Comunicando

 

Los niños del mañana no sabrán, si no lo contamos, que hubo un tiempo en el que las personas se comunicaban por otros medios distintos a los teléfonos móviles. Aunque pudiera suceder que cuando llegue ese mañana ya existan otras formas de relacionarse que ahora parecen de ciencia ficción. Pronto nos identificarán los cajeros de los bancos por el iris de nuestros ojos, sin boleros que ensalcen su color.  Quizás un guiño, un pestañeo a teclas invisibles del aire lleven mensajes a su destino con la misma velocidad que la luz. O tal vez los pensamientos salgan de la mente y se dirijan por caminos nuevos a posarse en las de los destinatarios, cuando la telepatía descubra sus misterios y conozcamos los códigos de su funcionamiento. ¡Quién sabe!

Habrá que decirles a esos niños que antes se escribían cartas a mano que empezaban con una cruz y acababan con la firma y si había un olvido se les añadía una posdata, que era como la última recomendación que le da la madre al hijo antes de salir de casa. En las cartas se comunicaban las novedades, se declaraban amores y se enviaban besos y abrazos que salían de los trazos hasta el corazón de los destinatarios. Utilizaban muletillas para armar el mensaje por no mandarlo desnudo y desabrido. Eran como el envoltorio con lazos de presentación y despedida. Siempre con buenos deseos: ‘Espero que a la llegada de esta os encontréis bien, nosotros quedamos bien por la presente, a Dios gracias’. En el sobre había que poner ‘contiene fotografía’, si tal era el caso. Fotos que estaban dedicadas por detrás, casi siempre con un ‘recuerdo de vuestro tal que no os olvida’. Generalmente se las hacían de estudio, con el mejor vestido y arreglada compostura. Les ponían un marco y las colocaban sobre la mesita con paño de encaje al lado de la radio. Y el tiempo echaba el ancla para quedar detenido en los bordes amarillos del recuerdo. Habrá que decirles también que había sobres con ribetes negros en señal de luto, como aquellos brazaletes que se añadían a la chaqueta por encima del codo. Y otros con rayas azules y rojas, que eran como alitas para viajar en avión. Quienes más los utilizaban eran los emigrantes y sus familias. Decirles que había teléfonos con cable colocados sobre una mesa o sujetos a la pared, como los cabestros de la caballería a las argollas de las antiguas posadas. Y telegramas que eran radiografías del esqueleto de la comunicación.

Y en esto de suponer, pienso en las cabezas de los que nos precedieron, esas que ya no alzarán más su nuca del lecho donde yacen, pero que invocamos imaginando la sorpresa que se llevarían si así lo hicieran al comprobar el avance vertiginoso de la técnica y el cambio radical de las costumbres. Y los imagino paseando por la calle viendo venir de frente a personas que gesticulan y peroran aparentemente solas, que ríen sin que nadie al lado las escuche ni responda. Ignorarán que van hablando por unos auriculares conectados a un teléfono metido en un bolsillo, pero ellos se echarían a un lado, temiendo que algún aspaviento llegase hasta sus narices y pensarían, tal vez, cómo ha aumentado el número de chalados desde que abandonaron estos lares. 

San Isidro

Mayo separa el tiempo meteorológico en dos vertientes. La que da a la primavera, ya de retirada, y la que mira al verano, que se anuncia en los oteros con los primeros pastos secos.  Pasado san Isidro, se dobla el cabo de las tormentas para dar vista al mar abierto con noches estrelladas y prolongados atardeceres. De la cruz de mayo a la de septiembre es tradición partir la jornada de trabajo en el campo con la siesta. Son dilatadas las horas de luz y el calor aprieta cuando está en lo alto.  Las ovejas juntan sus cabezas y las chicharras estridulan en las dehesas.

