Votemos en paz

No sabían la profundidad del pozo en el que habían caído hasta que con gran esfuerzo alcanzaron el brocal con las manos desgarradas.  De sus ropas quedaban sucios harapos que dejaban ver sus cuerpos consumidos, pómulos salientes y mirada hundida, allá, en los cuencos violáceos de sus ojos. Al principio no fue el verbo ni la luz, sino el silencio, el miedo y las tinieblas. La escalada desde el cenagal del fondo que cualquier guerra provoca fue penosa. Hubo que empezar de nuevo desde las ruinas que la sombra de Caín dejó sobre las tierras de España. En el borde del abismo miraron entonces al cielo y se dieron cuenta de lo que habían perdido o les habían robado. Lucharon por conseguir cobijo en paz bajo su manto y un lugar al sol para sus vidas, costase lo que costase en la moneda del trabajo. El ser humano es un ave Fénix, que resurge de sus propias cenizas y supera los más difíciles obstáculos.
Los años del hambre no fueron ni un eufemismo ni una frase redonda para poner título a las crónicas de un tiempo negro, sino una realidad lacerante, que afectó a todos, aunque con desigual intensidad y grado. Como siempre los que no tenían clavo al que agarrarse, ni aun ardiendo, pagaron el peaje más caro por un asiento en el barco de la vida. Algunos quedaron en tierra para siempre.  Hubo pocas familias que pasaron el angosto desfiladero con holgados medios; otras, lo hicieron con lo mínimo y la mayoría a pelo, según bando y fortuna. Espigadores, rebuscadores, ballesteros, furtivos…cualquier actividad servía para buscarse la vida, que estaba más escondida que nunca entre cascotes aún calientes. Dignidad había la que dejaban el miedo y la falta de alimentos que llevarse a la boca. Hubo quienes vendieron sus cuerpos porque había quienes los compraban por unas migajas de pan o un mísero trabajo. Cobarde y abyecto chantaje ante la necesidad. Los hijos duelen como alfileres en los ojos; por ellos se hace todo.  Se rumiaban las palabras que no podían decirse, quedando a la orilla del esputo, pero se callaban produciendo arcadas, casi vómitos, porque sin vida sobran atributos y decoros y había que asegurar en primer lugar la subsistencia.

Deshonra para los que, pudiendo hacer el bien, hirieron y gloria a los que tendieron la mano a quienes la necesitaban. Las situaciones turbulentas resaltan la grandeza de las personas nobles y agrandan la maldad de los miserables. No le demos de nuevo ocasión a la historia para demostrarlo. Que el ciprés no extienda su alargada sombra de odio a las nuevas generaciones. Volver sobre lo andado es caer de nuevo al pozo.  El olvido es más difícil y quizás ni convenga porque no depende de la voluntad, sino de la memoria y esa va por libre sin que acepte bridas ni aparejos.
No más azules, rojos, amarillos, grises, pardos o violetas para excluir. Los colores son el alma del campo, que vive en las flores y  el corazón del cielo, que late en las nubes de los crepúsculos. Una combinación que encuentra en la variedad su razón de ser y su armonía. No los uséis como lanzas contra los adversarios. Un voto es un arma de paz que vale más que mil pistolas. 

2 respuesta a “Votemos en paz”

  1. Q realidades evocas q laceran lo más íntimo del ser. Así fueron como lo narras y no es novela sino historia real q además de vivirla disimulábamos con vergüenza en vez de proclamar con heroicidad los tiempos q nos hicieron vivir en los años de posguerra. Q no vuelvan nunca mas

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