Día del libro.

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Con este libro aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos pueden guardarse eternamente  convertidos en palabras.

Que se puede llorar escuchando recitar los poemas que contienen sus páginas.

Que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro, que los  claros clarines de los desfiles pueden oírse  desde la distancia y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás. Conocí al Piyayo, que la gente tomaba a chufla y a mí me causó un respeto imponente,  repartiendo  a sus nietecillos  pan y pescao frito.  Imaginé una España orgullosa y  soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos del campo con el solo  acompañamiento del  cantar de los grillos y las ranas, que a los olmos secos le salen hojas verdes,  que las mozas casaderas no deben estar en las eras si no está el sol en el cielo, que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Sentí como propia la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta. Creí en  Dios como  testigo y lo vi jurar bajando un brazo de la cruz… Supe después que  en este libro no estaban todos los buenos poetas  que debían estar  y que algunos de los estaban  no eran los mejores, pero ya forma parte de mis primeras vivencias con la poesía y lo recuerdo como  la referencia de mis mayores cuando los medios de difusión eran escasos y los libros eran tesoros de sentimientos. 

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Hinojos, altramuces,”tostaos”, duces, tebeos…

capitan trueno

Venía una mujer andando de Berlanga con un cesto de mimbre lleno de hinojos recién lavados en la fuente del lugar. Los  vendía por manojos, a perra gorda. ¡Pobre mujer, con zapatillas empolvadas y traje negro desleído por el sol, cargando sobre la cabeza el cesto! En la plazuela se sentaba sobre  la piedra que protegía la esquina de Daniel.

Alonsito vendía altramuces (chochos)  de casa en casa. Su familia los endulzaba en la parte del arroyo  primero conocida como la charca de tía Espina, cerca de la cantera. Los dejaban allí en la corriente del agua  durante unos días metidos en un cesto de mimbre tapándole la boca con un saco.

Dionisio cambiaba garbanzos  “tostaos” por crudos, yendo también por las calles con su cesta de pita voceando el producto. Acudíamos  los muchachos  con un tazón o un vaso colmado de garbanzos y nos lo daba con los “tostaos”,  quitándole el colmo a la vasija.

Angelito pasaba por las casas con su banasta tapada con un paño blanco vendiendo mimos,  bizcochos y cortadillos.

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El “ tío de las gomas” traía en el portamaletas de  una bicicleta,  pirulís, pastillas de goma, y algunas chucherías más. Vendía también “revolanderas” de papel con un palo que nosotros hacíamos volar corriendo por las calles,  “restallaeras”, que al frotarlas contra el suelo se encendían y empezaban a chisporrotear. Los más osados se las metían entre las manos moviéndolas como unas maracas. Unas bombas liadas en papel y guita que estallábamos arrojándolas contra la pared y otras que eran pequeños cilindros con una mecha y que  a veces, algunos más traviesos, tiraban para que estallaran en los zaguanes de las casas. Cambiaba Tebeos, historias del capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato…  por otros que no habíamos leído. Cancioneros de Antonio Molina, Manolo Escobar, Manolo “El malagueño”, Rafael Farina, etcétera, etcétera. Todo esto lo colocaba en la bicicleta como si fuera un escaparate y allí acudíamos con nuestra curiosidad y escaso peculio.

tebeo

Tiempos de penurias y escaseces en que muchas personas lo pasaban mal, pero fueron los que nos tocó vivir, los de nuestra infancia.

Hay que salir

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Ya tienen sol las esquinas donde los parados hablan a las doce del mediodía. El reloj, que a esa hora marca la divisoria  entre el  trajín y la indolencia, cruza  sus brazos  en la   frontera de la tarde.  Doce tañidos quedan vibrando en el aire como doce interrogaciones y  anuncian el final de  la espera sin esperanza. Nadie vino a tocar la aldaba del trabajo. Los bolsillos se agrandan con la horma de las manos  para dar cobijo a la impotencia. Los ojos rehúyen las miradas de otros ojos. Se está apoderando de nuestros pueblos una resignación peligrosa  que hace que la gente se refugie en sus casas a aguardar hasta que  pase esta nube negra que dura ya demasiado. Una lenta filtración de escepticismo y miedo se  cuela entre las grietas del futuro.

