Foto de familia numerosa.

Con  fondo de una pared desconchada

posa el padre con chaqueta raída,

la esposa  discreta y luchadora al lado,

enlutada hasta los pies, ambos sentados.

En derredor,  los hijos repeinados

para tan señalada ocasión.

Al menor lo sostiene

la madre en el regazo.

El que le sigue tiene

una mano en el pitín y otra en los labios.

El mayor,  taciturno,

mira como esperando aparición.

Otro, en la pierna del padre recostado.

 Escaseces, sudores y trabajos,

obligada y miedosa sumisión

quedaron en la foto reflejados

Bodas antiguas.

Con sus ritos, costumbres, protocolos y servidumbres, la celebración de las bodas ha ido, como todo, evolucionando con el transcurrir de los años.

Los primeros recuerdos que conservo de estas celebraciones, finales de los cincuenta y principios de los sesenta,  son referentes a la estancia  de los niños y las niñas en la puerta donde se agasajaba a los invitados esperando a que nos dieran alguna dulzaina. Así probábamos algún mimo o alguna perrunilla, siempre que alguien de dentro nos conociera y ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunos de los dulces en un pañuelo o en el bolso para los familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

La mayoría de los enlaces se celebraban  durante los meses  de agosto y septiembre al final de la  recolección de cereales, pues con los ingresos que proporcionaba su venta  había que ayudar a sufragar los cuantiosos gastos que se originaban. El número de esponsales  aumentaba los años de abundantes cosechas.

Las familias de los contrayentes pasaban los días previos con el lógico ajetreo que conllevaba preparar todos los detalles.

Había que tener cuidado de que nada fallara, sobre todo en lo que concernía a las invitaciones. La noche anterior, a pesar de estar ya avisados todos los invitados con suficiente antelación, los familiares de los novios organizaban sus grupos e iban de casa en casa recordando que la boda sería a la hora ya  determinada. Era una breve visita que duraba el tiempo imprescindible para tal comunicación. Pero que no se olvidara a nadie porque podía ser motivo de no asistencia por los que, muy susceptiblemente, consideraban ese olvido como un agravio.

Si en alguna casa había una invitada soltera sin acompañante, pasaba algún familiar del contrayente  correspondiente el día de la boda para que no fuera sola a casa del novio o la novia.

Iban acudiendo los invitados a la casa que les correspondía, según por parte de quien habían sido llamados.

Cuando se aproximaba la hora de la ceremonia, la comitiva de la parte del varón contrayente se dirigía a la casa de la novia, donde aguardaba ésta con sus invitados. Desde allí dándose el brazo la novia con el padrino y el novio con la madrina, iban a la iglesia para la  ceremonia. En las esquinas los curiosos aguardaban para ver el paso del  cortejo nupcial.

Acabada la celebración eclesiástica, se dirigían todos a  la casa de la nueva esposa. Allí era el primer convite, generalmente de dulces y aguardiente. Pasaban los familiares con bandejas. Una con dulces y otra con aguardiente. La del aguardiente con una copa que se llenaba inmediatamente que alguien se la bebía. Vueltas y más vueltas y a medida que las rondas se iban sucediendo,  las camisas de los que servían iban saliiéndose  de los pantalones  (“desatacándose”, que decimos por aquí ) y las bandejas llenándose de un melote pegajoso.  Posteriormente todos los invitados llegaban a la casa del novio donde se repetían las operaciones descritas.

Esa  noche cenaban todos los invitados en casa de la novia.

El día siguiente de la boda tenía también sus ritos. Era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. Los educados visitantes eran obsequiados de nuevo con aguardiente y dulces. También existía la costumbre, esa misma mañana, de que los padrinos se llegasen a la casa de los vecinos a ofrecer esos mismos presentes. Ese día los invitados del novio iban a  comer la casa de éste y  los de la novia a la de ella.

