Hospitales

Hay quienes al primer estornudo van al médico. Otros, entre los que me encuentro, nos resistimos a visitarlos y solo recurrimos a ellos cuando no hay más remedio por patente manifestación de síntomas y por la insistencia de nuestros allegados. Entrar en un centro sanitario y sentir una tenaza en el estómago es todo uno. Pero hay que hacerlo.
En los hospitales los relojes son los goteros que marcan el tiempo gota a gota, deslizando vida desde los botes hasta el cuerpo. Los familiares que acompañan a los enfermos están atentos para avisar cuando termina.  Las noches se hacen largas si no se duerme o se hace mal en un sillón de escay con el sueño a salto de mata entre la preocupación y la alerta ante cualquier movimiento o síntoma que presente el enfermo. La aurora se resiste a trazar la línea del horizonte.  
He vivido algunas situaciones de estas, como usted seguramente, amable lector, porque tarde o temprano todos pasamos por ellas como pacientes o acompañantes.
Allí se recibe con alegría la nueva vida de los que nacen y se despide con dolor la que termina.
Se sufre el proceso de la enfermedad y el gozo de la curación cuando dan el alta médica y mandan a casa al paciente sanado.
 Refería una señora que llevaba un mes acompañando a su marido día tras día que los conocidos y algunos parientes lejanos iban a visitarlos y a darles ánimo.  Que agradecía estas visitas y las palabras de aliento, pero que cuando llegaba la noche todos se habían despedido con un ‘¡A pasar buena noche!’ y se habían ido a sus casas a dormir y era ella la que tenía que quedarse al pie del enfermo. Y que esto repetido muchas veces socavaba la resistencia del más fuerte.
Cuando hay varios miembros en la familia, con buen entendimiento, se organizan turnos para hacer más soportable la situación, pero hay quien se encuentra solo para el menester y si la estancia es larga, la mella desmorona el ánimo y abate el cuerpo. «Las enfermedades y las herencias destrozan a las familias», escuché decir a una señora tras un suspiro que subió de la sima de la decepción a la cima del desengaño.
 Pensaba yo entonces que ha habido tiempos mucho peores, cuando no existían los hospitales comarcales ni los centros de salud y solo el médico de cabecera, con escasos medios debía enfrentarse a casos graves. Entonces recomendaba a la familia su traslado a Badajoz, a más de cien kilómetros de distancia. Y allá con el correspondiente volante se dirigían hacia aquel edificio rojo y aislado aún de otras edificaciones, que se vislumbraba desde la carretera de Sevilla y que actualmente es el Materno-Infantil. El viaje se hacía en taxi, a costa del enfermo, porque el servicio de ambulancias aún estaba en pañales. Los familiares tenían que buscar alojamiento en las pensiones cercanas, con los trastornos y gastos que conllevaba.
Afortunadamente tenemos una red sanitaria que si no óptima, es mucho mejor que la que había en los años sesenta, e infinitamente superior a la que describe Felipe Trigo en el ‘Médico rural’ cuando vivir era una aventura y enfermar una condena. Memorable la escena del viaje en mula de un pueblo a otro en una noche de tempestad para buscar asistencia médica.

La televisión

Un anochecido del mes de octubre del año sesenta y dos llegaron dos hombres portando un gran paquete envuelto en cartones. Lo pusieron sobre la camilla, con el mismo cuidado que las vecinas colocaban a la virgen de Fátima cuando la pasaban de casa en casa. Quitaron el envoltorio con precaución. Toda la familia alrededor, como si aquellos señores fuesen ilusionistas preparando su número estrella ante un público expectante.  La televisión presentaba sus cartas credenciales con la pantalla curvada de cristal grueso y prominente joroba.

A partir de entonces iban a cambiar nuestras costumbres. Se acabaron las conversaciones alrededor de la mesa camilla en invierno y las tertulias vecinales al fresco en verano. Aquel aparato se convirtió en el centro de todas las miradas. Se le reservó lugar preferente, rincón y repisa como al nuevo santo al que a partir de entonces rendiríamos pleitesía. Las pulgadas, que sonaban más a insectos que a medida, entraron en el vocabulario cotidiano.

