Norias y huertas

¿Recuerdas aquellos atardeceres cuando nos sentábamos a la sombra del moral que crecía al lado de la alberca?
Íbamos allí a coger hojas para los gusanos de seda que guardábamos en una caja de zapatos. ¡Cómo nos gustaba observar la elaboración de los capullos y la asombrosa transformación en frágiles y efímeras mariposas que morían después de poner multitud de huevecillos!
La noria vaciaba allí el agua clara y fresca. El manantial estaba debajo de una bóveda de ladrillos.  Nos vencía la curiosidad y bajábamos a verlo por unas escaleras de losetas rojas. Una cancilla cortaba el paso a mitad de camino. El fondo oscuro nos impresionaba. Solo cuando el sol estaba cercano al mediodía un haz luminoso llegaba hasta él. Las escamas plateadas de los peces brillaban fugaces cuando les daba la luz en sus vientres.
Cerca de la alberca tenía el hortelano su huerta. La burra con los ojos tapados, dócil extremo del radio de un mono surco rayado, extraía el agua en los cangilones. Una feria de cosquillas y de risas acuosas parecía el sonido de la que volvía a caer otra vez en el venero.
Distribuía el agua por los canales tapando o abriendo el acceso. Qué olorosa frescura percibíamos entonces. La labor del horticultor es la que más mima la tierra. La desmenuza cuidadosamente, la peina con el rastrillo, acaricia la espalda a los canteros y da vida a sus arterias con el riego.
Dice el refrán que ‘quien tiene un huerto tiene un tesoro y si el hortelano es moro, doble tesoro’.  Fueron maestros en la horticultura y en el uso de agua, construyendo aceñas, azudes, pozos, norias, acequias…
El fraile franciscano Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar, nacido en Hornachos en 1725, en su manuscrito ‘Partidos triunfantes de la Beturia Túrdula’, el territorio prerromano situado entre el Guadiana y Sierra Morena, ensalza la labor de los moros por la traída desde África de árboles frutales y por la utilización sabia del agua y la labranza del terreno, lo que daba lugar a productivas y hermosas huertas. Este manuscrito, convertido en libro, se conservó gracias al interés por él de Vicente Barrantes Moreno.  El original se conserva en la biblioteca del  monasterio de Guadalupe.
Ya no se utilizan las norias y el número de huertas ha disminuido considerablemente.  
En el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1791 decían de mi pueblo que había “doce huertas de regadío y agua de pie plantadas de arboleda de pera, higueras, ciruelas de distintas clases, cerezas, guindas, de buena calidad todo, y de legumbres, lechugas, escarolas, cardos, coles, zanahorias, cebollas, ajos, tomates, habichuelas, nabos, pimientos, pepinos, berenjenas, y otros cuyos frutos son saludables y de buen gusto”.
Hoy he vuelto por aquellos parajes que tantas veces recorrimos de niños.
La hierba se ha apoderado del lugar donde estaba la noria. Tiene el palo del mayal roto y los cangilones oxidados, pero aún se nota tenue el camino redondo del andén que los pasos repetidos de los asnos hicieron.
Al pasar por la puerta del cortijo me he acordado de los que sin prisas se sentaban debajo del parrón y charlaban hasta que el cricrí de los grillos y la primera luz de los luceros se fundían en una sinestesia de los sentidos.