El día de la tornaboda había baile toda la jornada. Éste se empezó celebrando en la misma casa de los novios y años después empezó a hacerse en salones contratados para la ocasión.

 

 

En los descansos que daban los músicos durante el baile, la gente más joven hacía corros y se cantaban canciones del estilo de “Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja de jóvenes que iban saliendo al centro del corro y con las manos  en la cintura y enfrente uno del otro, movían el tronco alternativamente a derecha e izquierda al son de la música.

Después se cruzaban dos o tres veces en el centro, cogiéndose de la mano y apoyando un pie  y otro alternativamente.

Cuando acababa una canción, cada uno de los que habían bailado invitaba a salir al centro a otro del sexo opuesto. Si insistías dos veces con la misma persona podía ser indicio de que esa persona te gustaba, por lo menos eso comentaban los demás entre risitas y complicidades.

Al llegar la noche se dejaba entrar en el baile a los que no estaban invitados a la boda y que esperaban en la puerta, pero éstos debían abandonar el salón cuando los músicos tocaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los invitados.

Viejos cortijos.

Si llegas al cortijo verás que tiene las paredes exteriores de  piedra y tierra desgarradas por los temporales. Está situado en una ladera elevada desde donde se divisan en la lejanía Ahillones y Berlanga. Las paredes de su solana sirven de abrigo a los cazadores mientras almuerzan en los días fríos. Casi todo el techo de maderos está hundido sobre el habitáculo, donde crece la hierba sin control entre los cascajos caídos del techo.  En el corral, que está en la parte trasera, hay un arado muy viejo y oxidado y restos de un carro: el yugo y trozos de una rueda. En la esquina  que da al noreste  se yerguen dos encinas de mediano tamaño. En la parte que da al poniente quedan restos de lo que fue una pequeña cochinera. 

Al  final de la ladera, por la parte septentrional, discurre el regajo del Monte. Por la parte meridional, ascendiendo un poco, se llega al cordel de las Garzonas-Navafría, límite del coto de caza de Ahillones y de Valverde.

Hace mucho tiempo tuvo moradores. El pan  se metía en una tinaja para que no se pusiera duro tan pronto. Se comía en la primera nave, reservando la última para las bestias, pues aún se conserva allí el pesebre. Por las noches, después de la faena se sentaban al fresco bajo el cielo estrellado con el canto de los grillos y las ranas de ruidosa compañía.

Los días de invierno se calentaban a la lumbre los campesinos,  mientras la leña chisporroteaba y desde el interior, a través del postigo, contemplaban la lluvia y las nubes agarradas a la sierra.

Una romana colgaba de la pared al lado de la foto de un hijo en el servicio militar.

Ahora está abandonado,  con las puertas rotas y abiertas de par en par. De una de las paredes que se mantiene parcialmente en pie cuelga un cuadro pequeño con la imagen desleída de una santa.

Éste, como tantos otros antiguos cortijos, se ha ido desmoronando poco a poco. Tuvieron su tiempo de vida y ajetreo cuando familias enteras  vivían en ellos o pasaban allí largas temporadas en los períodos de siembra y recolección. El límite de las faenas las marcaba  el sol y el canto de los gallos. 

Los sogueros.

 

 

 

 

 

Hace más de cincuenta años venían por los pueblos sogueros gallegos.  Colocaban sus pertrechos en una calle espaciosa. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente del torno ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Acudía la gente, sobre todo la del campo,  a hacerles los encargos y se pasaban varios días en el pueblo hasta que terminaban.

 

 

 

 

 

Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba  un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.

El soguero introducía el husillo  entre las cuerdas y  las pasaba por sus acanaladuras.  Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba  el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás.De ahí deriva la expresión:

» Ir para atrás como el soguero».  De esta forma quedaban trenzadas las cuerdas formando la soga. Pues a ver quién es el soguero que con tres cuerdas: recesión, recorte de la inversión pública y falta de créditos bancarios consigue hacer una soga que estimule el consumo, disminuya el paro y reactive la economía. Con estas cuerdas más que sogueros, quizás hagan falta ilusionistas y encantadores.