Un salón con vistas al exterior hasta que el alma se serenaba con la voz de unos textos poéticos y un fondo de música relajante.

Los primeros días de tenerla queríamos verlo todo, aunque fuese la carta de ajuste o el cartel de avería con el nombre de Guadalcanal pidiendo disculpas y rogando que permaneciésemos atentos a la pantalla. No hacía falta, de allí no nos movía nadie, aunque saliese una nube invasora de mosquitos.

 

 Llegaron los Estudios 1 con Bódalo y Rodero, Elisa Ramírez, Lola Gaos y las hermanas Gutiérrez Caba, entre otros inolvidables actores.

Quedan, recordados a vuela tecla, algunos nombres. ‘El fugitivo’ y el esquivo manco al que perseguía obsesivamente, ‘Esta es su vida’, presentado por Federico Gallo. ‘Un millón para el mejor’, por Joaquín Prat, en el que alcanzaron notoriedad el alcalde de Belmez y ‘la mamá del millón’, Rosa Zumárraga. Por aquí, por la Campiña Sur, tuvimos nuestros días de fama y gloria en el programa de Alfredo Amestoy, ‘En equipo’. Francisco Guardado, de Valverde de Llerena, consiguió aglutinar a toda la población y la de pueblos vecinos para encementar las calles del pueblo en tiempo récord. Y cómo no, con la participación en ‘Cesta y puntos’ del colegio Nuestra Señora de la Granada donde  yo había estudiado.

Los mayores miraban la pantalla y yo los miraba a ellos, asombrado de su asombro. Cuando en una escena de teatro llamaban a la puerta se sorprendían del realismo: ‘¡Si parece que están llamando aquí!”. En Macondo quedaron fascinados con las propiedades de los imanes, del hielo y de las lupas. Nosotros, por aquellas seiscientas veinticinco líneas que nos traían el mundo a nuestras casas. Consiguieron uniformar conversaciones y que al día siguiente toda la gente hablara de lo mismo.

Ha muerto recientemente ‘Chicho’ Ibáñez Serrador, un mago que nos sedujo con las peripecias de los concursantes que empezaban por veinticinco pesetas la respuesta acertada y terminaban intentando averiguar dónde se escondía el coche. A mí me queda también en el recuerdo su padre, Narciso Ibáñez Menta, un enigmático señor con paraguas paseando por las calles de Madrid a altas horas de la noche, que se entretenía asesinando a tranquilos viandantes. ‘¿Es usted el asesino?’ Programas, nombres de entonces que pertenecen ya a la memoria colectiva de quienes si no peinan canas es porque están calvos o teñidos.