Motes

Cuando llegues a cualesquiera de nuestros pueblos es posible que localices mejor a la persona que buscas si sabes el mote por el que es conocida. Es una forma directa y rápida para no errar. Pero ten cuidado de no ofender involuntariamente porque hay quienes escuchan su apodo o el de su familia y reaccionan como si les tiraras un gato a la cara. Están  los que los  aceptan, quienes lo llevan con orgullo y a quienes no puedes decírselo en la en la cara so pena de enfrentamiento.
Existen sobrenombres que derivan del oficio desempeñado, como carniceros, esquiladores o diteros.  Otros, vía sinécdoque, compendian en un vocablo la identidad, como Cerote, famoso zapatero. Hay familias que son conocidas por la finca donde trabajaron ellos o sus antepasados, como los de la Virgen del Ara, los de la Vicaría o Encinalejos.  Los motes que aluden a deficiencia físicas, como cojeras o bizqueras, es mejor evitarlos por ser de mal gusto y humillantes.
El ingenio y capacidad de observación de los que motejan son asombrosos. En mi pueblo había dos hermanas que siempre vestían de negro y entraban y salían de su casa con la asiduidad que los recados y faenas demandan. Un vecino que tenía por oficio más conocido sentarse en la puerta de su casa no dudó en bautizarlas como las Golondrinas.
Tan frecuentes son los apodos y tan enraizados están en nuestra idiosincrasia que en algunos pueblos confeccionaron la guía telefónica con ellos, como sucedió en Cedillo, Cáceres.
El otro día requerí los servicios de un electricista en ciudad ajena y le pregunté el nombre para localizarlo en una próxima ocasión.  “Pregunte usted por Juan el Chispa”, me dijo. No quedé muy convencido de la efectividad de los empalmes que pudiera hacer si de ellos resultaban estas.
 A un señor que se las daba de fino cada vez que hablaba le pusieron el Entrefino.  El Letra a quien cobraba las de cambio con aquella cartera alargada. Trancas largas al que andaba con pasos excesivos.
Otro tema es el gentilicio coloquial con el que se designan a algunos naturales de ciertos pueblos, producto sin duda de rivalidades vecinas. A los de Usagre les llaman Panzones, Culebrones a los de Bienvenida. Serones a los de Villanueva y Calabazones a los de don Benito, por citar solo unos ejemplos.
Caso curioso es el de Guadalcanal, hermoso pueblo de la provincia lindera de Sevilla, donde por la abundancia que hubo de haber de folladores, (no pienses mal, se refieren a operarios que afuellan en las fraguas) se les conoce con tal denominación que lleva al equívoco. Original el de mi pueblo: Pahilones.
A Berlanga, donde apodar es uso corriente sin que los apodados se ofendan, llegó un día un camionero a un bar preguntando por un vecino del que aportó nombre y apellidos. Después de deliberar los asistentes sobre la identidad del aludido, el dueño del local exclamó: “¡Ah, sí, hombre, ese es el Gato!”. Salió a la puerta para indicarle con referencias más visibles la casa donde moraba el susodicho. “Cuando llegue usted allí, pregunte por el Gato, dígale que lo manda Ratón”. Tal era el apodo de quien tan amablemente lo guiaba. El camionero, desconcertado, no sabía si se estaba burlando de él o le estaba dando razón cierta.

Los Santos Inocentes

El día de los Santos Inocentes íbamos a las casas de nuestros familiares más cercanos y les pedíamos dinero con cualquier excusa. “Me ha dicho mi madre que si le puedes dejar un duro, que no tiene suelto.  Después te lo devolverá ella”. Con las cinco pesetas en la mano salíamos corriendo. “¡Los santos inocentes te lo paguen!”.  La mayoría de las veces fingían sorprenderse, pero sabían a lo que íbamos porque la expresión de nuestras caras nos delataba. Tendríamos que aprender muchos años después cómo se miente sin alterar los músculos faciales, observando a caraduras de cemento armado negando la evidencia.
Entre las variadas bromas que ideábamos para aprovechar la buena fe de los que no caían en la cuenta del día que era, estaba la de hacer ir a alguien a algún lugar con el pretexto de que lo estaban esperando.
Los medios de comunicación también han contribuido a esta costumbre publicando o difundiendo noticias falsas. Práctica que en la actualidad ha decaído.  La mayoría son poco creíbles y el lector avispado cae en la cuenta enseguida de su falsedad.
Siempre me extrañó que esta festividad de hoy, que recuerda el asesinato de niños inocentes, se honrase gastando bromas.
 
