Pascua florida.

La Iglesia marca el ritmo vital del pueblo. El silencio y la tristeza entran en las casas vestidas de violáceos tonos con dieta de potaje y bacalao. El incienso se hace cañón de vidrieras en los oficios de  jueves y viernes santo. Filas de contritos pecadores llenan el pasillo de la nave central para recibir la comunión masiva del cumplimiento pascual cantando “Perdona a tu pueblo, Señor”.

Después del morado abstinente, el blanco deslumbra  la mañana del domingo.  La Pascua es el triunfo de la vida y de la luz.  Explosión de colores y aromas. La primavera impúdica muestra exultante su eclosión y desecha los mantos violetas que cubren  sus encantos de adolescente. Del ayuno y la abstinencia a la carne, al pestiño y  al gañote, a la gula y la lujuria. De la matraca al repique alegre del bronce, en un salto  milagroso  de la  muerte a la vida.

 A los niños nos regalan bollas y  rosquillas,  aros blancos con médula de hilo. El pan se enrosca, con un  huevo cocido  incrustado en lo alto,  en forma de serpiente mordiéndose la cola. Alegoría  del demonio vencido.

El domingo de Pascua,  agua bendita en la puerta de la iglesia  para asperjarla  por todos los rincones de la casa y, en mágico sortilegio,  espantar de allí cualquier rastro de Lucifer.

El lunes, en bestias, carros y  tractores, a comer,  beber y  disfrutar  a la ribera del río. Pura bacanal de los sentidos. Trigales, cebadas, margaritas,  amapolas,  hinojos  cantuesos, romeros y  tomillos. Cálidos ojos brillantes del primer amor que buscan el engarce cómplice en otros de mirada esquiva. Sonrosada tez de guapa moza, pañuelo anudado al cuello al aura tibia  de abril. Bella, esbelta, suelto el cabello, fino talle, zalamero andar.  Azules ojos con destellos de tropical aguamarina. Sinuoso y bello  cuerpo. Por veredas y caminos floridos me lleva Eros tras su estela de  vestal.

 

Mujeres.

Ángeles era una mujer humilde, de expresión triste y  mirada llorosa desde sus ojos marcados por profundas ojeras, siempre  vestida de oscuro y con un pañuelo  cubriéndole la cabeza. Acompañaba a los entierros con una mesa cubierta de tela negra para que los que portaban al difunto a su última morada pudiesen descansar cuando el sacerdote rezaba en los responsos y asperjaba el féretro con agua bendita. Tras esto volvía a cargar con la mesa hasta la próxima parada.

Pasó de puntillas por la vida, sin molestar, quizás con miedo, solventando sus necesidades básicas con esfuerzo,  imaginación y alguna ayuda ajena. Ella, como otras muchas mujeres, vivió una época difícil, de muchas privaciones  para los que poco tenían.

Estas mujeres cuando llegaba el tiempo de la recolección de cereales en plena canícula, la de garbanzos con la luna de agosto o la de la aceituna en mitad del invierno no se arredraban ante la dureza de la labor y, si las contrataban, allí iban, cobrando, como era normal en esos tiempos, menos que los hombres. Eran sus únicos ingresos en el año.

Se sentaban por las tardes en los zaguanes de sus casas, tras la puerta entornada a coser y zurcir la ropa. Al anochecer se acercaban a la tienda de comestibles con un plato metálico bañado de porcelana descascarillada a comprar dos trozos de bonito que vendían de una lata grande, rogándole al comerciante que les echara una cucharada más de aceite sobre el pescado para mojar en él. Era su cena.


La Pascua en Ahillones

El domingo de Resurrección se celebra en el pueblo con la gente  de punta en blanco, o sea, con los trajes y vestidos de fiestas de guardar. Comienza el día con la procesión de los “Encuentros”, donde la virgen, que sale de la iglesia parroquial, se encuentra en la calle del Cristo con su hijo que baja de la ermita del mismo nombre.

