San Isidro

Mayo separa el tiempo meteorológico en dos vertientes. La que da a la primavera, ya de retirada, y la que mira al verano, que se anuncia en los oteros con los primeros pastos secos.  Pasado san Isidro, se dobla el cabo de las tormentas para dar vista al mar abierto con noches estrelladas y prolongados atardeceres. De la cruz de mayo a la de septiembre es tradición partir la jornada de trabajo en el campo con la siesta. Son dilatadas las horas de luz y el calor aprieta cuando está en lo alto.  Las ovejas juntan sus cabezas y las chicharras estridulan en las dehesas.

Abril tiene la llave del año por las lluvias, que se desean para las cosechas y arboledas y se temen las heladas tardías por el daño. Mayo, sin embargo, guarda la llave de la puerta falsa, la que mira al horizonte por donde el sol levanta. De allí pueden llegar los temidos solanos, aires secos y calinosos, que son los ardores del sol tras una noche de borrachera. Mustian y agostan los últimos verdores de los valles y quedan a media granación a las espigas. Bienvenidas son las brisas del Atlántico y los gallegos, auras que acarician y mantienen tiernos hasta su total maduración los granos de los cereales y a la flor de los olivos que aquí llamamos esquimo y en otros lugares denominan rapa. Un equilibrio inestable el de las dos orillas que queda a merced de las veletas.

Justo a mediados, con las cartas en poder de la rosa de los vientos, la gente sale al campo a divertirse.  Súplica y ofrenda en honor de este santo al que un ángel le araba la tierra mientras él rezaba. Con una gavilla de espigas en la mano preside la mesa extendida sobre el mantel verde de los campos, pletóricos y exultantes

Puestos a aprovechar el día y sin contradicciones que lo impidan la romería honra con largueza a los dioses paganos, Dionisio y Baco, no importando la nacionalidad romana o griega, en un ambiente que haría las delicias del poeta Anacreonte.

Sin llegar a la importancia de las de Fuente de Cantos y Valencia de Alcántara, entre otras acreditadas fiestas camperas, hay muchas localidades extremeñas que celebran estos días sus romerías.

Viendo pasar estos últimos años a los jóvenes en las carrozas camino de la ermita, acuden recuerdos de otros, ya lejanos, cuando por las venas de nuestros cuerpos corría vigorosa la savia de la juventud, fresca la sangre en las agallas y ardiente en el alma la ilusión.  La construcción de las carrozas, los preparativos de comidas, el desfile por la plaza con vistosos trajes y aderezos y el camino hasta el lugar de la convivencia festiva. Allí compartíamos viandas, vino y cantes. El color sonrosado en las mejillas de las mocitas, pañuelo al cuello, bellas, esbeltas, zalameras, fino el talle y elegante el andar por ondulados mares de trigales nos llevaba a los mozos detrás su estela. Y aunque solo sea por eso, porque algunas veces lo vivimos, sabemos lo que se siente y mantenemos vivo el recuerdo. Por eso, vámonos con Juan Ramón al campo por romero, por romero y por amor porque Dios está azul y la flauta y el tambor anuncian ya la cruz de primavera. 

Pipas

Los domingos y días de fiesta íbamos a casa de tía Javiera para comprar pipas. Vivía en la calle Valverdejo, nombre que yo siempre he asociado al agua y al verdor porque termina en un paraje donde está la huerta de la Villa y la fuente del Lugar. ¡Qué hermosos los topónimos de nuestros pueblos! Cantarrana, Albardilla, Torviscal, Toledillo, Sierra Morena, Puerta Aurora…
Tía Javiera era una mujer mayor que para sacar unas pesetas con las que suplir la carencia de pensiones se dedicaba a vender pipas. Ella misma las tostaba. Se sentaba en una mesa camilla en el primer cuerpo de la casa y allí nos despachaba. Para que se conservaran calentitas y crujientes las ponía al lado del brasero.