Acoso

Cruzábamos por aquellos años, a caballo entre dos mundos, el desfiladero inestable y azaroso que va de la niñez a la adolescencia. Etapa de inseguridades emocionales y manifestaciones glandulares en la que cantan los gallos de la garganta sin que anuncien la alborada y asoma sin aviso previo el rubor cuando creemos que alguien intenta traspasar la frágil frontera de nuestra intimidad. No añoro este período ni lo considero tiempo mejor por ser pasado. Es como un viaje en una noria de feria: del abismo al cielo.
En esta fase del desarrollo se magnifica cualquier adversidad y se sufre profundamente por los desaires que los demás, voluntaria o involuntariamente, puedan infligir.  Si alguien siente que no es aceptado en un grupo, en el menos malo de los casos, o es descaradamente rechazado, puede llegar al aislamiento y la marginación.  De ahí, con la autoestima por los suelos, a la depresión solo hay un paso. 
Esos tiempos de zozobras y contradicciones en los que la personalidad, maleable y tierna aún, busca acomodo en un mar de turbulencias interiores son fundamentales para una estabilidad anímica posterior.
Dando un paso más hacia la exclusión se llega al acoso y a la tragedia, como de vez en cuando, desgraciadamente, saltan noticias a los medios de comunicación. Escandalizan y hieren a cualquiera que sienta un poco de empatía.
A uno, que por profesión ha observado e intentado impedir comportamientos de este tipo y que como padre alguna vez sufrió, le duelen y alarman por su frecuencia, crueldad e impunidad.
He visto en ocasiones cómo unos cuantos desalmados hacían grupo y cuchicheaban y se reían de otro compañero, a las claras, con aviesa actitud, para que se diera cuenta el agraviado del escarnio.  
Los centros de enseñanza son un observatorio privilegiado para detectar estas conductas. Observar casos no es difícil, buscarles solución, sí lo es y mucho porque la relación entre los alumnos se prolonga más allá del edificio escolar y el machaqueo continúa fuera. Cuando se citan unos a otros para ir a jugar se olvidan de los señalados. Las invitaciones a los cumpleaños son también ocasiones en las que se puede hacer mucho daño cuando se llama a casi todos los de la clase menos a unos pocos.
Basta formar grupos de trabajo por elección libre de los componentes para darse cuenta quiénes son los marginados y quiénes los líderes. No hacen falta muchos sociogramas para descubrirlos. Por qué unos son los que llevan la voz cantante y los demás los siguen, sin hacer cursillos ni haber tenido aprendizaje previo, me ha interesado siempre.  El líder natural, pone y quita jugadores en el equipo y dice quien juega de portero, que es el puesto que casi nadie quiere. Es el que fija hora y lugar de reunión y pone condiciones. Ellos son los que pueden evitar en muchas ocasiones, poniéndose de parte del acosado, conductas que atentan contra la dignidad y los derechos fundamentales. La fuerza del grupo, puestos a hacer daño, es un arma mortífera para destruir estimas.   Lo débiles tienen las de perder en esta vorágine de destrucción afectiva. El acoso tiene muchas manifestaciones, como señalan los profesores Iñaki Piñuel y Araceli Oñate:  prohibiciones, burlas, manipulación social, coacciones, exclusiones, intimidaciones, agresiones y amenazas. Un arsenal para derribar las más sólidas fortalezas.

Despoblación

A veces recorro mentalmente las calles de mi pueblo cuando estoy en el umbral del sueño.  Me paro en las casas que conocí y hago listado de las personas que vivieron en ellas.  En otras ocasiones lleno los bares que frecuenté con los clientes que eran asiduos a sus copas y sus partidas y que ya abandonaron para siempre barra y mesa.  Me faltan asientos para acomodar a tantos conocidos. Con esta estrategia consigo entrar en los dominios de Morfeo y darme cuenta del lugar tan adelantado que ocupo en la fila que se dirige a los últimos oteros desde donde se divisa el mar. Lo que más tristeza me produce de este recorrido no es lo inevitable, que está asumido, sino la ausencia que dejan los que se van. Las casas que fueron en tiempos pasados hervidero de vida están hoy cerradas, sin que nadie de los que decía Juan Ramón que harían nuevo el pueblo cada año haya venido a ocupar el lugar que dejaron los muertos.

De las veintidós que tiene mi calle, trece están deshabitadas.  Quedan en la memoria sentimental las tertulias de sus vecinos al fresco en las noches de verano, el paso al anochecido de los agricultores que venían del campo mientras nosotros los niños apurábamos los lances del juego, las mujeres que se acercaban con la lechera a la casa del vecino a por la leche recién ordeñada.

Más entrada la noche los hombres hacían grupos en las Cuatro Esquinas y después compartían unos vinos por los bares, charlando generalmente de las tareas del campo, que siempre ha sido la actividad económica fundamental en sus ramas agrícola y ganadera y de la que dependían los pequeños negoecios del pueblo.

 De cinco zapaterías que hubo no queda ninguna. Cuatro fraguas y otras tantas carpinterías desaparecieron. Dos tahonas, una almazara y una posada corrieron igual suerte.  De ocho bares que había por el centro quedan tres y solo los fines de semana se ven algo concurridos.

La escuela, que tiene en su interior la esperanza del futuro, también sufre la merma de alumnos. Cuarenta este curso, con acumulación de niveles por aula. Si algún día faltase el bullicio en el patio de recreo el pueblo habría entrado en fase agónica.