Los alabarderos se colocaban entre los dos pasos  y cruzaban entre sí las espadas y alabardas hasta que se producía la máxima proximidad posible y entonces los costaleros inclinaban las imágenes simulando el abrazo de la madre y el hijo. Actualmente no existen los alabarderos.

El domingo es día de estar en el pueblo comiendo y bebiendo por los bares. El lunes al campo, a la jira. Antes se llevaban  las rosquillas y la bolla con el huevo cocido incrustado en ella. Ahora a comer y beber desmesuradamente. Es una pena que se perdiera la costumbre de ir todos a la ribera de la Corbacha para este fin y se hayan diseminado los grupos por naves y cortijos con lo que la jira se ha convertido en un día de campo más, actividad que puede hacerse cualquier día del año.

Recuerdos de un interno.

Cuando los graznidos de los grajos rayan el final de la tarde y sus cuerpos negros asaetan la torre, D. Manuel pasea y repasa las cuentas del rosario dentro de la balaustrada encadenada de la iglesia. Suenan los últimos toques de las campanas anunciando el comienzo de la misa y por las bocacalles  estrechas afluyen a la plaza los fieles presurosos y  rezagados.

Tardes frías de  cristales helados que arañan ceñidos  las paredes del Pasquín y encorchan los rostros  de los paseantes, formando siluetas encorvadas que se tapan con las manos las rendijas que dejan los abrigos.

Tardes de domingo, de Pelicanas en su casa de la plaza de Cervantes, con palmeras y barquitos y una mesita camilla coronada con dos gatos negros que mueven sus rabos complacidos por las caricias de sus dueñas.

Las chicas de las Angelinas se cruzan con nosotros una y otra vez  mientras alguna mirada  esquiva  o algún guiño cómplice nos alegra la tarde desabrida.

Manoli y Regina en la tienda de la Granja san Benito de la calle Santiago ponen límites de galletas a los sabores cuadrados de turrón y chocolate.

Rosario en la  misma calle, más abajo y enfrente, con su puesto de chucherías se resguarda detrás de una puerta grande y vetusta  cuando el frío aprieta.

Unos papelillos semiclandestinos de un Domingo de Piñata quedan, pisoteados y olvidados, sobre el suelo mojado de la calle de Las Armas. Mientras, los dulceros han anotado en la pizarra el último gol del Atlético de Bilbao y los huesos de santo reposan en el escaparate.

Siluetas ambulantes recortadas por el tibio sol de la tarde se proyectan largas y en continuo movimiento este-oeste sobre las losetas de la plaza.

Miradas bovinas atraviesan lánguidas los cristales oscuros del reservado dela Casineta.

Leonardo vocifera al viento una queja lastimosa y airada con gestos desgarbados.

El bar Vitaminas y los partidos televisados de los domingos ante un café caliente, reconfortan la tarde tras la ventana acristalada.

Al anochecer, en un rincón de la calle Carolina Coronado, en las Medias, suenan las notas almibaradas del Hey Jude de los Beatles, guateques que dejan su poso de recuerdos placenteros para el resto de la semana.

Unos vinos al  regreso que nos sirve Manolo en el Gato Negro completan una tarde fría de paseos de ida y vuelta por las calles del centro.

Las sombras han borrado las siluetas del suelo  de la plaza, pero quedan paseantes que aguantan impasibles el primer asomo del recencio.

En riadas melancólicas y tristes los internos desembocamos en la calle Concepción.

La Sección Femenina.

En la primavera del año setenta llegó al pueblo una de las últimas cátedras ambulantes de la Sección Femenina.

Las jóvenes que participaban en los cursos que organizaban debían acreditar al final de éstos sus destrezas con las labores, los conocimientos adquiridos y la actitud de servicio a la comunidad, tras lo cual se les expedía el  correspondiente certificado de aptitud. Era lo que se conocía como el Servicio Social, obligatorio para todas las mujeres. También los varones participaron en algunas actividades, como los bailes regionales.