Pero hay que evitar que esta resbaladiza  pendiente de resignación nos arrastre hasta el fondo. Hay que agarrarse a la esperanza y luchar por un sitio bajo el sol que no sean las esquinas del conformismo.

Carnet de españolidad.

Toro Osborne

Solicito, atildados caballeros y  encopetadas damas de abolengo y  postín,  credencial de   españolidad que ustedes se arrogan el derecho de conceder. Ignoro con  qué  criterios, potestades o prerrogativas.

 Establecidos  los  cánones  por el excluyente  y exaltado proceder de sus muy respetadas personas, tengo a bien hacer algunas pertinentes  salvedades antes de su magnánima concesión, si procediera.

Quizás obste a mi osada petición tibieza  de fervores  patrioteros, que no patriotas,  pero me siento tan español como el que más. Mi patria  es la tierra en que nací y toda su gente. Es el trabajo y la dignidad de las personas. Defiendo la convivencia en paz y la igualdad de trato ante la ley. Respeto a los que discrepan de mis opiniones, pero  me defiendo   de quienes quieren imponerme las suyas. Valoro y apoyo la solidaridad y la justicia distributiva. Hago un sitio a la lumbre a  quien se acerca aterido y comparto vino, pan  y charla con quien me encuentro en la andadura. Considero que nadie es mejor ni peor  por la cuna en que nació. Apoyo  el espíritu de superación  en el trabajo y la constancia en el estudio.  Aprecio y encarezco la bata blanca y la azul, el mono y el uniforme.

Expuestas estas consideraciones, si ustedes las aceptan y  lo tienen a bien, pueden extenderme el carnet, de no ser así les ruego tengan por declinada mi solicitud, pero seguiré amando de igual manera a esta hermosa tierra y  respetando a todos sus ciudadanos sin importarme credo ni afiliación. Muchas gracias.

Pudimos no haber sido.

 

Vivimos gracias al  azar y a combinaciones aleatorias. Si vemos nuestro árbol genealógico, cualquier cambio en los protagonistas que nos precedieron hubiese alterado a todos los descendientes. Si un tatarabuelo, por ejemplo, en vez de ser Antonio, hubiese sido Pedro, ni nuestros bisabuelos, ni nuestros padres ni nosotros hubiésemos existido. Hubiesen sido otras personas las nacidas. De entre todas las posibilidades de unión,  se han ido produciendo unas determinadas y no otras, que también fueron posibles.  Por muy lejanos que sean nuestros ancestros  todos son parte indispensable para que nosotros estemos aquí. Algunas de esas uniones dependieron probablemente de circunstancias  totalmente casuales y fortuitas. Un no te quiero de un tatarabuelo o tatarabuela a su consorte,  nos hubiese eliminado de la lista de la vida. Por eso somos el resultado de muchas circunstancias.  Por la misma razón, otros podrían haber estado y no están. Una pura casualidad.

Presentación del libro de Tere Montero “Llerena en el corazón”

 

 

 

Aunque en una entrada anterior publiqué el soneto con el que terminaba mi presentación del libro de la escritora llerenense Tere Montero, hoy la  publico integra. El acto tuvo lugar en el salón cultural  la Merced de Llerena el día 28 de julio de 2012.

 

Tere Montero ha tenido la gentileza de invitarme para que presente este año el que es su cuarto trabajo, acto  que, como en años anteriores,  tiene lugar por estos días de julio, alrededor del día de Santiago. Gesto por el que le estoy agradecido.

Aceptar el reto de la presentación generó en mí cierta inquietud por no defraudar al auditorio, teniendo  en cuenta  sobre todo la calidad del mismo, por lo que de antemano pido disculpas si cometo  errores, y confiado en su tolerancia, agradezco su segura comprensión.

Esta vez Tere ha titulado su libro “Llerena en el corazón”.  Después de los anteriores,  Los hombres, Las mujeres y Retazos de Llerena, le toca el turno  al corazón, cuyos latidos han estado también presentes en los anteriores, aunque ahora suba, palabra tan cordial, al  altar del título.

El tema central  que da sentido  y unidad a  toda esta producción, como  es evidente,  es Llerena. Su gente,  con sus  pequeñas o grandes historias,  siempre relatadas con respeto, cariño y profunda humanidad.

