Tópicos del tiempo.

 

Los días son  ya más cortos
y por las noches  refresca.
Ya se sabe que en agosto,
frío en rostro
Pero no creas, que otros años
duró hasta octubre el calor,
y  septiembre  seca fuentes
o se lleva muchos  puentes.
¡El tiempo se ha vuelto loco!
Pero  no se lo come el lobo.
Cuentan los viejos que un año
no llovió hasta navidad.
 En enero, qué  pelonas
cuando crujen las pisadas
camino del olivar.
No son malas las invierno
que  enraízan a las plantas,
las malas son las tardías
cuando grana el cereal
y los brotes están tiernos.
Mucha agua va siendo ya,
que aquí los años lluviosos
nunca dan buenas senaras.
En invierno todo es noche
y las nieblas de la Pura
bastan para  la humedad
que las siembras necesitan.
Lo malo son los  solanos
que llegan en primavera
y arrebatan las espigas
cuando el campo ya está en flor.
El solano, agua en la mano
pero no en verano.
Aquí en verano,  el gallego
que  refresca y no reseca.
Ni buen prao ni buen centeno
si no llueve por febrero.
Yerbera  el agua en marzo
y en abril,  las aguas mil,
pero cien años viví
y uno bueno conocí.
Estas lluvias de san Juan
quitan vino y no dan pan.
Poco me gusta esa nube,
que donde le dé en caer…
Dios nos libre del granizo
como están las sementeras.
Parece que hay revolá
y el aire se fue hacia abajo.
Esa no  puede fallar:
mañana tierra mojá.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

Anécdotas de la escuela.

En la convivencia diaria de la escuela  surgen anécdotas y situaciones  curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias  de la edad escolar.

Refiero a continuación tres  de las que me han sucedido en mis años de docencia.

Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la  manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones coloquiales como y cuarto, menos cuarto,  las ochos pasadas, y pico…

Más o menos todos sabían el significado de frases como por ejemplo son las siete y cuarto, traduciendo su significado a los  minutos que pasaban o faltaban de la hora señalada, pero al llegarle el turno a una niña de sexto de Primaria, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que  “es la una y pico”,  con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar algo,  para apaciguar el hambre que se produce a esas horas.

Tenía yo por costumbre, para  aliviar la  pesadez y el cansancio después de las actividades de las materias fundamentales, organizar un turno de preguntas con adivinanzas y trabalenguas. Lo hacíamos en corro de tal manera que el que acertaba la respuesta subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le inquirí rápidamente que me dijera de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo y extrañado y me dice” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que,  por repetida, sabían la respuesta. Uno de ellos, con elevado tono de voz le respondió: “¡Del que sale en las procesiones!”

La tercera anécdota sucedió con un alumno que necesitaba ayuda extra para su aprendizaje y lo sacaba yo del grupo para que recibiera una enseñanza más individualizada. Le planteé un problema cuya redacción era: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”. Le dejé un tiempo prudencial para que razonase y me diese la respuesta. Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Le volví a plantear la pregunta leyéndosela despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome  de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me espetó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber  en un banquete 200 personas  sentadas  si lo más que cabe en un banquete es uno?”. Pensaba  yo después qué pasaría por la cabeza del  alumno cuando me miraba tan fijamente. Seguro que pensaría: “Este hombre ha perdido la cabeza”.

Pizarra y pizarrín.

 

 

 

Los pupitres de la escuela  fueron durante años bipersonales y para delimitar la parte que nos correspondía a cada uno, si las relaciones  se deterioraban por algunas de las múltiples disputas de la infancia,  trazábamos con el lápiz o con una tiza una raya que lo dividía en dos partes iguales. Cuando uno de los dos convecinos  invadía la parte contraria le daba un codazo, con el consiguiente estropicio  de borrones de tinta en la libreta porque  escribíamos con plumillas que mojábamos en tinteros de porcelana  que se metían  en los agujeros que tenían los pupitres. Para hacer las cuentas teníamos la pizarra y el pizarrín blanco y redondo,  así no gastábamos libretas.  Para borrar uníamos un trapo con una cuerda a un extremo de la pizarra y  un salivazo sobre ésta. Si el trapo se había perdido, se borraba con el antebrazo y éste se frotaba después  contra el pantalón para que no se notara lo blanco en el jersey.

 

Al fresco.

(Fotografía de José Jurado)

Una  cálida noche  de verano

el grillo pespuntea  su negra pena

y luce esplendorosa luna llena

derramada de plata sobre el grano.

Llega el canto monótono y lejano

de ranas que entre junco y agua suena.

En los chopos el viento se serena

a esperar el rojizo sol temprano.

Al fresco de la calle los vecinos

un momento de paz han encontrado

tras los pasos de inhóspitos  caminos.