Pero ya sabemos que la mayoría de las celebraciones cristianas tienen su origen en fiestas paganas. Las Saturnales, en honor del dios Saturno en la antigua Roma, es una de ellas. Se comía y se bebía a discreción y se intercambiaban los papeles sociales. Los criados se convertían en señores y los señores en criados por un día. Con antecedentes en esta se festejaba en Francia en la Edad Media la ‘Fiesta de los locos’.  Durante su transcurso en algunas iglesias los clérigos se daban a la vida licenciosa. Banquetes, juegos y desahogo de represiones, sacrilegios incluidos. Ancha es Castilla a la pata la llana en tierras galas.
En la fiesta de los Inocentes eran los niños los protagonistas. Se ponían en lugar de los adultos y se les permitía toda clase de travesuras.
El origen cristiano de esta festividad es la matanza de los menores de dos años que ordenó Herodes ‘el Grande’ para evitar que el llamado rey de los judíos le quitase el trono. Relato no acreditado históricamente y solo relatado por uno de los cuatro evangelistas, san Mateo.
De los significados que se asignan a la palabra inocente: libre de culpa, que no daña, ignorante, niño que no ha llegado a la edad de la discreción, fácil de engañar, esta última es la que mejor define a los nuevos inocentes, que somos los adultos hechos y derechos.
Miguel Delibes extendió significado y santidad a los explotados por señoritos terratenientes, amos de vidas y haciendas.
Hoy nos engañan más finamente. En esta larga y sibilina inocentada, el sistema permite travesuras perversas a los pícaros. Comisiones bancarias abusivas, subida de cuotas de las compañías de teléfonos por nuevas prestaciones que nadie ha solicitado, promesas electorales incumplidas, sueldos a nuestros jóvenes que en muchos casos solo alcanzan para una penosa subsistencia…Estas son bromas muy pesadas de las que extraigo la sensación que me han colocado en la camisa el monigote de papel con piernas y brazos abiertos y que un grupo de capitostes disfrazados de niños traviesos se parte de risa a mis espaldas.

La lluvia

Las gotas de lluvia resbalan por los cristales formando redes que desembocan en los batientes de la ventana.  Desde el cobijo de mi cuarto, de las enagüillas y el brasero miro los tejados rojos y brillantes y escucho el ruido de las canales sobre el suelo. Pasa la gente con paraguas esquivando los charcos de la calle. En el árbol que se yergue enfrente, una paloma de ahuecadas plumas espera a que la lluvia escampe.
Poco a poco la claridad del día se desvanece y la luz de las farolas van ganando la partida a los grises matices de la tarde. Anochece y acuden recuerdos de otros días lluviosos, lejanos ya en el tiempo.
Ver llover cautiva y despierta sensaciones contradictorias. En estas horas linderas de los crepúsculos me acuerdo de personas ausentes y me remuerde lo que no les dije y debí de haberles dicho, como si la lluvia fuera queja llorosa de los que se fueron. Quedaron las palabras a mitad de camino entre mi deseo y sus oídos, perdidas en el vacío, sin encontrar a los destinatarios que quizás las esperaban. Escuece ahora el silencio de entonces, que fue muro y cerró el paso al cariño y al consuelo. Ya no sirven de nada, ni pueden oírlas ni mandarán emisarios a recogerlas.
Cuando el corazón latía al galope por los campos ardientes de las sienes, la timidez fue brida de caricias y lazo estanco de pasiones.
Por la ventana entreabierta del alma salen los sentimientos a mojarse con la lluvia que cae ajena a estas divagaciones.
Van los recuerdos sin rumbo, posándose de rama en rama.  En el internado donde se acentuaba mi añoranza en estos atardeceres tan cortos, la lluvia robaba mi dispersa atención de los libros y la llevaba hasta el patio de los naranjos, separado de la sala de estudio por grandes ventanales. De allí, qué vuelo tan dichoso, a las calles de mi pueblo.
Me gustaba escuchar el silbo del viento en los cables del tendido, en las cornisas y en los aleros de los tejados cuando estaba encogido en forma de cuatro en mi cama. Después, sentía el rumoroso caer de la lluvia que envolvía la noche con murmullos.
Nos gustaba a los niños ponernos debajo de los canalones con el paraguas y construir zancos con latas para meternos en los charcos. Intentábamos hacer presas con barro, entonces las calles eran de tierra, y detener el agua de los regajos. Pero la fuerza de la corriente abría boquetes en el muro. Buscábamos trozos de hierro de las fraguas que estaban calle arriba. Los recogíamos en una lata y se los vendíamos al peso al chatarrero.
Por los años sesenta empezaron a hablar de la lluvia radioactiva, provocada por los ensayos nucleares. Nos daba miedo mojarnos, sin saber bien lo que era aquello.
Mi madre pronosticaba la lluvia por los papeles que se arremolinaban en la esquina donde confluían tres calles. También cuando escuchaba el pitido del tren con nitidez los días anteriores. Los vientos del suroeste lo traían procedente de Fuente del Arco.
Es noche cerrada. Se escuchan los ladridos lejanos de un perro. El barco del sueño se adentra en el mar oscuro de la noche.  Suena un cerrojo, que es el toque de retreta de los pueblos.
 

