Los sogueros.

 

 

 

 

 

Hace más de cincuenta años venían por los pueblos sogueros gallegos.  Colocaban sus pertrechos en una calle espaciosa. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente del torno ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Acudía la gente, sobre todo la del campo,  a hacerles los encargos y se pasaban varios días en el pueblo hasta que terminaban.

 

 

 

 

 

Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba  un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.

El soguero introducía el husillo  entre las cuerdas y  las pasaba por sus acanaladuras.  Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba  el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás.De ahí deriva la expresión:

» Ir para atrás como el soguero».  De esta forma quedaban trenzadas las cuerdas formando la soga. Pues a ver quién es el soguero que con tres cuerdas: recesión, recorte de la inversión pública y falta de créditos bancarios consigue hacer una soga que estimule el consumo, disminuya el paro y reactive la economía. Con estas cuerdas más que sogueros, quizás hagan falta ilusionistas y encantadores.

Campesinos.

 

 

 

 

 

 

Como homenaje a los hombres y mujeres  del campo de cuando se besaba el trozo de pan que se caía al suelo.

 

“Son asina los cachorros de la raza

de castúos labraores  extremeños,

que, inorantes de las cencias d´hoy en día,

cavilando tras las yuntas , descubrieron

que los campos de su Patria

y la madre de sus hijos, son lo mesmo”

Luis Chamizo.

Los veía pasar por la Plazuela en las anochecidas de otoño y de invierno. Venían montados a mujeriega sobre las mulas que andaban cabeceando con paso lento y rítmico por las calles empedradas después de un día de intenso trabajo. Los capotes negros y ásperos de duro hule  revestidos de alquitrán, sobre los hombros. Las luces de la calle recién encendidas, tenues y vacilantes, se reflejaban en los charcos y regajos que formaba la lluvia.

Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores sobre la tierra.

La siembra se hacía  a mano, esparciendo el grano sobre los surcos abiertos con el movimiento  acompasado del brazo en forma de abanico a derecha e izquierda para repartir la simiente del modo más uniforme posible.  Se denomina amelga la faja de terreno que el labrador abarca en cada pasada. El grano se llevaba  en una collera que iba colgada  de los hombros del sembrador. La collera es un  saco doblado  por la mitad, juntas la boca y la base y cosidas por uno de sus extremos. Ahí se llevaba el grano. Le daban este nombre por similitud con el que se ponía a  las bestias, que el diccionario de la RAE define así: “Collar de cuero o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate.

Para arar llevaban el cuerpo inclinado y tenso sobre el arado que iba tirado por la yunta, las manos apretadas sobre la mancera, ahondando y enderezando el surco para dejar lista la besana. Si había dos personas  una araba y la otra detrás iba sembrando; si no, tenía que arreglárselas uno solo, abandonando una faena y reiniciando otra.

Cuando la siembra estaba nacida se escardaba para quitar las malas hierbas con azadas, paso a paso, surco a surco, en cuadrillas de varios trabajadores, que avanzaban sobre las hazas en formación horizontal.

El hato con las viandas se dejaba en el lugar en el que se pensaba almorzar, no lejos del tajo. Para transportar desde casa el aceite y el vinagre  se utilizaban cuernos huecos de asta de toro y en otro utensilio, llamado liara, se solían llevar las aceitunas. El aceite y el vinagre en el mismo cuerno, ya que como no se mezclan pueden utilizarse uno u otro invirtiéndolo. La comida del mediodía era por cuenta del dueño de la tierra que contrataba a los trabajadores. El almuerzo lo llevaba cada uno. Anochecido, hora  de sombras difusas y olores acentuados, se preparaba en los hogares de los agricultores la comida caliente del día para que los que regresaban del campo templaran su cuerpo con algo caliente. El pueblo  a estas horas  recobraba un trasiego intenso: mujeres que iban a por leche o de visita, hombres con fajas negras liadas con varias vueltas a la cintura y boinas o mascotas al estanco a comprar el tabaco y el librito, muchachos que apurábamos los últimos juegos de la tarde, viejas envueltas en sus mantos y velos negros que al toque de la oración se dirigían a la iglesia.