Pilar Primo de Rivera era la  jefa máxima de la Sección Femenina, organización inspirada en los principios falangistas que ideó su hermano José Antonio. Estos principios fueron difuminándose y resquebrajándose con la evolución de la sociedad y las costumbres. El Falangismo, engullido por el Movimiento de Franco, daba sus últimos coletazos con el régimen del 18 de julio. Quedaba para mejor ocasión la “Revolución Pendiente” que nostálgicamente echaban de menos los más ortodoxos de sus miembros.

 La juventud de esa época empezaba a desasirse de los lazos que coartaban sus manifestaciones y comportamientos por los convencionalismos instalados en la sociedad durante generaciones. Agarrarse los novios de la mano por la calle era una osadía y no digamos echarse el brazo por los hombros. Los bailes eran pecaminosos y entrar las mujeres a los bares, salvo fiestas de guardar y bien acompañadas, no estaba bien visto.

Las  monitoras componentes de aquella cátedra, chicas jóvenes y emprendedoras, poco atadas a los principios morales de su fundadora, trajeron un poco de aire fresco  a la juventud del  pueblo. Así que aquellos guateques, aquellas reuniones en lugares a media luz, aquel ir y venir de grupos de jóvenes en plena siesta, soliviantaba  a las estrechas  mentes biempensantes, guardianes de la moralidad ajena. Hubo recriminaciones y admoniciones…pero no hay muros por altos y fuertes que sean que detengan la evolución de los tiempos y las costumbres (“¿Quién ha puesto al huracán/jamás ni yugos ni trabas,/ni quién al rayo detuvo/prisionero en una jaula?” (Miguel Hernández). Aquellos actos que tanto escandalizaban entonces y que les parecían a algunos los prolegómenos de otra Sodoma y Gomorra son hoy comportamientos dignos de las hermanitas de la caridad comparados con las costumbres al uso.

Resultó más fructífera para la juventud del pueblo la convivencia diaria con estas bulliciosas monitoras que las actividades oficiales que impartieron.

El día 15 de julio se clausuró esta cátedra ambulante con un gran baile en el salón del cine.

 

Algunos juegos antiguos.

 

 

«Que una, que dos, que tres y me la caté». La billarda había ido demasiado lejos y sería difícil meterla en el redondel de un solo lanzamiento. “Anda, tira otra vez”.

El que tenía la raqueta y defendía el redondel  hacía saltar la billarda dándole en un pico y cuando estaba por los aires intentaba dar otro golpe para alejarla lo más posible.

Frecuentemente el juego terminaba  con la billarda en un tejado o rompiendo  el cristal de alguna ventana.

“En Sevilla un sevillano…” “En Zaragoza cayó un cañón…” “Si viniera un torbellino…” Eran algunas de las canciones que se cantaban en las matas. Estas solían formarse al atardecer o anochecido. Se reunían los niños y las niñas de la misma calle, otras veces se juntaban los de varias calles y se hacía una muy grande. Los movimientos circulares del grupo, de manos y caderas con cambios de sentido y agachamientos acompañaban a las canciones.

El tejo con rayuela. ¡Cuántos zapatos destrozados! Las niñas eran  más habilidosas para este juego que los niños, sobre todo cuando había que meter el pie entre la rayuela y la raya. Si se conseguía recorrer el circuito completo, se dibujaba uno de los cuadros lo más artísticamente posible.  A este cuadro tenían que evitarlo el resto de los jugadores y no pisarlo. El piquín era el último obstáculo  y estaba al final de un semicírculo, alejado del lugar desde el que se lanzaba la rayuela.