Abril tiene la llave del año por las lluvias, que se desean para las cosechas y arboledas y se temen las heladas tardías por el daño. Mayo, sin embargo, guarda la llave de la puerta falsa, la que mira al horizonte por donde el sol levanta. De allí pueden llegar los temidos solanos, aires secos y calinosos, que son los ardores del sol tras una noche de borrachera. Mustian y agostan los últimos verdores de los valles y quedan a media granación a las espigas. Bienvenidas son las brisas del Atlántico y los gallegos, auras que acarician y mantienen tiernos hasta su total maduración los granos de los cereales y a la flor de los olivos que aquí llamamos esquimo y en otros lugares denominan rapa. Un equilibrio inestable el de las dos orillas que queda a merced de las veletas.

Justo a mediados, con las cartas en poder de la rosa de los vientos, la gente sale al campo a divertirse.  Súplica y ofrenda en honor de este santo al que un ángel le araba la tierra mientras él rezaba. Con una gavilla de espigas en la mano preside la mesa extendida sobre el mantel verde de los campos, pletóricos y exultantes

Puestos a aprovechar el día y sin contradicciones que lo impidan la romería honra con largueza a los dioses paganos, Dionisio y Baco, no importando la nacionalidad romana o griega, en un ambiente que haría las delicias del poeta Anacreonte.

Sin llegar a la importancia de las de Fuente de Cantos y Valencia de Alcántara, entre otras acreditadas fiestas camperas, hay muchas localidades extremeñas que celebran estos días sus romerías.

Viendo pasar estos últimos años a los jóvenes en las carrozas camino de la ermita, acuden recuerdos de otros, ya lejanos, cuando por las venas de nuestros cuerpos corría vigorosa la savia de la juventud, fresca la sangre en las agallas y ardiente en el alma la ilusión.  La construcción de las carrozas, los preparativos de comidas, el desfile por la plaza con vistosos trajes y aderezos y el camino hasta el lugar de la convivencia festiva. Allí compartíamos viandas, vino y cantes. El color sonrosado en las mejillas de las mocitas, pañuelo al cuello, bellas, esbeltas, zalameras, fino el talle y elegante el andar por ondulados mares de trigales nos llevaba a los mozos detrás su estela. Y aunque solo sea por eso, porque algunas veces lo vivimos, sabemos lo que se siente y mantenemos vivo el recuerdo. Por eso, vámonos con Juan Ramón al campo por romero, por romero y por amor porque Dios está azul y la flauta y el tambor anuncian ya la cruz de primavera. 

Pipas

Los domingos y días de fiesta íbamos a casa de tía Javiera para comprar pipas. Vivía en la calle Valverdejo, nombre que yo siempre he asociado al agua y al verdor porque termina en un paraje donde está la huerta de la Villa y la fuente del Lugar. ¡Qué hermosos los topónimos de nuestros pueblos! Cantarrana, Albardilla, Torviscal, Toledillo, Sierra Morena, Puerta Aurora…
Tía Javiera era una mujer mayor que para sacar unas pesetas con las que suplir la carencia de pensiones se dedicaba a vender pipas. Ella misma las tostaba. Se sentaba en una mesa camilla en el primer cuerpo de la casa y allí nos despachaba. Para que se conservaran calentitas y crujientes las ponía al lado del brasero.