En esta ocasión el corazón  impulsa y bombea las emociones y los recuerdos  dándole  vida   para que todos los  que se introduzcan en la lectura  y contemplación  de las fotografías que en abundancia  contiene el libro, vuelvan a vivir de nuevo o a conocer por primera vez, en el caso de los más jóvenes, parte de la historia común que conforma la identidad de la muy noble, leal y antigua ciudad de Llerena.

El libro está prologado por Diego Algaba Mansilla, que estuvo trabajando en el Centro de Salud  y viviendo en Llerena durante veinte años. Asiduo del periódico HOY con sus cartas al director y en su sección semanal de Plaza Alta. Su evocadora y amena  sencillez escribiendo encajan perfectamente con el contenido del libro.

En  este cuarto trabajo   que nos ocupa esta noche, hay muestras de la nostalgia que produce el tiempo y la que origina la distancia que nos separa de alguno de los  lugares  donde alguna vez fuimos más o menos felices.

Tere, en su labor recopiladora e investigadora ha solicitado testimonio a otros llerenenses para  que cuenten ellos mismos  sus impresiones y narren parte de sus  vidas y recuerdos, producidos y anclados en la ciudad que les vio nacer o con la que tuvieron intensa relación. En otros casos, escudriñando en los entresijos de su fecunda memoria, rememora  sus vivencias  que  narra con su gracejo característico.

Se escribe fundamentalmente para comunicar y para que el lector disfrute y se emocione. Ella lo hace con sencillez, sin artilugios enrevesados,  ni expresiones  barrocas que dificulten la comprensión.  El lenguaje no debe ser una barrera entre el que escribe y el que lee. Eso, que aparentemente parece tan sencillo no lo es y se comprueba cuando uno se pone a  la tarea de escribir,  porque sencillez no es sinónimo de facilidad. La prosa de Tere es una prosa que va directa al torrente sanguíneo de las sensaciones, sin alambicados y retorcidos recursos gramaticales y sintácticos.

Otra característica de su forma de escribir es la  fina ironía  que entre líneas  introduce a hechos o situaciones que ella cree criticables por algún motivo. Y deslizándonos por el estilo llano de su prosa podemos encontrarnos de improviso  un rejón clavado con singular soltura de amazona rejoneadora en el hoyo de las agujas, que dicen los taurinos. Siempre, claro está, con educación y elegancia, pero directo,  claro y certero.

Este no es un trabajo de citas  eruditas ni llamadas aclaratorias que nos remitan a otras fuentes. Es un libro de sentimientos. De tiempos pasados o  actuales, pero con el riego  caliente  de la vida corriendo por sus renglones. Quizás, cuando pasen muchos años, algún etnógrafo tendrá que recurrir a estos  libros  que Tere va presentando para conocer  usos y costumbres desaparecidos. Esta historia cercana, de vecindad común, necesita plasmarse por escrito para que generaciones venideras sepan cómo se vivía por estos pagos. Los personajes sobresalientes de la historia ya tienen sus estudiosos y sus panegiristas. Ahora le toca el turno al vecino corriente y cercano que se cruza con nosotros en la calle, a las costumbres enraizadas y a los lugares que compartimos.

Pues bien,  en los comienzos otoñales, cuando nos ponemos la primera ropa de abrigo, comenzó la autora a elaborar este cuarto trabajo. Esa añoranza que traen las primeras aguas y el primer viento fresco del Atlántico, abocado ya el tiempo  a las cortas tardes de  tibio sol amarillo, le sirven para hacer un recorrido histórico sentimental por la feria de san Miguel, culminado por un trabajo de su suegro, D. Luis Domínguez, que  recoge a su vez otro del padre de éste, D. Rafael Domínguez, abogado, periodista y cronista de Llerena, con interesantes  y amenos datos de la evolución de la feria cuando el núcleo de la misma eran el  rodeo, el  teatro y las corridas de toros.

Muchos hijos de esta tierra, que nacieron a la luz en la dilatada claridad de la Campiña,  custodiada por las primeras estribaciones de sierra Morena en Extremadura, dejaron, unas veces forzados y otras voluntariamente por diversas razones, el pueblo que les vio nacer.