Los bolindres  y sus modalidades de juego: “la rarra”, el triángulo el “guá”. Cada uno de los bolindres tenía su jerarquía y su valor: el bolo, pelado y mondado (para comprobar si estaba derecho lo poníamos en la palma de la mano y alejándola, lo mirábamos con un ojo cerrado), el bombo, que era más grueso y el china, que era el más valioso. Los que disponían de bolsitas que les habían hecho en casa con los restos de alguna prenda los metían allí; los que no, en el bolsillo hasta que se salían por los agujeros que se iban formando en los pantalones con el peso. Cualquier sitio era bueno para jugar, pero los llanitos y las solanas eran los preferidos para juagar al triángulo. Para la “rarra” se buscaban sitios cercanos a las paredes, pues había que hacer un hoyo para meterlos allí. Existían expresiones típicas como “cuso pa to”, con la que se indicaba que había que limpiar el lugar donde había caído el bolindre . Esto lo pedía quien le tocaba tirar. “Cuso pa na”, que lo pedía el dueño del bolo al que le iban a tirar y significaba que no se quitaba ningún obstáculo. El “escurque” significaba que el que había tirado dio en el blanco de forma contundente.

Las colecciones de “santitos” (cromos) de cajas de cerillas, de tapones de refrescos y de cervezas (los verdes de KAS valían mil). Con los santitos se jugaba a la tángana, a dejarlos  caer desde una pared y ganar cuando caían encima de otro  simplemente se intercambiaban.

En tiempo de lluvia, cuando el terreno estaba blando, se jugaba a pinchar un clavo en el suelo, habiendo de superar también una especie de circuito. Otras veces se construían zancos con dos latas de tomate invertidas y atadas con cuerdas  que se le introducían a las latas por dos agujeros y que se sostenían con las manos.

Con los zancos podíamos meternos en los charcos sin mojarnos los pies.

El barranco (saltar sobre uno que se agachaba y al que se denominaba «burro») también tenía varias modalidades. En una de ellas, según se iban superando tandas de saltos, el que hacía de burro, se iba distanciando y así había que saltar cada vez más lejos. Se llamaba «El Rey de los burros muertos». El “espoliche” era el taconazo  que se le propinaba al que hacía de burro. Si lo daba el primero que saltaba los demás le imitaban.Otras veces nos íbamos agachando todos y saltando correlativa y sucesivamente sobre los demás. Le llamábamos «El paso Berlanga»

Había juegos apropiados para cada estación. Si el frío apretaba lo más efectivo era jugar a corra, que consistía en darse pelotazos, generalmente con una pelota que regalaban con los zapatos de marca “Gorila”. Las macizas eran terribles.

En las noches más serenas se jugaba al trapo esconder, que había que encontrar dando pistas con las palabras caliente, caliente o frío  frío según se acercara o alejara del sitio donde lo escondió el que le tocaba.  o a la isa, en que uno contaba hasta que los demás se escondían y luego tenía que localizarlos (una, dos y tres por todos mis compañeros y por mí el primero).

Otras veces con el aro de hierro y su guía (en forma de y griega torcida) nos recorríamos todo el pueblo.

Pelota al campo: se hacían varios agujeros y uno de los jugadores tiraba una pelota. El dueño del agujero donde entraba debía cogerla y tirarla a los demás, que salían corriendo.

Para quitar el frío también eran apropiadas  las tres piedras, que se jugaba por equipos y había que robar las piedras al equipo contrario sin que te cogieran,  el látigo, a coger,  el cortahílos…

Los columpios, juego más bien de tiempo pausado. Se ponían costales para que no se molestasen las sogas.Las cuerdas de los columpios se sujetaban en los maderos de los pajares o naves interiores.

Por la feria de Zafra los “repiones” con su cuerda terminada en una moneda de dos reales o en una chapa de tapón de refresco machacada que servían para sujetarla entre los dedos. Hacíamos competiciones para tirarlos y ver cuál era el repión que más duraba dando vueltas. Son sólo algunos de los múltiples  juegos con los que nos divertíamos antes de que la tele y las videoconsolas arrancaran a los niños de la calle.

Foto de familia numerosa.

Con  fondo de una pared desconchada

posa el padre con chaqueta raída,

la esposa  discreta y luchadora al lado,

enlutada hasta los pies, ambos sentados.

