusanos en las manzanas para medrar en su propio beneficio y pudrir el noble ejercicio de la actividad política.

La comba

En el juego de la comba dos niños hacen girar una soga y los demás saltan, procurando que pase por debajo de los pies y por lo alto de la cabeza. Hay que sincronizar las entradas y las salidas para no ser eliminados o penalizados con la sustitución de los que están moviéndola. Terminada una tanda se vuelve a hacer cola por la parte contraria. El juego se acompaña con canciones tradicionales. El cochecito leré… Al pasar la barca me dijo el barquero… De Cataluña vengo de servir al rey…

A los que son muy hábiles y tardan en ser eliminados les incrementan la velocidad hasta que los hacen fallar.

El sol es la comba que va del orto hasta el ocaso, y la tierra, con nosotros dentro, la niña que juega a luces y sombras con sus giros.

 El astro rey ha ido subiendo en el horizonte poco a poco desde la sima del invierno hasta llegar a lo más alto, ampliando las horas de luz y dilatando los crepúsculos vespertinos.  

El reparto de claridades tiene sus límites en las veinticuatro horas que dura la rotación. Lo que pierde la noche lo gana el día.

Intento vano ampliar o reducir fronteras, por muchas prisas que nos urjan.  

El próximo mes colgarán en las administraciones de lotería, los décimos de Navidad, jinetes de piernas abiertas sobre los alambres de la suerte.

Ansiamos que lleguen las rebajas cuando no hemos estrenado algunas prendas de las que adquirimos en las últimas.

Queremos que pasen los días y lleguen las vacaciones, el viaje proyectado, el reencuentro familiar, la fiesta; que pase el calor y que venga el frío para luego ansiar lo contrario cuando nos salen sabañones. 

Tenemos prisas por llegar a un lugar y una vez allí nos impacientamos y queremos volver a donde estábamos.

Nunca el gozo es duradero y no damos por completa dicha alguna. En cuitas se nos va el hoy y el mañana nunca llega. Paso que avanzamos, paso que se aleja.  La angustia de no estar a gusto en ningún sitio, de viajar sin saber si es búsqueda o huida el impulso que nos mueve.

Hay que entrar al salto en el momento justo y disfrutar lo que tenemos sin los apremios de las prisas.

De camino hacia el solsticio de verano la comba del sol ha ido remontando en la bóveda del cielo. Golondrinas, aviones y vencejos rayan el intenso azul de las mañanas con sus vuelos. Las calimas reverberan a lo lejos. En olivares y encinares la chicharra recorta el aire denso de la siesta y de noche la rana y los grillos trenzan, con encajes de luna, un vestido de plata al agua en la ribera.

Disfrutémoslo. No tengamos prisa por llegar de donde no podremos regresar nunca.

En este juego planetario, una vez que sales, no hay ocasión de colocarse de nuevo a la cola.

Fernando Fuentes

(Fotografía de Juan Sevilla Durán)

¿Guardarán memoria los repechos, las lomas, los recodos, las llanuras de las huellas de quienes los pasaron? ¿La arboleda, de las sombras, el éter del firmamento, de las charlas?  Él ya no volverá a pisarlos físicamente. No sé si los espíritus en las noches de luna vuelven por donde anduvieron sus dueños llenando de plata los caminos.

 Los manillares de tu bicicleta tienen la horma de tus manos y los pedales el peso de tu fuerza cuando la vida salía por los poros. Aunque inanimada, si la miramos, notaremos la triste melancolía de las ausencias. Parece que te está esperando.

Tus amigos de Astoll volverán por los mismos parajes por los que anduviste, charlarán a la sombra de un castaño, de una encina o de un olivo y tú estarás presente. También cuando tras las rutas tomen cervezas en cualquier plaza de los muchos pueblos por los que pasasteis. Allí estarás con ellos porque el rastro de las buenas personas, de los buenos compañeros permanece siempre en el recuerdo de los que los conocieron.

