Nirvana.

 

 

 

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna

en que era muy hermoso no pensar ni querer…

Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…

De cuando en cuando un nombre y un beso de mujer.

            Manuel Machado. Los Adelfos.

 

Una plácida  tarde de principios de otoño he salido después de comer a dar un paseo por el ejido. El sol de membrillos y miel aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron por san Miguel. He llegado al Cerro del Santo donde culmina el Vía Crucis de redondeadas formas blancas que recorre el ejido y que en esta última estación representa la muerte de los dos ladrones y de Jesucristo en el Monte Calvario. También destaca en el cerro una estatua  en mármol del Corazón de Jesús.

Me he tendido boca arriba, relajado y sin prisas, abandonado al hedonismo de los sentidos. Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose muy despacio sobre el azul  del cielo. Me adormezco.

Oigo lejanos los gritos de unos niños que juegan al fútbol en el prado de la fuente y el ruido de algún coche que pasa por la carretera. El sonido de unas esquilas me llega tenue, casi como una débil hebra sonora. Los ruidos se alejan, difuminándose en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero soy parte de las nubes y del cielo, mecido suavemente  dentro de la inmensidad y abstraído en pensamientos inconexos y sensuales. Una ligera brisa me transporta sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón.

Pasado un tiempo indeterminado me incorporo, apoyándome sobre uno de mis codos y cambio el azul y blanco por el verde de los prados. Sobre el arroyo, allá por el charco de Tía Espina, se ha levantado una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas y ahonda y profundiza la pequeña cañada cercana a la Cantera, borrando sus límites verdes que van tornándose pardos, pues la tarde declina. Por uno de los caminos de regreso de la fuente del Horno diviso a una mujer que porta dos cántaros: uno en el cuadril,  otro en la cabeza sobre una rosquilla de paño con forma de corona circular que le amortigua el peso y de  la mano contraria cuelga un botijo. En el pilar de la fuente abrevan dos mulas y una burra, mientras su dueño,  con la mirada perdida en el agua, fuma parsimoniosamente montado en ella.

Los labriegos regresan por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias que, con andar cansino, buscan el cobijo y el calor de las cuadras.

Refresca. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones del pueblo, que tiene encendidas sus luces mortecinas. Por el camino me cruzo con una mujer a la que no reconozco porque se tapa su cabeza y su cara con un manto negro. Se dirige a rezar al Santo. La silueta de un hombre por lo alto del cerro Gamo, con sus perros y una cántara de agua, se recorta sobre el fondo rojo del poniente.

Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. Venus ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que me llega lánguido desde el campanario de la torre.

La plaza de los jornaleros.

La costumbre de concentrarse en la plaza para formalizar los contratos verbales de trabajo se remonta en España al siglo XIV. En el año 1351 en un Ordenamiento de la ciudad de Madrid se establecía la Plaza Mayor como lugar de contratación ya que la movilidad de la mano de obra representaba un peligro para artesanos establecidos y autoridades. Era una forma de facilitar el contrato y de controlarlos por parte de la administración. Se regulaban así  ciertos oficios gremiales.

La plaza de Ahillones, como lugar de contratación de jornaleros, se estable primero en las cuatro esquinas, en la calle del Cristo, donde tenía el bar  Arturo y hoy es discoteca. Después, detrás de la iglesia, en el que fue bar de Laureano y hoy es casa y autoservicio de José González.

En el tiempo al  que me refiero ahora, desde los años cincuenta hasta comienzos de la etapa democrática,  la contratación verbal en la plaza queda circunscrita fundamentalmente  a los jornaleros agrícolas y de estos a los que no son contratados por parentesco, amistad o conocimiento de años anteriores, que no tienen necesidad de acudir a la plaza.

