El kiosco

Juan fue un buen hombre con alma de niño y corazón de gominola. Trabajó de panadero en Zafra, pero una enfermedad lo obligó a dejar esa profesión. Recaló en Ahillones y ahí formó su familia.   Lo empecé a tratar entre incienso, velas y campanas cuando yo empezaba a frecuentar la sacristía. Fue sacristán a la vieja usanza, con sotana negra y roquete blanco con bordes de encaje en las celebraciones solemnes.  Y no había de ser menos cuando la liturgia era rito y sustancia y los curas usaban manteos y sombreros de teja.
El ser jefe de los monaguillos le otorgaba ascendencia sobre ellos en una institución donde la jerarquía es excelencia. Pero nunca imponía.  Las hostias las sacaba de la oblea con máquina y repartía los recortes que sobraban entre los veteranos de la plantilla, que por algo es un grado. Pan ácimo fino y blanco que se deshacía en la boca casi al instante.
Un día lo sorprendí echando un trinque del vino de la consagración que estaba en un camarín de la sacristía. A mí me pareció normal que lo hiciera porque era el encargado de su custodia y reposición. Me ofreció un trago para hacerme partícipe del secreto. Por cierto, el vino estaba riquísimo. 
Los estipendios que cobraba por sus funciones no debían de ser sobrados y empezó a buscar la forma de incrementarlos. 
En aquellos tiempos la televisión era una novedad y había pocas en el pueblo. En el amplio salón de la Acción Católica había una. Se llenaba todas las tardes para ver los programas infantiles y películas como Bonanza, El llanero solitario o El Virginiano… Y ahí metió punta para sacar reja.  La sobrina de don José, que este era el nombre del párroco, fue su prestamista sin intereses. Cinco duros, veinticinco pesetas de principios de los sesenta. Compró botellas de ‘La Casera’ y empezó a venderlas por vasos.  Cuando llegó el primer verano se hizo con una nevera antigua, de esas que se cargaban con barras de hielo. Era de un bar vecino y ya no la necesitaban. No enfriaba demasiado, pero las burbujas saltándonos a la nariz suplían lo que faltaba de frío.
Amplió la oferta con chucherías y adquirió un frigorífico eléctrico. Allí empezó a hacer polos con refrescos de naranja y limón en los moldes de los cubitos, con palillos que siempre salían ladeados.
El negocio marchaba y por fin llegó el kiosco.  Solicitó permiso al ayuntamiento y en una carpintería del pueblo se lo construyeron. Verde y cuadrangular, con portillo abatible delantero que graduaba en los laterales con clavijas, según luz o agua hubiera. En invierno le ponía cristales y dejaba solo una ventanilla para despachar, como en las taquillas de los cines.
En un alambre sujetas con pinzas de la ropa estaban las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, las amorosas de Corín Tellado y las calcomanías.  Por allí pasaban los hombres, las parejas de novios y los niños. Unos cuantos le ayudaban encantados a hacer cucuruchos de papel de estraza y llenarlos de avellanas, calentitas, recién sacadas del brasero. Él era uno más.
 El kiosco, un poco de isla, de oasis y de confesionario se convirtió en referencia y lugar de encuentro. Hoy solo está abierto en el recuerdo de quienes lo conocimos. 