Coplas

Un joven con pantalón acampanado, gafas de sol estilo aviador y jersey de cuello alto está en la barra de un bar. Fuma tabaco rubio y bebe en vaso largo. La mirada la tiene más allá de donde le alcanza la vista. Saca una moneda y la mete en la ranura de la máquina de discos.  Suena Bambino: “Quedé tan solo como quedan los nidos en invierno…”. No hay auriculares para individualizar el sonido, así que todos los presentes escuchan la melodía.
Estas máquinas se pusieron de moda a finales de los años sesenta. El brazo buscaba al disco elegido. Nada de digitalización todavía.
Por un duro se escogían dos canciones de un listado que estaba en el frontal. Por la elección se deducía el estado de ánimo y se suponían los gustos musicales del que echaba el dinero. La escena relatada podía suceder en cualquier bar de aquellos tiempos.
Nuestra historia sentimental está jalonada de canciones que dejaron en nuestras vidas un recuerdo que se aviva cada vez que volvemos a escucharlas, como los perfumes, que asocian su aroma a personas que conocimos o lugares que visitamos.
Nos traen recuerdos de vivencias pasadas. Evocan, emocionan y despiertan nuestra fantasía. Hacen que nos creamos partícipes de los hechos y situaciones que cuentan sus letras. Pertenecen a nuestro bagaje cultural y sentimental.
Yo observé cómo sentían los mayores el dolor por el perro que mataron en el coto de Doñana cuando escuchaban a la Niña de Antequera, admiraban a unos ojos verdes como la albahaca en una noche de mayo; se compadecían de Juan Simón con su azada al hombro y la pala en la mano cuando venía de enterrar a su hija porque era el único enterrador del pueblo. Se sentían mineros con Antonio Molina, buscaban con la Paquera los luceros de unos ojos verdes en la soleá de las noches sin luna.  Vieron caer la torre de arena que labró el cariño y comprobaron con Marifé de Triana que todo es mentira, todo es quimera.
No querían, como Pepe Pinto, dejar sola en el mundo a su niña Lola. Recorrieron las calles con los campanilleros de la Niña de la Puebla y querían mojarse en el campo, como el arbolito lleno de hojas de los cuatro muleros de Pepe Marchena.
Sentimientos primarios, emociones básicas. Hasta la letra intrascendente nos traslada a tiempos donde creímos ser felices alguna vez.
En la película de Basilio Martín Patino, ‘Canciones para después de una guerra’, dicen que “eran canciones para sobrevivir, con color, con ilusiones, con historia; canciones para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, canciones para tiempos de soledad…”
Escuché que un soldado de mi pueblo, al que se le daba muy bien el cante, al embarcar en Algeciras para incorporarse al servicio militar en tierras africanas, cuando Sidi Ifni era española, cantó con tal sentimiento ‘Adiós a España’ que emocionó a todos los presentes. Aplaudieron entusiasmados con lágrimas en los ojos. “Qué lejos te vas quedando, España de mi querer…”. Todavía recuerdo la narración de la madre y todavía se me pone la carne de gallina cada vez que lo recuerdo. Así somos de simples.
Quizás porque, como dijo el escritor y filósofo rumano   Ciorán, “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”.