El uso de la plaza como lugar de encuentro cobra especial relevancia en las épocas en que las faenas agrícolas demandan mano de obra más numerosa: verdeo, aceituna del aceite, escarda, siembra y recolección de cereales, arranque de garbanzos…

Fuera de estos tiempos la plaza registra poca actividad de contratación, pero los braceros siguen acudiendo allí. Es lo único que hay y acaso puede caer algún trabajo ocasional. Los inviernos y  otoños lluviosos son temporadas en que escasea el trabajo y aumentan las penurias de los que dependen exclusivamente de sus brazos. Por estos años, sesenta y setenta, poco trabajo se oferta por los Ayuntamientos y otras instituciones públicas. No existe el empleo comunitario tal como lo conocimos después  ni los subsidios por desempleo.

Antes del amanecer van llegando los braceros en  traje de faena. El humo del cigarro y el frío de la mañana envuelven la zozobra y la desesperanza del que poco tiene y  lo  que necesita depende de la voluntad de los demás. Acuden al mercado del trabajo cada mañana  a ofrecer su destreza y la fuerza de sus  brazos al olivo y la besana. La oferta y la demanda pura y dura. Necesito a tres y escojo a los que considero más idóneos. Nada que objetar. ¡Buenos días! Una copa de aguardiente y el café. La mañana está fresquita, el aire se fue arriba. A ver, para el tiempo que estamos…es lo que se espera…

Latiguillos y tópicos que enmascaran la ansiedad de todos, después el escepticismo  de otros y al final  la humillación de unos pocos.

La mirada de reojo hacia la puerta cuando entra alguien. Todos saben quienes pueden venir a contratar y cuando entra uno de ellos las voces de la conversación se aminoran y se aguza el oído. El contratante busca con la mirada, bien a su hombre de confianza, que le servirá de enlace o directamente se dirige a los que quiere que vayan con él a trabajar.

Si se llega a formar la cuadrilla el pacto con el patrón se sella con la invitación a una copa de aguardiente.

Ultimado el contrato verbal cada uno se dirige a su casa para echar la merienda y después dirigirse al lugar concertado para ir al tajo. El bar se va quedando casi solo. Algunos no van con nadie porque nadie los buscó. Beben quizá otra copa de aguardiente o quizás algunas más para echarle un poco de valor cuando lleguen a casa sin poder llevar el jornal que tanta falta hace. Así un día y otro día. Tal vez con la aceituna les den algunos jornales en las casas grandes. Mientras tanto no tienen valor de mirar a los ojos al tabernero al que probablemente deben algo ni a los de los que se encuentran por la calle de regreso de la plaza ni a sus hijos que, ignorantes aún de la crueldad de la vida, se les abrazan gozosos cuando los ven llegar.

Mañana volverán a subir o bajar los jornaleros a la plaza con su traje de faena, su cigarro y su esperanza envueltos en el frío gris de la mañana. Las mujeres esperarán a sus maridos mientras se afanan en el trajín de cada día. Por la forma de entrar saben si ha habido suerte. Se mirarán un instante y sin palabras habrá habido una pregunta y una respuesta.

Pascua florida.

La Iglesia marca el ritmo vital del pueblo. El silencio y la tristeza entran en las casas vestidas de violáceos tonos con dieta de potaje y bacalao. El incienso se hace cañón de vidrieras en los oficios de  jueves y viernes santo. Filas de contritos pecadores llenan el pasillo de la nave central para recibir la comunión masiva del cumplimiento pascual cantando “Perdona a tu pueblo, Señor”.

Después del morado abstinente, el blanco deslumbra  la mañana del domingo.  La Pascua es el triunfo de la vida y de la luz.  Explosión de colores y aromas. La primavera impúdica muestra exultante su eclosión y desecha los mantos violetas que cubren  sus encantos de adolescente. Del ayuno y la abstinencia a la carne, al pestiño y  al gañote, a la gula y la lujuria. De la matraca al repique alegre del bronce, en un salto  milagroso  de la  muerte a la vida.