Se alejaron de aquí físicamente, pero  guardados  en su corazón, se llevaron consigo el hato lleno de sensaciones, recuerdos  y vivencias que  no se olvidan jamás y que   forman parte para siempre de la identidad de cada uno.

Naturales  de Llerena  hicieron las Américas en tiempos de conquista y colonización. Naturales de Llerena, como de muchos pueblos de la España rural, tuvieron que buscar trabajo y porvenir en los grises años de la posguerra y  décadas de los cincuenta y sesenta  en  otras   regiones y países.

Actualmente también se marchan  fuera  muchos llerenenses, pero ya no llevan como carta de presentación sólo  la fuerza y destreza de sus brazos. Llevan cultura, carreras  universitarias y talento, bagaje cultural que les sirve para desempeñar brillantemente sus profesiones en muchos y variados puntos  del planeta.

Esta expansión de Llerena  a través de sus naturales ha llevado el espíritu de esta ciudad a lejanos lugares.  Una forma de ser, un estilo,  eso que conforma la médula de nuestra  vida  y  la raíz emotiva y sentimental de cada uno de nosotros  y que deja,  a donde quiera que se llega, constancia orgullosa de la impronta de la cuna.

De todo encontramos testimonios en este trabajo de Tere. Se llevan las cosas en el corazón cuando abandonamos el lugar donde hemos vivido y lo recreamos en la imaginación, añorándolo, pero también cuando lo que se interpone entre nosotros y el pasado  es el  tiempo, aunque permanezcamos en el mismo sitio,   porque ese lugar y las personas que coincidimos en un momento determinado de nuestra existencia  quedan para siempre como fósiles envueltos en la resina del cariño y  la nostalgia.

“Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”, dejó escrito Neruda en inmortal poema. No hay  nada más que ver una fotografía  antigua y comprobar el trabajo que nos cuesta  reconocer e identificar  a amigos, compañeros y conocidos que un día  compartieron con nosotros parte de nuestras vidas.

El parque donde dimos el primer beso,  sigue ahí, pero la conjunción de nosotros  con él,  las coordenadas de tiempo y espacio  en que se produjo tan placentero hecho sólo vive dentro de nosotros.

Otros capítulos del libro están  dedicados a hechos y personas que podían haber estado  en sus obras anteriores y que  Tere incluye ahora  en esta. Unas por su  filantropía,  como Antonio Ríos por su encomiable labor  con los niños del Sahara. Otros, como Paco el de telégrafos, por ser emisario de alegrías y tristezas, de vida y de muerte vestidas de azul doblado con  economía terminológica,   precursora de los actuales mensajes de móviles.

Guadalupe Ortiz de la Tabla nos cuenta los azares de  la emigración en busca de una vida mejor con añoranza de juegos y lugares comunes en las Ollerías hasta su asentamiento en tierras catalanas.

Hay un recuerdo entrañable para los barrenderos que con tanto oficio y profesionalidad adecentaban las calles al venir el día.

La vida no era de color de rosa, ni siquiera del color amarillo con el que se tiñen las fotos con el paso del tiempo.  Más bien de color castaño oscuro tirando a negro, como aquellos largos lutos de velo y manto, aunque  recordemos nuestra infancia con gozoso regodeo porque el transcurso del tiempo por ley natural, lima aristas y mitiga el dolor, vistiendo el recuerdo de suaves redondeces.

Algunas mujeres tuvieron que sacar a sus familias adelante cuidando los hijos de otras familias.  Micaela Núñez  y Carmen Maldonado Murillo  son ejemplos entre los muchos que existían en aquellos tiempos y que quedan recogidos  en el libro con descarnada sinceridad.

El día de Extremadura que tan bien organizaba el barrio del Pilar, es recordado y coronado por una emotiva carta de los vecinos dirigida a Pepe Moro, escrita con la tinta azul del cielo.

Las excursiones, actividades al aire libre  y una forma sana de vida a cargo de José Luis Santana, que evoca a aquella asociación de jóvenes que eran los scouts.

Refiere Tere recuerdos tristes también que su  familia, igual que otras muchas, sufrieron. Aquellas enfermedades infantiles,  como la polio y  la viruela que desgraciadamente dejaron sus secuelas y que Tere recuerda con sentimiento y dolor. Los remedios para algunas de aquellas enfermedades no iban mucho más allá de lo que suministraba la botica de la abuela, salvados estos inconvenientes por la profesionalidad  y entrega de médicos y practicantes de la época.

