Calderetas.

Caldero en  mitad del corro

equidistante  de todos.

Cucharada  y paso atrás.

Así comen en el campo

las sabrosas calderetas

mayorales y pastores,

gañanes, aperadores

y los amigos de siempre.

Y el vino que corra bien

por los sedientos gaznates

para allanar el camino

a la carne con picante.

Una primera oleada

y una voz que grita ¡coto!

pincha  en medio del condumio

un tenedor solitario.

Llega  el cante.

Ese fandango valiente

queda temblando en el aire

con la desgarrada voz

que nace de quien lo siente.

Son pedacitos de gloria

esos  días con amigos,

armonía y buen ambiente.

Viejos inviernos.

 

En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos  y días cortos de tibio y leve sol, madrugadas a oscuras de viento silbante con otras rasas de intensas heladas.

Las tardes, ya de por sí cortas en esta estación, lo son aún más cuando llueve. Las nubes vienen veloces y densas del suroeste. La lluvia cae monótona y viste de gris metálico el cielo. En las calles, sin asfaltar, corre el agua por regatillos tortuosos. Muchos hombres juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Algunas mujeres en sus casas hacen punto tras los visillos de las ventanas y de vez en cuando miran por lo alto de las gafas al exterior.

En las noches de temporal, como la luz eléctrica desaparece en el momento  que se remueve un poco el aire, transita poca gente por las calles: algún bulto negro con una linterna en la mano sortea los hoyos y el barro. Por las callejas da miedo pasar. Tras los cristales empañados del bar, una mirada contempla absorta  las gotas de lluvia que caen en los charcos, donde se refleja la luz macilenta que escapa al exterior. Unas pocas siluetas difuminadas por la oscuridad y el humo del tabaco se entrevén en la barra. La empresa suministradora del fluido eléctrico justifica su ausencia por la caída de un poste de los que sostienen el tendido. Las lámparas, quinqués, carburos y candiles están siempre a mano. Entrada la madrugada, el viento racheado  se ciñe violentamente a las esquinas, huyendo amenazante y bravo  para regresar poco después a llenar la noche de oquedades invisibles. Sentados al brasero de los hogares los mayores conversan mientras la cera resbala por la vela y nuestra mirada intensa y asombrada contempla su llama vacilante que llena la estancia de perfiles fantasmales y gigantes. Las diez parecen medianoche. Noches de boca de lobo. En las pausas de la charla se oyen caer las canales y la puerta del corral chirría movida por fuertes ráfagas de viento. Alguna cuba metálica rueda  por el suelo tirada por su fuerza y nuestros ojos infantiles asustados buscan la reacción de los mayores, que mueven sus cabezas exclamando: “¡Qué noche está!”

A la mañana siguiente se abren los postigos desde donde se vislumbra una cuchillada de luz ceniza  lavada con la lluvia de la noche. Seguirá lloviendo, la veleta de la torre sigue señalando hacia el Pencón, ábregos de la mar vieja.

Unos hombres con  los trajes de pana remendados de diversas tonalidades se acercan a la esquina del Ejido a ver cómo está el horizonte y a comentar las incidencias de la noche pasada. Las crestas y lomos de las sierras de S. Miguel, S. Cristóbal,la Capitana, S. Bernardo, sierra del Agua y la sierra del Viento siguen tapados.

Otros días del invierno son fríos, pero limpios por el viento del norte, que produce el azul más puro y celeste y recorta y destaca la silueta rojiza de la torre sobre el añil de su lienzo. Sólo algunos vendedores ambulantes de Berlanga y Valverde vocean sus productos: Antonio el delas naranjas, Juan el de las papas,la Carpeta, Curro el del cisco, Juan Lagarto….

En el Torviscal y en las traseras de la casa de D. Carlos hay también grupos de hombres que charlan a sus abrigos. Durante estas noches rasas y frías  se producen intensas heladas que silenciosamente van cubriendo de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a pasar sobre el carámbano que se ha formado o a tirarle piedras para romperlo, dejando nuestras pisadas una estela de huellas crujientes sobre las riberas. En el pueblo, que despierta, algunas chimeneas entre los tejados blancos exhalan columnas de humo. Las campanas de la torre tocan el Ave María.