 A los niños nos regalan bollas y  rosquillas,  aros blancos con médula de hilo. El pan se enrosca, con un  huevo cocido  incrustado en lo alto,  en forma de serpiente mordiéndose la cola. Alegoría  del demonio vencido.

El domingo de Pascua,  agua bendita en la puerta de la iglesia  para asperjarla  por todos los rincones de la casa y, en mágico sortilegio,  espantar de allí cualquier rastro de Lucifer.

El lunes, en bestias, carros y  tractores, a comer,  beber y  disfrutar  a la ribera del río. Pura bacanal de los sentidos. Trigales, cebadas, margaritas,  amapolas,  hinojos  cantuesos, romeros y  tomillos. Cálidos ojos brillantes del primer amor que buscan el engarce cómplice en otros de mirada esquiva. Sonrosada tez de guapa moza, pañuelo anudado al cuello al aura tibia  de abril. Bella, esbelta, suelto el cabello, fino talle, zalamero andar.  Azules ojos con destellos de tropical aguamarina. Sinuoso y bello  cuerpo. Por veredas y caminos floridos me lleva Eros tras su estela de  vestal.

 

Mujeres.

Ángeles era una mujer humilde, de expresión triste y  mirada llorosa desde sus ojos marcados por profundas ojeras, siempre  vestida de oscuro y con un pañuelo  cubriéndole la cabeza. Acompañaba a los entierros con una mesa cubierta de tela negra para que los que portaban al difunto a su última morada pudiesen descansar cuando el sacerdote rezaba en los responsos y asperjaba el féretro con agua bendita. Tras esto volvía a cargar con la mesa hasta la próxima parada.

Pasó de puntillas por la vida, sin molestar, quizás con miedo, solventando sus necesidades básicas con esfuerzo,  imaginación y alguna ayuda ajena. Ella, como otras muchas mujeres, vivió una época difícil, de muchas privaciones  para los que poco tenían.

Estas mujeres cuando llegaba el tiempo de la recolección de cereales en plena canícula, la de garbanzos con la luna de agosto o la de la aceituna en mitad del invierno no se arredraban ante la dureza de la labor y, si las contrataban, allí iban, cobrando, como era normal en esos tiempos, menos que los hombres. Eran sus únicos ingresos en el año.

Se sentaban por las tardes en los zaguanes de sus casas, tras la puerta entornada a coser y zurcir la ropa. Al anochecer se acercaban a la tienda de comestibles con un plato metálico bañado de porcelana descascarillada a comprar dos trozos de bonito que vendían de una lata grande, rogándole al comerciante que les echara una cucharada más de aceite sobre el pescado para mojar en él. Era su cena.


La Pascua en Ahillones

El domingo de Resurrección se celebra en el pueblo con la gente  de punta en blanco, o sea, con los trajes y vestidos de fiestas de guardar. Comienza el día con la procesión de los “Encuentros”, donde la virgen, que sale de la iglesia parroquial, se encuentra en la calle del Cristo con su hijo que baja de la ermita del mismo nombre.

Los alabarderos se colocaban entre los dos pasos  y cruzaban entre sí las espadas y alabardas hasta que se producía la máxima proximidad posible y entonces los costaleros inclinaban las imágenes simulando el abrazo de la madre y el hijo. Actualmente no existen los alabarderos.

El domingo es día de estar en el pueblo comiendo y bebiendo por los bares. El lunes al campo, a la jira. Antes se llevaban  las rosquillas y la bolla con el huevo cocido incrustado en ella. Ahora a comer y beber desmesuradamente. Es una pena que se perdiera la costumbre de ir todos a la ribera de la Corbacha para este fin y se hayan diseminado los grupos por naves y cortijos con lo que la jira se ha convertido en un día de campo más, actividad que puede hacerse cualquier día del año.

Recuerdos de un interno.