Hay referencias en el libro de Tere que sólo con leerlas abren las compuertas de la presa del recuerdo y nos inundan de imágenes y estampas pasadas ¿Quién no probó aquel estimulante del apetito  que era medicina y  golosina, que nos sacaba unas chapetas sonrosadas y nos ponía a los niños tan contentos y optimistas bajo la atenta mirada de la beatífica monja de hábito?

La historia de la  antigua tradición de san Antón, con sus candelas y sus tizones, capítulo que ha elaborado  Tere a partir de los datos que le suministra José Tena.

El pan de san Antonio desde sus orígenes a la actualidad es recordado con curiosos detalles.

Otro capítulo  es el dedicado a un grupo de llerenenses, enmarcados bajo el título de “Allende los mares”,  donde sus protagonistas relatan sus experiencias y vivencias personales. Son llerenenses de las últimas generaciones, con gran preparación académica y profesional, como dije antes.  Juan Antonio Hurtado, Cristina Romero Mimbrero, Francis Zamorano, Marisa Rodríguez Palop, Anastasio Sánchez Zamorano. Es sólo una muestra  de una generación pujante y cosmopolita que puede completarse con muchas más personas y que está dejando el nombre de Llerena a la altura que le corresponde. Desgraciadamente la situación económica nos dejará huérfanos cada vez más de jóvenes brillantes que habrán de buscar horizontes nuevos fuera de su tierra.

D.  José Gutiérrez Maesso,  relacionado con Llerena por sus estancias en la finca familiar de los Ángeles.  Director, productor y guionista de renombre  también tiene su capítulo en la obra.

El antiguamente denominado paseo del Progreso, hoy parque de la Constitución, lugar  que Tere  evoca  y que guarda tantos recuerdos para todos los llerenenses,  sirvió de ensayo algunas tardes a un  grupo de jóvenes  que quisieron dar una serenata a una bella señorita de la localidad. Serenata que terminó de  forma rocambolesca. Hay que leer los detalles de esta aventura noctámbula a la luz de la luna para paladear todo el retrato de una época con la gracia  y la espontaneidad que Tere sabe darle a sus relatos.

La asociación Nª Sª de la Granada  que aglutinó a tantos llerenenses allá en el madrileño barrio de Vallecas y que tan  gran labor desarrolló con actividades culturales y recreativas, tiene también cabida en la obra.

En paralelismo con el poema que Manuel Machado dedica a las provincias de Andalucía  “Cádiz, salada claridad; Granada/ agua oculta que llora./ Romana y mora, Córdoba callada./ Málaga cantaora./ Almería, dorada./ Plateado Jaén. Huelva, la orilla/ de las tres carabelas…/ y Sevilla”, dando a entender que no hay palabra que mejor defina a Sevilla que su propio nombre… Y yo digo…y Jesús Montero, iconoclasta descarnado, tumbador de tópicos, y rompedor de corsés, quien con peculiar estilo rememora algunas de sus innumerables y pintorescas peripecias. Una forma de encarar las situaciones ajena a prejuicios y componendas.

El libro contiene una abundante cantidad de fotografías que completan y amplían su  contenido literario. Esas hay que verlas para trasladarse al tiempo en que fueron realizadas y que ese instante de vida detenido para siempre se desenrosque dentro de nosotros y en catarata surjan otras tantas imágenes que conservamos en la cámara oculta de nuestra memoria.

Llerena en el corazón es   una combinación de vivencias y de imágenes, distanciadas en el espacio y en el tiempo, que regresan ahora en letra impresa  a cobrar vida en las páginas del libro, como sangre que fluye impulsada por el vigoroso corazón del recuerdo  recreando en nuestra imaginación tiempos y espacios comunes ya pasados.

 

 La imagen de las  calles, los sonidos  de las campanas de sus torres y espadañas, del  bregar del viento en los  temporales de otoño  y  el chapoteo del agua de canales. Los juegos infantiles, los aromas, los amigos, las horas que se pasan sin reloj que las controle, el  baño y  muda limpia al calor de la camilla con brasero y alambrera las tardes de los sábados,  el “Bendito” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, es parte del equipaje  que conservamos   guardado con cariño en nuestro corazón.