Pesadillas

La soledad es un vacío donde los pensamientos tienden a expandirse sin más contención que la fantasía de cada cual, así que, sueltas las bridas de la mía, lo primero que hace es trotar desbocada hacia los prados de la infancia.
Los fantasmas de las pesadillas provocaban que en medio de la noche pidiese auxilio. “¿Ves? Aquí no hay nadie y en la habitación de al lado tampoco”. Pero a veces era tal el miedo, que me iba a la cama de mis padres porque temía que volvieran. Allí en su compañía me sentía protegido del capricho de los sueños.
Yo sabía que mi voz o mi llanto los alertaban y que al poco estarían a mi lado tranquilizándome y aplacando mi agitación.
Ahora no me asustan los sueños, sino la vigilia y temo a otros peligros, que no son fantasmas ni alucinaciones de una noche de fiebre.
Cuando he tenido que quedarme solo en casa, sin tener ya la edad ni el ingenio del niño Kevin para salvar situaciones comprometidas, adopto ciertas precauciones.
 Temo que durante la madrugada me ocurra algún percance y no pueda llamar la atención de nadie y que si al día siguiente vienen a buscarme no puedan entrar a socorrerme.  Por eso no cierro por dentro con cerrojo ni dejo la llave en la cerradura y tengo el teléfono siempre a mano.  Con esas cuitas me adentro en el sueño. Al abrir los ojos por la mañana siento la alegría de encontrarme de frente con la luz que entra por la ventana anunciando un nuevo día.
 Leí en el mes de agosto en este periódico la noticia de que una mujer fue encontrada en su casa de Cáceres con síntomas de deshidratación, tras haber caído al suelo por un desvanecimiento y estar más de cuarenta y ocho horas sin comer ni beber. Afortunadamente, pudo ser rescatada a tiempo por los bomberos.
Más triste e irremediable ha sido el caso de la señora del distrito madrileño de Ciudad Lineal, hallada el pasado mes de octubre momificada después de llevar quince años muerta en el baño de su vivienda.
Estaba administrativamente viva porque pagaba religiosamente sus facturas y mientras el voraz dragón satisfacía su apetito pecuniario la supusieron viva y nadie pensó que su ausencia pudiera ser eterna.
En los pueblos pequeños se echa más pronto en falta a quien se ausenta por existir un trato habitual y más cercano. En las grandes ciudades, en que algunas relaciones vecinales son de aceite y agua, de adiós y buenos días en la escalera, como mucho, es más fácil que pasen inadvertidas las desapariciones. Los pisos son como celdas de colmenas, próximos, pero aislados, donde a veces los moradores saben poco de sus vecinos y la muerte entra en alpargatas de espuma, sin tan siquiera darle a la cisterna cuando ha terminado su misión.
En edades avanzadas, cuando se vive solo, las pesadillas no son soñadas, sino reales, sin nadie en la habitación contigua que escuche la llamada de angustia o los sollozos. Mientras los vecinos entran y salen del bloque a sus faenas puede suceder, como en los casos descritos, que alguien yazca en el suelo inconsciente o que de un baño se pase a un proceso de momificación en un periodo de quince años de olvido.