Cuando los graznidos de los grajos rayan el final de la tarde y sus cuerpos negros asaetan la torre, D. Manuel pasea y repasa las cuentas del rosario dentro de la balaustrada encadenada de la iglesia. Suenan los últimos toques de las campanas anunciando el comienzo de la misa y por las bocacalles  estrechas afluyen a la plaza los fieles presurosos y  rezagados.

Tardes frías de  cristales helados que arañan ceñidos  las paredes del Pasquín y encorchan los rostros  de los paseantes, formando siluetas encorvadas que se tapan con las manos las rendijas que dejan los abrigos.

Tardes de domingo, de Pelicanas en su casa de la plaza de Cervantes, con palmeras y barquitos y una mesita camilla coronada con dos gatos negros que mueven sus rabos complacidos por las caricias de sus dueñas.

Las chicas de las Angelinas se cruzan con nosotros una y otra vez  mientras alguna mirada  esquiva  o algún guiño cómplice nos alegra la tarde desabrida.

Manoli y Regina en la tienda de la Granja san Benito de la calle Santiago ponen límites de galletas a los sabores cuadrados de turrón y chocolate.

Rosario en la  misma calle, más abajo y enfrente, con su puesto de chucherías se resguarda detrás de una puerta grande y vetusta  cuando el frío aprieta.

Unos papelillos semiclandestinos de un Domingo de Piñata quedan, pisoteados y olvidados, sobre el suelo mojado de la calle de Las Armas. Mientras, los dulceros han anotado en la pizarra el último gol del Atlético de Bilbao y los huesos de santo reposan en el escaparate.

Siluetas ambulantes recortadas por el tibio sol de la tarde se proyectan largas y en continuo movimiento este-oeste sobre las losetas de la plaza.

Miradas bovinas atraviesan lánguidas los cristales oscuros del reservado dela Casineta.

Leonardo vocifera al viento una queja lastimosa y airada con gestos desgarbados.

El bar Vitaminas y los partidos televisados de los domingos ante un café caliente, reconfortan la tarde tras la ventana acristalada.

Al anochecer, en un rincón de la calle Carolina Coronado, en las Medias, suenan las notas almibaradas del Hey Jude de los Beatles, guateques que dejan su poso de recuerdos placenteros para el resto de la semana.

Unos vinos al  regreso que nos sirve Manolo en el Gato Negro completan una tarde fría de paseos de ida y vuelta por las calles del centro.

Las sombras han borrado las siluetas del suelo  de la plaza, pero quedan paseantes que aguantan impasibles el primer asomo del recencio.

En riadas melancólicas y tristes los internos desembocamos en la calle Concepción.

La Sección Femenina.

En la primavera del año setenta llegó al pueblo una de las últimas cátedras ambulantes de la Sección Femenina.

Las jóvenes que participaban en los cursos que organizaban debían acreditar al final de éstos sus destrezas con las labores, los conocimientos adquiridos y la actitud de servicio a la comunidad, tras lo cual se les expedía el  correspondiente certificado de aptitud. Era lo que se conocía como el Servicio Social, obligatorio para todas las mujeres. También los varones participaron en algunas actividades, como los bailes regionales.

Pilar Primo de Rivera era la  jefa máxima de la Sección Femenina, organización inspirada en los principios falangistas que ideó su hermano José Antonio. Estos principios fueron difuminándose y resquebrajándose con la evolución de la sociedad y las costumbres. El Falangismo, engullido por el Movimiento de Franco, daba sus últimos coletazos con el régimen del 18 de julio. Quedaba para mejor ocasión la “Revolución Pendiente” que nostálgicamente echaban de menos los más ortodoxos de sus miembros.

 La juventud de esa época empezaba a desasirse de los lazos que coartaban sus manifestaciones y comportamientos por los convencionalismos instalados en la sociedad durante generaciones. Agarrarse los novios de la mano por la calle era una osadía y no digamos echarse el brazo por los hombros. Los bailes eran pecaminosos y entrar las mujeres a los bares, salvo fiestas de guardar y bien acompañadas, no estaba bien visto.

