Fotografía de Juan Sevilla. http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Compran oro.
Cuando yo era niño venían de Zafra los Doblas comprando oro por las casas de mi pueblo. Eran malos tiempos todavía y el oro una inversión segura para el futuro. Había pocos que pudieran comprarlo y muchos los que tuvieron necesidad de vender. Las familias no solo se desprendían del anillo o la pulsera, también se iban, vestidos de amarillo, jirones de sentimientos.
Entonces no había televisión y los dos o tres periódicos que llegaban al pueblo lo hacían con días de retraso a casas de algunas familias pudientes.
Las consecuencias de la mala situación económica no se avisaban ni se divulgaban en los medios de comunicación. Se manifestaban en remiendos y zurcidos y en la privación de gastos que no fuesen los estrictamente necesarios. No ponían octavillas en las puertas anunciando recogida de ropa usada para el lunes porque cuando se desechaba una prenda sólo servía para trapo del “sacuidor”.
Han vuelto los compradores de oro. Planean con vuelo sostenido, sus sombras se proyectan amenazantes sobre nuestras cabezas. Los políticos y financieros con el altavoz de los medios de difusión han conseguido meternos el miedo en el cuerpo. Por eso, como corderos, no respondemos a los golpes. Callamos y miramos a nuestro matarife con ojos enormemente abiertos, suplicando al menos clemencia en el sacrificio.
La taberna.
Había una taberna que parecía sacada de un dibujo de almanaque. El dueño tenía la nariz aporrillada y recorrida por hilillos violetas que se asemejaban al mapa de cualquier confederación hidrográfica.
No existía entonces agua corriente y la limpieza de la escasa loza se hacía en un lebrillo con agua de pozo que se echaba por la mañana y se cambiaba al día siguiente. Los restos del vino que quedaban en los vasos después de la última ronda se vaciaban en una cuba.
La iluminación del local procedía de una bombilla de no más de cuarenta vatios colgada del techo de un cordón trenzado que un día fue blanco y que se había ido poblando de motitas negras y tono amarillento con el paso del tiempo, provenientes de cagadas de moscas y del humo del tabaco.
A pesar de lo inhóspito del sitio se creaba allí un intimista ambiente de arrabal argentino y tango despechado que hacía sentirse a los tabernarios a gusto para la confidencia.
Al compás que se vaciaban vasos de vino en los gaznates sedientos de los asiduos clientes nocturnos afloraban a sus conversaciones evocaciones teñidas de deseos insatisfechos y de quejas que nadie atendía. La fantasía llamaba a los duendes del alcohol para que pintaran de rosa los oscuros trazos de la realidad y presentasen como consumados sucesos que sólo existieron en lo más recóndito de sus subconscientes.
Calentados por el vino, comenzaban a extender sus almas descarnadas sobre el mostrador. El tabernero, por no entrometerse en las conversaciones, canturreaba por detrás de la barra limpiando a rosca los vasos con un paño de color indeterminado.
A altas horas, cuando la noche subía al nido del sueño, se asomaba a la puerta y pronunciaba una frase ritual: “Paris duerme”, y cerraba por dentro para no molestar con las altisonantes conversaciones el descanso del vecindario que moraba en aquella zona del pueblo. Se hablaba de todo.La mayor parte de las veces atropelladamente y cortándose unos a otros en las réplicas. Cuando se lanzaban afirmaciones comprometidas el exponente de turno se dirigía al tabernero buscando alguna forma de complicidad o asentimiento a sus aseveraciones. Otras veces, el que hablaba miraba en derredor por si hubiese oídos escuchando, cuando eran ellos hacía tiempo los únicos que permanecían en el local. El tabernero de la tasca tenía como latiguillo una frase cuando escuchaba intimidades familiares comprometidas: “Lo que tapan las tejas”.
Algunas noches, si la clientela era de los incondicionales, se unía él a beber con el grupo y ponía su vaso, que hasta ese momento lo tenía en la parte baja de la barra, junto a los demás. Esas noches el desmadre alcohólico se prolongaba hasta poco antes de la amanecida, después de haber asentado los axiomas y teoremas que mueven e impulsan el devenir de la humanidad.
Para salir del establecimiento el tabernero hacía de escudero y asomaba la cabeza a la fría oscuridad para comprobar si había moros en la costa, comprobado lo cual, ordenaba la salida en imposible fila india para posteriormente dirigirse cada uno a sus casas respectivas, no sin ultimar algunos flecos inconclusos de los debates en la calle y no sin dejar en la retirada regueros sinuosos de meadas sobre el suelo.
Muerte pobre.
Murió el padre de una tristeza amarga,
de un vacío de cueva succionada
por el hondo suspiro de la hiel.
La herencia que a su hijo le dejaba:
los honrados sudores de su piel
y unas manos frías y encallecidas.
Tras años enterrando las semillas
por los surcos del aire, se perdieron
los frutos de la siega y las gavillas.
No hay más rentas anotadas en su haber.
En el lecho de muerte su mirada
expresaba la cruel desolación
de una vida sin nada que ofrecer.
Y si no fuese poca su desdicha
con el último aliento de su voz
y la angustia de verse fenecer
imploraba y pedía la absolución
temeroso de ver a Lucifer
por pecados que nunca cometió.
Doce campanadas
Doce campanadas,
doce ecos de bronce
huyen gong a gong
moviendo cortinas
negras en la noche.
No volverán.
Serán otros sones
los que se oigan otros años.
Los que suenen hoy
enfilarán la senda del olvido
vagando eternamente
entre galaxias y agujeros negros.
Es su cementerio,
donde duermen sueño eterno
las palabras huecas,
las promesas incumplidas,
los sonidos y los ecos,
donde yacen arrullos amorosos
ajados y olvidados por el tiempo.