En derredor,  los hijos repeinados

para tan señalada ocasión.

Al menor lo sostiene

la madre en el regazo.

El que le sigue tiene

una mano en el pitín y otra en los labios.

El mayor,  taciturno,

mira como esperando aparición.

Otro, en la pierna del padre recostado.

 Escaseces, sudores y trabajos,

obligada y miedosa sumisión

quedaron en la foto reflejados

Bodas antiguas.

Con sus ritos, costumbres, protocolos y servidumbres, la celebración de las bodas ha ido, como todo, evolucionando con el transcurrir de los años.

Los primeros recuerdos que conservo de estas celebraciones, finales de los cincuenta y principios de los sesenta,  son referentes a la estancia  de los niños y las niñas en la puerta donde se agasajaba a los invitados esperando a que nos dieran alguna dulzaina. Así probábamos algún mimo o alguna perrunilla, siempre que alguien de dentro nos conociera y ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunos de los dulces en un pañuelo o en el bolso para los familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

La mayoría de los enlaces se celebraban  durante los meses  de agosto y septiembre al final de la  recolección de cereales, pues con los ingresos que proporcionaba su venta  había que ayudar a sufragar los cuantiosos gastos que se originaban. El número de esponsales  aumentaba los años de abundantes cosechas.

Las familias de los contrayentes pasaban los días previos con el lógico ajetreo que conllevaba preparar todos los detalles.

Había que tener cuidado de que nada fallara, sobre todo en lo que concernía a las invitaciones. La noche anterior, a pesar de estar ya avisados todos los invitados con suficiente antelación, los familiares de los novios organizaban sus grupos e iban de casa en casa recordando que la boda sería a la hora ya  determinada. Era una breve visita que duraba el tiempo imprescindible para tal comunicación. Pero que no se olvidara a nadie porque podía ser motivo de no asistencia por los que, muy susceptiblemente, consideraban ese olvido como un agravio.

Si en alguna casa había una invitada soltera sin acompañante, pasaba algún familiar del contrayente  correspondiente el día de la boda para que no fuera sola a casa del novio o la novia.

Iban acudiendo los invitados a la casa que les correspondía, según por parte de quien habían sido llamados.

Cuando se aproximaba la hora de la ceremonia, la comitiva de la parte del varón contrayente se dirigía a la casa de la novia, donde aguardaba ésta con sus invitados. Desde allí dándose el brazo la novia con el padrino y el novio con la madrina, iban a la iglesia para la  ceremonia. En las esquinas los curiosos aguardaban para ver el paso del  cortejo nupcial.

Acabada la celebración eclesiástica, se dirigían todos a  la casa de la nueva esposa. Allí era el primer convite, generalmente de dulces y aguardiente. Pasaban los familiares con bandejas. Una con dulces y otra con aguardiente. La del aguardiente con una copa que se llenaba inmediatamente que alguien se la bebía. Vueltas y más vueltas y a medida que las rondas se iban sucediendo,  las camisas de los que servían iban saliiéndose  de los pantalones  (“desatacándose”, que decimos por aquí ) y las bandejas llenándose de un melote pegajoso.  Posteriormente todos los invitados llegaban a la casa del novio donde se repetían las operaciones descritas.

Esa  noche cenaban todos los invitados en casa de la novia.

El día siguiente de la boda tenía también sus ritos. Era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. Los educados visitantes eran obsequiados de nuevo con aguardiente y dulces. También existía la costumbre, esa misma mañana, de que los padrinos se llegasen a la casa de los vecinos a ofrecer esos mismos presentes. Ese día los invitados del novio iban a  comer la casa de éste y  los de la novia a la de ella.

El día de la tornaboda había baile toda la jornada. Éste se empezó celebrando en la misma casa de los novios y años después empezó a hacerse en salones contratados para la ocasión.