Para terminar quiero hacerlo con un soneto, que con más o menos fortuna, recoge el sentir de este humilde servidor de todos ustedes.

El pasado se aviva  remozado

y en nosotros otra vez se hace presente,

traído de la mano dulcemente

para ser  con nostalgia recordado.

La autora con denuedo ha preguntado

para hallar testimonio entre la gente

de otro tiempo fugaz y   evanescente

que vuelve a nuestras mentes añorado.

Ofrece con primor Tere Montero

el corazón abierto de Llerena

para gozo y solaz de sus paisanos

y desde aquí quiero ser el primero

en darle  la cordial enhorabuena

por el libro que  hoy pone en nuestras manos.

 

Muchas gracias a todos. Buenas noches.

Nota:. Las fotografías de éste trabajo las he cogido de la web del Ayuntamiento de Llerena y otros lugares de internet. Si algún interesado quiere que las elimine no tiene nada más que comunicármelo. Muchas gracias.

Relojes.

 

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino

http://www.flickr.com/photos/majanublao/

Mientras tú hilas en  el bastidor para llenar huecos olvidados con islotes del presente yo miro el espacio vacío sin distancias. En la sala suena con  ritmo acompasado y persistente el tic tac del reloj, sólo él, comiéndose  el tiempo en nuestras manos como voraz paloma. Siempre estuvo ahí,  como un latido en la sien. Hubo momentos que no sentimos sus pasos, pero nunca cesaron.

El despertador estridente que rasgaba los límites del alba en la placidez del sueño.

Las campanadas del reloj de pared en las interminables siestas de la infancia cayendo lánguidas en la sala del moscón y la  penumbra.  

Las de la madrugada en la juventud que llenaban la casa de metales  delatando  pisadas furtivas .¡Qué horas son éstas!

Aquel reloj del bolero al que pedimos,  sin respuesta,  que detuviera su camino  en la noche  amorosa y placentera.

El de la espera tras la puerta marcando la angustia. Y el de la primera adolescencia al que quisimos adelantar las agujas para hacernos mayores.

Todos los relojes serán uno en los cipreses con ritmo de lluvias  y estíos,  eterno tictac que ya no altera el sueño.

San Miguel de antaño

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El año agrícola empieza por san Miguel, cuando se voltea la tierra labrantía con la mano en la mancera para ofrecer su pecho fecundo al cielo esperando lluvia y tempero, cuando el membrillo maduro cae a la gavia y la brisa de la tarde trae hasta el pueblo olor a tierra mojada.

Por estas fechas  acuden al rodeo de Llerena los agricultores  y ganaderos a hacer los tratos de compra, venta o cambio de ganado.

Al rozar la alborada  los lomos de la sierra se tiene todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por los dueños de fincas colindantes, cuando el sol de miel y membrillo de septiembre se comienza a  extender por los rastrojos y las pardas tierras de los barbechos, se inicia la marcha.  Sobre la bestia van pensativos los campesinos, acompañando con el movimiento de sus cuerpos el paso  uniforme y rítmico de la caballería. Después de casi dos horas de marcha llegan al rodeo.  Ante el acoso de los primeros tratantes que los han visto llegar, casi siempre de raza gitana,  ocultan  sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. El humo de un buen cigarro de petaca y  la mirada de reojo pasando de grupo en grupo, con mirada de liebre precavida, ayudan a estudiar la situación, mientras los animales, bien sujetos de los cabestros, abrevan en el pilar después de la caminata.

En el regateo hay que demostrar poco interés en lo que realmente se pretende y no dejarse embaucar porque el animal, azuzado por la varita de mimbre del gitano, muestre una postura bizarra y unos movimientos ágiles, pues no sería la primera vez que seducidos por el señuelo, se lleven en los días posteriores un desengaño al comprobar que lo que fue boyante en el rodeo, sin saber cómo ni por qué, se convierte en torpeza o falsedad.

Tras muchos tiras y aflojas,  muchas  fintas y amagos dialécticos, se cierra el trato de  compra, venta o  cambio con un apretón de manos y se emprende el camino de regreso.