Campesinos.

 

 

 

 

 

 

Como homenaje a los hombres y mujeres  del campo de cuando se besaba el trozo de pan que se caía al suelo.

 

“Son asina los cachorros de la raza

de castúos labraores  extremeños,

que, inorantes de las cencias d´hoy en día,

cavilando tras las yuntas , descubrieron

que los campos de su Patria

y la madre de sus hijos, son lo mesmo”

Luis Chamizo.

Los veía pasar por la Plazuela en las anochecidas de otoño y de invierno. Venían montados a mujeriega sobre las mulas que andaban cabeceando con paso lento y rítmico por las calles empedradas después de un día de intenso trabajo. Los capotes negros y ásperos de duro hule  revestidos de alquitrán, sobre los hombros. Las luces de la calle recién encendidas, tenues y vacilantes, se reflejaban en los charcos y regajos que formaba la lluvia.

Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores sobre la tierra.

La siembra se hacía  a mano, esparciendo el grano sobre los surcos abiertos con el movimiento  acompasado del brazo en forma de abanico a derecha e izquierda para repartir la simiente del modo más uniforme posible.  Se denomina amelga la faja de terreno que el labrador abarca en cada pasada. El grano se llevaba  en una collera que iba colgada  de los hombros del sembrador. La collera es un  saco doblado  por la mitad, juntas la boca y la base y cosidas por uno de sus extremos. Ahí se llevaba el grano. Le daban este nombre por similitud con el que se ponía a  las bestias, que el diccionario de la RAE define así: “Collar de cuero o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate.

Para arar llevaban el cuerpo inclinado y tenso sobre el arado que iba tirado por la yunta, las manos apretadas sobre la mancera, ahondando y enderezando el surco para dejar lista la besana. Si había dos personas  una araba y la otra detrás iba sembrando; si no, tenía que arreglárselas uno solo, abandonando una faena y reiniciando otra.

Cuando la siembra estaba nacida se escardaba para quitar las malas hierbas con azadas, paso a paso, surco a surco, en cuadrillas de varios trabajadores, que avanzaban sobre las hazas en formación horizontal.

El hato con las viandas se dejaba en el lugar en el que se pensaba almorzar, no lejos del tajo. Para transportar desde casa el aceite y el vinagre  se utilizaban cuernos huecos de asta de toro y en otro utensilio, llamado liara, se solían llevar las aceitunas. El aceite y el vinagre en el mismo cuerno, ya que como no se mezclan pueden utilizarse uno u otro invirtiéndolo. La comida del mediodía era por cuenta del dueño de la tierra que contrataba a los trabajadores. El almuerzo lo llevaba cada uno. Anochecido, hora  de sombras difusas y olores acentuados, se preparaba en los hogares de los agricultores la comida caliente del día para que los que regresaban del campo templaran su cuerpo con algo caliente. El pueblo  a estas horas  recobraba un trasiego intenso: mujeres que iban a por leche o de visita, hombres con fajas negras liadas con varias vueltas a la cintura y boinas o mascotas al estanco a comprar el tabaco y el librito, muchachos que apurábamos los últimos juegos de la tarde, viejas envueltas en sus mantos y velos negros que al toque de la oración se dirigían a la iglesia.

Pero el esfuerzo titánico de los labriegos se producía en la recolección. Mediado junio se empezaba a segar. Era la saca. Primero a mano, con la hoz, juntando gavillas para formar los haces, que se iban amontonando en el rastrojo. Cuando se tenían suficientes haces se cargaba el carro. Un trabajador en lo alto de éste los colocaba adecuadamente y otro se los lanzaba desde el suelo ayudándose del bieldo. El cintero limitaba la carga por arriba y le servía de sujeción cuando ésta estaba completa. Posteriormente por caminos, la mayor parte de ellos en mal estado, balanceándose el carro peligrosamente con el traqueteo, con riego de vuelco, como a veces ocurría, se llevaban las mieses hasta la era.