Merecido, legítimo y honrado

el descanso después de los hocinos

bajo el cielo tan alto y estrellado.

Camino de Santiago.

En las noches de verano contemplábamos el camino de Santiago, esa ancha franja  de leche estrellada, y creía  yo que carros de cristales transparentes y barrocas formas, tirados por constelaciones de caballos, transitaban cada noche por él.

Decían que si contábamos estrellas nos saldrían espundias en la piel. Pero yo las contaba y las unía con imaginarios hilos formando  caprichosas figuras.

A veces una línea rápida y fugaz sorprendía  nuestra mirada absorta con  una rúbrica blanca en la cóncava negrura. “Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido”.

Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de las  ramas invisibles de un sauce gigante y luminoso, bajando como los cohetes  en las noches de  fiesta.

Bien entrada la madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.

Los diteros.

En las pequeñas tiendas  de los pueblos suelen tener una libreta donde  se apunta lo que se fía al cliente. El grueso de los ingresos económicos  del año para la mayoría de los vecinos se produce con los  que genera la recolección, tanto de cereal como de aceituna.  Las expectativas se frustran en muchas ocasiones por sequías, inundaciones o pedriscos y las deudas de la manoseada libreta crecen y se añejan. Hay que esperar una mejor ocasión para saldarlas.

Una modalidad  de venta muy extendida en años pasados fue a la dita. El ditero pasaba con su gruesa  libreta de hojas individuales para cada cliente. Estas hojas se atornillaban con dos barras apretadas con tuercas de mariposa. Cada hoja correspondía a un cliente y  en ella se anotaba la cantidad convenida que debía pagarse periódicamente hasta saldar la deuda y poder empezar una nueva línea de crédito. Había cierta flexibilidad si se alegaba que ese día no se tenía suelto y que al día siguiente se pagarían las dos cuotas. El ditero iba casa por casa y tan asidua  y familiar se hizo su presencia que las personas que ejercieron esta profesión quedaban bautizadas  con este sobrenombre.

 

Reina

Surgen estas  pinceladas, diversas  y asimétricas de tres situaciones  que tuvieron como referencia al pueblo  de Reina y que, en conjunto, conforman un pequeño ramillete de vivencias evocadas ahora con añoranza.

La primera de ellas ocurrió una tarde de primavera del año 1964 cuando en la capilla del Seminario Menor celebrábamos el mes de mayo. El padre espiritual del los  Gramáticos interrumpió las plegarias para darnos la triste noticia de la muerte de D. Juan Portero Muñoz, el cura de Feria que ejercía sus funciones sacerdotales en Reina. Tenía yo  entonces doce años y la fuerte impresión que me produjo  este hecho se debió  a que  lo conocía personalmente, pues coincidimos en el Seminario, él ya en su último curso de Teología  cuando fue misacantano,  y a que el lugar donde ocurrió el suceso estaba muy  próximo a Ahillones.  Aquella sotana enredada en sus pies, la pronunciada ladera del castillo, la luz difusa del atardecer, el derrame interno, su traslado hasta Badajoz…  Todo quedó guardado para siempre en el arcón de la memoria. Cada vez que veo el monolito blanco erigido en el lugar donde se produjo el accidente: “Aquí sufrió mortal caída nuestro párroco D. Juan Portero Muñoz. En  testimonio de gratitud y afecto  sus feligreses.  Reina 11 de mayo de 1964”, mi imaginación vuela hacia aquella tarde en que la canción “Rosa de abril morena de los vientos…” quedó teñida de rojo con la sangre vigorosa y joven de tan buena persona.

Otras tardes de los años 72 y 73 generaron recuerdos más agradables. Un amigo que intentaba ennoviar en Reina me pedía en algunas ocasiones que lo acompañara   en su furgoneta DKW. Él me recogía en Llerena, lugar donde residía entonces por mi trabajo. En una sala interior del bar de La Perla poníamos un pequeño casete con una cinta de Rumba Tres y así organizábamos  algo parecido a un baile. Una noche, después de una tormenta que descargó por la tarde, paseando por la carretera que enlaza con la de Llerena – Fuente del Arco, pude disfrutar  las bellezas que me ofrecía tan privilegiado lugar:  contemplé las luces lejanas y tenues de otros pueblos diseminados por la campiña, observé la inmensidad del cielo estrellado que aquí parecía estar más cerca, respiré los aromas del tomillo y del cantueso remojados en la tarde y sobre todo me introduje en el ropaje envolvente del silencio que anudaba todo como un regalo para los sentidos, roto sólo por el canto punzante  de los grillos que parecían tejer las costuras de la noche para que nada escapara de aquella burbuja tan acogedora. A mi espalda el castillo, desdentado y viejo, pero majestuoso y digno, conservando el abolengo y la hidalguía de pasados esplendores. 