De más de tres mil habitantes que hubo en los años cuarenta se ha pasado a menos de novecientos en la actualidad. Las expectativas son desalentadoras. La media de defunciones ronda las veinte, los nacimientos no llegan a la decena. Los jóvenes terminan sus estudios y buscan ocupación fuera. El resultado es una población envejecida, casi una pirámide invertida. El diagnóstico es fácil: falta de trabajo, descenso de la natalidad, emigración. Las soluciones, si las hay, son más complejas.

Dentro de cuatro años volverá a hablarse en las campañas electorales de este gran problema que necesita políticos que miren más allá de lo inmediato. Estadistas, que algunos dio esta tierra en tiempos.

Mientras tanto y a la espera, anochece.   No quiero pensar en alguien que en el futuro sea otro protagonista de ‘La Lluvia amarilla’, la excelente novela de Julio Llamazares, y que en una mezcla de delirio y lucidez repase en un pueblo vacío la historia de sus habitantes, sin nieve, pero con remolinos y tolvaneras batiendo las puertas de las casas abandonadas.

Electrodomésticos

Mi madre madrugaba todos los días y encendía el anafe para que cuando nos levantáramos nosotros estuviera el café caliente, el pan tostado y la leche cocida con la espuma hasta el borde, que era el certificado popular de garantía sanitaria.
 Un cerillo, unos palitos secos y el soplillo hacían que los trozos de carbón cambiasen el color negro por las tonalidades naranjas, rojas y azuladas.
Había que mantener el fuego a lo largo de la mañana para que se hiciera el puchero, que borbolleaba lentamente hasta el mediodía con la tapadera ligeramente ladeada, como gorro de legionario, para que no rebosara el caldo.  Una vez extinguido ya no se encendía hasta el día siguiente.  
El carbón servía también para la plancha de hierro y los calentadores de cama. Era el combustible por excelencia. Se guardaba en la parte inferior de la cocina.
Todos los días pasaba Damián el carbonero por la calle voceándolo con su burro y su serón, como los panaderos y los hortelanos, que llenaban las calles de reclamos.
Llegaron después los infernillos de petróleo, que desprendían un tufo desagradable y, por fin, las cocinas de butano que supusieron un adelanto considerable con ahorro de tiempo e inmediatez de uso. Desaparecieron las pavesas que desprendía la combustión del carbón y que se posaban con forma de copos en todos sitios. Hubo, no obstante, que perder la desconfianza y el miedo que infundían las bombonas por temor a explosiones y a la asfixia. El olor a gas alarmaba y todas las noches antes de acostarnos comprobábamos que la espita estaba cerrada.
Cuando mi generación apareció por este mundo, en los años cincuenta, había pocos medios técnicos que hicieran más confortable la vida.
Para aliviar el calor en verano, el abanico, el fresco de la noche, el agua del pozo y el botijo al relente.  En invierno para el frío, brasero de cisco y, el que podía, candela con leña de encina, olivo o almendro. Hasta huesos de las aceitunas sirvieron en tiempos pasados como combustible.
Los cuartos de aseo consistían en un rincón con tocador, jarra, palangana y soporte, donde se colgaba la toalla. Aunque hoy se extrañen los más jóvenes, casi todas las casas tenían estercolero donde, provistos de un palo para espantar al gallo pendenciero y celoso del gallinero, aliviábamos los cuerpos.
Para lavar la ropa se utilizaban los nudillos de las manos, la panera y el ‘batiero’, bien en los corrales o a la orilla del arroyo.  A los niños nos aseaban en verano al caer la tarde al aire libre del patio y cuando hacía frío al lado de la camilla con las enagüillas levantadas.  
El electrodoméstico que más falta hacía para suavizar el duro trabajo de lavar a mano, la lavadora, fue el que más tardó en aparecer. El motivo:   el agua corriente no llegó al pueblo hasta principios de los años setenta. Antes de las obras de saneamiento los albañales eran causa frecuente de disputas entre vecinos por los vertidos y los atascos que provocaban las tormentas.
El frigorífico relevó a las despensas y alacenas para conservar los alimentos.
Los electrodomésticos fueron llegando poco a poco. Cada uno supuso una mejora de la calidad de vida, sobre todo de las mujeres, a las que llamaban amas y en realidad fueron esclavas.

