
El mes de agosto ha pasado, dejando tras de sí fuego en la tierra, humo en el cielo y desolación, muerte y tristeza en las personas y animales que poblaban los parajes quemados. Los árboles han quedado como esqueletos que murieron gritando de dolor sin poder huir. Como el hombre de la camisa blanca con los brazos extendidos en el cuadro de los fusilamientos de Francisco de Goya. Como rayos inmovilizados en el momento del relámpago.
El intenso calor del verano cambió bruscamente el verde esplendoroso de las hierbas primaverales por el blanco pajizo. Combustible voraz que salta cercados y caminos y repta sinuoso por gavias, lindes y regajos, dejando la negrura de la devastación por dehesas, montes, alquerías y cortijos. Las catástrofes más devastadoras las han ocasionado en España en los últimos meses el agua y el fuego. Tan beneficiosos e imprescindibles cuando están controlados y tan dañinos y mortales cuando se desmandan. Las llamas, como las cabras, tiran al monte, tienen tendencia a subir hasta las escarpadas cumbres. El agua en su crecida busca impetuosamente sus vertientes naturales camino del mar, llevándose consigo todo lo que encuentra a su paso. La lluvia y la candela nos producen tanta seducción como espanto el fuego incontrolado y la riada salvaje.

Las precipitaciones del próximo otoño se llevarán las cenizas y brotarán de nuevo con pujante verdor. ¡Qué resistentes sus semillas! Pero los árboles son cantar de otras riberas, sombra y alimento en la dehesa, aceite en los olivares, vivienda de las aves y oxígeno para nuestros pulmones. Tardarán años en recuperarse.
Son parte fundamental de nuestra infancia y sus recuerdos. Trepamos a las moreras a coger moras y hojas para los gusanos de seda. Buscamos nidos entre las ramas de la higuera, setas en los troncos de alamedas y choperas.
¡Cómo suena el viento entre sus ramas anunciando la llegada de los temporales!
Cuando se queman no solo desaparece la parte material. También la espiritual. El nogal al lado de la noria, la encina frente al cortijo, testigos de tantas charlas. Quizás de alguno de ellos haya desaparecido un corazón con una flecha que la adolescencia grabó una tarde de paseo.
Me lo resumió un amigo cuando se jubiló después de estar muchos años trabajando en una finca. La propiedad material, me dijo, es del dueño, pero la sentimental también es mía. Conozco cada árbol, cada rincón, cada encina…

Qué simbolismo el de los brotes verdes en los árboles que, estando en las postrimerías de su vida, aún les queda savia para dar luz a otros nuevos. Lo describió el gran poeta Antonio Machado en su excelso poema “A un olmo seco”. “Con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido”, lo que en él trasciende a la esperanza: “Mi corazón espera también hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”.





