Las  monitoras componentes de aquella cátedra, chicas jóvenes y emprendedoras, poco atadas a los principios morales de su fundadora, trajeron un poco de aire fresco  a la juventud del  pueblo. Así que aquellos guateques, aquellas reuniones en lugares a media luz, aquel ir y venir de grupos de jóvenes en plena siesta, soliviantaba  a las estrechas  mentes biempensantes, guardianes de la moralidad ajena. Hubo recriminaciones y admoniciones…pero no hay muros por altos y fuertes que sean que detengan la evolución de los tiempos y las costumbres (“¿Quién ha puesto al huracán/jamás ni yugos ni trabas,/ni quién al rayo detuvo/prisionero en una jaula?” (Miguel Hernández). Aquellos actos que tanto escandalizaban entonces y que les parecían a algunos los prolegómenos de otra Sodoma y Gomorra son hoy comportamientos dignos de las hermanitas de la caridad comparados con las costumbres al uso.

Resultó más fructífera para la juventud del pueblo la convivencia diaria con estas bulliciosas monitoras que las actividades oficiales que impartieron.

El día 15 de julio se clausuró esta cátedra ambulante con un gran baile en el salón del cine.

 

Algunos juegos antiguos.

 

 

«Que una, que dos, que tres y me la caté». La billarda había ido demasiado lejos y sería difícil meterla en el redondel de un solo lanzamiento. “Anda, tira otra vez”.

El que tenía la raqueta y defendía el redondel  hacía saltar la billarda dándole en un pico y cuando estaba por los aires intentaba dar otro golpe para alejarla lo más posible.

Frecuentemente el juego terminaba  con la billarda en un tejado o rompiendo  el cristal de alguna ventana.

“En Sevilla un sevillano…” “En Zaragoza cayó un cañón…” “Si viniera un torbellino…” Eran algunas de las canciones que se cantaban en las matas. Estas solían formarse al atardecer o anochecido. Se reunían los niños y las niñas de la misma calle, otras veces se juntaban los de varias calles y se hacía una muy grande. Los movimientos circulares del grupo, de manos y caderas con cambios de sentido y agachamientos acompañaban a las canciones.

El tejo con rayuela. ¡Cuántos zapatos destrozados! Las niñas eran  más habilidosas para este juego que los niños, sobre todo cuando había que meter el pie entre la rayuela y la raya. Si se conseguía recorrer el circuito completo, se dibujaba uno de los cuadros lo más artísticamente posible.  A este cuadro tenían que evitarlo el resto de los jugadores y no pisarlo. El piquín era el último obstáculo  y estaba al final de un semicírculo, alejado del lugar desde el que se lanzaba la rayuela.

Los bolindres  y sus modalidades de juego: “la rarra”, el triángulo el “guá”. Cada uno de los bolindres tenía su jerarquía y su valor: el bolo, pelado y mondado (para comprobar si estaba derecho lo poníamos en la palma de la mano y alejándola, lo mirábamos con un ojo cerrado), el bombo, que era más grueso y el china, que era el más valioso. Los que disponían de bolsitas que les habían hecho en casa con los restos de alguna prenda los metían allí; los que no, en el bolsillo hasta que se salían por los agujeros que se iban formando en los pantalones con el peso. Cualquier sitio era bueno para jugar, pero los llanitos y las solanas eran los preferidos para juagar al triángulo. Para la “rarra” se buscaban sitios cercanos a las paredes, pues había que hacer un hoyo para meterlos allí. Existían expresiones típicas como “cuso pa to”, con la que se indicaba que había que limpiar el lugar donde había caído el bolindre . Esto lo pedía quien le tocaba tirar. “Cuso pa na”, que lo pedía el dueño del bolo al que le iban a tirar y significaba que no se quitaba ningún obstáculo. El “escurque” significaba que el que había tirado dio en el blanco de forma contundente.