Votemos en paz

No sabían la profundidad del pozo en el que habían caído hasta que con gran esfuerzo alcanzaron el brocal con las manos desgarradas.  De sus ropas quedaban sucios harapos que dejaban ver sus cuerpos consumidos, pómulos salientes y mirada hundida, allá, en los cuencos violáceos de sus ojos. Al principio no fue el verbo ni la luz, sino el silencio, el miedo y las tinieblas. La escalada desde el cenagal del fondo que cualquier guerra provoca fue penosa. Hubo que empezar de nuevo desde las ruinas que la sombra de Caín dejó sobre las tierras de España. En el borde del abismo miraron entonces al cielo y se dieron cuenta de lo que habían perdido o les habían robado. Lucharon por conseguir cobijo en paz bajo su manto y un lugar al sol para sus vidas, costase lo que costase en la moneda del trabajo. El ser humano es un ave Fénix, que resurge de sus propias cenizas y supera los más difíciles obstáculos.
Los años del hambre no fueron ni un eufemismo ni una frase redonda para poner título a las crónicas de un tiempo negro, sino una realidad lacerante, que afectó a todos, aunque con desigual intensidad y grado. Como siempre los que no tenían clavo al que agarrarse, ni aun ardiendo, pagaron el peaje más caro por un asiento en el barco de la vida. Algunos quedaron en tierra para siempre.  Hubo pocas familias que pasaron el angosto desfiladero con holgados medios; otras, lo hicieron con lo mínimo y la mayoría a pelo, según bando y fortuna. Espigadores, rebuscadores, ballesteros, furtivos…cualquier actividad servía para buscarse la vida, que estaba más escondida que nunca entre cascotes aún calientes. Dignidad había la que dejaban el miedo y la falta de alimentos que llevarse a la boca. Hubo quienes vendieron sus cuerpos porque había quienes los compraban por unas migajas de pan o un mísero trabajo. Cobarde y abyecto chantaje ante la necesidad. Los hijos duelen como alfileres en los ojos; por ellos se hace todo.  Se rumiaban las palabras que no podían decirse, quedando a la orilla del esputo, pero se callaban produciendo arcadas, casi vómitos, porque sin vida sobran atributos y decoros y había que asegurar en primer lugar la subsistencia.

Deshonra para los que, pudiendo hacer el bien, hirieron y gloria a los que tendieron la mano a quienes la necesitaban. Las situaciones turbulentas resaltan la grandeza de las personas nobles y agrandan la maldad de los miserables. No le demos de nuevo ocasión a la historia para demostrarlo. Que el ciprés no extienda su alargada sombra de odio a las nuevas generaciones. Volver sobre lo andado es caer de nuevo al pozo.  El olvido es más difícil y quizás ni convenga porque no depende de la voluntad, sino de la memoria y esa va por libre sin que acepte bridas ni aparejos.
No más azules, rojos, amarillos, grises, pardos o violetas para excluir. Los colores son el alma del campo, que vive en las flores y  el corazón del cielo, que late en las nubes de los crepúsculos. Una combinación que encuentra en la variedad su razón de ser y su armonía. No los uséis como lanzas contra los adversarios. Un voto es un arma de paz que vale más que mil pistolas. 

San Isidro

Mayo separa el tiempo meteorológico en dos vertientes. La que da a la primavera, ya de retirada, y la que mira al verano, que se anuncia en los oteros con los primeros pastos secos.  Pasado san Isidro, se dobla el cabo de las tormentas para dar vista al mar abierto con noches estrelladas y prolongados atardeceres. De la cruz de mayo a la de septiembre es tradición partir la jornada de trabajo en el campo con la siesta. Son dilatadas las horas de luz y el calor aprieta cuando está en lo alto.  Las ovejas juntan sus cabezas y las chicharras estridulan en las dehesas.