El carro era el medio de transporte fundamental cuando todavía no existían remolques ni tractores. Se dejaban en las puertas de las casa y era una estampa típica verlos en las calles. El mozo del carro era un palo colocado en el tiro y que apoyado en el suelo se usaba para sostener más elevado este último. Llegada la temporada  se engrasaban los ejes de las ruedas sebo. Para levantar el carro  y poder mover las ruedas se ayudaban  de una cabria que es una especie de palanca, ya que hacerlo de brazos era duro y peligroso.

 

En verano se le añadían al carro las varas y la red para dotarlo de mayor capacidad. La bolsa estaba en la parte inferior, su barriga de esparto. La parte superior estaba limitada por tablas rectangulares que iban más o menos a la altura de los ejes de las ruedas y que servían para separar la bolsa del resto de la parte interior. Estas tablas se quitaban cuando había que aumentar la capacidad. La parte inferior la bolsa se unía mediante dos varas paralelas, llamadas galgas. Los muchachos nos metíamos en ella para jugar al escondite.

Se iban formando las eras en los ejidos con el lento acarreo de las mieses. Por caminos solitarios, a pleno sol, acompañados del ruido aserrado de las chicharras entre los olivos y del continuo traqueteo de las ruedas, cual procesión de hormigas previsoras, los labriegos reunían el fruto de la tierra y de su trabajo, cerca de sus casas.

Había ahora que descargar el carro, deshacer los haces y esparcirlos, pasando sobre ellos las bestias que giraban sujetas por el cabestro alrededor del labriego colocado en el centro del círculo que formaba la parva. Deshechos los haces, se trillaban. Montarnos en el trillo era nuestro deseo más anhelado en el tiempo de las eras. Cuando no era el abuelo de un amigo, era un tío o un vecino, el caso era tener a alguien conocido que nos dejase montar las tardes que acudíamos, ya con el sol vencido, comiéndonos la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar. Cuando se trillaba la parva por una parte había que darle la vuelta y para eso se usaban unos ganchos curvos con forma de interrogación que se colocaban en la parte trasera del trillo.

Después se separaba el grano de la paja, aventando con la pala el resultado de la trilla contra el viento gallego cuando soplaba a media tarde. Si cantaba el alcaraván se consideraba señal propicia para la limpia. Había que aprovechar cualquier momento en que se movía el aire pues en esta época no es frecuente ni constante. Los niños y las niñas, ajenos al laborioso trajinar, jugábamos a escondernos entre los haces. Entre ellos ponían los hombres el barril con agua para mantenerla un poco fresca, dentro de lo que cabe en plena canícula.

Como estaba terminantemente prohibido fumar en el campo en estas fechas, el que no podía evitar el vicio, llevaba los avíos para ello escondidos y aprovechaba con mucho miedo algún momento perdido para darle al cigarro una caladas, pues la Guardia Civil vigilaba y castigaba duramente no sólo el hecho de fumar, sino el de llevar consigo el tabaco o el mechero, produciéndose cacheos y registros para averiguarlo. Entonces el fumar se complicaba más, pues el tabaco se portaba en la petaca, donde se echaba de unos paquetes rojos o  verdes  que vendían en los estancos y se liaba con unos papelillos muy finos que formaban  lo que se conocía como librillo o librito (algunas marcas eran Jean, Indo Rosa, Bambú). Una vez liado se pasaba la lengua por el extremo del papel y se pegaba. Para encenderlo se utilizaba el mechero de mecha y posteriormente el de martillo. Así que la labor no era fácil.

Separado de la paja y limpio el trigo, se llenaban los costales con la cuartilla, se iban atando sus bocas con abacaes y se colocaban  en la era hasta que había cantidad suficiente para llenar un carro. A cuestas se echaban los costales en el carro y a cuestas se subían a los doblados de las casas. A golpe de lomo y riñones. Esta operación se volvía a repetir cuando los jefes de los silos del Servicio Nacional del Trigo daban cita para poder llevarlo.