Me alejo

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

Huiré como Juan Ramón

por las callejas del pueblo

cuando en la plaza repleta

bullan la fiesta y los ecos.

Yo no llevaré a Platero,

iré andando despacito,

sin prisas, mientras me alejo.

Me fijaré en los detalles

en los que nunca reparo:

la blancura en los resaltos,

los lomos de tejas rojas,

las filas de  hormigas negras,

las lagartijas al sol,

las águilas allá arriba,

las nubes de ovillos blancos…

Me sentaré en una loma

y  desde allí en el  silencio

pasaré la tarde  solo,

dejando pasar el tiempo.

 

El silencio de la iglesia

 

Ahora que no creo que mi cuerpo

se queme eternamente

sin acabar de consumirse nunca,

cualquier día  de estos

que  esté  la iglesia sola,

paso por allí y entro

a la solemne quietud del silencio

que dan sus anchos muros

y el alto sus  techos,

por ver si en un rincón o entre las bóvedas

encuentro la inocencia

perdida ya hace tiempo

cuando creía en un  cielo de buenos

y en las llamas eternas del  infierno.

Tal vez esté entre algún ramo de lirios

de los que en primavera

adornan los altares,

o  flotando en el haz de luz y polvo

que desde las vidrieras

llenan el amplio  suelo de colores,

o en los ecos de encendidos sermones

que perturbaron mi sueño infantil

con fantasmas y atónitos desvelos.

¿Se elevaría a las nubes entre incienso

montada en sus aromas?

¡Qué fácil es creer

si no se piensa nada!

En el viejo mecano

las piezas ya no encajan:

serafines,  virtudes, querubines,

tronos, dominaciones,  potestades,

ángeles, arcángeles, principados

se desvanecen pronto

en el lógico fluir  del pensamiento.

Evanescentes halos

de cuentos infantiles

quedan de la inocencia en el recuerdo.

 

 

Atardecer en la plaza de Llerena

 

 Al atardecer, dos ojos  de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.

¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?

Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.

Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.

Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.

Se levanta una suave brisa que atusa los picos  de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo  punk.

A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.

¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?

¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?

¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?

¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?

¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?

Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.

Me gusta

 

 

 

 

 

 

 

Me gusta el pueblo en su vivir diario,

sin ruidos ni tumultos bullangueros.

El trajín cotidiano,

el detalle, el gesto,

Me gusta la luz resplandeciente en las solanas,

el sombrero inclinado y somnoliento

al  tibio sol del mediodía.

El vuelo de cigüeñas

bajo el intenso añil de primavera,

las sábanas al sol de los corrales

y también el borbolleo del puchero a la candela.

La mirada  curiosa y presentida

detrás del blanco encaje en la ventana.

Oír la  una en la plaza silenciosa

cuando no queda nadie por la calle

y la noche se cubre con manteos .

Me gusta ver el  haz de sol dorado

clavarle a la penumbra

rejón de polvo y luz.

Y el leve sol de invierno

lavando con caricias

de gotas de rocío a la retama.

Y en el campo solitario sentirme

envuelto por la lluvia y sus rumores

Y el vino con amigos,

compartiendo secretos y porfías.

Ver  llamas de piruetas caprichosas

consumir leños con sus lenguas rojas.

Y tú. Me gustas tú,

inspiración de todas estas cosas.

El postigo

 

 

 

 

 

Una puerta bien cerrada,

sólo con postigo abierto,

es escudo y es tronera,

recorte de luz cuadrada

de un pedacito de cielo

extraído del  azul

o del gris del aguacero;

abertura al viento frío

en las mañanas de enero,

confesionario a la cara

sin celosías ni soslayos,

fotografía de carnet

con desconfianza previa

si el que llega es forastero.

Día de difuntos

 

 

 

 

 

 

Las campanas hoy

ominosas suenan.