Debe haber un cementerio para eso,
para palabras que se lleva el viento.
Las esquelas
Las esquelas son las tarjetas de visita de los deudos. Dado el precio de su inserción en los periódicos publicarla da categoría y relevancia social y no hay familia pudiente o de abolengo que se precie que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa. A más tamaño, más grandeza. Si a esto se añaden apellidos unidos con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones, y se completa el currículo con cruces y bandas terciadas ganadas en vida, el lustre se aviva para que amigos y conocidos sepan las condecoraciones que colgaban sobre el putrefacto pecho del difunto y que ahora con la esquela servirán para realzar el ego de la sobreviviente parentela. Sirven también para que el curioso lector deduzca desavenencias entre la relación de afectados por la desaparición. Omisiones clamorosas y listado aparte en otra esquela nos muestran fracturas familiares que el desaparecido no pudo evitar o quizás provocó.
Conocí en los años setenta a un humilde guardia de asalto jubilado que estuvo ahorrando durante los últimos años de su vida para que la viuda pusiera una esquela en el HOY cuando él falleciera. Quería que su anónima vida tuviese al menos un atisbo de alcurnia impresa, que a él le faltó en vida y que sirviera para enorgullecer a su familia ante amigos y conocidos.
Pedir la puerta.
Las relaciones entre jóvenes de distinto sexo han perdido las formalidades que hace años se observaban para oficializar el noviazgo. Entran en casa y se presentan como amigos y en muchas ocasiones se van a vivir juntos sin más preámbulos.
Hace años no era así. Un acto fundamental en la relación era la pedida de la puerta. La hija le comunicaba a los padres que “hablaba” con determinada persona y que en adelante lo iban a hacer en la puerta.
Esta petición era para poder hablar por fuera de la puerta de la casa, un primer estadio de reconocimiento. Pasando el tiempo se conquistaba el interior, pero sólo por detrás de la puerta. La suegra aprovechando una noche fría o de lluvia les dice que se refugien para evitar una pulmonía. Era el segundo paso, consentida la relación, pero no oficial aún.
Posteriormente había que superar un tercer escalón y el novio hablaba con los padres para alcanzar plena oficialidad para ser novios con todos los atributos y prerrogativas.
Se convenía, por mediación de la hija, que servía de enlace entre novio y suegros, el día y la hora y el mozo con la cortedad propia de estos casos, se pasaba el día pensando cómo afrontar la situación y qué palabras diría a los suegros, que a la vez habían adecentado la casa para causar la mejor impresión. Algunos postulantes para superar la timidez se tomaban unas copas antes de ir a la pedida, que solía ser siempre al anochecido, pues era cuando se regresaba de las labores del campo. Entre el sofoco propio del caso y el efecto del alcohol, la cara tomaba un color cercano al rojo amapola y la ropa, adecuada para tan trascendental ocasión, se convertía en una prisión.
Por testimonios orales sé que las palabras más frecuentes comenzaban de forma parecida a estas: “Ya sabrá usted a lo que vengo”. Generalmente el suegro facilitaba las cosas dando confianza al comprometido pretendiente, pero si era un poco bromista, la situación podía alcanzar elevadas cotas de azoramiento para el joven aspirante a entrar en la familia.
Concedido el permiso, se le reservaba a la pareja para lo sucesivo una habitación en la que pudiesen estar y charlar, cercana a la estancia donde estaba el resto de la familia. Cuando se prolongaban mucho los silencios la suegra tosía como una señal que daba a entender su presencia cercana, así que cuidadito.
Este protocolo creaba el status de novios formales. Se decía, Fulanito ya entra en casa. Y eso era ya cosa más seria. Un verdadero compromiso.
La ruptura de este compromiso suponía a veces la enemistad de por vida de ambas parentelas.
Una última formalidad consistía en la concertación por ambas familias de la fecha de la boda con intercambio de regalos. Lo que se llama pedida de mano.
Foto en primer plano
Fotografía de Juan Sevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Miraba al exterior por la tronera
confiado en mi escondite observador:
fugaz el tiempo para los de fuera,
para mí, retrasado iba el reloj.
Nunca paré en mi rostro la mirada…
…y al ver en esta foto tan cercana
los surcos que la vida me ha labrado,
recibí una relojera bofetada
con mano cruel de arrugas y de canas.
Bruscamente caí de la peana
donde el tiempo pensé que se paraba.
Ajada y cuarteada está mi cara
y trazado el camino hacia la nada.
Tarde en Montijo.
Como aceite en el agua
me muevo entre esta gente
a la que no conozco.
Se saludan entre ellos
con tópicos adioses.
Disfruto donde no soy conocido
porque observo libremente.
Una mujer sentada con un niño
clava sus ojos en la lejanía.
Un pobre viejo mira su reloj,
presintiendo que el tiempo ha roto aguas
y asoma ya su cabeza despiadada.
El tendero de la esquina
recoge el quitasol de la ventana
y penetra hasta los anaqueles
la luz postrera de la tarde.
El recinto se llena de vecinos
que charlan o pasean
en idas y venidas
por las espaciosa plaza.
Tocan las campanas, gritan los niños.
Ajeno a sus afanes y quehaceres,
me voy solo por una estrecha calle
en busca de silencio y de cobijo.
Miradas
Miradas hay que llaman
al cálido cobijo de la entrega,
a la ardiente pasión
de cimas y abismos conjugados
en trenzas de caricias envolventes
y cuerpos torneados.
Miradas hay de odio,
con ácidos fulgores despechados
que rayan el espacio de cristales,
afiladas aristas de la muerte.
Lánguidas miradas hay
en bellas mariposas detenidas.
Belleza descuidada
de melancólicos mensajes llena
cualquier mañana azul de primavera.