Para su transporte desde la era a las casa a  la yunta se le unía otro animal de tiro. Al subir la cuesta de la calle del Ejido con los carros cargados, los carreteros se subían al palo principal, el tiro, cerca de los yugo, agarrados a las costillas de estos, arreando a las bestias e intentando servir de contrapeso para que la carga no se fuera hacia atrás. Del  choque de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltaban chispas.  Las  bestias eran jaleadas, zurriago en mano, por el carretero  ante la mirada  y las voces de ánimo de las personas mayores que se reunían en ese lugar para observar la faena de acarreo.

Con la paja se hacía otro tanto. Se llenaban los carros ya con sus redes, se tupían para que la carga  fuera más compacta y se vaciaban en las puertas de las casas para irla metiendo en los pajares con sábanas y mantas. Esta tarea se solía hacer al anochecido, ya con la fresca. También los muchachos disfrutábamos con esta actividad y aprovechábamos para tirarnos y meternos dentro del montón. Cuando llegábamos a casa y nos desnudábamos para meternos en la cama salía paja por todos sitios. Como las calles estaban empedradas, el traqueteo del carro se acentuaba y hacía que la paja  se derramara. Por agosto estaba el suelo de muchas calles plenamente cubierto. La calleja de Misa y la esquina del ejido eran buen ejemplo de ello.

Eran noches de sentarse al fresco en las puertas de las casas que permanecían abiertas de par en par igual que las que daban a los corrales donde se encendía la luz, permaneciendo la casa a oscuras para que no entrasen los mosquitos, pero sí el aire. Cuando el grano todavía dormía en la era, había que guardarlo para que no lo robasen. Allí, con la manta al hombro, se dirigían los agricultores a pasar la madrugada. Los vecinos de eras próximas charlaban largamente para echar la noche atrás. Después cuando el relente  se hacía sentir había que taparse con la manta. Sólo el croar hueco y sonoro de las ranas y el monocorde y metálico canto de los grillos, arañaba el silencio profundo de la noche. A lo lejos, en las esquinas del pueblo, brillaban tenuemente las bombillas. Arriba el cielo, con la franja del camino de Santiago blanqueando,  cubría el cansancio honrado de los campesinos.

Serenatas

 

 

 

 

 

En los  días de fiesta  había baile por la mañana y por la noche y era habitual, una vez acabado, prolongar los horarios de las libaciones después de irse las mujeres a sus casas,  pues ellas, en esta época,  aún no se habían equiparado en el tiempo de holganza   tabernaria con los hombres. Ni en los bares, ni en las prolongaciones extras que continuaban en la calle con la botella del camino después de haber cerrado los establecimientos, pues la hora de cierre  era muy  temprana y se vigilaba por los agentes municipales su estricto cumplimiento. Se aprovechaban estos días festivos para las  manifestaciones públicas de los primeros escarceos amorosos.

Las serenatas que se daban iban acompañadas generalmente de  cogorzas que se  paseaban  de madrugada por las calles solitarias. Se iba en grupo y al llegar a la casa en la que alguno tenía interés en manifestar el gozo que le provocaba la flecha con la que Cupido había traspasado su corazón, comenzaba el grupo a intentar enderezar los primeros compases de la canción tunanta, un desentonado “Sal al balcón” que  debía desanimar a la más complaciente  de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

 

 

 

 

 

 Dudo que con estas desacompasadas interpretaciones se le enterneciera alguna vez el corazón a la requerida por el ardoroso Calixto de turno.