Por estas fechas también se celebran los contratos verbales entre los grandes propietarios y  sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros… Mediante estos contratos trabajan durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales en las grandes casas de labranza. Si el trabajo es satisfactorio renovarán al año siguiente el pacto. El estatus laboral  de estos trabajadores  es intermedio entre los regímenes de los fijos y los eventuales. Son los acomodados.

La actividad en el campo se revitaliza  por san Miguel. Besanas y apriscos, arreos de yuntas y tañer de esquilas llenan la campiña de bucólicas estampas.

La radio y el fútbol

La radio era entonces  la única unión de los estadios de fútbol con nuestra imaginación en el monótono transcurrir de las horas del pueblo. La mágica finta que quiebra la cintura de un fornido defensa  en la frontal del área de castigo, el regate seco,  el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la  Saeta Rubia,  el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el  verde césped de la Romareda,  el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo en el Bernabeu…

Volábamos cada tarde de domingo del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, desde el cobijo de la solana,  desde calor del brasero, desde el plácido paseo por las afueras del pueblo o en nuestro particular partido de  fútbol en el campo al lado del arroyo  con el transistor apoyado en el poste de la portería en aquellas tardes tibias de otoño.

Todos los estadios a nuestro alcance,  transformando con nuestra imaginación las voces de los corresponsales de los distintos campos en un espectáculo multicolor animado por el griterío de unas gradas enfervorecidas.

Era nuestro asiento reservado en el voladizo de la fantasía.  Las voces exultantes de los comentaristas nos describían con su lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros equipos.  Las tardes de los domingos con todos los partidos casi a la misma hora se convirtieron en rito tradicional de nuestras horas de asueto agitadas por  el continuo vaivén de los resultados.

Ahora vuelve el fútbol, pero ya no es igual. Desespera ese goteo de horarios impuesto por las televisiones,  y la verdad, algunos aburren hasta al más forofo. Los partidos imaginados a través de la palabra eran más entretenidos, pues los recreamos nosotros.

Paseo por las calles de Ahillones

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La oblicua y leve luz de la tarde invernal  se cuela entre bardas negras y  nubes rojizas  del horizonte. La bruma  empieza a extenderse como sombra alada  sobre el charco de tía Espina. Se llena el aire de relente  que comienza pronto a buscar acomodo entre las húmedas  riberas del arroyo. El pueblo se recoge sobre sí al cobijo de  enagüillas y  braseros. Voy dando un paseo sin prisas ni agobios de esperas importunas.

Las calles, casi solas, se prestan al paso quedo e imaginación despierta, con parada y fonda en  recónditos recuerdos y cálidas evocaciones.

Los Cantones, abrigo de tertulias  y confluencia de chiquillería. ¡Ay, el queso de bola y la leche en polvo! La goma y el pizarrín en la cartera de cuero…y el Rey de los burros muertos, con su corona y su cetro, con su cetro y su corona…y las presas de arena  para intentar retener el agua de la lluvia! Las corralillas de tardes al sol y los viejos jugándose el tiempo a las cartas sobre una piedra y un cartón.

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Estas calles hoy  de cemento y alquitrán fueron  piedra y tierra. En noches  lluviosas reflejaban sobre  los charcos los débiles  hilillos de luz  que desde las esquinas  emitían las escasas  bombillas que al albur de temporales se bamboleaban con el viento. Anochecido, viejas con manteos, a la moruna costumbre, pasaban como sombras sigilosas de ambulantes ovillos negros a sus  visitas y quehaceres.

El Torviscal o Pradillo,  con los caños del huerto vertiendo agua. El circo con el  hombre de la piedra en el pecho, matando el hambre a golpes de mazo ante los atónitos ojos del respetable, ausentes de televisión aún, al son  astillado de una trompeta que entonaba “Campanera”.

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La calle Nueva, arrastre de cadenas, sortilegios y fantasmas. La imaginación del miedo. Amplia de soles y sobradas de misas tempranas, de velos, hábitos y cíngulos. Donde el vino se hace confidencia larga  en el hombro amigo de la desesperanza.

Sierra Morena,  bocanada azul subiendo hasta el otero de la media calle desde el henchido  pulmón de Andalucía, allá al fondo, tras la Mota.