Las colecciones de “santitos” (cromos) de cajas de cerillas, de tapones de refrescos y de cervezas (los verdes de KAS valían mil). Con los santitos se jugaba a la tángana, a dejarlos  caer desde una pared y ganar cuando caían encima de otro  simplemente se intercambiaban.

En tiempo de lluvia, cuando el terreno estaba blando, se jugaba a pinchar un clavo en el suelo, habiendo de superar también una especie de circuito. Otras veces se construían zancos con dos latas de tomate invertidas y atadas con cuerdas  que se le introducían a las latas por dos agujeros y que se sostenían con las manos.

Con los zancos podíamos meternos en los charcos sin mojarnos los pies.

El barranco (saltar sobre uno que se agachaba y al que se denominaba «burro») también tenía varias modalidades. En una de ellas, según se iban superando tandas de saltos, el que hacía de burro, se iba distanciando y así había que saltar cada vez más lejos. Se llamaba «El Rey de los burros muertos». El “espoliche” era el taconazo  que se le propinaba al que hacía de burro. Si lo daba el primero que saltaba los demás le imitaban.Otras veces nos íbamos agachando todos y saltando correlativa y sucesivamente sobre los demás. Le llamábamos «El paso Berlanga»

Había juegos apropiados para cada estación. Si el frío apretaba lo más efectivo era jugar a corra, que consistía en darse pelotazos, generalmente con una pelota que regalaban con los zapatos de marca “Gorila”. Las macizas eran terribles.

En las noches más serenas se jugaba al trapo esconder, que había que encontrar dando pistas con las palabras caliente, caliente o frío  frío según se acercara o alejara del sitio donde lo escondió el que le tocaba.  o a la isa, en que uno contaba hasta que los demás se escondían y luego tenía que localizarlos (una, dos y tres por todos mis compañeros y por mí el primero).

Otras veces con el aro de hierro y su guía (en forma de y griega torcida) nos recorríamos todo el pueblo.

Pelota al campo: se hacían varios agujeros y uno de los jugadores tiraba una pelota. El dueño del agujero donde entraba debía cogerla y tirarla a los demás, que salían corriendo.

Para quitar el frío también eran apropiadas  las tres piedras, que se jugaba por equipos y había que robar las piedras al equipo contrario sin que te cogieran,  el látigo, a coger,  el cortahílos…

Los columpios, juego más bien de tiempo pausado. Se ponían costales para que no se molestasen las sogas.Las cuerdas de los columpios se sujetaban en los maderos de los pajares o naves interiores.

Por la feria de Zafra los “repiones” con su cuerda terminada en una moneda de dos reales o en una chapa de tapón de refresco machacada que servían para sujetarla entre los dedos. Hacíamos competiciones para tirarlos y ver cuál era el repión que más duraba dando vueltas. Son sólo algunos de los múltiples  juegos con los que nos divertíamos antes de que la tele y las videoconsolas arrancaran a los niños de la calle.

Foto de familia numerosa.

Con  fondo de una pared desconchada

posa el padre con chaqueta raída,

la esposa  discreta y luchadora al lado,

enlutada hasta los pies, ambos sentados.

En derredor,  los hijos repeinados

para tan señalada ocasión.

Al menor lo sostiene

la madre en el regazo.

El que le sigue tiene

una mano en el pitín y otra en los labios.

El mayor,  taciturno,

mira como esperando aparición.

Otro, en la pierna del padre recostado.

 Escaseces, sudores y trabajos,

obligada y miedosa sumisión

quedaron en la foto reflejados

Bodas antiguas.

Con sus ritos, costumbres, protocolos y servidumbres, la celebración de las bodas ha ido, como todo, evolucionando con el transcurrir de los años.