Aún temprano el aire,

frío acero, llega

por tu sangre adentro.

Luis Cernuda

Una tarde del día de  difuntos,  azul y fría, fui con mi padre al cementerio, según es tradición. No tendría más de siete años.

Como el  sol de estas fechas se esconde pronto, las sombras alargadas de los cerros cercanos dejaban  ya grandes zonas sin su luz directa y en las vaguadas se presentía la helada de la noche cercana.

Subía yo soltándome a menudo de  su mano para coger hinojos secos de las cunetas, que olía y tiraba. Teníamos los muchachos un cierto escrúpulo de llevarnos a la boca cualquier planta que nacía en los bordes del  camino del cementerio.

La mayoría de las personas, con caras tristes, pensativas y algunas llorosas, regresaba a casa después de haber visitado las tumbas de sus seres queridos. Grupos de mujeres agarradas del brazo, con  mantos y velos negros de interminables lutos bajaban por el camino. Dentro del cementerio quedaban a estas horas pocos visitantes. Unos rezaban en silencio y otros paseaban por delante de los nichos, intentando reconocer los nombres de los enterrados o buscando la tumba de algún familiar lejano.

En la inconsciencia feliz de la niñez, mi pensamiento no trascendía a comprender el dolor que deja la ausencia y las caras tristes o llorosas constituían un elemento más del paisaje, pero esta tarde tuve un primer atisbo de la desolación y la amargura que produce la muerte.

Vi a un hombre ya mayor delante de una tumba, con una gran calva blanca que contrastaba con el resto de su cara  morena, casi negra de vientos y de soles, la mascota sujeta por las alas entre sus manos nerviosas, levemente encorvado,  traje oscuro con chaleco y camisa abrochada hasta el último botón. Yo, que lo que quería era seguir andando, tiraba de la mano de mi padre cada vez que éste se detenía. Pero esta vez me detuve yo al observar que al hombre del sombrero en la mano le resbalaban dos lágrimas silenciosas por su piel curtida y arrugada.  Nunca había visto llorar a un hombre. Asombrado, intuí la pena y soledad que debería sentir en aquel momento. ¡Qué profundo respeto me produjo esta imagen una tarde fría de noviembre en el silencio solemne del cementerio, con los restos dorados de un débil sol abandonando ya las picochas de los cipreses! Al regresar  no corrí, ni salté, ni cogí hinojos secos de las cunetas. Bajamos sin hablar; oscurecía y un frío de finos cristales se metía entre la ropa.

Llegaban del pueblo los dobles repetidos de campanas, sones que el aire polar del anochecido extendía como sábanas de plomo negro, agazapándose sus ecos  en los rincones como alondras en los barbechos.

La costumbre era que los  toques  de dobles empezaran la tarde de Todos los Santos y continuaran todo el día de los Difuntos, pasando la noche en el campanario los monaguillos y el sacristán. Para ello, la semana anterior, los monaguillos acompañados del sacristán, vestido con roquete para darle oficialidad al acto, y tocando una campanilla como cuando el cura llevaba el viático a los enfermos, habían ido pidiendo por las casas las vituallas necesarias con las que alimentarse durante el día y medio que duraban los toques de las campanas.

En la torre, a medida que avanzaba la oscuridad, se iba destacando la luz de la candela que hacían para  calentarse. Sus siluetas fantasmales, ya entrada la noche, eran arrojadas una y otra vez contra las paredes rojas del campanario, impulsadas por el movimiento caprichoso de las llamas.

En mi imaginación infantil, el infierno arrojaba hacia arriba bocanadas de fuego y allá, muy hondo, los pecadores se retorcían del dolor que les producía una combustión que nunca terminaría. Arder y arder sin consumirse nunca, padeciendo insufribles tormentos. El fuego eterno.

Ya en la cama, hecho un ovillo, en la semiinconsciencia que precede al sueño, creía ver un horno inmenso con figuras descompuestas por el dolor, demandando clemencia, una clemencia que por haber muerto en pecado mortal, según nos decían, nunca habría de llegar. Después de rezar dos o tres “Señor mío Jesucristo” con más miedo que devoción, lograba entrar de puntillas en el sueño.