Antes de que las metiesen en cucuruchos de papel de estraza y las envasasen en bolsas de plástico, las vendían a granel con medida que podía ser un vaso o una cucharita como una pala. Las vaciaba en nuestras manos dispuestas en forma de cuenco.
Una vez servidos regresábamos con los bolsillos llenos a la plaza, a nuestras casas o al cine, según tocara, para echar la mañana o la tarde atrás con la sal en los labios.
Las pipas eran las acompañantes de nuestras reuniones.  Sentados en la pared de la plaza en las noches de verano, en la camilla de nuestras casas en las de invierno, si no teníamos otro sitio adónde ir por el mal tiempo. Allí las pasábamos jugando al parchís, a la oca o a la lotería.  También las comíamos cuando paseábamos por la calle en un viaje de ida y vuelta continuo, marcando el ritmo de nuestra marcha con chasquidos en el aire.  ¡Qué habilidad la de algunos para no dejar de hablar y seguir comiendo pipas sin descanso!
 El salón del cine era un cóctel de humo y de crujidos, carcomas que descosían el silencio con un ritmo frenético. La carrera de cuadrigas de Ben Hur, la flecha del indio que cruzaba el aire desde la escarpada encrucijada hasta el pecho del enemigo, el momento crucial de la intriga y el suspense estaban acompañados por el ruido persistente de la extracción de la semilla de su cuna. Nuestros labios quedaban como brocales hinchados de sal donde asentaban las llagas sus pertrechos en un pozo que clamaba por el agua.
De la fila de atrás llegaban hasta las espaldas de los que estaban sentados delante las cáscaras. Si vestían trencas de aquellas que llevaban gorros y no se las quitaban porque el frío se colaba por las rendijas de las puertas, podían llevarse a casa una muestra numerosa de las consumidas
Dardos eran, a veces, que en el afán masticador iban a parar a la cara del acompañante, porque había quienes para no perder puntada las expulsaban con la misma boca en lugar de tirarlas con la mano al suelo… o a tus pantalones.
 En el local amanecían al día siguiente como alitas de animales abatidos, interior de nácar, abiertas y vencidas en una batalla perdida de antemano ante las pinzas incisivas de los dientes. 
Tía Javiera solo vendía pipas, sin más estructura comercial que una mesa camilla y un vasito de medida. Negocio inviable hoy  que no encajaría en el sistema de módulos ni estimación directa.

Previsión del tiempo

Me gustaba mirar en las noches de luna al cielo cuando las nubes con forma de ‘borreguitos’ pasaban delante de ella procedentes del Atlántico. La plazuela y sus tejados alternaban el brillo plateado con las sombras, como si jugaran al escondite asomándose por las esquinas. Casi siempre que sucedía esto salía lloviendo al día siguiente.  
Antes de que Mariano Medina, pionero y maestro en la ciencia de la meteorología, popularizara la información del tiempo a través de Televisión Española, con puntero y escasos medios técnicos, como el famoso barco ‘K’ y los mapas de isobaras, borrascas y anticiclones, que dibujaba él mismo a mano,  la tradición popular ha ido recogiendo en el refranero un variado y rico acervo, resultado de la observación del aspecto del cielo, las formas de las nubes, la dirección del viento, las reacciones de los animales, los cercos de la luna y el sol. Y los ‘nietos’ de este, dos escoltas de pequeños soles reflejados a su   lado cuando el horizonte tiene velos al atardecer.
Llovía cuando Dios quería, sin que la mayoría supiese mucho más de las causas físicas que originan los cambios atmosféricos.  Los indicios servían de base para los pronósticos populares. En el medio rural son más bajas las paredes, el reloj no tiene prisa y se sienten los latidos de la naturaleza circundando el pueblo, así que es más fácil la observación. La salida del humo de las candelas: si se arrastra o se eleva majestuoso. El vuelo alto o bajo del grajo. Los arco iris por oriente u occidente. El baño de los gorriones en los charcos. Los crujidos de los muebles. El hollín que cae de las chimeneas. La ceniza del brasero que se pega a la paleta… Hasta las punzadas en los juanetes y en las cicatrices se consideran señales de cambio de tiempo
Quienes del cielo aguardan y al cielo temen, en expresión de Antonio Machado, han mirado siempre al cielo “con ojo inquieto si la lluvia tarda”.
El calendario zaragozano acertaba con las escarchas en enero y las flamas de julio. Lo demás, lo repartía a discreción, teniendo en cuenta la lógica de fechas y lugares. Hay quienes confían en él, como en las cabañuelas, que, según las características de unos días de agosto, vaticinan el tiempo del resto del año.  Como última esperanza para atraer la lluvia, cuando las grietas en la tierra son bocas sedientas que claman al cielo, están las rogativas y la procesión del santo milagroso, aunque hasta el mismo cura avise y dude cuando el tiempo no esté ‘lloveó’.
El cambio climático, que existe a pesar de quienes lo niegan, está dejando en mal lugar al refranero. Hasta el perro, que buscaba sombra en febrero, ha adelantado fecha. Las otoñadas de san Bartolomé y san Miguel han mudado hato y pertenencias hacia fechas más lejanas.  El invierno se ha achatado por los extremos y pasamos por él de puntillas hacia una primavera cada vez más temprana. Quien se está comiendo lo que no le corresponde es el verano, que según los últimos estudios ha aumentado en cinco semanas su duración desde los años cuarenta.  Un embarazo que puede llegar a parir un tiempo muerto. Que Dios nos coja mojados con las primeras lluvias de principios de abril después de tantos días de seca.