Amigos de la mili

Ya hace diecisiete años que no pasan los quintos por las calles juntando lluvia y barro en sus canciones con el retratito de su moza en la cartera, junto al pecho, donde se guardan los tesoros más queridos.
En noviembre se celebraba el sorteo. Cuando yo era pequeño los quintos llevaban escritos en sus espaldas con tiza blanca los destinos que les habían correspondido. En los padres quedaba la preocupación por su suerte, sobre todo si les había tocado África. En la memoria de los más viejos aún echaban humo y olían a pólvora los desastres del Barranco del Lobo y Annual. “Ni me lavo ni me peino/ni me pongo la mantilla/hasta que venga mi novio de la guerra de Melilla”. Claro que en aquella época los patriotas adinerados pagaban para que otros tuvieran la oportunidad y el honor de alcanzar medalla y féretro en las guerras.
Mi padre, de la quinta del cuarenta y cuatro, hizo el servicio militar en Segovia y Madrid. El año de la leva es, además de referencia para muchas personas que averiguan así el año de nacimiento, una fecha sentimental. Decir ‘ese es quinto mío’ o ‘fulano sirvió conmigo’ es como expresar un grado de parentesco entre personas de diversa condición que han compartido vivencias y parrandas cuando la vida asoma pletórica por las costuras de la juventud.
Regresó mi padre muchos años después a la capital de España y aprovechó el viaje para intentar encontrar lo que ya no estaba.  Yo le acompañé. Era mi primer viaje a la ciudad, rompeolas de todas las Españas, como la calificó Antonio Machado.
No me dijo nada, pero yo sabía que buscaba los sitios por donde había andado en sus tiempos de soldado. Miraba confuso hacia arriba, girando la cabeza hacia torres y edificios altos para localizar referencias.  Aquí había una taberna, allí una tienda de comestibles… pero estaba todo tan cambiado que le resultó difícil anclar su memoria en el pasado. Creo que sintió como si le hubiesen robado algo que le pertenecía, como pez en una ciudad sin agua que buscaba, difuminadas las malas vivencias por el tiempo, lugares donde, a pesar de todo, fue feliz a su manera e hizo amigos que perduraron hasta la muerte.
Uno de ellos nos invitó a toda la familia a la boda de su hijo a Guadalupe.  Era de Castilblanco y se llamaba Cristeto Casasola.  En el abrazo que se dieron al lado de la fuente que está enfrente de monasterio había un aprecio sincero y una emoción contagiosa.
Yo he vuelto también a Sevilla, a la avenida de la Borbolla, cerca de la hermosa plaza de España.  Allí estaba el cuartel de Ingenieros, con sus dos garitas de torres almenadas a la entrada. El edificio, en el que vivió Luis Cernuda, se conserva perfectamente, dedicado a otros usos por el ejército.  En el recuerdo están los buenos y malos ratos y muchos amigos a los que no he vuelto a ver.  Sentí, como mi padre, que el tiempo me hurtó algo.
El día que nos licenciaron y nos entregaron aquella cartilla blanca, tan evocada en coplas, gorra de granito al aire, jubilosamente, al grito de rompan filas, experimenté también un poco de pena por la despedida porque sabía que la mayoría no volveríamos a vernos nunca más.

El garlito

Ya había pasado la primera década prodigiosa de la posguerra.   No por musical, aunque aliviara, porque el que canta su mal espanta, sino por los prodigios que había que hacer para sacar un conejo o una paloma de la chistera, que por supuesto si salía iba a parar a la cazuela. Los pómulos prominentes eran colinas donde anidaba el águila del hambre y en los valles profundos de los ojos se remansaban la ansiedad y miedo.  
Todavía cantaban las cuarenta en bastos sobre el tapete cuarteado de la piel de toro y a los que osaban salir de la formación de filas uniformes se les reconvenía para que a la voz de ¡ya! volvieran a alinearse; así que, prietas estas, se dirigían hacia un horizonte con el sol siempre saliendo entre montañas, una imagen que hizo que muchos lo buscaran más allá de sus fronteras.
De ‘La morena de mi copla’ que cantaba Estrellita Castro con caracol en la frente y bata de cola, se pasó, vía castaño oscuro, al pan negro con molienda de semillas y cáscaras, cocidos en los hornos clandestinos de las casas. A escondidas, porque el trigo había que entregarlo obligatoriamente al Estado. Al aroma era difícil contenerlo entre las cuatro paredes y delataba a los panaderos furtivos.  Los nidales eran despensas de presentes ovalados que las gallinas anunciaban con su cacareo al medio día.  Se estaba a la espera y si no se les palpaba para comprobar si venía de camino. Las cartillas de racionamiento repartían lo que no había.
El rebusco, con permiso de los dueños, era una solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon, fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho. Unas gotas para mojar en los exangües calderos. Y ahora que vengan diciendo los revisionistas de la historia que no era hambre, sino inapetencia y las cartillas, colecciones de cromos.
Si Antonio Molina bajaba cantando a la mina a trabajar en un oficio tan duro como el de barrenero, los demás no iban a ser menos y les echaban agallas a sus duras condiciones. La copla ayudaba a sobrellevar penurias.
La necesidad obliga y aguza el ingenio. El ‘Cano de los peces’ traía la mercancía en una cesta de mimbre atada al portamaletas de la bicicleta. Peces del río Viar, capturados con las artes que, aunque estaban prohibidas, se arriesgaban a practicar con la astucia y la cautela del que se siente perseguido.  El garlito era una de las más utilizadas.  Artilugio de juncos entretejidos que se dejaba durante el día o la noche en un ‘correntón’ estrecho, que era paso obligado para los peces y del que no podían salir los que caían en él. De ahí el dicho de ‘caer en el garlito’, cuando alguien mediante engaño cae en la trampa que le han tendido.
 Después de recorrer más de treinta kilómetros llegaba con la cara abrasada por el sol y el viento, haciendo límite en su frente el ala del sombrero.  Los voceaba por las calles y vendía los que podía. ¡Y  hay quienes dicen que el pescado es caro!