Que el viaje que emprendiste el día de san Fernando, que cruel coincidencia, no te sea gravoso y vueles con las alas de los sentimientos de los que te trataron, que seguro irán acompañándote para que esta ruta por la que también nosotros pasaremos, te sea leve.

No somos nadie

 

Los proverbios, refranes y aforismos, condensan los resultados de experiencias y observaciones de los que nos precedieron. De tanto usarlas las convertimos en tópicos y las utilizamos como comodines para ahorrarnos el trabajo de pensar qué deberíamos decir o hacer en según qué situaciones. Otros ya lo hicieron por nosotros. Forman parte del acervo cultural de los pueblos y, aunque pierden lustre por el uso, no dejan de ser constataciones sentenciosas de una forma de entender la vida.

La expresión ‘No somos nadie’ la utilizamos cuando la muerte presenta sus cartas credenciales a personas conocidas.  Cada vez que sucede nos damos cuenta de que no hay grandeza que no quepa en un nicho. Cuando todo se reduce a la nada multiplicada por cero.

A San Francisco de Borja, que antes de ser elevado a los altares, ostentó numerosos títulos nobiliarios con grandeza de España incluida, se le atribuye esta otra expresión: ‘Nunca más servir a señor que se me pueda morir’. Según cuentan la pronunció ante el féretro que contenía los restos mortales de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Dicen que fue una mujer de gran belleza, fallecida a los treinta y seis años.

Esta misma idea de no ser nadie una vez muertos, la glosó Jorge Manrique en los versos de las ‘Coplas a la muerte de su padre’: “Tantos duques excelentes, /tantos marqueses y condes/y varones/como vimos tan potentes, /di muerte, ¿do los escondes/y traspones?”.

Es difícil encontrar escritores y filósofos que no hayan tratado en sus obras sobre la fugacidad de la vida y las consecuencias de la muerte.

Siendo esta la que nos iguala y la que nos pone en ese lugar donde nada es todo, salvo creencias ultraterrenas.

 

 

 

 

Existen congéneres que se arrogan atribuciones que solo al proceso natural de la existencia corresponden y disponen de las vidas ajenas como si fueran dueños de ellas.

Buscando su grandeza y alimentados sus egos desde las paranoias más severas, desprecian al resto de los mortales aniquilando a unos e ignorando las peticiones de clemencia de otros.

Destacaron en esta infame labor personajes históricos investidos de poder por diversas circunstancias, no siendo las menores las que se consiguieron con traiciones y engaños. Estos caudillos, que se creen ungidos por sus dioses respectivos o elegidos por el destino para salvar a sus pueblos, son impermeables a los ruegos y surgen cuando las condiciones de tolerancia e indiferencia internacionales les son propicias.

 

 

 

 

 

 

 

Características comunes son su afán de dominio y la aspiración de crear imperios, aunque para conseguirlo tengan que hacer limpiezas étnicas o invadir tierras que no son suyas. Lo perpetran por la fuerza bruta de sus sinrazones e intereses y a los demás nos ignoran descaradamente mientras consiguen su botín.

No pongo nombres para evitar que salgan las palabras manchadas de sangre.

No somos nadie, pero déjennos ser. 

Secretos

Si alguien en un grupo quiere comunicar a uno de los presentes algo reservado hace un aparte con él. Aunque los secretitos en reunión dicen que son de mala educación, es práctica frecuente hasta en las reuniones de más alto copete.

La confidencia es el drenaje por el que un secreto se transmite a quien pensamos que es merecedor de confianza.  Nos advierte Séneca que el secreto mejor guardado es el que guardas tú mismo. Tres podrían guardarlo si dos de ellos hubieran muerto, afirmó Benjamín Franklin.