La tercera pincelada que rememoro ocurrió durante las celebraciones en honor de La  Virgen de las Nieves, que han sido siempre muy visitadas y celebradas por los vecinos de Ahillones. Un año, de hace muchos,  unos amigos se personaron el primer día de fiesta y copa tras copa, ración tras ración, no se dieron cuenta del paso de  las horas. Tan bien lo pasaban que habían transcurrido dos días desde su arribada al pueblo. Las familias preocupadas, pero sabedoras de sus paraderos, decidieron recurrir a tres personas de orden para que se acercasen a Reina y convencieran a los festeros de que ya era hora de regresar. Al bar de Mauricio llegaron los encomendados en plan rescate  para, con sus mejores argumentos,   intentar conseguir el noble objetivo de llevárselos consigo. Así que comenzaron aceptando la invitación a una copa que les hicieron los trasnochadores paisanos. Y claro, no está bien que te inviten y no corresponder: llénanos que ahora invitamos nosotros. Así empezó a liarse la madeja.

Como consecuencia, la expedición fue un fracaso, pues no sólo no regresaron los hijos pródigos, sino que se incrementó su número con uno de los emisarios.

Estas son las tres pinceladas, los tres recuerdos que he querido narrar de forma breve. Después de muchos años la vida continúa y Reina,  paloma alada con dos fuentes, sigue reposando en un pliegue alargado  de la sierra.  Su castillo, vigía  de la Campiña,  recibe  antes que nadie   los primeros rayos del sol cada mañana y, a la tarde,  alarga las manos presurosas de su sombra hasta el pueblo y lo envuelve  protectoramente a la espera de la noche,  mientras a sus espaldas, en dirección a Torres, el astro enrojecido se hunde en las estribaciones azules de Sierra Morena.

La Acción Católica.

Los niños de la escuela  asistíamos los domingos a la misa de diez acompañados de los maestros. Nos colocaban en los primeros bancos y ellos vigilaban nuestro comportamiento durante la celebración. Al salir el cura de la sacristía precedido por los dos monaguillos se cantaba el “Vayamos jubilosos…” El cura se ponía  en el altar mayor. La misa era en latín y de espaldas a los fieles. Sólo se volvía de vez en cuando para decir “dominus vobiscum” y contestar nosotros “et cum spiritu tuo”. La orden de retirada era: “Ite, misa est” y  entonábamos: “La misa ha terminado, cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa Señor…” El celebrante recogía el bonete que le traía un monaguillo de unos asientos rojos y dorados que había en la parte derecha del altar, donde lo había llevado el mismo monaguillo al empezar el oficio. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila. El lunes siguiente nos reprenderán en la escuela a los más revoltosos e inquirirán sobre la ausencia de otros al acto religioso. La relación de la escuela con la Iglesia no se limitaba  al precepto dominical. Los jueves a las doce terminaban las actividades docentes y subíamos a recibir la doctrina cristiana. En esa hora del mediodía, hora del Ángelus, el sol daba de lleno en las vidrieras y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo se movía a través del cañón de luz que penetraba por los ventanales refulgentes. Nos distraíamos siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Cuando llegaban los ejercicios espirituales asistíamos durante una semana a las charlas que nos daba D. José como preparación para la Semana Santa. “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos, venid porque la iglesia abierta está”. Estas pláticas  vespertinas nos las impartía D. José con las luces apagadas, sólo con un flexo que iluminaba sus apuntes en una mesita situada  próxima a la escalera del púlpito, en el presbiterio. Intentaba lograr así un ambiente más íntimo y recogido. Toda la preparación terminaba con la parábola del Hijo Pródigo. La vuelta a casa y el perdón. La Acción Católica era también el lugar donde se celebraban los Círculos, charlas y cambio de impresiones de  D. José con  personas adultas. De este tiempo eran los Cursillos de Cristiandad, a los que asistían muchos hombres del pueblo y de los que algunos regresaban con un profundo cambio de actitud  hacia la vida religiosa. También se impartían clases nocturnas de alfabetización para adultos que por motivos laborales no tenían otras oportunidades de aprender durante el día.
Los Quintos, antes de irse a sus respectivos destinos, recibían allí  los consejos del párroco que, como pastor de sus almas, quería advertirles de los peligros que podían acecharles en la ciudad, sobre todo en lo concerniente a los pecados de la carne.
Los niños y los más  jóvenes teníamos también a la Acción Católica como lugar de esparcimiento y reunión. Las televisiones eran escasas. Las primeras llegaron a principios de los años sesenta. Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima y a pesar de estar las labores de recolección en  pleno desarrollo, a eso de las cinco menos cuarto se venían  los hombres de las eras, con el sombrero de paja incluido, a coger sitio en los pocos bares que disponían de televisión. Los niños y jóvenes acudíamos a la Acción Católica para ver nuestros programas. Nos cobraban un real por el servicio. Cuando se amortizó la compra la entrada fue libre. Catalina, sobrina de don José, se encargaba  del cobro y también de mantener el orden en el salón cuando, sobre todo los domingos por la tarde, se formaba demasiado jaleo. Eran los tiempos de  Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón. Por las noches también abría la Acción Católica y personas mayores  subían para ver allí los  programas  nocturnos. Las sillas de tijera estaban colocadas como si de un cine se tratara.