Maletillas

Pintura de López Canito.
El toreo, además de provocar opiniones encontradas, ha inspirado acordes en los pentagramas, metáforas en la literatura e imágenes a los pinceles y a las manos de los escultores.
Por citar a algunos ejemplos: Ernest Hemingway, Blasco Ibáñez, García Lorca, José Bergamín, Vicente Aleixandre entre los literatos; Goya y Picasso entre los pintores; Mariano Benlliure y Feliciano Giles entre los escultores.  Para los maletillas suponía un medio con el que alcanzar sus sueños.
En la plaza de toros de Vista Alegre se celebraban novilladas nocturnas para aspirantes a toreros.  Las organizaban Domingo Dominguín y los hermanos Lozano. El periódico ‘Pueblo’ se encargaba de darle publicidad a los eventos.
A Manuel García Cuesta, ‘El Espartero’ se le atribuye la frase “más ‘cornás´ da el hambre” cuando le avisaron del peligro de las astas. A estos festivales acudieron los que huían de esas cornadas invisibles que resaltan pómulos y profundizan cuencas y los que querían conseguir fama y cortijos.  Las retransmisiones de estas novilladas por televisión, con el nombre de ‘La Oportunidad’, extendió su divulgación por toda España y el programa fue un éxito. De allí salieron toreros como Palomo Linares, Ángel Teruel y el Niño de la Capea.
Blas Romero González, ‘El Platanito’, natural de Castuera y vecino esporádico de hospicios y correccionales, alcanzó notoriedad con sus exageraciones y aspavientos, lejos de la ortodoxia del arte de Cúchares, pero cayó en gracia en el momento oportuno y triunfó, aunque su gloria fue efímera.  El coche amarillo del practicante de mi pueblo fue bautizado con el apodo de ‘Platanito’.
Las circunstancias sociales favorecieron esta eclosión de jóvenes que querían ser maestros del toreo.
‘El Cordobés’, salido de la nada, pasó de robar gallinas a ser un ídolo de masas, rico y famoso. Espontáneo en la plaza de las Ventas, representaba la rebeldía y las ganas de comerse el mundo para quienes nada tenían que perder y sí mucho que ganar. La televisión abrió la ventana por donde escapar del anonimato y saltar a la fama.
Con todo este caldo de cultivo mi amigo pensó que su vida cuidando ovejas y destripando terrones en los barbechos no tenía futuro. Fue rumiando la idea de marcharse en la soledad de su trabajo en el campo. 
Sentado detrás de la puerta entreabierta por donde entraba un haz de sol a la caída de la tarde, imaginaba que esa era la luz de la plaza y él paseaba por el albero su triunfo mientras la banda de música tocaba el pasodoble ‘Nerva’.
Una madrugada de luna llena con leve hatillo al hombro se fue por las sombras de las paredes en busca de la gloria. De equipaje llevaba ilusiones anudadas en un pañuelo al cuello y zapatillas aladas para sus pasos. Cruzó pedregales, saltó cercados, vadeó arroyos y durmió envuelto en un capote que soñaba verónicas en la Maestranza. Las siluetas de las encinas eran cuatreños que embestían a sus lances naturales, los que se dan con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio. Imaginó ajustadas chicuelinas, como se ciñe el viento a la retama. Las estrellas en el tendido del cielo eran flores que tiraban al ruedo celebrando su éxito. Anhelos de gloria de jóvenes maletillas que buscaban su redención entre soñados toriles de sangre y blancos pañuelos al aire.