Antes de que las metiesen en cucuruchos de papel de estraza y las envasasen en bolsas de plástico, las vendían a granel con medida que podía ser un vaso o una cucharita como una pala. Las vaciaba en nuestras manos dispuestas en forma de cuenco.
Una vez servidos regresábamos con los bolsillos llenos a la plaza, a nuestras casas o al cine, según tocara, para echar la mañana o la tarde atrás con la sal en los labios.
Las pipas eran las acompañantes de nuestras reuniones.  Sentados en la pared de la plaza en las noches de verano, en la camilla de nuestras casas en las de invierno, si no teníamos otro sitio adónde ir por el mal tiempo. Allí las pasábamos jugando al parchís, a la oca o a la lotería.  También las comíamos cuando paseábamos por la calle en un viaje de ida y vuelta continuo, marcando el ritmo de nuestra marcha con chasquidos en el aire.  ¡Qué habilidad la de algunos para no dejar de hablar y seguir comiendo pipas sin descanso!
 El salón del cine era un cóctel de humo y de crujidos, carcomas que descosían el silencio con un ritmo frenético. La carrera de cuadrigas de Ben Hur, la flecha del indio que cruzaba el aire desde la escarpada encrucijada hasta el pecho del enemigo, el momento crucial de la intriga y el suspense estaban acompañados por el ruido persistente de la extracción de la semilla de su cuna. Nuestros labios quedaban como brocales hinchados de sal donde asentaban las llagas sus pertrechos en un pozo que clamaba por el agua.
De la fila de atrás llegaban hasta las espaldas de los que estaban sentados delante las cáscaras. Si vestían trencas de aquellas que llevaban gorros y no se las quitaban porque el frío se colaba por las rendijas de las puertas, podían llevarse a casa una muestra numerosa de las consumidas
Dardos eran, a veces, que en el afán masticador iban a parar a la cara del acompañante, porque había quienes para no perder puntada las expulsaban con la misma boca en lugar de tirarlas con la mano al suelo… o a tus pantalones.
 En el local amanecían al día siguiente como alitas de animales abatidos, interior de nácar, abiertas y vencidas en una batalla perdida de antemano ante las pinzas incisivas de los dientes. 
Tía Javiera solo vendía pipas, sin más estructura comercial que una mesa camilla y un vasito de medida. Negocio inviable hoy  que no encajaría en el sistema de módulos ni estimación directa.

Otras Semanas Santas

 

 

 

Quedan vestigios materiales, ya en desuso, de Semanas Santas pasadas, como un velo negro de encaje guardado en el arcón y un reclinatorio con tela de terciopelo rojo. Sabores de pestiños y gañotes, bolla y rosquillas blancas de harina y huevo. Y recuerdos entrañables.

Mi madre, después de poner en los pies de la cama la ropa que nos debíamos poner cada uno de nosotros, daba los últimos retoques a mi pelo y ajustaba la camisa blanca de tergal recién estrenada, aquellas novedosas que no había que planchar y mantenían los puños y el cuello tiesos.  No sé cómo llevarían los discípulos los pies cuando se los lavó Jesús, pero los nuestros iban escamondados y perfumados aquella tarde para que el cura les echara agua clara con la jarra y la jofaina y después los besara.

En la iglesia olía a azahar, a lirios y a incienso. En los bancos de delante, velo, rosario y misal, las mujeres, en los de atrás, con traje de fiesta, los hombres. Las autoridades en el altar mayor, muy circunspectos. Eran días de comuniones masivas para cumplir con pascuas. El cura tenía por costumbre anotar su número en un diario colgado en la pared de la sacristía. Los monaguillos llevaban la cuenta también por si él se confundía.

En los días previos había habido confesiones con dos confesores, el párroco y uno que venía de fuera a ayudar. Yo decía de corrido la retahíla de mis supuestos pecados, que eran siempre los mismos. Con un padrenuestro, tres avemarías y una recomendación de mejor comportamiento, me despachaba. Me llamaban la atención los que se tiraban media hora soltando lastre y en mi curiosidad de niño me preguntaba qué penitencia les pondría. Me comentó un amigo lo que le sucedió a él en una ocasión. Llegó, se postró y saludó, como nos habían enseñado de niños: “Ave María Purísima”. “Sin pecado concebida”, respondió el cura. Después, un silencio que se cortaba. El sacerdote le ofreció salida: “Tú dirás”. Mi amigo desconcertado, porque no sabía cómo seguir, repuso: “Empiece usted a preguntar y yo le iré diciendo si lo he hecho o no”.

Durante la Cuaresma y hasta el Domingo de Resurrección las imágenes de los altares permanecían tapadas con lienzos morados. Yo tenía ganas de verlas sin ropajes, pero las mujeres que se dedicaban a vestirlos y desvestirlos, nos alejaban del sitio, como preservando pudores a la madera y al barro.

Los sermones, me aburrían solemnemente. Decían que eran de siete palabras y pasarían de siete mil. Yo, mientras el predicador en el púlpito desgranaba misterios y dogmas, me entretenía mirando las reacciones de los fieles y en alguna inoportuna cabezada que se escapaba a las puertas de la gloria del sueño.