 

 

En los descansos que daban los músicos durante el baile, la gente más joven hacía corros y se cantaban canciones del estilo de “Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja de jóvenes que iban saliendo al centro del corro y con las manos  en la cintura y enfrente uno del otro, movían el tronco alternativamente a derecha e izquierda al son de la música.

Después se cruzaban dos o tres veces en el centro, cogiéndose de la mano y apoyando un pie  y otro alternativamente.

Cuando acababa una canción, cada uno de los que habían bailado invitaba a salir al centro a otro del sexo opuesto. Si insistías dos veces con la misma persona podía ser indicio de que esa persona te gustaba, por lo menos eso comentaban los demás entre risitas y complicidades.

Al llegar la noche se dejaba entrar en el baile a los que no estaban invitados a la boda y que esperaban en la puerta, pero éstos debían abandonar el salón cuando los músicos tocaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los invitados.

Los sogueros.

 

 

 

 

 

Hace más de cincuenta años venían por los pueblos sogueros gallegos.  Colocaban sus pertrechos en una calle espaciosa. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente del torno ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Acudía la gente, sobre todo la del campo,  a hacerles los encargos y se pasaban varios días en el pueblo hasta que terminaban.

 

 

 

 

 

Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba  un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.

El soguero introducía el husillo  entre las cuerdas y  las pasaba por sus acanaladuras.  Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba  el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás.De ahí deriva la expresión:

» Ir para atrás como el soguero».  De esta forma quedaban trenzadas las cuerdas formando la soga. Pues a ver quién es el soguero que con tres cuerdas: recesión, recorte de la inversión pública y falta de créditos bancarios consigue hacer una soga que estimule el consumo, disminuya el paro y reactive la economía. Con estas cuerdas más que sogueros, quizás hagan falta ilusionistas y encantadores.

Campesinos.

 

 

 

 

 

 

Como homenaje a los hombres y mujeres  del campo de cuando se besaba el trozo de pan que se caía al suelo.

 

“Son asina los cachorros de la raza

de castúos labraores  extremeños,

que, inorantes de las cencias d´hoy en día,

cavilando tras las yuntas , descubrieron

que los campos de su Patria

y la madre de sus hijos, son lo mesmo”

Luis Chamizo.

Los veía pasar por la Plazuela en las anochecidas de otoño y de invierno. Venían montados a mujeriega sobre las mulas que andaban cabeceando con paso lento y rítmico por las calles empedradas después de un día de intenso trabajo. Los capotes negros y ásperos de duro hule  revestidos de alquitrán, sobre los hombros. Las luces de la calle recién encendidas, tenues y vacilantes, se reflejaban en los charcos y regajos que formaba la lluvia.

Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores sobre la tierra.

La siembra se hacía  a mano, esparciendo el grano sobre los surcos abiertos con el movimiento  acompasado del brazo en forma de abanico a derecha e izquierda para repartir la simiente del modo más uniforme posible.  Se denomina amelga la faja de terreno que el labrador abarca en cada pasada. El grano se llevaba  en una collera que iba colgada  de los hombros del sembrador. La collera es un  saco doblado  por la mitad, juntas la boca y la base y cosidas por uno de sus extremos. Ahí se llevaba el grano. Le daban este nombre por similitud con el que se ponía a  las bestias, que el diccionario de la RAE define así: “Collar de cuero o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate.

Para arar llevaban el cuerpo inclinado y tenso sobre el arado que iba tirado por la yunta, las manos apretadas sobre la mancera, ahondando y enderezando el surco para dejar lista la besana. Si había dos personas  una araba y la otra detrás iba sembrando; si no, tenía que arreglárselas uno solo, abandonando una faena y reiniciando otra.

Cuando la siembra estaba nacida se escardaba para quitar las malas hierbas con azadas, paso a paso, surco a surco, en cuadrillas de varios trabajadores, que avanzaban sobre las hazas en formación horizontal.