Compartirlo establece un vínculo de complicidad que solo se rompe si la indiscreción o la traición de uno de ellos lo hace llegar a terceros. Si así obrara sería la prueba de que nos equivocamos al elegir a esa persona. Según André Maurois, es la forma de comprobar si era digno o no de nuestra confianza.

Hay quienes adornan la transmisión con halagos y prevenciones. Que te lo cuentan a ti porque eres tú, pero no se lo digas a nadie. Con este cuento tienen ya un listado tan numeroso como la lista de Schindler.

De niños teníamos como llave de seguridad la palabrita del Niño Jesús y el beso en los dedos cruzados.

Juan Ruiz de Alarcón nos previene que, incluso con todas las precauciones que se tomen, las paredes oyen. Bien lo saben los que viven en pisos colindantes. Pueden llevar la contabilidad de las veces que el vecino le da a la cisterna y de discusiones y divertimentos varios.

Las trastiendas en los locales comerciales antiguos eran lugares propicios para las confidencias.

También las callejas, las umbrías de las iglesias, las afueras del pueblo…  Siempre con susurros y mirando a derecha e izquierda para comprobar que no hay testigos de cargo. El campo, tan amplio y solitario, ha sido un lugar idóneo. Ahora, sin embargo, habría que mirar primero hacia arriba por si los drones sobrevuelan.

En la edad inestable de la adolescencia el rubor inoportuno que sube a la cara nos delata. Nos parece que aflora los pensamientos que queremos ocultar. Le pasó a un amigo cuando en un bar cruzó su mirada con la del padre de su pretendida. Tuvo la sensación de quedar desnudo y descubierto.

Con los wasaps y demás redes sociales nos hemos confiado en demasía. Los dedos, toma de tierra de los estados de ánimo, han descargado sobre las teclas nuestras frustraciones, anhelos y desengaños. Lo que en un momento es alivio puede convertirse mañana en la daga que nos corte.  Pasar de los extremos cifrados a los medios, expuestos al morbo de unos y escarnio de otros. Hoy contra mí, mañana contra ti. Que no pare el espectáculo. Intereses o indiscreciones de receptores, la desidia de los custodios o la vileza de los bribones nos acechan. No se fíen. Nos tienen cogidos por los teclados y el día menos pensado nos los retuercen.

Azul y rojo en mayo

Mi intención era escribir esta columna sobre la luz del mes mayo, pero estando en ello se fugó la eléctrica por no sé qué vericuetos cableados. Noté su ausencia en el corte de las comunicaciones y me produjo una sensación de aislamiento, acostumbrados como estamos a la prontitud de los wasaps y los teléfonos. Y entonces me acordé de los grandes hormigueros que son las ciudades, jaulas con los ascensores detenidos a mitad de camino entre dos puertas. De los trenes parados en túneles y en vías como culebras metálicas muertas. De los semáforos con sus guiños ciegos. Me acordé del kit de supervivencia que había recomendado la Comisión Europea por medio de su Comisaria de Gestión de Crisis.

En estos casos de grandes sucesos es conveniente salir a la calle para pulsar en las esquinas y mentideros la opinión de los vecinos. La compañía alivia.  Uno de los presentes, poco hablador, pero expresivo en gestos, se rasca la nuca con un ojo cerrado y otro mirando al infinito de la suspicacia. ¡A mí no me la dan con queso! Se habla de otros tiempos, de cuando había que tener siempre a mano velas, quinqués y candiles porque al menor soplo del viento se caían los palos del tendido.

Hay desconfianza y recelo. Creemos poco y dudamos de todo. Los bulos en las redes están liando una madeja de la que es muy difícil encontrar los cabos. Un agorero predicador de calamidades suelta que ya estamos igual que algunos países caribeños con los cortes de luz.  Otro, que aquí hay vatio encerrado. Casi nadie se fía de las noticias oficiales.

Lo que es cierto es lo dependientes que somos de la energía. Y en qué bases tan inestables se apoya nuestro bienestar. Hasta la cerveza que cae espumosa en los vasos con solo mover una palanca del surtidor necesita la cosquilla que le presta la corriente eléctrica.