Un feligrés, depositario de una tradición pérdida, cantaba la sentencia y muerte de Jesús: “Yo, Poncio Pilatos, gobernador del Imperio romano…” Los alabarderos, colocados en formación en el presbiterio, rendían espadas y alabardas al llegar al momento supremo de la expiración.

Al salir de los oficios a la calle, el humo del aceite de los churros se elevaba hasta la cornisa del edificio donde colocaba su puesto Manuel, cuando ya el sol se despedía de amarillo. Comenzaba entonces el paseo hasta que la matraca avisaba del comienzo de la procesión.

La señora Carmen

 

La señora Carmen atesoró su sabiduría en la experiencia que da la vida y forjó su temple en la adversidad de un hijo enfermo. Enviudó de un guardia de asalto, cuerpo disuelto tras la guerra civil.
Para completar su escaso subsidio admitía estudiantes en su casa en régimen de pensión completa. Allí pasé un curso académico en un ambiente familiar junto con otros tres compañeros.
Uno de ellos, de apellido Pelayo, natural de Oliva de la Frontera, preparaba, las noches que pensaba quedarse a estudiar, un vaso grande de café solo, bien cargado.  El efecto duraba media hora, pues a partir de ahí empezaba a abrir la boca, daba las buenas noches y se acostaba.
De Fermín, hijo de un oficial de la Guardia Civil que estuvo en Llerena, permanece en mi memoria   su gran voz entonando el tango ‘Una noche de reyes’. Y de Antonio Marín, que después fue mi cuñado, el vino que traía de Ahillones y que compartíamos en las comidas.
La señora Carmen se sentaba al atardecer al lado de la puerta acristalada del balcón que daba a la avenida de santa Marina.  Cuando no teníamos muchas ganas de estudiar, que sucedía con más frecuencia de la conveniente, nos poníamos a charlar con ella. Con diecinueve años se ignoran muchas cosas, aunque creamos saberlas todas, y de los mayores siempre se aprende algo porque la vejez es grado que da al diablo más sapiencia que su estado.  La frase de Cicerón “la historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos” se entiende mejor cuando comprendemos la aportación, grande o pequeña, de cada uno de nosotros a ella.
Nos refería sucesos pasados con vehemencia contenida, que encendían sus ojos y bajaban el tono de su voz en los más comprometidos, como poniéndole bridas. En esos casos suspendía la costura y nos miraba por encima de sus gafas de presbicia.
A veces nos recitaba letras de canciones de su infancia y juventud: “Tan alta quieres subir, que al cielo quieres llegar, lástima te tengo niña del porrazo que has de dar”. “La bata me la pongo yo porque me sale del moño y en poniéndome la bata verás qué guapa me pongo…” Letras que nos traían aires de calle y de comba, de juegos de corro y de rayuela.
Entre puntada y puntada suspiraba. Quién sabe de dónde salen y hacia dónde escapan los suspiros, don Gustavo.  Humedecía el extremo del hilo en sus labios y poniendo la aguja a contraluz intentaba enhebrarla, acción que casi nunca conseguía a la primera.
Unos días antes de las vacaciones de Navidad, cuando llegó de la oficina del habilitado de cobrar su pensión de viudedad nos dijo: “Unos tanto y otros tan poco. ¡Qué ‘pagazas’ habrá hoy por ahí!”
Su marido tenía un deseo que ella hizo promesa para cuando él falleciera. Todos los meses apartaba una pequeña cantidad de su paga para que le pusieran una esquela en el periódico HOY, haciendo constar su profesión de guardia de asalto. Una última aspiración de permanencia en letra impresa para que constase en las hemerotecas el orgullo de haberlo sido. Y así la cumplió la señora Carmen, según nos contó con los ojos humedecidos una tarde al lado de los cristales del balcón.