Me contaron que D. Narciso bajaba hasta aquí acompañado con un farol que portaba  tío José “el caballista” después de despachar asuntos con sus empleados en donde estuvo la taquilla del cine. Al cerrojo de la noche, la calle oscura.  Pastores, gañanes, mayorales, caseros, mozos, aguadores, planchadoras, cocineras, rapas, aperadores, yunteros, muleros, manigeros, esquiladores,…al cobijo de un farol.

Calleja de Fuentes, riada de bocas tapadas después de las películas en el salón de Juanito y escondite amoroso de alguna pareja entre los aperos y las viejas máquinas cosechadoras que durante el día nos servían a los chiquillos para practicar una simulada conducción. Oscuridad y rayo de luna sobre los hierros oxidados. Paso largo y mirada de soslayo.

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La calle de la Fuente o Valverdejo, o  también avenida de  Franco,  la del hermano  aviador, con sus acacias de flores blancas y su central de teléfonos. ¿Trae mucha demora, Pilar? Voy a intentar otra vez, pero están las líneas sobrecargadas… Y tras el cerro, tía Javiera para echar la tarde del domingo atrás en los hinchados labios de la sal.

La calle del Cristo, cuna y espina  de fe,  blanca ermita recortada en el   azul. Depósito de promesas y desvelos, su vieja puerta horadada. Baja Pepe el cochero, clavel rojo en la solapa, con su varita de acebuche  abriendo el paso del Ramo al ritmo de “Amparito Roca”. Feria antigua, de barcas y carmelas, de ruleta  de puntas clavadas formando circunferencia con premio donde el cartón se detiene. Casetas de tela blanca y turroneros con chambras grises a siesta en los acerados. Bastones de caramelos y cónicos pirulís. He visto fotografías de mujeres con  peinetas, sombreros altos los hombres, bajando  el suelo empedrado en ordenadas  y devotas filas.

La Umbría de meadas y  cantinas: jeringo y aguardiente. Lugar de citas y faroles al  valiente alarde  del vino. Allí te espero, si tienes… cuchicheos de sombras de no se lo digas a nadie. Confidencias de trastienda.

Mesones, subida del Cristo con su pueblo alrededor. Una mecedora de rancio abolengo se mece al fresco de la mañana. Se perdieron los caudales, quedó hasta el fin un quimérico blasón de modales e hidalguía.

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El ejido de las eras, donde la charla se hace esquina. Poniente de crepúsculos y temporales. Por aquí se va la luz y llega el aguacero atusándole las crestas al castillo de Reina. En este sitio empezó el botellón cuando aún no se había inventado ese nombre. El invento viene de más atrás, de cuando se pedía la del camino. Desembocábamos aquí, en la esquina del ejido o en la fuente del Horno,  al son del chorro de agua y bañado el campo en la nácar  de la luna esplendorosa. Conversación pausada y profunda a veces, con la intimidad que dan el vino y las estrellas en las madrugadas serenas. No, estos jóvenes de ahora no han inventado el botellón.

Las eras de manta y estrellas, de trillo y parva, de marea y grano, arriba el camino de Santiago, franja honorífica del cielo.

Los callejones, espalda discreta de la huida, cuando el bullicio, en lugar de llenar, vacía. Llegan aquí los  enredados ecos de música entre gritos lejanos de chiquillos.

La Parada,  en la calle del Castillo, donde aún pudo servir el aguardiente entre sus derruidas paredes  de adobe Alfonso a la espera de la Pedregal.

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En la plaza, el vicio en  el saliente de los zócalos. Peseta y  perras gordas al albur de pares y nones. Múltiples saetas negras de piar agudo y veloz vuelo despiden la tarde dorada en la picocha de la torre… Y la cárcel, donde los desventurados pasaban la noche a solas por insolente meada o una mala borrachera. De allí sacaron  para robarles  sus vidas contra la pared del cementerio cuatro jóvenes veinteañeros. Vergüenza y miedo. Ruin  condición humana.

El paseo va terminando. Cae la noche a plomo de silencio. Comienza una lluvia fina.  Azota el viento al laurel de Antonio Blanco y huye entre silbidos de cornisas y postigos. Llueve después mansamente sobre  el tiempo y el olvido.