El hato con las viandas se dejaba en el lugar en el que se pensaba almorzar, no lejos del tajo. Para transportar desde casa el aceite y el vinagre  se utilizaban cuernos huecos de asta de toro y en otro utensilio, llamado liara, se solían llevar las aceitunas. El aceite y el vinagre en el mismo cuerno, ya que como no se mezclan pueden utilizarse uno u otro invirtiéndolo. La comida del mediodía era por cuenta del dueño de la tierra que contrataba a los trabajadores. El almuerzo lo llevaba cada uno. Anochecido, hora  de sombras difusas y olores acentuados, se preparaba en los hogares de los agricultores la comida caliente del día para que los que regresaban del campo templaran su cuerpo con algo caliente. El pueblo  a estas horas  recobraba un trasiego intenso: mujeres que iban a por leche o de visita, hombres con fajas negras liadas con varias vueltas a la cintura y boinas o mascotas al estanco a comprar el tabaco y el librito, muchachos que apurábamos los últimos juegos de la tarde, viejas envueltas en sus mantos y velos negros que al toque de la oración se dirigían a la iglesia.

Pero el esfuerzo titánico de los labriegos se producía en la recolección. Mediado junio se empezaba a segar. Era la saca. Primero a mano, con la hoz, juntando gavillas para formar los haces, que se iban amontonando en el rastrojo. Cuando se tenían suficientes haces se cargaba el carro. Un trabajador en lo alto de éste los colocaba adecuadamente y otro se los lanzaba desde el suelo ayudándose del bieldo. El cintero limitaba la carga por arriba y le servía de sujeción cuando ésta estaba completa. Posteriormente por caminos, la mayor parte de ellos en mal estado, balanceándose el carro peligrosamente con el traqueteo, con riego de vuelco, como a veces ocurría, se llevaban las mieses hasta la era.

El carro era el medio de transporte fundamental cuando todavía no existían remolques ni tractores. Se dejaban en las puertas de las casa y era una estampa típica verlos en las calles. El mozo del carro era un palo colocado en el tiro y que apoyado en el suelo se usaba para sostener más elevado este último. Llegada la temporada  se engrasaban los ejes de las ruedas sebo. Para levantar el carro  y poder mover las ruedas se ayudaban  de una cabria que es una especie de palanca, ya que hacerlo de brazos era duro y peligroso.

 

En verano se le añadían al carro las varas y la red para dotarlo de mayor capacidad. La bolsa estaba en la parte inferior, su barriga de esparto. La parte superior estaba limitada por tablas rectangulares que iban más o menos a la altura de los ejes de las ruedas y que servían para separar la bolsa del resto de la parte interior. Estas tablas se quitaban cuando había que aumentar la capacidad. La parte inferior la bolsa se unía mediante dos varas paralelas, llamadas galgas. Los muchachos nos metíamos en ella para jugar al escondite.

Se iban formando las eras en los ejidos con el lento acarreo de las mieses. Por caminos solitarios, a pleno sol, acompañados del ruido aserrado de las chicharras entre los olivos y del continuo traqueteo de las ruedas, cual procesión de hormigas previsoras, los labriegos reunían el fruto de la tierra y de su trabajo, cerca de sus casas.

Había ahora que descargar el carro, deshacer los haces y esparcirlos, pasando sobre ellos las bestias que giraban sujetas por el cabestro alrededor del labriego colocado en el centro del círculo que formaba la parva. Deshechos los haces, se trillaban. Montarnos en el trillo era nuestro deseo más anhelado en el tiempo de las eras. Cuando no era el abuelo de un amigo, era un tío o un vecino, el caso era tener a alguien conocido que nos dejase montar las tardes que acudíamos, ya con el sol vencido, comiéndonos la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar. Cuando se trillaba la parva por una parte había que darle la vuelta y para eso se usaban unos ganchos curvos con forma de interrogación que se colocaban en la parte trasera del trillo.