Pero el esfuerzo titánico de los labriegos se producía en la recolección. Mediado junio se empezaba a segar. Era la saca. Primero a mano, con la hoz, juntando gavillas para formar los haces, que se iban amontonando en el rastrojo. Cuando se tenían suficientes haces se cargaba el carro. Un trabajador en lo alto de éste los colocaba adecuadamente y otro se los lanzaba desde el suelo ayudándose del bieldo. El cintero limitaba la carga por arriba y le servía de sujeción cuando ésta estaba completa. Posteriormente por caminos, la mayor parte de ellos en mal estado, balanceándose el carro peligrosamente con el traqueteo, con riego de vuelco, como a veces ocurría, se llevaban las mieses hasta la era.

El carro era el medio de transporte fundamental cuando todavía no existían remolques ni tractores. Se dejaban en las puertas de las casa y era una estampa típica verlos en las calles. El mozo del carro era un palo colocado en el tiro y que apoyado en el suelo se usaba para sostener más elevado este último. Llegada la temporada  se engrasaban los ejes de las ruedas sebo. Para levantar el carro  y poder mover las ruedas se ayudaban  de una cabria que es una especie de palanca, ya que hacerlo de brazos era duro y peligroso.

 

En verano se le añadían al carro las varas y la red para dotarlo de mayor capacidad. La bolsa estaba en la parte inferior, su barriga de esparto. La parte superior estaba limitada por tablas rectangulares que iban más o menos a la altura de los ejes de las ruedas y que servían para separar la bolsa del resto de la parte interior. Estas tablas se quitaban cuando había que aumentar la capacidad. La parte inferior la bolsa se unía mediante dos varas paralelas, llamadas galgas. Los muchachos nos metíamos en ella para jugar al escondite.

Se iban formando las eras en los ejidos con el lento acarreo de las mieses. Por caminos solitarios, a pleno sol, acompañados del ruido aserrado de las chicharras entre los olivos y del continuo traqueteo de las ruedas, cual procesión de hormigas previsoras, los labriegos reunían el fruto de la tierra y de su trabajo, cerca de sus casas.

Había ahora que descargar el carro, deshacer los haces y esparcirlos, pasando sobre ellos las bestias que giraban sujetas por el cabestro alrededor del labriego colocado en el centro del círculo que formaba la parva. Deshechos los haces, se trillaban. Montarnos en el trillo era nuestro deseo más anhelado en el tiempo de las eras. Cuando no era el abuelo de un amigo, era un tío o un vecino, el caso era tener a alguien conocido que nos dejase montar las tardes que acudíamos, ya con el sol vencido, comiéndonos la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar. Cuando se trillaba la parva por una parte había que darle la vuelta y para eso se usaban unos ganchos curvos con forma de interrogación que se colocaban en la parte trasera del trillo.

Después se separaba el grano de la paja, aventando con la pala el resultado de la trilla contra el viento gallego cuando soplaba a media tarde. Si cantaba el alcaraván se consideraba señal propicia para la limpia. Había que aprovechar cualquier momento en que se movía el aire pues en esta época no es frecuente ni constante. Los niños y las niñas, ajenos al laborioso trajinar, jugábamos a escondernos entre los haces. Entre ellos ponían los hombres el barril con agua para mantenerla un poco fresca, dentro de lo que cabe en plena canícula.

Como estaba terminantemente prohibido fumar en el campo en estas fechas, el que no podía evitar el vicio, llevaba los avíos para ello escondidos y aprovechaba con mucho miedo algún momento perdido para darle al cigarro una caladas, pues la Guardia Civil vigilaba y castigaba duramente no sólo el hecho de fumar, sino el de llevar consigo el tabaco o el mechero, produciéndose cacheos y registros para averiguarlo. Entonces el fumar se complicaba más, pues el tabaco se portaba en la petaca, donde se echaba de unos paquetes rojos o  verdes  que vendían en los estancos y se liaba con unos papelillos muy finos que formaban  lo que se conocía como librillo o librito (algunas marcas eran Jean, Indo Rosa, Bambú). Una vez liado se pasaba la lengua por el extremo del papel y se pegaba. Para encenderlo se utilizaba el mechero de mecha y posteriormente el de martillo. Así que la labor no era fácil.

Separado de la paja y limpio el trigo, se llenaban los costales con la cuartilla, se iban atando sus bocas con abacaes y se colocaban  en la era hasta que había cantidad suficiente para llenar un carro. A cuestas se echaban los costales en el carro y a cuestas se subían a los doblados de las casas. A golpe de lomo y riñones. Esta operación se volvía a repetir cuando los jefes de los silos del Servicio Nacional del Trigo daban cita para poder llevarlo.