 

Recuerdos

Nadie puede acordarse de todo lo que ha vivido.  Hay vivencias que se olvidan para siempre y otras permanecen en el recuerdo sin saber el motivo de esta selección. Quedan islas, imágenes aisladas de las que la memoria guarda el negativo y en determinados momentos la luz de la evocación revela.
Permanece un ramillete, un florilegio emotivo de estampas, conductas y costumbres en cada uno de nosotros con su bagaje, según la vida le haya ido. El motivo por el que perduran estos en la memoria y otros fueron olvidados no dependió ni de la voluntad de quien los narra ni de su interés por conservarlos. Algunos de ellos, que cuento a continuación, fueron captados por los sentidos de un crío que, como todos, se asombra ante las primeras impresiones que les producen ciertos hechos y situaciones.
Nos sorprendemos al comprobar que aquella persona que parecía vieja cuando éramos niños tenía la misma edad que tenemos nosotros ahora, si no la hemos sobrepasado con creces. De los sesenta de entonces a los nuestros de hoy existe un abismo en la apreciación. Nos vemos y sentimos relativamente jóvenes aún.  Desde abajo la montaña parece inmensa y desde la cima todo resulta pequeño.
Me llamaban la atención los palmotazos en las espaldas respectivas, con las que se saludaban los hombres que se veían después de mucho tiempo, con las manos abiertas de par en par. Tanto, que la primera vez que lo vi pensé que se estaban peleando o sacudiéndose el polvo de las chaquetas.
Otra imagen que me sorprendió fue la de un hombre que hablaba por uno de aquellos teléfonos de cordón negro y grueso, colgados en la pared en el descanso de la escalera de un bar.  Deduje que la audición del que estaba al otro lado dependía de las voces que le daba y que, a más distancia, más había que elevar el volumen. Además, para que la comunicación resultara más completa, la acompañaba con gestos exagerados de la mano libre.
Algunas costumbres me emocionaban. Descubrirse suponía desnudar en público la parte más noble del cuerpo. Aquellas cabezas preservadas del sol por mascotas, sombreros, bilbaínas o gorras viseras mostraban su blanca dignidad en señal de respeto cuando se entraba en un sitio público o al paso de un cortejo.  Me imponía esta acción en los entierros y cuando pasaba el cura con el paño humeral sobre los hombros cobijando las formas sagradas, el sacristán con la crismera de los óleos, tocando la campanilla y el monaguillo abriendo paso con la cruz para llevar el viatico a los enfermos. El cortejo ganaba en solemnidad si el enfermo era miembro de la Hermandad del Santísimo. En ese caso acompañaban los demás hermanos en dos filas de escolta con velas encendidas. Estas escenas las recreé años después leyendo la novela de la Regenta, cuando el Magistral, don Fermín de Pas, llevaba el viático al ateo converso don Pompeyo Guimarán.
Me entristecía si este hecho de descubrirse lo realizaba una persona que, fuera de su medio natural de besanas, dehesas, majadas y cortijos, se encontraba desorientada y, teniendo que acudir a solventar trámites burocráticos a cualquier oficina, era tratada desconsideradamente por algún funcionario de bigotillo recortado.
Son islotes que la marea del olvido deja al descubierto. Todavía.