Visto lo visto y oído lo oído me voy a casa. La radio nos une al exterior, como aquella tarde de febrero del 81. ¿Recuerdan? Al escribir la fecha un estremecimiento de asombro ante el abismo del tiempo ha recorrido mi mente.  

Voy a lo que iba, a mi intención primera de escribir esta columna sobre el mes de mayo. De la luz natural y de las flores.  De la fertilidad de la tierra que aflora pletórica de frutos.

Del rojo de la sangre de Chicago que dio origen a la celebración del Día del Trabajo, de la que ocasionó la Guerra de la Independencia. Del azul del cielo y la ofrenda al patrón de los campesinos.  De la celebración de Las Cruces en Feria, Zahínos y Azuaga. Me incordian los recelos que empañan colores con ideologías en cuyo fango siempre hay alguien dispuesto a cargar el mosquetón de las diatribas. Paz y bien. Mayo levanta el telón del escenario de la vida. A disfrutarla.

Gallinas y gallos

Casi todas las casas disponen de patio y corral. Y en cada corral hay gallinas y un gallo pendenciero defensor de sus dominios al que hay que mantener a raya con un palo para que no se nos tire.

Una misma especie y dos caracteres diferentes marcados por el sexo. Referentes de la cobardía y la valentía.

Esquivas, ellas. Solo cuando están echadas en la puesta consienten que se les pase la mano por encima. Altaneros, los gallos. No necesitan cambio de horario de invierno y verano. Al clarear despiertan y al ocaso se acuestan.  En su madrugar solamente los superan aquellos labriegos con agallas cuando salen con los burros del cabestro y en el campo despabilan las alondras ‘agachás’ entre los surcos del barbecho, según cuenta Luis Chamizo en los Consejos del tío Perico.

El canto del gallo, que marcó las tres negaciones de Pedro, es descrito en bellas imágenes literarias con las prisas por querer quebrar albores en el Cantar de Mio Cid y con las piquetas que cavan buscando la aurora en Federico García Lorca.

Unos y otras escarban y remueven la tierra afanosamente buscando el alimento. Su época dorada, allá por septiembre cuando, recogido el cereal de las eras, les dan larga por los ejidos para apurar los sobrantes.

Las gallinas dan nombre al reconfortante caldo para convalecientes y al tabaco de liar. Surtidoras de alacenas y despensas de casas humildes y pudientes. Los huevos fritos no son clasistas. El refranero recoge el ciclo más provechoso de su producción: Véndelas por San Juan y cómpralas por Navidad. Los palos donde duermen dan nombre a las localidades más altas y baratas de los espectáculos.

Anidan cluecas y a los veintiún días sacan sus polluelos, ovillos de algodón que encuentran protección bajo las alas extendidas de la madre.

En las noches frías de primavera los metemos en una caja y los colocamos en la tarima al lado del brasero. Tras unos leves piares quedan en silencio hasta la mañana siguiente que los devolvemos con su madre.

Se ha perdido el oficio de recovero y el cacareo del medio día anunciando la puesta.

Gallinas, gallos y demás aves de corral han sido llamados a capítulo por el Gran Hermano que todo lo controla. No prohíben tenerlos, pero las explotaciones de autoconsumo que no sobrepasen el número de treinta también deberán estar registradas, como las grandes granjas. Los propietarios deben darse de alta, con gestión de claves para tramitación electrónica y especificar las especies, finca donde las tienen y tipos de producción, entre otros detalles. Todo sea por la salud, prevención y control de las pandemias.

¡Si mi vecina Josefa levantara la cabeza! Tenía tres gallinas en su pequeño corral y esperaba cada día a que pusieran para venderlos o cambiarlos en el comercio de comestibles por unas sardinas con una cucharada de aceite. Aquella economía de subsistencia que era el trueque…