Para su transporte desde la era a las casa a  la yunta se le unía otro animal de tiro. Al subir la cuesta de la calle del Ejido con los carros cargados, los carreteros se subían al palo principal, el tiro, cerca de los yugo, agarrados a las costillas de estos, arreando a las bestias e intentando servir de contrapeso para que la carga no se fuera hacia atrás. Del  choque de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltaban chispas.  Las  bestias eran jaleadas, zurriago en mano, por el carretero  ante la mirada  y las voces de ánimo de las personas mayores que se reunían en ese lugar para observar la faena de acarreo.

Con la paja se hacía otro tanto. Se llenaban los carros ya con sus redes, se tupían para que la carga  fuera más compacta y se vaciaban en las puertas de las casas para irla metiendo en los pajares con sábanas y mantas. Esta tarea se solía hacer al anochecido, ya con la fresca. También los muchachos disfrutábamos con esta actividad y aprovechábamos para tirarnos y meternos dentro del montón. Cuando llegábamos a casa y nos desnudábamos para meternos en la cama salía paja por todos sitios. Como las calles estaban empedradas, el traqueteo del carro se acentuaba y hacía que la paja  se derramara. Por agosto estaba el suelo de muchas calles plenamente cubierto. La calleja de Misa y la esquina del ejido eran buen ejemplo de ello.

Eran noches de sentarse al fresco en las puertas de las casas que permanecían abiertas de par en par igual que las que daban a los corrales donde se encendía la luz, permaneciendo la casa a oscuras para que no entrasen los mosquitos, pero sí el aire. Cuando el grano todavía dormía en la era, había que guardarlo para que no lo robasen. Allí, con la manta al hombro, se dirigían los agricultores a pasar la madrugada. Los vecinos de eras próximas charlaban largamente para echar la noche atrás. Después cuando el relente  se hacía sentir había que taparse con la manta. Sólo el croar hueco y sonoro de las ranas y el monocorde y metálico canto de los grillos, arañaba el silencio profundo de la noche. A lo lejos, en las esquinas del pueblo, brillaban tenuemente las bombillas. Arriba el cielo, con la franja del camino de Santiago blanqueando,  cubría el cansancio honrado de los campesinos.

Serenatas

 

 

 

 

 

En los  días de fiesta  había baile por la mañana y por la noche y era habitual, una vez acabado, prolongar los horarios de las libaciones después de irse las mujeres a sus casas,  pues ellas, en esta época,  aún no se habían equiparado en el tiempo de holganza   tabernaria con los hombres. Ni en los bares, ni en las prolongaciones extras que continuaban en la calle con la botella del camino después de haber cerrado los establecimientos, pues la hora de cierre  era muy  temprana y se vigilaba por los agentes municipales su estricto cumplimiento. Se aprovechaban estos días festivos para las  manifestaciones públicas de los primeros escarceos amorosos.

Las serenatas que se daban iban acompañadas generalmente de  cogorzas que se  paseaban  de madrugada por las calles solitarias. Se iba en grupo y al llegar a la casa en la que alguno tenía interés en manifestar el gozo que le provocaba la flecha con la que Cupido había traspasado su corazón, comenzaba el grupo a intentar enderezar los primeros compases de la canción tunanta, un desentonado “Sal al balcón” que  debía desanimar a la más complaciente  de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

 

 

 

 

 

 Dudo que con estas desacompasadas interpretaciones se le enterneciera alguna vez el corazón a la requerida por el ardoroso Calixto de turno.

Al primer ruido de cerrojo, que se abría al oír los moradores de la vivienda el jaleo de la calle a tan intempestivas horas, salían  corriendo los mozos en tropel hacia la  esquina  más cercana para esconderse y evitar ser reconocidos. Pasado un tiempo prudencial, regresaban a las cercanías de la puerta y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien  iba el requiebro, una voz estentórea salía del grupo: «¡Esto va  de parte de Fulanito!», y a correr otra vez, esta vez sin esperar el cerrojazo.

Regreso a lo imposible.

 

 

 

 

 

 

Del olvido a la  sombra

y la desesperanza

bebo el vino de siniestras bodegas.

Borracho de recuerdos

paseo por  las calles de la infancia

a  la busca de la  niñez perdida.

No hay lumbre en el hogar

ni susurros debajo del reloj.

Se pararon las horas en los  ecos

y en agrio despertar

de cruel  resaca acerba

encuentro los caminos

destrozados por  duras huellas secas

en un lugar quemado

por la furia de torvos remolinos.

 

El cine.

 Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.