Previsión del tiempo

Me gustaba mirar en las noches de luna al cielo cuando las nubes con forma de ‘borreguitos’ pasaban delante de ella procedentes del Atlántico. La plazuela y sus tejados alternaban el brillo plateado con las sombras, como si jugaran al escondite asomándose por las esquinas. Casi siempre que sucedía esto salía lloviendo al día siguiente.  
Antes de que Mariano Medina, pionero y maestro en la ciencia de la meteorología, popularizara la información del tiempo a través de Televisión Española, con puntero y escasos medios técnicos, como el famoso barco ‘K’ y los mapas de isobaras, borrascas y anticiclones, que dibujaba él mismo a mano,  la tradición popular ha ido recogiendo en el refranero un variado y rico acervo, resultado de la observación del aspecto del cielo, las formas de las nubes, la dirección del viento, las reacciones de los animales, los cercos de la luna y el sol. Y los ‘nietos’ de este, dos escoltas de pequeños soles reflejados a su   lado cuando el horizonte tiene velos al atardecer.
Llovía cuando Dios quería, sin que la mayoría supiese mucho más de las causas físicas que originan los cambios atmosféricos.  Los indicios servían de base para los pronósticos populares. En el medio rural son más bajas las paredes, el reloj no tiene prisa y se sienten los latidos de la naturaleza circundando el pueblo, así que es más fácil la observación. La salida del humo de las candelas: si se arrastra o se eleva majestuoso. El vuelo alto o bajo del grajo. Los arco iris por oriente u occidente. El baño de los gorriones en los charcos. Los crujidos de los muebles. El hollín que cae de las chimeneas. La ceniza del brasero que se pega a la paleta… Hasta las punzadas en los juanetes y en las cicatrices se consideran señales de cambio de tiempo
Quienes del cielo aguardan y al cielo temen, en expresión de Antonio Machado, han mirado siempre al cielo “con ojo inquieto si la lluvia tarda”.
El calendario zaragozano acertaba con las escarchas en enero y las flamas de julio. Lo demás, lo repartía a discreción, teniendo en cuenta la lógica de fechas y lugares. Hay quienes confían en él, como en las cabañuelas, que, según las características de unos días de agosto, vaticinan el tiempo del resto del año.  Como última esperanza para atraer la lluvia, cuando las grietas en la tierra son bocas sedientas que claman al cielo, están las rogativas y la procesión del santo milagroso, aunque hasta el mismo cura avise y dude cuando el tiempo no esté ‘lloveó’.
El cambio climático, que existe a pesar de quienes lo niegan, está dejando en mal lugar al refranero. Hasta el perro, que buscaba sombra en febrero, ha adelantado fecha. Las otoñadas de san Bartolomé y san Miguel han mudado hato y pertenencias hacia fechas más lejanas.  El invierno se ha achatado por los extremos y pasamos por él de puntillas hacia una primavera cada vez más temprana. Quien se está comiendo lo que no le corresponde es el verano, que según los últimos estudios ha aumentado en cinco semanas su duración desde los años cuarenta.  Un embarazo que puede llegar a parir un tiempo muerto. Que Dios nos coja mojados con las primeras lluvias de principios de abril después de tantos días de seca.

 