Olores y sabores

El olor de las manzanas y los membrillos de las huertas sobre el ‘topetón’ de la chimenea llenaba toda la casa de aromas campestres. El de la tortilla de patatas recién hecha al anochecer, el de la leña en la candela de la chimenea las mañanas de invierno, el olor a incienso y a lirios en las grandes solemnidades de la iglesia, el de la tierra mojada con las primeras aguas del otoño, el de la ropa limpia y recién planchada sobre la piel blanca de niño…
Una parte fundamental de nuestros recuerdos está asociada a olores y sabores.
Al contrario de las matanzas, que se hacían a la vista de los vecinos e incluso en la antigüedad se alardeaba de ello, tostando los cerdos en las puertas de las viviendas como seña de identidad de los cristianos viejos frente a los musulmanes y como muestra de verdadera adhesión a la fe cristiana de los conversos, a las dulzainas se les ponía sordina para que no trascendiese su elaboración más allá de las cuatro paredes de la casa.
No estaba bien visto ser goloso y se tendía a ocultar el gusto por los dulces al considerarlo una debilidad de la voluntad, reprimidos como estaban la gula y los apetitos desordenados y ponderadas la abstinencia y la mesura como virtudes. 
Calificar de golimbra a una persona era poco menos que insultarla. Pero se elaboraban y se comían dulces exquisitos. En unas tierras feraces, pródigas en cereales, olivos, almendros; abundantes cabañas de ovejas y corrales con gallinas, sería un desprecio a la naturaleza desaprovechar los frutos que ofrecían y los usos que se les podían dar en la elaboración de tan apetitosos manjares.
Por primavera había una eclosión de formas, aromas y sabores: gañotes, pestiños, rosquillas para la Pascua… La miel de nuestros campos elaborada por las abejas que libaban en jaras, tomillos, cantuesos, romeros, eucaliptos, era el complemento ideal para muchas de estas variedades.
Permanecen en la memoria los sabores vírgenes de niño y al volver a sentirlos nos evocan situaciones de la primera vez. Aún recuerdo cuando probé las ‘puchas’, vocablo que el diccionario de la RAE no recoge con esta acepción, pero que la mayoría de los extremeños conocemos. Por ahí las llaman gachas. Un postre dulce y apetitoso a base de aceite de oliva, harina, leche, azúcar y, a gusto del consumidor, anís, canela, pan frito…
Nos las puso mi tía Ana una noche de matanza como postre. ¡Cómo una comida tan simple pudo saberme tan exquisita! Y la leche nevada con montañas de clara de huevo y cimas de canela…
Para los difuntos y todos los santos vendían huesos de quienes habían alcanzado los altares.  La primera vez que los vi en un escaparate de la calle Armas de Llerena iba con mi padre y le pregunté que qué era lo amarillo que estaba por dentro y me contestó que el tuétano. ¿Qué es eso?, le pregunté. Una sustancia que tenemos en el interior de los huesos. Me compró uno y con desconfianza empecé a comerlo. Al percibir el primer sabor se disiparon los recelos.  Me lo comí y me relamí los labios cuando acabé. Lo de huesos me sonaba a muerto, pero lo compensé con la santidad, que me supo a gloria bendita.