 

 

 

 

El salón del cine tenía sillas de enea, un  suelo todo a la misma altura de baldosas rojas  y un techo recubierto de sacos para evitar los ecos y mejorar la audición.

El abundante humo de tabaco, los chasquidos continuos de pipas y la voz de  gaseosas a peseta del vendedor acompañaban la proyección de cualquier película. Cuando alguien salía para utilizar los servicios que estaban en el exterior una bocanada de aire fresco entraba en el salón.

Los domingos y días de fiesta eran por lo general los días de función. Si el día era de los gordos de fiesta las entradas eran numeradas; si no, un abrigo o dos extendidos sobre las sillas servían de reserva. La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre que eran coreados por toda la chiquillería:» ¡una, dos, tres!»

Los que empezaban a fumar aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas con golpes de tos incluidos o algún mareo por hacer varias “p”, Esto de hacer la «p» era tragarse el humo, mientras más hondo llegase y más tardase en salir más experiencia demostraban.

No era infrecuente que la proyección se interrumpiese por algún corte inoportuno y que nuestras miradas de niños al buscar el agujerito por donde salía la imagen descubriese las rosetas encarnadas de algunos pómulos que delataban, además del ambiente cargado, el juego amoroso de los novios, que poco les importaba a ellos la película de turno.

Si nos aburríamos durante la sesión nos entreteníamos mirando el chorro cónico de niebla blanca que iba desde la cabina  a la pantalla y por donde pululaban pequeñas partículas flotantes.

En los descansos los altavoces sonaban estridentemente con canciones como “¡Ay campanera” o “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar”. Se aprovechaba para preguntar a los amigos si habían cogido el hilo. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté a un amigote de esos mayores, que estaba detrás con su novia, si lo había cogido y me respondió que él no, pero su novia había cogido el hilo y el ovillo entero.

Si alguna escena escabrosa para la moral de la época levantaba silbidos del respetable o gritos más o menos groseros por parte de los  gamberros, el acomodador acudía con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto. Como última instancia, D. José el cura, que era coparticipe en la propiedad del cine, mandaba encender las luces y en medio del pasillo intentaba calmar los ánimos.

Poco tiempo después D. José se salió de la empresa y empezó a poner las calificaciones morales en la ventana de la Acción Católica: 1, para todos los públicos, 2, menores acompañados, 3, mayores, 3R mayores con reparos y 4, gravemente peligrosas.

Al final de la función con los ojos irritados por el humo, la cara ardiendo  y los pies como témpanos,  salíamos a la calle tapándonos la boca con un pañuelo para que el frío de la noche  no nos  resfriara.

 

 

Leche en polvo y queso de bola.

La ayuda americana llegaba a la escuela  en forma de leche en polvo y queso de bola. La leche se hacía en una cuba de cinc dándole vueltas con un palo, labor que encargaban los maestros a los alumnos mayores. Al salir a recreo  nos ponían en fila y nos la echaban en los tazones que llevábamos de casa.

Cuando se cansaron de darle vueltas a la leche con el palo nos daban el polvo para que cada uno hiciese con él lo que le pareciera. La mayoría nos lo comíamos así, poniéndonos la cara como se puede imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia.

 

Después  de bebernos el tazón, con el bigote blanqueado nos íbamos al arroyo  que pasaba por la parte trasera  del edificio escolar a pescar renacuajos y peces en las covachuelas (“covacheras”, les decíamos nosotros). Algunos compañeros, en una práctica cruel, atravesaban los renacuajos con un junco y engañando a cualquier incauto le decían, con el pretexto de realizarle una operación quirúrgica al animalito, que sujetasen el junco por los extremos, poniendo el junco entre los dedos de ambas manos. Cuando más absorto  y confiado estaba el cándido  esperando el resultado de la operación le juntaban las manos de dos tortazos sincronizados destripando al renacuajo entre ellas.

Al salir de la escuela por la mañana, volvíamos al arroyo, pero esta vez para buscar en sus orillas tierra seca y echarla sobre las punteras mojadas de los zapatos. Intentábamos disimularlas  de esta  manera para que no nos riñeran en casa.

 

El queso de bola se repartía por la tarde para  merendar.  Los maestros lo partían en una mesa que estaba en un rincón de la clase. El queso venía en envases  de metal amarillento con forma de prisma cuadrangular.

Algunas tardes de primavera  o de  otoño  en que lucía el sol, sacábamos los pupitres a las “corralillas”, que eran una especie de porche  orientados al poniente  y que se  comunicaban con las aulas mediante una puerta. Allí hacíamos las tareas. La parte de la cara  en que nos daba el sol se nos ponía como una amapola y el moscón de los sueños zumbaba de pupitre en pupitre.