Recuerdos

Nadie puede acordarse de todo lo que ha vivido.  Hay vivencias que se olvidan para siempre y otras permanecen en el recuerdo sin saber el motivo de esta selección. Quedan islas, imágenes aisladas de las que la memoria guarda el negativo y en determinados momentos la luz de la evocación revela.
Permanece un ramillete, un florilegio emotivo de estampas, conductas y costumbres en cada uno de nosotros con su bagaje, según la vida le haya ido. El motivo por el que perduran estos en la memoria y otros fueron olvidados no dependió ni de la voluntad de quien los narra ni de su interés por conservarlos. Algunos de ellos, que cuento a continuación, fueron captados por los sentidos de un crío que, como todos, se asombra ante las primeras impresiones que les producen ciertos hechos y situaciones.
Nos sorprendemos al comprobar que aquella persona que parecía vieja cuando éramos niños tenía la misma edad que tenemos nosotros ahora, si no la hemos sobrepasado con creces. De los sesenta de entonces a los nuestros de hoy existe un abismo en la apreciación. Nos vemos y sentimos relativamente jóvenes aún.  Desde abajo la montaña parece inmensa y desde la cima todo resulta pequeño.
Me llamaban la atención los palmotazos en las espaldas respectivas, con las que se saludaban los hombres que se veían después de mucho tiempo, con las manos abiertas de par en par. Tanto, que la primera vez que lo vi pensé que se estaban peleando o sacudiéndose el polvo de las chaquetas.
Otra imagen que me sorprendió fue la de un hombre que hablaba por uno de aquellos teléfonos de cordón negro y grueso, colgados en la pared en el descanso de la escalera de un bar.  Deduje que la audición del que estaba al otro lado dependía de las voces que le daba y que, a más distancia, más había que elevar el volumen. Además, para que la comunicación resultara más completa, la acompañaba con gestos exagerados de la mano libre.
Algunas costumbres me emocionaban. Descubrirse suponía desnudar en público la parte más noble del cuerpo. Aquellas cabezas preservadas del sol por mascotas, sombreros, bilbaínas o gorras viseras mostraban su blanca dignidad en señal de respeto cuando se entraba en un sitio público o al paso de un cortejo.  Me imponía esta acción en los entierros y cuando pasaba el cura con el paño humeral sobre los hombros cobijando las formas sagradas, el sacristán con la crismera de los óleos, tocando la campanilla y el monaguillo abriendo paso con la cruz para llevar el viatico a los enfermos. El cortejo ganaba en solemnidad si el enfermo era miembro de la Hermandad del Santísimo. En ese caso acompañaban los demás hermanos en dos filas de escolta con velas encendidas. Estas escenas las recreé años después leyendo la novela de la Regenta, cuando el Magistral, don Fermín de Pas, llevaba el viático al ateo converso don Pompeyo Guimarán.
Me entristecía si este hecho de descubrirse lo realizaba una persona que, fuera de su medio natural de besanas, dehesas, majadas y cortijos, se encontraba desorientada y, teniendo que acudir a solventar trámites burocráticos a cualquier oficina, era tratada desconsideradamente por algún funcionario de bigotillo recortado.
Son islotes que la marea del olvido deja al descubierto. Todavía.

De feria en feria

En cuanto la primavera dilataba las horas de luz y comenzaban las ferias de los pueblos nos convertíamos en feriantes. Y no era el trabajo el que nos llevaba de ruta, sino las ganas de divertirnos.  No había pueblo que celebrase sus fiestas en cincuenta kilómetros a la redonda que no estuviera en nuestra agenda. Empezábamos la temporada en Casas de Reina con las del Rayo, a principios de mayo, cuando la cruz se viste de flores, y rematábamos con la de Zafra, aunque esta para nosotros era más de peonzas y calderos que de verbenas. En medio, el santoral festero de vírgenes y santos recibía nuestras cumplidas visitas. Como los turroneros, sin puestos ni chambras, pero con el mismo espíritu viajero. Éramos casi siempre los mismos los que nos encontrábamos en cada una de ellas procedentes de distintos pueblos.  Buscábamos pasarlo bien y si era posible, ligar, o mejor, pasarlo bien ligando. Entonces con dos o tres piezas de baile y un paseo por el ferial se daba por cumplido el objetivo.  Y como en estos casos suele suceder, cada uno después contaba la feria según le había ido.
Conocíamos los nombres de las orquestas y a sus componentes, que se hicieron familiares al coincidir con ellos en distintos lugares. Bombines, Etéreos, Capitol, Neutralización… Había en algunos lugares bailes a los que se accedía previo pago, con entrada y portero, pero, en general, el núcleo alrededor del cual giraba todo, era la verbena.
La música en vivo tiene un encanto especial por directa y por cercana y más si suena en las hermosas plazas de nuestros pueblos. Escuchar una trompeta tocando ‘El silencio’ en la noche es como si se mecieran en la cuna del aire los bucles sonoros de sus notas, que caían después como suaves copos dormidos en sus ecos.
En una de estas festividades veraniegas un grupo de amigos emprendimos la marcha hacia el pueblo cercano. El dinero en el bolsillo, contado, sin hacer dispendios. La noche empezaba con un recorrido general para tomar tierra y conocer la distribución de las atracciones. Uno del grupo ligó y los otros nos dedicamos a recorrer bares en donde destacaban las tapas de guarrito. Cantamos, reímos, bebimos y comimos.  Así transcurría la noche. En algunos lugares, el emparejado y nosotros coincidíamos.  Al final de la velada nos reunimos para el regreso. Cambiamos impresiones sobre cómo le había ido a cada uno.  Nosotros envidiábamos la suerte del ligón y él- ¡vaya sorpresa para todos! – nos comentó que hubiese deseado estar con nosotros compartiendo la francachela que nos habíamos montado.
Años después le escuché decir a un señor de holgada posición económica y profesión bien remunerada que miraba pensativo a través de los cristales de un bar el paso de un arriero por la calle: “Para este es la vida. Ahora deja su mula en el establo, aparca el carro y se desentiende de todo hasta el lunes, sin nadie que le interrumpa su descanso. ¡Cómo lo envidio!”.
Lo que pensara el arriero, que miró de soslayo a la puerta del local, si lo hubiese escuchado, no lo sé, pero podría suponerlo. O quizás me equivocara y, como Atahualpa Yupanqui, era feliz oyendo chirriar los ejes de su carreta por caminos solitarios. ¡Cualquiera nos entiende! 