Al primer ruido de cerrojo, que se abría al oír los moradores de la vivienda el jaleo de la calle a tan intempestivas horas, salían  corriendo los mozos en tropel hacia la  esquina  más cercana para esconderse y evitar ser reconocidos. Pasado un tiempo prudencial, regresaban a las cercanías de la puerta y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien  iba el requiebro, una voz estentórea salía del grupo: «¡Esto va  de parte de Fulanito!», y a correr otra vez, esta vez sin esperar el cerrojazo.

El cine.

 Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.

 

 

 

 

El salón del cine tenía sillas de enea, un  suelo todo a la misma altura de baldosas rojas  y un techo recubierto de sacos para evitar los ecos y mejorar la audición.

El abundante humo de tabaco, los chasquidos continuos de pipas y la voz de  gaseosas a peseta del vendedor acompañaban la proyección de cualquier película. Cuando alguien salía para utilizar los servicios que estaban en el exterior una bocanada de aire fresco entraba en el salón.

Los domingos y días de fiesta eran por lo general los días de función. Si el día era de los gordos de fiesta las entradas eran numeradas; si no, un abrigo o dos extendidos sobre las sillas servían de reserva. La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre que eran coreados por toda la chiquillería:» ¡una, dos, tres!»

Los que empezaban a fumar aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas con golpes de tos incluidos o algún mareo por hacer varias “p”, Esto de hacer la «p» era tragarse el humo, mientras más hondo llegase y más tardase en salir más experiencia demostraban.

No era infrecuente que la proyección se interrumpiese por algún corte inoportuno y que nuestras miradas de niños al buscar el agujerito por donde salía la imagen descubriese las rosetas encarnadas de algunos pómulos que delataban, además del ambiente cargado, el juego amoroso de los novios, que poco les importaba a ellos la película de turno.

Si nos aburríamos durante la sesión nos entreteníamos mirando el chorro cónico de niebla blanca que iba desde la cabina  a la pantalla y por donde pululaban pequeñas partículas flotantes.

En los descansos los altavoces sonaban estridentemente con canciones como “¡Ay campanera” o “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar”. Se aprovechaba para preguntar a los amigos si habían cogido el hilo. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté a un amigote de esos mayores, que estaba detrás con su novia, si lo había cogido y me respondió que él no, pero su novia había cogido el hilo y el ovillo entero.

Si alguna escena escabrosa para la moral de la época levantaba silbidos del respetable o gritos más o menos groseros por parte de los  gamberros, el acomodador acudía con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto. Como última instancia, D. José el cura, que era coparticipe en la propiedad del cine, mandaba encender las luces y en medio del pasillo intentaba calmar los ánimos.

Poco tiempo después D. José se salió de la empresa y empezó a poner las calificaciones morales en la ventana de la Acción Católica: 1, para todos los públicos, 2, menores acompañados, 3, mayores, 3R mayores con reparos y 4, gravemente peligrosas.

Al final de la función con los ojos irritados por el humo, la cara ardiendo  y los pies como témpanos,  salíamos a la calle tapándonos la boca con un pañuelo para que el frío de la noche  no nos  resfriara.

 

 

Las fraguas.

 

 

 

 

 

Al atardecer, después de regresar del trabajo, los labradores llevaban a las fraguas  las rejas y los escoplos  de los arados,  romos y gastados de tanto roturar la tierra,  para que los herreros los aguzasen. Los ponían al rojo vivo a base de soplar con el fuelle el carbón.  El maestro herrero y su ayudante  los moldeaban  y forjaban sobre el yunque para dejarlos otra vez punzantes y afilados con el macho pilón y el martillo, dando  golpes con ellos  alternativa y acompasadamente. A veces eran dos los  ayudantes con un macho cada uno. ¡Qué gran habilidad tenían para no estorbarse!

Era una auténtica melodía metálica, base de los cantes de fragua. Posteriormente introducían  el escoplo en un bidón de agua para enfriarlo, produciéndose un  chisporroteo, brusco, sonoro y humeante.