Abril tiene la llave del año por las lluvias, que se desean para las cosechas y arboledas y se temen las heladas tardías por el daño. Mayo, sin embargo, guarda la llave de la puerta falsa, la que mira al horizonte por donde el sol levanta. De allí pueden llegar los temidos solanos, aires secos y calinosos, que son los ardores del sol tras una noche de borrachera. Mustian y agostan los últimos verdores de los valles y quedan a media granación a las espigas. Bienvenidas son las brisas del Atlántico y los gallegos, auras que acarician y mantienen tiernos hasta su total maduración los granos de los cereales y a la flor de los olivos que aquí llamamos esquimo y en otros lugares denominan rapa. Un equilibrio inestable el de las dos orillas que queda a merced de las veletas.

Justo a mediados, con las cartas en poder de la rosa de los vientos, la gente sale al campo a divertirse.  Súplica y ofrenda en honor de este santo al que un ángel le araba la tierra mientras él rezaba. Con una gavilla de espigas en la mano preside la mesa extendida sobre el mantel verde de los campos, pletóricos y exultantes

Puestos a aprovechar el día y sin contradicciones que lo impidan la romería honra con largueza a los dioses paganos, Dionisio y Baco, no importando la nacionalidad romana o griega, en un ambiente que haría las delicias del poeta Anacreonte.

Sin llegar a la importancia de las de Fuente de Cantos y Valencia de Alcántara, entre otras acreditadas fiestas camperas, hay muchas localidades extremeñas que celebran estos días sus romerías.

Viendo pasar estos últimos años a los jóvenes en las carrozas camino de la ermita, acuden recuerdos de otros, ya lejanos, cuando por las venas de nuestros cuerpos corría vigorosa la savia de la juventud, fresca la sangre en las agallas y ardiente en el alma la ilusión.  La construcción de las carrozas, los preparativos de comidas, el desfile por la plaza con vistosos trajes y aderezos y el camino hasta el lugar de la convivencia festiva. Allí compartíamos viandas, vino y cantes. El color sonrosado en las mejillas de las mocitas, pañuelo al cuello, bellas, esbeltas, zalameras, fino el talle y elegante el andar por ondulados mares de trigales nos llevaba a los mozos detrás su estela. Y aunque solo sea por eso, porque algunas veces lo vivimos, sabemos lo que se siente y mantenemos vivo el recuerdo. Por eso, vámonos con Juan Ramón al campo por romero, por romero y por amor porque Dios está azul y la flauta y el tambor anuncian ya la cruz de primavera. 

Pipas

Los domingos y días de fiesta íbamos a casa de tía Javiera para comprar pipas. Vivía en la calle Valverdejo, nombre que yo siempre he asociado al agua y al verdor porque termina en un paraje donde está la huerta de la Villa y la fuente del Lugar. ¡Qué hermosos los topónimos de nuestros pueblos! Cantarrana, Albardilla, Torviscal, Toledillo, Sierra Morena, Puerta Aurora…
Tía Javiera era una mujer mayor que para sacar unas pesetas con las que suplir la carencia de pensiones se dedicaba a vender pipas. Ella misma las tostaba. Se sentaba en una mesa camilla en el primer cuerpo de la casa y allí nos despachaba. Para que se conservaran calentitas y crujientes las ponía al lado del brasero.