De feria en feria

En cuanto la primavera dilataba las horas de luz y comenzaban las ferias de los pueblos nos convertíamos en feriantes. Y no era el trabajo el que nos llevaba de ruta, sino las ganas de divertirnos.  No había pueblo que celebrase sus fiestas en cincuenta kilómetros a la redonda que no estuviera en nuestra agenda. Empezábamos la temporada en Casas de Reina con las del Rayo, a principios de mayo, cuando la cruz se viste de flores, y rematábamos con la de Zafra, aunque esta para nosotros era más de peonzas y calderos que de verbenas. En medio, el santoral festero de vírgenes y santos recibía nuestras cumplidas visitas. Como los turroneros, sin puestos ni chambras, pero con el mismo espíritu viajero. Éramos casi siempre los mismos los que nos encontrábamos en cada una de ellas procedentes de distintos pueblos.  Buscábamos pasarlo bien y si era posible, ligar, o mejor, pasarlo bien ligando. Entonces con dos o tres piezas de baile y un paseo por el ferial se daba por cumplido el objetivo.  Y como en estos casos suele suceder, cada uno después contaba la feria según le había ido.
Conocíamos los nombres de las orquestas y a sus componentes, que se hicieron familiares al coincidir con ellos en distintos lugares. Bombines, Etéreos, Capitol, Neutralización… Había en algunos lugares bailes a los que se accedía previo pago, con entrada y portero, pero, en general, el núcleo alrededor del cual giraba todo, era la verbena.
La música en vivo tiene un encanto especial por directa y por cercana y más si suena en las hermosas plazas de nuestros pueblos. Escuchar una trompeta tocando ‘El silencio’ en la noche es como si se mecieran en la cuna del aire los bucles sonoros de sus notas, que caían después como suaves copos dormidos en sus ecos.
En una de estas festividades veraniegas un grupo de amigos emprendimos la marcha hacia el pueblo cercano. El dinero en el bolsillo, contado, sin hacer dispendios. La noche empezaba con un recorrido general para tomar tierra y conocer la distribución de las atracciones. Uno del grupo ligó y los otros nos dedicamos a recorrer bares en donde destacaban las tapas de guarrito. Cantamos, reímos, bebimos y comimos.  Así transcurría la noche. En algunos lugares, el emparejado y nosotros coincidíamos.  Al final de la velada nos reunimos para el regreso. Cambiamos impresiones sobre cómo le había ido a cada uno.  Nosotros envidiábamos la suerte del ligón y él- ¡vaya sorpresa para todos! – nos comentó que hubiese deseado estar con nosotros compartiendo la francachela que nos habíamos montado.
Años después le escuché decir a un señor de holgada posición económica y profesión bien remunerada que miraba pensativo a través de los cristales de un bar el paso de un arriero por la calle: “Para este es la vida. Ahora deja su mula en el establo, aparca el carro y se desentiende de todo hasta el lunes, sin nadie que le interrumpa su descanso. ¡Cómo lo envidio!”.
Lo que pensara el arriero, que miró de soslayo a la puerta del local, si lo hubiese escuchado, no lo sé, pero podría suponerlo. O quizás me equivocara y, como Atahualpa Yupanqui, era feliz oyendo chirriar los ejes de su carreta por caminos solitarios. ¡Cualquiera nos entiende! 

Llerena, de matanza

Las matanzas caseras o domiciliarias, que hace años eran numerosas y constituían un medio fundamental en el sustento de muchas familias del medio rural, han disminuido considerablemente debido al cambio de los hábitos alimenticios. Lejos están los tiempos en que preguntábamos en casa qué había de comer y la respuesta era la misma: cocido. Con sopa, garbanzos, tocino, morcilla y carne. La despensa estaba en las varas y maderos de las cocinas y doblados. Para los que trabajaban en el campo no faltaba en la hortera la chacina.
Solo los domingos y festivos se rompía la monotonía y se le daba entrada al pollo con arroz o papas.  
El colesterol, el azúcar y la tensión arterial han convertido a los pucheros en una comida extraordinaria, a la que recibimos con deseo y alborozo el día que toca.
Para que el rito ancestral de las matanzas perdure, al menos en la memoria y el proceso de su elaboración sea conocido por las nuevas generaciones, hay pueblos que dedican un día a celebrarla.

Mañana será en Llerena, ciudad por título y honores noble y leal, situada en un privilegiado paraje con vistas a la Campiña Sur y escoltada por las estribaciones de la hermosa serranía bautizada con el apelativo de Morena.  Pasado y presente fundidos en un crisol de huellas moras, judías y cristianas, con un rico patrimonio que la historia fue dejando en sus calles, plazas y plazuelas.
 Es el primer año en que esta celebración, que va por su XXV aniversario, luce los galones de Fiesta de Interés Turístico Regional.