Lavar sin botones.

Cuando no había  lavadoras   la ropa se lavaba en la panera con agua del pozo y jabón verde  y se frotaba en el “batiero”, que es una  tabla con la superficie formando relieves.  Los detergentes con marcas como “Ese”,  “Saquito” , “Tutú” y «Omo» llegarían más tarde.  La lavandera, de rodillas sobre un trozo de corcho, batía la ropa sucia una y otra vez  con los puños hasta dejarla limpia.  Después se enjuagada  sacando nuevas cubas de agua del pozo y se colgaba  a secar.

Había lavanderas profesionales  que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en el campo y allí relizaban esta labor, bien con paneras y “batieros” o sobre piedras. Tendían la ropa ya limpia sobre aulagas y  tomillos. Ya seca la transportaban en canastos de mimbre a casa para plancharla.

Eran las  mujeres las que lavaban  y planchaban la ropa. En los tiempos a los que hago referencia  no vi nunca a ningún hombre  haciendo esta faena.

Trabajo duro y mal pagado del que pueden dar referencias  muchas mujeres mayores de nuestros pueblos. Las  jóvenes  generaciones deben saber el sacrificio que costaba  cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando  un botón, sobre todo  porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde la habitación a la lavadora.

Pedir la puerta.

Las relaciones entre jóvenes de distinto sexo han perdido las formalidades que hace años se observaban para oficializar el noviazgo. Entran en casa y se presentan como amigos y en muchas ocasiones se van a vivir juntos sin más preámbulos.

Hace años no era así. Un acto fundamental en la relación era la pedida de la puerta.  La hija le comunicaba a los padres que “hablaba”  con determinada persona y que en adelante lo iban a hacer en la puerta.

Esta petición era para poder hablar por fuera de  la puerta de la  casa,  un primer estadio  de reconocimiento. Pasando el tiempo se conquistaba el interior, pero sólo por detrás de la puerta. La suegra aprovechando una noche fría o de lluvia les dice que se refugien para evitar una pulmonía. Era el segundo paso, consentida la relación, pero no oficial aún.

Posteriormente había que  superar un  tercer  escalón  y el novio hablaba con los padres para alcanzar plena oficialidad para ser novios con todos los atributos y prerrogativas.

Se convenía, por mediación de la hija, que servía de enlace entre novio y suegros, el día y la hora y el mozo con la cortedad propia de estos casos, se pasaba el día pensando  cómo afrontar la situación y  qué palabras diría a los suegros, que a la vez habían adecentado la casa para causar la mejor impresión. Algunos  postulantes para superar la timidez se tomaban unas copas  antes de ir a la pedida, que solía ser siempre al anochecido, pues era cuando se regresaba de las labores del campo.  Entre el sofoco propio del caso y el efecto del alcohol, la cara tomaba un color cercano al rojo amapola y la ropa, adecuada para tan trascendental ocasión, se convertía en una prisión.

Por testimonios orales sé que  las palabras más frecuentes  comenzaban de forma parecida a estas: “Ya sabrá usted a lo que vengo”. Generalmente el suegro facilitaba las cosas dando confianza al comprometido pretendiente, pero si  era un poco bromista, la situación podía alcanzar  elevadas cotas de azoramiento para el joven aspirante a entrar en la familia.

Concedido el permiso, se le reservaba a la pareja  para lo sucesivo una habitación en la que pudiesen estar y charlar, cercana a la estancia donde estaba el resto de la familia. Cuando se prolongaban mucho los silencios la suegra tosía como una señal que daba a entender  su presencia cercana, así que cuidadito.

Este protocolo creaba el status de novios formales. Se decía, Fulanito ya entra en casa. Y eso era ya cosa más seria. Un verdadero compromiso.

La ruptura de este compromiso suponía a veces la enemistad de por vida de ambas parentelas.

Una última formalidad consistía en la concertación por  ambas familias de la fecha de la boda  con intercambio de regalos. Lo que se llama pedida de mano.

Viejos inviernos.

 

En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos  y días cortos de tibio y leve sol, madrugadas a oscuras de viento silbante con otras rasas de intensas heladas.