Camas vacías

Fuimos hijos y esperaban nuestro regreso por las noches. Somos padres y aguardamos el regreso de los nuestros.  Un cambio de papeles que nos hace entender mejor el dicho de que quien espera desespera y a comprender el enfado que provocábamos si tardábamos en volver a casa siendo jóvenes.
Cuando los hijos son pequeños cerramos la puerta de la calle y nos acostamos con la tranquilidad de saber que todos estamos dentro, protegidos de la intemperie y de los sucesos que pueden acaecer fuera. Si despiertas durante la madrugada al oírlos toser, acudes a arroparlos y te tranquiliza verlos dormir plácidamente en sus camas.
Les llega la edad volandera y empiezan a salir, conquistando aplazamientos de regreso con la justificación de que sus amigos hacen lo mismo y con la lógica de que si salen a la una no van a volver a las dos. ¡En mis tiempos con vuestra edad salíamos al anochecer y a las doce, como mucho, estábamos en casa!, o algo parecido les decimos algunas veces. Pero ya no es ayer, sino el desmadre horario que hace que los jóvenes vivan en la cara oculta de la esfera del reloj.
Para el que está de fiesta las manillas corren ligeras e ignoradas. Solo el despunte del alba da una campanada rosa, lenta y progresiva hacia la luz que los alerta de que ya va siendo hora, pero tranquilos que las prisas no son buenas consejeras. Para el que aguarda, el sonido del tictac es una cuenta atrás hacia la angustia y cada sonido de la campana del reloj de la sala es un aldabonazo en la médula del sueño. ¿Cuántas han dado, cinco o seis? ¡Las horas que son y estos niños sin venir! Después te vas haciendo a la idea y te acostumbras a encontrártelos cuando tú sales temprano, que para ellos no es tan tarde todavía. Cada uno tiene una llave y el que va llegando comprueba si es el último.
Y no es que nosotros no trasnocháramos, pero lo hacíamos puntualmente, en casos de feria en los pueblos cercanos, no por hábito como lo hacen ahora todos los fines de semana y fiestas de guardar. Se sale más tarde y se recogen más tarde.
Un amigo de mi edad, que en alguna ocasión llegó al amanecer, encontró a su padre, con los avíos del campo preparados, esperando detrás de la puerta. Al entrar le dijo con enfado contenido, pero con toda la tranquilidad que pudo fingir: “No te acuestes. Cámbiate de ropa que nos vamos. Quien sirve para la juega, sirve para el trabajo”. Pasó la mañana entre los surcos a remolque de su sombra, aliviando la resaca con el agua de la cántara y mirando el reloj al que horas antes no había hecho ni caso. Al día siguiente se pensaría si volver de feria.
Ya no se hace eso, que yo sepa. Ahora, cercanas las cuatro de la tarde, los padres se plantean si llamarlos para que coman algo o dejarlos dormir hasta que despierten.
Llega el tiempo en que de volanderos pasan a remontar el vuelo y se van en busca de nuevos horizontes. Entonces echamos de menos sus llegadas, aunque fueran a deshora. Ver sus camas hechas y vacías cuando te levantas produce un poco de nostalgia.

Final de verano

Un baile para el señor cura, Juan García Ramos
Al muchacho no lo dejaban entrar en el baile de la feria porque no tenía la edad. Desde fuera buscaba la manera de evitar el cuerpo del portero, colocado en medio de la puerta con vara de mimbre y aspecto de guarda jurado, y así observar lo que solo él guardaba como preciado secreto.
El local en el que se celebraban los bailes en las fiestas patronales era el patio de una extensa casa solariega. En un rincón crecía una parra que extendía su ramaje trenzado entre alambres y  se utilizaba como una  especie de techo. En la parte donde no alcanzaba, ponían telones de lona para evitar el sol en la matiné.
Los trámites de contratación de músicos y arrendamiento de sombrajos servían de justificación al miembro de la familia que gestionaba tales menesteres para tirarse unos cuantos días de viajes y homenajes a Baco.
 El grupo musical estaba compuesto casi siempre por saxofones y trompetas. Música de viento, vibrante y metálica que se enredaba en los sarmientos a ritmo de pasodobles o boleros de Machín, cuyas letras susurraban al oído las parejas de novios.
El acceso a la pista se hacía por la puerta principal de la casa, que ocupaba más de una manzana. No había justificante de pago, sino la anotación de los nombres en un papel y el control visual de toda la familia. Las mujeres no pagaban ni había reivindicaciones para compensar tal discriminación. Eran otros tiempos.
Venida a menos la hacienda familiar, los dueños mantuvieron orgullo y vajillas y un ‘en mi casa entra quien yo quiero’, que dificultaba el acceso a ciertas personas.  La historia venía de más atrás, de los tiempos de la república en los que hubo dos sociedades de recreo en el pueblo, escorados unos a babor y otros a estribor.
Baile en Bougival, Renoir.
Los días de septiembre estaban envueltos en melancolía. Por estas fechas llegaba el final de las largas jornadas de verano, la vuelta al colegio y las despedidas de los amigos.
Una de aquellas noches tocaba el grupo musical la canción de Peppino di Capri, ‘Melancolía’. El vocalista desgranaba la letra con sentimiento y ‘La Parra’ estaba de bote en bote.  El muchacho, que aún vestía pantalón corto, se afanaba por mirar entre el portero y el quicio de la puerta.  No lo hacía porque le gustaran los boleros ni los tangos, sino que ya, tan pronto para su edad, sentía una atracción especial por aquella mujer de vestido rojo y pelo rubio que había llegado de fuera. Cuando los músicos dieron descanso con un fuerte toque de platillos esperó en la puerta y se hizo el encontradizo para que ella, que siempre era cariñosa con él, le dijera algo. Le pasó la mano por la cabeza y le sonrió. A nadie se lo dijo, ni la mujer podía imaginar las intenciones ni los sentimientos de aquel niño que aún no había llegado a la pubertad. Hoy sonríe al recordarlo y no sabe cómo calificar ese conjunto de emociones, deseos y sueños que anidan en un corazón tan joven. Cómo puede surgir en un muchacho esa atracción por una mujer que le dobla la edad. Pero es cierto que las mariposas revolotean por el estómago antes de que la primavera cubra de flores los campos de la adolescencia.