Pensiones, fondas, posadas.

Pienso muchas veces cómo empezaría la relación amorosa entre Antonio Machado y Leonor Izquierdo, teniendo en cuenta su diferencia de edad. El escritor llegó a Soria en mayo de 1907, cuando tenía treinta y dos años. En el mes de julio de 1909, quince ella, treinta y cuatro él, se casaron en la iglesia de santa María la Mayor.  No estuvo exenta de críticas sociales y desconfianzas familiares esta relación tan dispar. El día de la boda un grupo de mozalbetes mostró a voces su disconformidad desde los soportales de la plaza cuando salían del templo. Pero aquella muchacha “baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida”, como la describió José Tudela, había conquistado el corazón del gran poeta.
Fue en la pensión que regentaban los tíos de Leonor y que después pasó a sus padres donde cuentan que empezó el idilio.
Las pensiones son lugares de encuentro de personas de diversa condición y procedencia. El huésped lleva, junto con el equipaje, el hatillo de su vida a cuestas.  La intimidad se preserva en los cuartos, pero en las zonas compartidas se suelen intercambiar vivencias si el terreno está abonado para la comunicación. A veces surge el lugar o el conocido común. El mundo es un pañuelo.
Había algunas familias en los pueblos pequeños que, sin ser profesionales, se dedicaban ocasionalmente al hospedaje en un ambiente amable y cercano, sobre todo de maestros solteros y viajantes. Un compañero, en uno de los destinos provisionales de sus comienzos, recaló y se quedó para siempre en el mío al ennoviarse y casarse con la dueña.
Existen variadas denominaciones para designar los lugares donde hacer parada con el fin de hacer gestiones, visitar médicos, reponer fuerzas y aliviar fatigas. Las ventas, vinculadas a caminos de paso, fondas, mesones, posadas… No llegaban a la categoría de hoteles. Estos establecimientos en aquellos tiempos de mi infancia se asociaban a librea, gorra de plato y botones en bocamangas y cordones dorados en pecheras y estaban fuera del alcance de la mayoría.   
En mi pueblo hubo una posada con tanto arraigo que sus dueños y descendientes llevan con orgullo el apelativo de ‘los de la posá’.
Eran lugares más económicos y servían de morada a viajeros que llegaban con carros y caballerías y allí encontraban cobijo y pienso.
Cuando se viajaba a una ciudad, los que la conocían recomendaban pensiones. En Sevilla, cercana a la antigua estación de Córdoba, estaba la pensión ‘Limones’, propiedad de una familia descendiente de Ahillones, que fue referente para muchas personas de por aquí.
Recuerdo con cariño las de mi época de estudiante. La señora Carmen en los Grupos de José Antonio. Completaba su exigua pensión de viudedad con lo que le aportábamos los tres o cuatro estudiantes que vivíamos allí.
También me alojé durante un curso en la calle Dosma, paralela a la plaza de Portugal, donde estuvo la sede de este periódico. En el piso de arriba vivía una esbelta joven de melena larga y rubia que los sábados de sol, esos en los que no hay mocita sin amor, salía al balcón a peinarse. A lo más que llegué fue a mirar disimuladamente hacia arriba para verla, pero me deslumbraba su presencia y me retraía mi timidez. 