Las tardes, ya de por sí cortas en esta estación, lo son aún más cuando llueve. Las nubes vienen veloces y densas del suroeste. La lluvia cae monótona y viste de gris metálico el cielo. En las calles, sin asfaltar, corre el agua por regatillos tortuosos. Muchos hombres juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Algunas mujeres en sus casas hacen punto tras los visillos de las ventanas y de vez en cuando miran por lo alto de las gafas al exterior.

En las noches de temporal, como la luz eléctrica desaparece en el momento  que se remueve un poco el aire, transita poca gente por las calles: algún bulto negro con una linterna en la mano sortea los hoyos y el barro. Por las callejas da miedo pasar. Tras los cristales empañados del bar, una mirada contempla absorta  las gotas de lluvia que caen en los charcos, donde se refleja la luz macilenta que escapa al exterior. Unas pocas siluetas difuminadas por la oscuridad y el humo del tabaco se entrevén en la barra. La empresa suministradora del fluido eléctrico justifica su ausencia por la caída de un poste de los que sostienen el tendido. Las lámparas, quinqués, carburos y candiles están siempre a mano. Entrada la madrugada, el viento racheado  se ciñe violentamente a las esquinas, huyendo amenazante y bravo  para regresar poco después a llenar la noche de oquedades invisibles. Sentados al brasero de los hogares los mayores conversan mientras la cera resbala por la vela y nuestra mirada intensa y asombrada contempla su llama vacilante que llena la estancia de perfiles fantasmales y gigantes. Las diez parecen medianoche. Noches de boca de lobo. En las pausas de la charla se oyen caer las canales y la puerta del corral chirría movida por fuertes ráfagas de viento. Alguna cuba metálica rueda  por el suelo tirada por su fuerza y nuestros ojos infantiles asustados buscan la reacción de los mayores, que mueven sus cabezas exclamando: “¡Qué noche está!”

A la mañana siguiente se abren los postigos desde donde se vislumbra una cuchillada de luz ceniza  lavada con la lluvia de la noche. Seguirá lloviendo, la veleta de la torre sigue señalando hacia el Pencón, ábregos de la mar vieja.

Unos hombres con  los trajes de pana remendados de diversas tonalidades se acercan a la esquina del Ejido a ver cómo está el horizonte y a comentar las incidencias de la noche pasada. Las crestas y lomos de las sierras de S. Miguel, S. Cristóbal,la Capitana, S. Bernardo, sierra del Agua y la sierra del Viento siguen tapados.

Otros días del invierno son fríos, pero limpios por el viento del norte, que produce el azul más puro y celeste y recorta y destaca la silueta rojiza de la torre sobre el añil de su lienzo. Sólo algunos vendedores ambulantes de Berlanga y Valverde vocean sus productos: Antonio el delas naranjas, Juan el de las papas,la Carpeta, Curro el del cisco, Juan Lagarto….

En el Torviscal y en las traseras de la casa de D. Carlos hay también grupos de hombres que charlan a sus abrigos. Durante estas noches rasas y frías  se producen intensas heladas que silenciosamente van cubriendo de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a pasar sobre el carámbano que se ha formado o a tirarle piedras para romperlo, dejando nuestras pisadas una estela de huellas crujientes sobre las riberas. En el pueblo, que despierta, algunas chimeneas entre los tejados blancos exhalan columnas de humo. Las campanas de la torre tocan el Ave María.

El silencio de la iglesia

 

Ahora que no creo que mi cuerpo

se queme eternamente

sin acabar de consumirse nunca,

cualquier día  de estos

que  esté  la iglesia sola,

paso por allí y entro

a la solemne quietud del silencio

que dan sus anchos muros

y el alto sus  techos,

por ver si en un rincón o entre las bóvedas

encuentro la inocencia

perdida ya hace tiempo

cuando creía en un  cielo de buenos

y en las llamas eternas del  infierno.

Tal vez esté entre algún ramo de lirios

de los que en primavera

adornan los altares,

o  flotando en el haz de luz y polvo

que desde las vidrieras

llenan el amplio  suelo de colores,

o en los ecos de encendidos sermones

que perturbaron mi sueño infantil

con fantasmas y atónitos desvelos.

¿Se elevaría a las nubes entre incienso

montada en sus aromas?

¡Qué fácil es creer

si no se piensa nada!

En el viejo mecano

las piezas ya no encajan:

serafines,  virtudes, querubines,

tronos, dominaciones,  potestades,

ángeles, arcángeles, principados

se desvanecen pronto

en el lógico fluir  del pensamiento.

Evanescentes halos

de cuentos infantiles

quedan de la inocencia en el recuerdo.