Olas

 

Todos los veranos hay olas de calor y de playa. Las del mar para quienes gusten y puedan. A mí me fascinan las que llegan con sus testuces levantadas y embisten furiosas, rompiendo sus crines de espuma contra los acantilados. O las de madrugada cuando se escucha su incesante vaivén de sonajeros rotos. Y ver la luna rielando en sus espaldas.  Las que acompañan al baño, menos. No por ellas, sino por el molesto peaje de la arena caliente en la planta de los pies y su querencia a pegarse a mi cuerpo.

Las otras olas, las de calor, llegan montadas en caballos de calima desde tierras africanas: polvo, sudor y fatiga. Las sufren con especial intensidad los que viven en las vegas del Guadalquivir y del Guadiana, donde el sol se desploma en las vaguadas haciéndose el muerto y les resulta difícil a los vientos levantar sus posaderas para que remonten el vuelo.

En el rincón suroeste de España, ijares de la piel de toro, hay un triángulo con forma de parrilla que es tarjeta de presentación del averno en llamas-Badajoz, Córdoba y Sevilla- donde estamos acostumbrados a sudar la gota gorda y a rondar por los cuarenta grados. Cuando la siega era hoz, cintura doblada, gavilla, sombrero de paja, barril entre haces y pañuelo en la nuca, el remedio lo traía el rapaz aguador que no tenía más oficio que hacer ‘verea’ con el cántaro al hombro: del tajo al pozo y del pozo al tajo. Con él aliviaban el calor, prendido en sus lomos como plástico ardiendo, los esforzados, casi esclavos, segadores que trabajaban en cuadrilla.

Calor hacía antes y hace ahora, con la diferencia de que antes se mitigaba con los pocos medios naturales al alcance y con la experiencia acumulada. Actualmente hay más maneras de evitarlo. La principal para los hombres y mujeres del campo ha sido el cambio en las formas de realizar las faenas. “Esas jocis y esa segureja’ quedaron para siempre clavadas en el techo y ya ni para un embargo sirven. 

Ahora avisan de altas temperaturas con alertas amarillas. Los consejos son de una lógica elemental. Beber mucha agua, buscar la sombra y evitar el ejercicio físico en las horas centrales del día.

Pareciera que la calima, ese manto que desvanece el azul celeste con un tono blanquecino y vuelve al aire denso, fuera una aparición novedosa que nunca visitó estos lares. Es de siempre, de la cepa extremeña y veraniega.  Resulta que después las estadísticas muestran que esas mismas temperaturas o más elevadas se dieron en tal o cual año, con lo que parece que el calor difumina pronto la memoria. Peor es la elevación de la temperatura media, gangrena silenciosa del cambio climático que avanza.