Domingos por la tarde

A dos luces, esa hora difusa que mezcla claridad y negrura, se produce en el horizonte el cambio de guardia del día y de la noche. El sol retira sus huestes doradas y el lucero anuncia la llegada de las centinelas nocturnas. Ceremonial que no por repetido deja de ser fuente de inspiración para pintores, fotógrafos y poetas. El diccionario en su tercera acepción define al ocaso como decadencia, declinación, acabamiento. Sensaciones que me provocan siempre los crepúsculos de los domingos. Tristeza por la vuelta al colegio, por el fin del día festivo para adentrarse en la rutina.
Hay un niño recostado en una esquina, que observa y calla. Sobre la parte más elevada de la acera que une dos calles pone el vendedor de chucherías su banasta con caramelos de menta, pipas a granel, chicles, avellanas, extracto de regaliz y globos de colores. En un rincón, donde la mimbre hace recodo, está el tabaco, sin boquilla y emboquillado. Ideales blancos y amarillos, el conocido como caldo de gallina, bisonte, tres carabelas, celtas cortos, peninsulares… El paquete del picado lo meten los fumadores en petacas que acomodan en la faja negra alrededor de sus cinturas para proteger los goznes donde el dolor hace mella con la hoz, el pico y la azada. Hay mecheros de mecha y de martillo, libritos de Indio Rosa y de Jean para el rito de fumar que otorga- ¡oh, ignorancia! – mayoría de edad a los varones.
Hay corrillos de hombres que charlan y fuman y mujeres que van a los rezos de la iglesia. A la puerta de la ermita del patrón suben después a orarle al Cristo que se ve a través de un agujero horadado en la puerta.  La fe consuela adversidades y justifica lo injustificable. Siempre fue lo que Dios quiso, aunque a veces no comprendemos lo que quiere.
También se ven mujeres con lecheras que se dirigen a la casa del vecino que vende la leche recién ordeñada en los establos, que están en los corrales de las casas.
El electricista pasa con un guizque encendiendo las luces de las calles.  Hoy hay sesión de cine infantil. Películas mudas de movimientos rápidos, carreras y porrazos que provocan risas y carcajadas. Da igual que sean de Charlot, de Jaimito o del Gordo y el Flaco.
Frente a la puerta de entrada se pone el hombre de los helados que viene de Valverde de Llerena con una burra con serón de esparto.  En cada lado una vasija: cilindros de acero rodeados de hielo con sal y paja en unas fundas de corcho. Sobre una mesita pone el carburo para alumbrar. Con la paleta plana coloca el helado sobre el cucurucho.
En el saliente del zócalo de una pared  se juegan los mozos los cuartos. A pares y nones.  Lanzan las monedas y si quedan pares gana el tirador, si no, el que apuesta con él.  Todavía se cuenta el dinero por perras gordas, perras chicas, reales y pesetas.
El niño saca una mano del bolsillo con unas monedas, las mira, las cuenta y las guarda. El vendedor le pregunta: ¿Cuánto te falta? Y él se las entrega todas. Con la lengua moldeando el helado regresa a su casa por la calleja donde están las fraguas con trillos y arados en sus puertas.