Después se separaba el grano de la paja, aventando con la pala el resultado de la trilla contra el viento gallego cuando soplaba a media tarde. Si cantaba el alcaraván se consideraba señal propicia para la limpia. Había que aprovechar cualquier momento en que se movía el aire pues en esta época no es frecuente ni constante. Los niños y las niñas, ajenos al laborioso trajinar, jugábamos a escondernos entre los haces. Entre ellos ponían los hombres el barril con agua para mantenerla un poco fresca, dentro de lo que cabe en plena canícula.

Como estaba terminantemente prohibido fumar en el campo en estas fechas, el que no podía evitar el vicio, llevaba los avíos para ello escondidos y aprovechaba con mucho miedo algún momento perdido para darle al cigarro una caladas, pues la Guardia Civil vigilaba y castigaba duramente no sólo el hecho de fumar, sino el de llevar consigo el tabaco o el mechero, produciéndose cacheos y registros para averiguarlo. Entonces el fumar se complicaba más, pues el tabaco se portaba en la petaca, donde se echaba de unos paquetes rojos o  verdes  que vendían en los estancos y se liaba con unos papelillos muy finos que formaban  lo que se conocía como librillo o librito (algunas marcas eran Jean, Indo Rosa, Bambú). Una vez liado se pasaba la lengua por el extremo del papel y se pegaba. Para encenderlo se utilizaba el mechero de mecha y posteriormente el de martillo. Así que la labor no era fácil.

Separado de la paja y limpio el trigo, se llenaban los costales con la cuartilla, se iban atando sus bocas con abacaes y se colocaban  en la era hasta que había cantidad suficiente para llenar un carro. A cuestas se echaban los costales en el carro y a cuestas se subían a los doblados de las casas. A golpe de lomo y riñones. Esta operación se volvía a repetir cuando los jefes de los silos del Servicio Nacional del Trigo daban cita para poder llevarlo.

Para su transporte desde la era a las casa a  la yunta se le unía otro animal de tiro. Al subir la cuesta de la calle del Ejido con los carros cargados, los carreteros se subían al palo principal, el tiro, cerca de los yugo, agarrados a las costillas de estos, arreando a las bestias e intentando servir de contrapeso para que la carga no se fuera hacia atrás. Del  choque de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltaban chispas.  Las  bestias eran jaleadas, zurriago en mano, por el carretero  ante la mirada  y las voces de ánimo de las personas mayores que se reunían en ese lugar para observar la faena de acarreo.

Con la paja se hacía otro tanto. Se llenaban los carros ya con sus redes, se tupían para que la carga  fuera más compacta y se vaciaban en las puertas de las casas para irla metiendo en los pajares con sábanas y mantas. Esta tarea se solía hacer al anochecido, ya con la fresca. También los muchachos disfrutábamos con esta actividad y aprovechábamos para tirarnos y meternos dentro del montón. Cuando llegábamos a casa y nos desnudábamos para meternos en la cama salía paja por todos sitios. Como las calles estaban empedradas, el traqueteo del carro se acentuaba y hacía que la paja  se derramara. Por agosto estaba el suelo de muchas calles plenamente cubierto. La calleja de Misa y la esquina del ejido eran buen ejemplo de ello.

Eran noches de sentarse al fresco en las puertas de las casas que permanecían abiertas de par en par igual que las que daban a los corrales donde se encendía la luz, permaneciendo la casa a oscuras para que no entrasen los mosquitos, pero sí el aire. Cuando el grano todavía dormía en la era, había que guardarlo para que no lo robasen. Allí, con la manta al hombro, se dirigían los agricultores a pasar la madrugada. Los vecinos de eras próximas charlaban largamente para echar la noche atrás. Después cuando el relente  se hacía sentir había que taparse con la manta. Sólo el croar hueco y sonoro de las ranas y el monocorde y metálico canto de los grillos, arañaba el silencio profundo de la noche. A lo lejos, en las esquinas del pueblo, brillaban tenuemente las bombillas. Arriba el cielo, con la franja del camino de Santiago blanqueando,  cubría el cansancio honrado de los campesinos.