En las calles donde estaban ubicadas las fraguas siempre había maquinaria para ser reparada. Los muchachos nos montábamos en el asiento de hierro de las segadoras, simulando su conducción,  y manipulábamos los pocos mandos de que disponían, pues eran  aún de las tiradas por bestias.

En los peines de pinchos que cortaban los tallos de las espigas tuvimos más de uno algún que otro percance.

Cuando se empezó a usar la soldadura autógena  nuestras sombras se reflejaban  en la pared de enfrente de la fragua. El resplandor de relámpagos artificiales que se desprendía al soldar nos producía la ilusión de estar haciendo cine con nuestras posturas y brincos extravagantes.

 

 

Leche en polvo y queso de bola.

La ayuda americana llegaba a la escuela  en forma de leche en polvo y queso de bola. La leche se hacía en una cuba de cinc dándole vueltas con un palo, labor que encargaban los maestros a los alumnos mayores. Al salir a recreo  nos ponían en fila y nos la echaban en los tazones que llevábamos de casa.

Cuando se cansaron de darle vueltas a la leche con el palo nos daban el polvo para que cada uno hiciese con él lo que le pareciera. La mayoría nos lo comíamos así, poniéndonos la cara como se puede imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia.

 

Después  de bebernos el tazón, con el bigote blanqueado nos íbamos al arroyo  que pasaba por la parte trasera  del edificio escolar a pescar renacuajos y peces en las covachuelas (“covacheras”, les decíamos nosotros). Algunos compañeros, en una práctica cruel, atravesaban los renacuajos con un junco y engañando a cualquier incauto le decían, con el pretexto de realizarle una operación quirúrgica al animalito, que sujetasen el junco por los extremos, poniendo el junco entre los dedos de ambas manos. Cuando más absorto  y confiado estaba el cándido  esperando el resultado de la operación le juntaban las manos de dos tortazos sincronizados destripando al renacuajo entre ellas.

Al salir de la escuela por la mañana, volvíamos al arroyo, pero esta vez para buscar en sus orillas tierra seca y echarla sobre las punteras mojadas de los zapatos. Intentábamos disimularlas  de esta  manera para que no nos riñeran en casa.

 

El queso de bola se repartía por la tarde para  merendar.  Los maestros lo partían en una mesa que estaba en un rincón de la clase. El queso venía en envases  de metal amarillento con forma de prisma cuadrangular.

Algunas tardes de primavera  o de  otoño  en que lucía el sol, sacábamos los pupitres a las “corralillas”, que eran una especie de porche  orientados al poniente  y que se  comunicaban con las aulas mediante una puerta. Allí hacíamos las tareas. La parte de la cara  en que nos daba el sol se nos ponía como una amapola y el moscón de los sueños zumbaba de pupitre en pupitre.

Lavar sin botones.

Cuando no había  lavadoras   la ropa se lavaba en la panera con agua del pozo y jabón verde  y se frotaba en el “batiero”, que es una  tabla con la superficie formando relieves.  Los detergentes con marcas como “Ese”,  “Saquito” , “Tutú” y «Omo» llegarían más tarde.  La lavandera, de rodillas sobre un trozo de corcho, batía la ropa sucia una y otra vez  con los puños hasta dejarla limpia.  Después se enjuagada  sacando nuevas cubas de agua del pozo y se colgaba  a secar.

Había lavanderas profesionales  que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en el campo y allí relizaban esta labor, bien con paneras y “batieros” o sobre piedras. Tendían la ropa ya limpia sobre aulagas y  tomillos. Ya seca la transportaban en canastos de mimbre a casa para plancharla.

Eran las  mujeres las que lavaban  y planchaban la ropa. En los tiempos a los que hago referencia  no vi nunca a ningún hombre  haciendo esta faena.

Trabajo duro y mal pagado del que pueden dar referencias  muchas mujeres mayores de nuestros pueblos. Las  jóvenes  generaciones deben saber el sacrificio que costaba  cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando  un botón, sobre todo  porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde la habitación a la lavadora.