 

Hongos

 

 

 

 

 

 

Aunque el refrán diga lo contrario, el tiempo sí se lo come el lobo porque  otros años por estas fechas estábamos cogiendo hongos en Fontanilla, en las Cumbres, en el Palacio y en los posíos de san Pedro.

Y aunque llueva a finales de octubre  o principios de noviembre no será lo mismo. Vendrán las heladas y ya no saldrán con sus cabecitas blancas y sus tiernas laminillas rosas entre  la hierba. Estas tibias mañanas,  las  tardes luminosas no son las mismas  que  si los campos estuvieran verdes  por la lluvia. El verano se ha agarrado con fuerza a los faldones del otoño y no quiere dejarlo que vuele libre, húmedo y fecundo sobre las tierras resecas.

Cuando vamos a cogerlos, mayores y niños, pateamos los lugares en que tradicionalmente se han criado y que es donde pastan las ovejas durante el año. Regresamos con las cestas de mimbre llenas de este exquisito producto. En casa, después de quitarle la piel, los ponemos  a asar  con un poco de sal y cuando empiezan a desprender agua los apartamos. Listos para comer después de soplar un poco sobre ellos para que no nos quemen la lengua.

Esperemos que cuando las primeras cortinas de agua hidraten la piel reseca de la tierra siga el ambiente templado, con apacibles auras, que dejen salir de la tierra estas exquisiteces.  Que aguarden las heladas.

San Miguel de antaño

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El año agrícola empieza por san Miguel, cuando se voltea la tierra labrantía con la mano en la mancera para ofrecer su pecho fecundo al cielo esperando lluvia y tempero, cuando el membrillo maduro cae a la gavia y la brisa de la tarde trae hasta el pueblo olor a tierra mojada.

Por estas fechas  acuden al rodeo de Llerena los agricultores  y ganaderos a hacer los tratos de compra, venta o cambio de ganado.

Al rozar la alborada  los lomos de la sierra se tiene todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por los dueños de fincas colindantes, cuando el sol de miel y membrillo de septiembre se comienza a  extender por los rastrojos y las pardas tierras de los barbechos, se inicia la marcha.  Sobre la bestia van pensativos los campesinos, acompañando con el movimiento de sus cuerpos el paso  uniforme y rítmico de la caballería. Después de casi dos horas de marcha llegan al rodeo.  Ante el acoso de los primeros tratantes que los han visto llegar, casi siempre de raza gitana,  ocultan  sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. El humo de un buen cigarro de petaca y  la mirada de reojo pasando de grupo en grupo, con mirada de liebre precavida, ayudan a estudiar la situación, mientras los animales, bien sujetos de los cabestros, abrevan en el pilar después de la caminata.

En el regateo hay que demostrar poco interés en lo que realmente se pretende y no dejarse embaucar porque el animal, azuzado por la varita de mimbre del gitano, muestre una postura bizarra y unos movimientos ágiles, pues no sería la primera vez que seducidos por el señuelo, se lleven en los días posteriores un desengaño al comprobar que lo que fue boyante en el rodeo, sin saber cómo ni por qué, se convierte en torpeza o falsedad.

Tras muchos tiras y aflojas,  muchas  fintas y amagos dialécticos, se cierra el trato de  compra, venta o  cambio con un apretón de manos y se emprende el camino de regreso.

Por estas fechas también se celebran los contratos verbales entre los grandes propietarios y  sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros… Mediante estos contratos trabajan durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales en las grandes casas de labranza. Si el trabajo es satisfactorio renovarán al año siguiente el pacto. El estatus laboral  de estos trabajadores  es intermedio entre los regímenes de los fijos y los eventuales. Son los acomodados.

La actividad en el campo se revitaliza  por san Miguel. Besanas y apriscos, arreos de yuntas y tañer de esquilas llenan la campiña de bucólicas estampas.