Llerena, de matanza

Las matanzas caseras o domiciliarias, que hace años eran numerosas y constituían un medio fundamental en el sustento de muchas familias del medio rural, han disminuido considerablemente debido al cambio de los hábitos alimenticios. Lejos están los tiempos en que preguntábamos en casa qué había de comer y la respuesta era la misma: cocido. Con sopa, garbanzos, tocino, morcilla y carne. La despensa estaba en las varas y maderos de las cocinas y doblados. Para los que trabajaban en el campo no faltaba en la hortera la chacina.
Solo los domingos y festivos se rompía la monotonía y se le daba entrada al pollo con arroz o papas.  
El colesterol, el azúcar y la tensión arterial han convertido a los pucheros en una comida extraordinaria, a la que recibimos con deseo y alborozo el día que toca.
Para que el rito ancestral de las matanzas perdure, al menos en la memoria y el proceso de su elaboración sea conocido por las nuevas generaciones, hay pueblos que dedican un día a celebrarla.

Mañana será en Llerena, ciudad por título y honores noble y leal, situada en un privilegiado paraje con vistas a la Campiña Sur y escoltada por las estribaciones de la hermosa serranía bautizada con el apelativo de Morena.  Pasado y presente fundidos en un crisol de huellas moras, judías y cristianas, con un rico patrimonio que la historia fue dejando en sus calles, plazas y plazuelas.
 Es el primer año en que esta celebración, que va por su XXV aniversario, luce los galones de Fiesta de Interés Turístico Regional.

Desde primera hora de la mañana en la Plaza de España, escenario en otros tiempos de autos de fe, corridas de toros y festivales de música y teatro, huele a aguardiente y a leña de encina haciéndose brasa. En medio, diestros matarifes desmenuzan y distribuyen las carnes según destinos. Por las nueve calles confluyentes van accediendo, reguero bullicioso, visitantes procedentes de los más variados lugares y vecinos que al llegar el medio día la llenarán a rebosar.  Alrededor del centro de la plaza están situados los puestos o casetas que ofrecen los más variados y apetitosos productos de la tierra: dulces, vinos, embutidos, jamones, quesos …

Un plato de migas, una copa de aguardiente y una perrunilla es buen comienzo para afrontar la jornada. La banda de música de Llerena sube por la calle Zapatería al ritmo siempre alegre de la música española. No faltan comparsas del reciente carnaval que siguen el mismo recorrido. Colorido y vistosidad.   Después en la artesanía hecha plato y vaso de cerámica se sirven las ‘probaíllas’, la carne y los garbanzos.