Dictadura

Hablando con un amigo cuando hacíamos el servicio militar en el año 1974 se extrañó de que yo no conociese a ciertos escritores y filósofos que habían incidido significativamente en las corrientes de pensamiento en boga por entonces.  El tsunami del mayo del 68 francés se notó en algunas universidades españolas que ya estaban de por sí bastante agitadas. Él procedía de ese ambiente universitario concienciado y reivindicativo.
Al año siguiente, paseando por el patio de recreo de un colegio de Málaga con un colega, me dio sorpresivamente un codazo y me dijo: “¡Vete, vete, aléjate!”. Asustado por tan inesperada orden miré hacia arriba y me puse las manos en la cabeza, temiendo la caída de algún artefacto.  Después me explicó que la policía desde un coche aparcado cerca de la valla exterior lo estaba vigilando por sus actividades políticas ilegales. Estos son dos casos de personas de mi edad que mostraban inquietudes políticas heterodoxas, pero la mayoría estábamos ajenos y poco preparados en este sentido, la verdad sea dicha.    
Varias generaciones nacimos y crecimos en la dictadura surgida tras la guerra civil. Cantamos el ‘Cara al sol’ en las escuelas, bailamos con los coros y danzas de las cátedras ambulantes de la Sección Femenina, hicimos campamentos organizados por el Frente de Juventudes y en los centros de enseñanza confeccionamos murales alusivos a la ideología, efemérides y personajes del régimen.
Era lo que había y así fuimos uniformados. No conocíamos otra forma diferente de organización social para poder comparar. El sistema educativo y los medios de comunicación se encargaban de ello. La mayoría, con más o menos agrado, acatamos las normas imperantes sin que el entusiasmo nos condujera a Dios por el Imperio ni las protestas nos llevaran al Tribunal de Orden Público.  Y el que esté libre de culpas que tire la primera piedra.
No obstante, hubo quienes se opusieron abiertamente a la dictadura y lo pagaron con cárcel y represalias. Reconocimiento a los que fueron consecuentes con sus ideas y las defendieron dignamente.
La democracia impuesta fue calificada como orgánica. A las Cortes Españolas accedían miembros natos por razón de su cargo, otros elegidos por las corporaciones más representativas, como los municipios, y los designados directamente por Franco ‘entre las personas más sobresalientes dentro de las jerarquías eclesiástica, militar, administrativa o social’.  En 1967 se introduce la elección de dos representantes por provincia. Es el llamado tercio familiar. Así quedaban resumidos y compendiados los tres ramales: familia, municipio y sindicatos, que según el régimen eran los cauces naturales de participación en la vida pública. No había sufragio universal y la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años.  Hasta noviembre de 1978 no se baja a dieciocho.
Las leyes importantes eran aprobadas por aclamación con los procuradores puestos en pie aplaudiendo con entusiasmo. Los enemigos del régimen y por lo tanto de España, por esa identificación que suele hacerse entre la patria y la propia ideología, eran calificados como marxistas, masones y organizadores de contubernios judeo-masónicos.
Murió Franco y llegó Jarcha.  Cada cual optó por lo que creyó conveniente, sin faltar algunos que arrimaron el pecho cuando ya la situación sobrepasaba los cuartos traseros para obtener así credencial de demócratas viejos.
 De aquella transición que ilusionó a hoy hay un abismo que da vértigo.

Candelas

Esta tarde sopla un leve y frío viento del norte que ha limpiado la atmósfera. La ha quedado transparente y deja ver el azul intenso del cielo con total nitidez. Estoy en mi cuarto y de pronto desde la calle me llegan delicadas voces infantiles que entonan una vieja canción de corro. Vienen envueltas las notas en candor y seda y apenas tocan leves los cristales se alejan por las rendijas de los ecos. La evocación me lleva a los recuerdos de otras tardes, como en la serie de televisión ‘El túnel del tiempo’ en la que los protagonistas viajaban a épocas remotas. Y así llego a la plazuela.
Hay una gran candela en medio de la calle. La hemos hecho los niños con los restos de leña que han quedado en la puerta de una casa y con algunas ramas secas que nos han dado los dueños por ayudarles a entrarla hasta el corral.
Los más osados nos retamos a saltar sobre las llamas. Cogemos trozos de leña encendidos como si fueran antorchas y nosotros protagonistas de una historia que busca tesoros en el fondo de la cueva de la noche. Con las niñas jugamos al corro a su alrededor y cantamos, como esta tarde están cantando los niños en la calle.
Después nos quedamos parados y en silencio alrededor del fuego.
Queda de entonces, como refleja en sus versos el excelente poeta emeritense Rafael Rufino Félix Morillón, el “recuerdo de una lumbre que encendía/ los ojos inocentes de aquel niño/que hoy solo ve un paisaje desvaído/donde fue el paraíso de sus juegos”.
Al igual que la leña, en las viviendas se almacenan viandas que abastecen a las familias durante gran parte del año. Los melones colgados del techo con redes de juncos o pita, los garbanzos recogidos en agosto, las chacinas de las matanzas, las ristras de ajos, el aceite del año en las tinas….
En algunas casas hacen candela casi todos los días del invierno. Quien se levanta primero la enciende para que esté empendolada cuando los demás se incorporan. El diccionario define empendolar, vocablo ya en desuso, como poner alas a las saetas o los dardos. Aquí la usamos con significado de avivar. Curiosidades del lenguaje. Quizás porque las alas aligeran y facilitan el camino.
Por las noches alrededor de la lumbre se sienta la familia una vez terminadas las faenas. Es el momento de comentar las incidencias del día y hacer planes para el siguiente.
El que se hace con las tenazas recompone y junta los troncos que van desmoronándose y aviva el fuego en caso de desfallecimiento. Cuando las dejan un momento para atender otras faenas me encanta cogerlas. ¡Deja de enredar con la candela, que te vas a orinar en la cama!
Las brasas después se echan en el brasero. Calienta demasiado y las mujeres para que no les salgan cabrillas en las piernas se colocan polainas o leguis. Las más rudimentarias con papeles de periódico o cartones sujetos con una liga de las medias.
Fuera hace frío y cuando sales con las chapetas tienes que tener cuidado de no resfriarte. Pero a mí me gusta pararme a mirar el cielo. Qué frías las estrellas allá arriba, hasta parece que tiemblan. Y la luna, como un trozo de carámbano flotando en medio de la copa.