Los primeros recuerdos que conservo de estas celebraciones, finales de los cincuenta y principios de los sesenta,  son referentes a la estancia  de los niños y las niñas en la puerta donde se agasajaba a los invitados esperando a que nos dieran alguna dulzaina. Así probábamos algún mimo o alguna perrunilla, siempre que alguien de dentro nos conociera y ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunos de los dulces en un pañuelo o en el bolso para los familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

La mayoría de los enlaces se celebraban  durante los meses  de agosto y septiembre al final de la  recolección de cereales, pues con los ingresos que proporcionaba su venta  había que ayudar a sufragar los cuantiosos gastos que se originaban. El número de esponsales  aumentaba los años de abundantes cosechas.

Las familias de los contrayentes pasaban los días previos con el lógico ajetreo que conllevaba preparar todos los detalles.

Había que tener cuidado de que nada fallara, sobre todo en lo que concernía a las invitaciones. La noche anterior, a pesar de estar ya avisados todos los invitados con suficiente antelación, los familiares de los novios organizaban sus grupos e iban de casa en casa recordando que la boda sería a la hora ya  determinada. Era una breve visita que duraba el tiempo imprescindible para tal comunicación. Pero que no se olvidara a nadie porque podía ser motivo de no asistencia por los que, muy susceptiblemente, consideraban ese olvido como un agravio.

Si en alguna casa había una invitada soltera sin acompañante, pasaba algún familiar del contrayente  correspondiente el día de la boda para que no fuera sola a casa del novio o la novia.

Iban acudiendo los invitados a la casa que les correspondía, según por parte de quien habían sido llamados.

Cuando se aproximaba la hora de la ceremonia, la comitiva de la parte del varón contrayente se dirigía a la casa de la novia, donde aguardaba ésta con sus invitados. Desde allí dándose el brazo la novia con el padrino y el novio con la madrina, iban a la iglesia para la  ceremonia. En las esquinas los curiosos aguardaban para ver el paso del  cortejo nupcial.

Acabada la celebración eclesiástica, se dirigían todos a  la casa de la nueva esposa. Allí era el primer convite, generalmente de dulces y aguardiente. Pasaban los familiares con bandejas. Una con dulces y otra con aguardiente. La del aguardiente con una copa que se llenaba inmediatamente que alguien se la bebía. Vueltas y más vueltas y a medida que las rondas se iban sucediendo,  las camisas de los que servían iban saliiéndose  de los pantalones  (“desatacándose”, que decimos por aquí ) y las bandejas llenándose de un melote pegajoso.  Posteriormente todos los invitados llegaban a la casa del novio donde se repetían las operaciones descritas.

Esa  noche cenaban todos los invitados en casa de la novia.

El día siguiente de la boda tenía también sus ritos. Era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. Los educados visitantes eran obsequiados de nuevo con aguardiente y dulces. También existía la costumbre, esa misma mañana, de que los padrinos se llegasen a la casa de los vecinos a ofrecer esos mismos presentes. Ese día los invitados del novio iban a  comer la casa de éste y  los de la novia a la de ella.

El día de la tornaboda había baile toda la jornada. Éste se empezó celebrando en la misma casa de los novios y años después empezó a hacerse en salones contratados para la ocasión.

 

 

En los descansos que daban los músicos durante el baile, la gente más joven hacía corros y se cantaban canciones del estilo de “Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja de jóvenes que iban saliendo al centro del corro y con las manos  en la cintura y enfrente uno del otro, movían el tronco alternativamente a derecha e izquierda al son de la música.

Después se cruzaban dos o tres veces en el centro, cogiéndose de la mano y apoyando un pie  y otro alternativamente.

Cuando acababa una canción, cada uno de los que habían bailado invitaba a salir al centro a otro del sexo opuesto. Si insistías dos veces con la misma persona podía ser indicio de que esa persona te gustaba, por lo menos eso comentaban los demás entre risitas y complicidades.

Al llegar la noche se dejaba entrar en el baile a los que no estaban invitados a la boda y que esperaban en la puerta, pero éstos debían abandonar el salón cuando los músicos tocaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los invitados.