Yo recuerdo los espejuelos que forma la flama a lo lejos, en los caminos y en las carreteras, y más cerca, en las siestas, agarrada como pantera al acecho al cortinón del corral.  La abuela con el abanico en el regazo en la mecedora debajo del reloj. Y las hojas de los árboles, inmóviles, como si el aire las hubiese rodeado de melaza. 

Deseando que las de la playa sean placenteras y las del interior no agobien, con esta columna, me despido, amables lectores, hasta septiembre, con permiso de la autoridad y si por bien fuere.

Accidentes de tráfico

El mes de julio había pasado su ecuador. Era una noche calurosa y las terrazas de los bares estuvieron concurridas. Dio la una el reloj de la torre y aún permanecíamos los rezagados apurando las últimas copas, los que aguantábamos hasta que pasaban los municipales avisando de que era la hora de cierre. Desde nuestro velador veíamos la ventana de su casa iluminada. Al poco se apagó la luz.  La noche se adentraba en la madrugada sin ninguna novedad destacable. Pagamos las consumiciones y, cuando nos íbamos. observamos que se iluminaba otra vez el interior de la casa, de donde después salieron sus padres. Como disponían de otra vivienda en el pueblo, pensamos que irían a quedarse allí. Unos hechos intrascendentes si no hubiera sido por lo que sucedió.  No supimos más aquella noche.
Me enteré a la mañana siguiente, cuando un amigo común se acercó a mi casa y desde la cama escuché lo que le decía a mi madre: “Ildelfonso ha muerto en un accidente de tráfico”. Sufrí una conmoción que jamás he olvidado.  Entonces entendí la salida precipitada de sus padres y recompuse lo que había sucedido por lo que contaron quienes estaban más informados.
Salió en coche con unos amigos que habían llegado de vacaciones. Se dirigieron al pueblo cercano de Valverde de Llerena donde se les unieron otros dos conocidos. Todos se dirigieron a Fuente del Arco. Nunca llegaron. En la primera curva, cerrada y en pendiente, el coche derrapó y salió de la carretera. Se estrelló contra las rocas que había en el talud de un regajo. Sólo él murió.
Sonó el teléfono en casa de los padres y les comunicaron que su hijo había tenido un accidente. Se dirigieron al cuartel de la guardia civil de Valverde donde lo tenían.  Esperaban que estuviera herido quizás, pero no muerto, tendido sobre un banco. Solo tenía un pequeño cardenal en la frente, pero la vida ya no estaba en aquel cuerpo de veinte años.
Los había cumplido cuatro días antes, un día después que yo. Estudiábamos segundo de Magisterio y compartíamos amistad y residencia en Badajoz.
 En la mesa de su casa quedó la comida que su madre le tenía preparada, como todas las noches, para cuando llegara.
Aquella mañana los amigos fuimos a acompañar a su familia y a expresarles nuestro pesar. Allí recibí una de las impresiones más desgarradoras que en mi vida haya tenido. La madre, desolada, abrió la caja para que lo viéramos, quizás por verlo ella otra vez más. Vestía el pantalón beige y el niqui azul con que salió de su casa. Parecía dormido, con la naturalizad impasible que les queda a los muertos. Le toqué la frente fría de ausencia y mármol.
Los padres no volvieron a levantar cabeza después de su muerte. Una tristeza se enquistó en sus vidas para siempre. Pasaban de la tristeza a sus faenas como sonámbulos, ausentes de lo que les rodeaba. Cada vez que nos veían a los que fuimos sus amigos asomaban las lágrimas a sus ojos.
Todos los años desde entonces me acuerdo de él por estas fechas. El lunes hace cuarenta y ocho de aquella aciaga noche. Por eso me impresionan las noticias de las muertes en accidentes de tráfico, porque conllevan un impacto emocional que desestabiliza brutalmente.