Ejercicios espirituales

A primeros de noviembre programaban los ejercicios espirituales. Suspendían las clases y se cerraba el pico. Silencio absoluto durante tres días. Las fechas, cercanas a la celebración de los Difuntos, en un Badajoz con nieblas y pocas horas de luz, eran propicias para la meditación. Entre plática y plática paseábamos por el patio de tierra. Algunos compañeros lo hacían con expresión muy seria, muy trascendente. No permitían que nos agrupáramos. Cada cual con sus cuitas y cavilaciones. Solo a hurtadillas nos comunicábamos algunos mensajes.
Cada uno de nosotros disponía de una libretita para anotar las impresiones y propósitos de enmienda. Por aquel tiempo ideé un abecedario que asociaba a cada letra una grafía. Así la ‘a’ era un punto, dos la ‘e’. Una especie de morse para uso doméstico. De esta forma escribía mis interioridades sin que nadie se enterase.
Durante aquellos días el Seminario parecía más un cenobio que un colegio. Yo tenía doce años la primera vez que los viví. Un pajarillo en una jaula que encontraba más agrado en mirar al cielo y observar el comportamiento de los compañeros que en pensar en lo que no entendía.
Para los más pequeños los ejercicios duraban tres días. Una semana para los filósofos y teólogos. Estos regían sus actividades por los toques de la campana que pendía en una esquina del hermoso patio de las columnas. La tocaba el portero, Francisco Franco, persona de aspecto y condición afables.
Cuando venían algunos compañeros de comulgar yo me asomaba al pasillo para asegurarme de   que lo hacían andando y no levitaban. Tal era el misticismo que expresaban sus caras. Me costaba trabajo comprender ese estado de concentración que alcanzaban cuando mi mente volandera se iba a los prados de mi pueblo corriendo detrás de un balón.  
En el refectorio para pedir el agua tocábamos levemente el brazo del que estaba al lado y juntábamos los dedos de la mano. Así pasaba el aviso de unos a otros hasta llegar al que tenía enfrente la jarra, que la enviaba siguiendo el camino inverso. Para pedir el pan dábamos dos palmadas sobre la mesa. La sal simulábamos echarla con la mano. Así no se rompía el silencio.
Sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos y la voz del lector, que leía subido en el púlpito situado en el centro del comedor. En el desayuno, la “Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis. Difícil de digerir tan temprano.
Se suponía que después de los ejercicios debía de haber una mejoría en los comportamientos. Un año, recién acabada la misa y antes de bajar a desayunar, estábamos tan deseosos de hablar que nos reunimos en una camarilla varios compañeros cuando aún había que guardar el llamado silencio mayor, que abarcaba de la cena al desayuno. La puerta de la habitación estaba abierta pues no permitían cerrarla habiendo más de uno dentro.  Yo, de espaldas a la entrada, no me di cuenta de la llegada del prefecto, que se puso detrás, casi echándome el aliento en el cogote. Solo la cara de sorpresa de los compañeros me alertó de su presencia. “¡Buenos propósitos hemos sacado de los ejercicios!” Nos escabullimos como conejos y desaparecimos. El día ya estaba hecho. Un auténtico “fiche”, de fichaje. Así decíamos cuando nos pillaban haciendo lo que no debíamos.