Antes de que las metiesen en cucuruchos de papel de estraza y las envasasen en bolsas de plástico, las vendían a granel con medida que podía ser un vaso o una cucharita como una pala. Las vaciaba en nuestras manos dispuestas en forma de cuenco.
Una vez servidos regresábamos con los bolsillos llenos a la plaza, a nuestras casas o al cine, según tocara, para echar la mañana o la tarde atrás con la sal en los labios.
Las pipas eran las acompañantes de nuestras reuniones.  Sentados en la pared de la plaza en las noches de verano, en la camilla de nuestras casas en las de invierno, si no teníamos otro sitio adónde ir por el mal tiempo. Allí las pasábamos jugando al parchís, a la oca o a la lotería.  También las comíamos cuando paseábamos por la calle en un viaje de ida y vuelta continuo, marcando el ritmo de nuestra marcha con chasquidos en el aire.  ¡Qué habilidad la de algunos para no dejar de hablar y seguir comiendo pipas sin descanso!
 El salón del cine era un cóctel de humo y de crujidos, carcomas que descosían el silencio con un ritmo frenético. La carrera de cuadrigas de Ben Hur, la flecha del indio que cruzaba el aire desde la escarpada encrucijada hasta el pecho del enemigo, el momento crucial de la intriga y el suspense estaban acompañados por el ruido persistente de la extracción de la semilla de su cuna. Nuestros labios quedaban como brocales hinchados de sal donde asentaban las llagas sus pertrechos en un pozo que clamaba por el agua.
De la fila de atrás llegaban hasta las espaldas de los que estaban sentados delante las cáscaras. Si vestían trencas de aquellas que llevaban gorros y no se las quitaban porque el frío se colaba por las rendijas de las puertas, podían llevarse a casa una muestra numerosa de las consumidas
Dardos eran, a veces, que en el afán masticador iban a parar a la cara del acompañante, porque había quienes para no perder puntada las expulsaban con la misma boca en lugar de tirarlas con la mano al suelo… o a tus pantalones.
 En el local amanecían al día siguiente como alitas de animales abatidos, interior de nácar, abiertas y vencidas en una batalla perdida de antemano ante las pinzas incisivas de los dientes. 
Tía Javiera solo vendía pipas, sin más estructura comercial que una mesa camilla y un vasito de medida. Negocio inviable hoy  que no encajaría en el sistema de módulos ni estimación directa.

Previsión del tiempo

Me gustaba mirar en las noches de luna al cielo cuando las nubes con forma de ‘borreguitos’ pasaban delante de ella procedentes del Atlántico. La plazuela y sus tejados alternaban el brillo plateado con las sombras, como si jugaran al escondite asomándose por las esquinas. Casi siempre que sucedía esto salía lloviendo al día siguiente.  
Antes de que Mariano Medina, pionero y maestro en la ciencia de la meteorología, popularizara la información del tiempo a través de Televisión Española, con puntero y escasos medios técnicos, como el famoso barco ‘K’ y los mapas de isobaras, borrascas y anticiclones, que dibujaba él mismo a mano,  la tradición popular ha ido recogiendo en el refranero un variado y rico acervo, resultado de la observación del aspecto del cielo, las formas de las nubes, la dirección del viento, las reacciones de los animales, los cercos de la luna y el sol. Y los ‘nietos’ de este, dos escoltas de pequeños soles reflejados a su   lado cuando el horizonte tiene velos al atardecer.
Llovía cuando Dios quería, sin que la mayoría supiese mucho más de las causas físicas que originan los cambios atmosféricos.  Los indicios servían de base para los pronósticos populares. En el medio rural son más bajas las paredes, el reloj no tiene prisa y se sienten los latidos de la naturaleza circundando el pueblo, así que es más fácil la observación. La salida del humo de las candelas: si se arrastra o se eleva majestuoso. El vuelo alto o bajo del grajo. Los arco iris por oriente u occidente. El baño de los gorriones en los charcos. Los crujidos de los muebles. El hollín que cae de las chimeneas. La ceniza del brasero que se pega a la paleta… Hasta las punzadas en los juanetes y en las cicatrices se consideran señales de cambio de tiempo
Quienes del cielo aguardan y al cielo temen, en expresión de Antonio Machado, han mirado siempre al cielo “con ojo inquieto si la lluvia tarda”.
El calendario zaragozano acertaba con las escarchas en enero y las flamas de julio. Lo demás, lo repartía a discreción, teniendo en cuenta la lógica de fechas y lugares. Hay quienes confían en él, como en las cabañuelas, que, según las características de unos días de agosto, vaticinan el tiempo del resto del año.  Como última esperanza para atraer la lluvia, cuando las grietas en la tierra son bocas sedientas que claman al cielo, están las rogativas y la procesión del santo milagroso, aunque hasta el mismo cura avise y dude cuando el tiempo no esté ‘lloveó’.
El cambio climático, que existe a pesar de quienes lo niegan, está dejando en mal lugar al refranero. Hasta el perro, que buscaba sombra en febrero, ha adelantado fecha. Las otoñadas de san Bartolomé y san Miguel han mudado hato y pertenencias hacia fechas más lejanas.  El invierno se ha achatado por los extremos y pasamos por él de puntillas hacia una primavera cada vez más temprana. Quien se está comiendo lo que no le corresponde es el verano, que según los últimos estudios ha aumentado en cinco semanas su duración desde los años cuarenta.  Un embarazo que puede llegar a parir un tiempo muerto. Que Dios nos coja mojados con las primeras lluvias de principios de abril después de tantos días de seca.