Las terrazas y bares de la plaza están repletos. Se come, se bebe, se compra y se pasea.  Los mayores hacen una excepción apetitosa a los regímenes de contención que las analíticas demandan. El pastillero consigo, pero un día es un día y un color de manzana frotada en la pechera va apareciendo en sus caras con el gustoso yantar acompañado de los buenos caldos de la tierra.

A partir de la tarde con la rapidez y eficacia del servicio de limpieza la plaza queda totalmente aseada. Comienza la hora de los pub y lugares de copas donde los más jóvenes continúan la fiesta hasta la madrugada. Si ustedes gustan.

Diarios

Entre los viejos libros de texto encontré una agenda de mis tiempos de estudiante en la que tuve la ocurrencia y la osadía de escribir mis impresiones, mis alegrías y mis tristezas. Un diario donde intenté reflejar lo más significativo que me ocurría cada día.
Lo redactaba con un lenguaje casi en clave por temor a que cayera en manos de alguien y descubriera los pensamientos e interioridades que con tanto cuidado preservaba.  Lo que escribía iba dirigido solo a una persona, que era yo. Como mucho a ese complementario que decía Machado, que siempre va conmigo. Por eso lo hacía sin tapujos, miramientos ni barreras.
Al leerlo muchos años después, como estoy haciendo ahora, cuando el último sol de la tarde se posa sobre sus páginas y añade amarillez a la que el tiempo depositó en ellas lentamente, me asombra lo que entonces pasaba por mi cabeza y sentía mi corazón. La importancia que le daba a algunos sucesos que hoy solo me producen una sonrisa. Escribió Franz Kafka que “una de las ventajas de llevar un diario es que uno se da cuenta con tranquilizadora claridad de los cambios que se sufren constantemente”
Aquí están recogidos los enfados con algunos amigos y los ritos para recuperar las relaciones de amistad perdida. Lo que llamábamos ponerse bien. Una discusión acalorada era motivo para que nos mandáramos unos a otros más allá de donde se pone el sol y pronunciáramos la frase de ruptura: ‘A mí no me hables más’. En ese estado de interrupción de trato, si queríamos que se enterase de algo nos dirigíamos a los demás mirándole a él con el rabillo del ojo. Para restablecer la amistad rota un amigo común servía de enlace.  Que dice Juan que digas ‘rosa’. Si lo decías, el otro respondía ‘clavel’. Nos dábamos la mano y enfado concluido.
Al hilo de este tema recuerdo la forma que teníamos de establecer un pacto de parentesco para siempre. Veíamos en algunas películas que los amigos que decidían apoyarse y defenderse mutuamente sellaban su compromiso haciéndose una herida en la muñeca y las juntaban para mezclar su sangre. Nosotros éramos más prácticos y evitábamos dolor y posibles contagios. Orinábamos en el mismo sitio y al terminar decíamos: ¡Ya somos primos! Un parentesco que duraba lo que las chorradas tardaban en evaporarse.
El diario era como un drenaje de tinta del corazón al papel. Aliviaba la presión y los sinsabores de todo el día. Un confidente que calmaba el disgusto que producía una mala calificación en los estudios o el desaire doloroso de un compañero. También quedó reflejado el halago de algún profesor, aunque no se prodigaban mucho en ellos, cuando deberían saber que motiva más una frase de ánimo que cien de reprimendas.
Muchos años después fui descubriendo que esta forma de expresarse a través de los diarios fue una modalidad literaria que utilizaron muchos escritores. El primero del que tuve noticias fue el de Ana Frank, testimonio cruel de la barbarie. Otros me impresionaron por impulsivos, espontáneos y escandalosos, como los de Anaïs de Nin.
Según la investigadora Gillie Bolton, escribir un diario, entre otras ventajas, «aumenta la confianza en uno mismo y permite explorar áreas cognitivas y emocionales que no siempre son accesibles”. Quizás no estaría mal retomarlos.