Los domingos por la mañana jugábamos en el futbolín que estaba situado en la última nave, cerca del balcón que daba al patio de la casa. El suelo  del futbolín era de pizarra moteada y  los futbolistas de hierro. El ruido que se producía era estruendoso. Para que no se metieran  las bolas y durase más la partida tapábamos las porterías o nos colocamos detrás  para, en un acto  rapidísimo, atraparlas antes que cayeran al cajón de abajo. De  tanto uso, el futbolín acabó con un boquete cerca de unas de las porterías que intentaron arreglar con una chapa. La bola salía muchas veces disparada fuera del recinto de juego con el peligro consiguiente para los cristales. “Seña” María,  hermana de don José, siempre bondadosa y en misión de apostolado, subía de vez en cuando a intentar poner un poco de orden. Las niñas y jóvenes  con sus pandillas entraban y salían, charlaban y comían pipas alrededor de las camillas.
Juan el sacristán vendía vasos de “Casera” fresca  a peseta. Nos los  tomabamos con las burbujitas dándonos en la nariz y tan de golpe que se nos saltaban las lágrimas por efecto del gas. Tenía su mesa para despachar inmediatamente a la izquierda después de subir las escaleras. En una pequeña nevera de color marfil, que antes perteneció al bar del Sindicato, enfriaba las botellas.  La barra de hielo se colocaba en la parte superior. Juan Diego  el del carrillo traía las barras de la fábrica de Berlanga en el portamaletas de su bicicleta, envueltas en sacos con paja. Se la encargaban, bien los bares o los particulares. Otra forma de enfriar las bebidas era introducirlas en el pozo en una cesta de mimbre sujeta con una cuerda, y el botijo, en verano, al sereno, al “resencio” de la noche en el corral.  Se le tapaba la pipa y la parte trasera para que no entrasen insectos.
Después de la misa de los domingos, mientras algunas  personas mayores se quedaban charlando en la puerta de la iglesia, subíamos con Dª. Virtudes, andando ya dificultosamente, a la Acción Católica y allí nos impartía unas charlas informales sobre asuntos religiosos adaptadas a los escolares. Nos relataba con entonaciones y silencios de efecto algún cuento moralizante. Al final, como premio por nuestra atención, nos repartía o rifaba hojas con relatos e ilustraciones de colores referidas a vidas de santos o personas dignas de imitación. Nos colocábamos en el salón que existe a la izquierda, según se acaba de subir la escalera. Dª. Virtudes, mujer bondadosa y afable, ya mayor, con sus gafas de concha negra, su velo de luto permanente y un rosario negro enlazado en la mano, se sentaba en un sillón al fondo de una mesa alargada, de espaldas a la pared que tapaba  una vitrina acristalada flanqueada por dos banderas con el escudo de la Acción Católica. Nosotros, a su alrededor, en sillas verdes de enea. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y en la barbilla tenía un lunar del que brotaban algunos pelos rebeldes. A principios de los sesenta se le tributó un merecido homenaje con motivo de su jubilación al que acudieron vecinos de Fuentes de León, pueblo en el que dejó un grato recuerdo como maestra


La esquila

(Carta al periódico HOY 2-5-11)

En mayo comenzaba la esquila. Traían los pastores, bajo la dirección de los mayorales, las ovejas a los guaches, las naves donde se esquilaba,  para quitarles la lana que en invierno las había abrigado. Los esquiladores usaban aún tijeras para este menester y era admirable la destreza de algunos de ellos. A éstos más diestros y experimentados se les solía encomendar la pela de los carneros por su mayor dificultad. En  Ahillones  hubo tres guaches que funcionaban durante dos meses a pleno rendimiento, con cuadrilla de más de cincuenta  en  alguno.

Un muchacho, el morenero,  paseaba por el local con una lata en la que llevaba restos de carbonilla que traían de las fraguas. A  la voz de “¡moreno!” acudía presto a echarle a la oveja ese polvo negro en la herida. Servía para que no le picara la mosca y se «bicheara». El manijero era el encargado de preparar los vellones de lana y meterlos  en sacos que almacenaban en el lanero  hasta que unos grandes camiones procedentes del norte venían a por ellos a principios de otoño.

Después de esquilado el rebaño, los pastores llevaban las ovejas a las fincas a pastar. Pasaban blancas y descargadas de lana por las calles, siguiendo el tañido del cencerro que llevaba el manso.