 

Recuerdos

Nadie puede acordarse de todo lo que ha vivido.  Hay vivencias que se olvidan para siempre y otras permanecen en el recuerdo sin saber el motivo de esta selección. Quedan islas, imágenes aisladas de las que la memoria guarda el negativo y en determinados momentos la luz de la evocación revela.
Permanece un ramillete, un florilegio emotivo de estampas, conductas y costumbres en cada uno de nosotros con su bagaje, según la vida le haya ido. El motivo por el que perduran estos en la memoria y otros fueron olvidados no dependió ni de la voluntad de quien los narra ni de su interés por conservarlos. Algunos de ellos, que cuento a continuación, fueron captados por los sentidos de un crío que, como todos, se asombra ante las primeras impresiones que les producen ciertos hechos y situaciones.
Nos sorprendemos al comprobar que aquella persona que parecía vieja cuando éramos niños tenía la misma edad que tenemos nosotros ahora, si no la hemos sobrepasado con creces. De los sesenta de entonces a los nuestros de hoy existe un abismo en la apreciación. Nos vemos y sentimos relativamente jóvenes aún.  Desde abajo la montaña parece inmensa y desde la cima todo resulta pequeño.
Me llamaban la atención los palmotazos en las espaldas respectivas, con las que se saludaban los hombres que se veían después de mucho tiempo, con las manos abiertas de par en par. Tanto, que la primera vez que lo vi pensé que se estaban peleando o sacudiéndose el polvo de las chaquetas.
Otra imagen que me sorprendió fue la de un hombre que hablaba por uno de aquellos teléfonos de cordón negro y grueso, colgados en la pared en el descanso de la escalera de un bar.  Deduje que la audición del que estaba al otro lado dependía de las voces que le daba y que, a más distancia, más había que elevar el volumen. Además, para que la comunicación resultara más completa, la acompañaba con gestos exagerados de la mano libre.
Algunas costumbres me emocionaban. Descubrirse suponía desnudar en público la parte más noble del cuerpo. Aquellas cabezas preservadas del sol por mascotas, sombreros, bilbaínas o gorras viseras mostraban su blanca dignidad en señal de respeto cuando se entraba en un sitio público o al paso de un cortejo.  Me imponía esta acción en los entierros y cuando pasaba el cura con el paño humeral sobre los hombros cobijando las formas sagradas, el sacristán con la crismera de los óleos, tocando la campanilla y el monaguillo abriendo paso con la cruz para llevar el viatico a los enfermos. El cortejo ganaba en solemnidad si el enfermo era miembro de la Hermandad del Santísimo. En ese caso acompañaban los demás hermanos en dos filas de escolta con velas encendidas. Estas escenas las recreé años después leyendo la novela de la Regenta, cuando el Magistral, don Fermín de Pas, llevaba el viático al ateo converso don Pompeyo Guimarán.
Me entristecía si este hecho de descubrirse lo realizaba una persona que, fuera de su medio natural de besanas, dehesas, majadas y cortijos, se encontraba desorientada y, teniendo que acudir a solventar trámites burocráticos a cualquier oficina, era tratada desconsideradamente por algún funcionario de bigotillo recortado.
Son islotes que la marea del olvido deja al descubierto. Todavía.