Desde primera hora de la mañana en la Plaza de España, escenario en otros tiempos de autos de fe, corridas de toros y festivales de música y teatro, huele a aguardiente y a leña de encina haciéndose brasa. En medio, diestros matarifes desmenuzan y distribuyen las carnes según destinos. Por las nueve calles confluyentes van accediendo, reguero bullicioso, visitantes procedentes de los más variados lugares y vecinos que al llegar el medio día la llenarán a rebosar.  Alrededor del centro de la plaza están situados los puestos o casetas que ofrecen los más variados y apetitosos productos de la tierra: dulces, vinos, embutidos, jamones, quesos …

Un plato de migas, una copa de aguardiente y una perrunilla es buen comienzo para afrontar la jornada. La banda de música de Llerena sube por la calle Zapatería al ritmo siempre alegre de la música española. No faltan comparsas del reciente carnaval que siguen el mismo recorrido. Colorido y vistosidad.   Después en la artesanía hecha plato y vaso de cerámica se sirven las ‘probaíllas’, la carne y los garbanzos.

Las terrazas y bares de la plaza están repletos. Se come, se bebe, se compra y se pasea.  Los mayores hacen una excepción apetitosa a los regímenes de contención que las analíticas demandan. El pastillero consigo, pero un día es un día y un color de manzana frotada en la pechera va apareciendo en sus caras con el gustoso yantar acompañado de los buenos caldos de la tierra.

A partir de la tarde con la rapidez y eficacia del servicio de limpieza la plaza queda totalmente aseada. Comienza la hora de los pub y lugares de copas donde los más jóvenes continúan la fiesta hasta la madrugada. Si ustedes gustan.

Diarios

Entre los viejos libros de texto encontré una agenda de mis tiempos de estudiante en la que tuve la ocurrencia y la osadía de escribir mis impresiones, mis alegrías y mis tristezas. Un diario donde intenté reflejar lo más significativo que me ocurría cada día.
Lo redactaba con un lenguaje casi en clave por temor a que cayera en manos de alguien y descubriera los pensamientos e interioridades que con tanto cuidado preservaba.  Lo que escribía iba dirigido solo a una persona, que era yo. Como mucho a ese complementario que decía Machado, que siempre va conmigo. Por eso lo hacía sin tapujos, miramientos ni barreras.
Al leerlo muchos años después, como estoy haciendo ahora, cuando el último sol de la tarde se posa sobre sus páginas y añade amarillez a la que el tiempo depositó en ellas lentamente, me asombra lo que entonces pasaba por mi cabeza y sentía mi corazón. La importancia que le daba a algunos sucesos que hoy solo me producen una sonrisa. Escribió Franz Kafka que “una de las ventajas de llevar un diario es que uno se da cuenta con tranquilizadora claridad de los cambios que se sufren constantemente”
Aquí están recogidos los enfados con algunos amigos y los ritos para recuperar las relaciones de amistad perdida. Lo que llamábamos ponerse bien. Una discusión acalorada era motivo para que nos mandáramos unos a otros más allá de donde se pone el sol y pronunciáramos la frase de ruptura: ‘A mí no me hables más’. En ese estado de interrupción de trato, si queríamos que se enterase de algo nos dirigíamos a los demás mirándole a él con el rabillo del ojo. Para restablecer la amistad rota un amigo común servía de enlace.  Que dice Juan que digas ‘rosa’. Si lo decías, el otro respondía ‘clavel’. Nos dábamos la mano y enfado concluido.
Al hilo de este tema recuerdo la forma que teníamos de establecer un pacto de parentesco para siempre. Veíamos en algunas películas que los amigos que decidían apoyarse y defenderse mutuamente sellaban su compromiso haciéndose una herida en la muñeca y las juntaban para mezclar su sangre. Nosotros éramos más prácticos y evitábamos dolor y posibles contagios. Orinábamos en el mismo sitio y al terminar decíamos: ¡Ya somos primos! Un parentesco que duraba lo que las chorradas tardaban en evaporarse.
El diario era como un drenaje de tinta del corazón al papel. Aliviaba la presión y los sinsabores de todo el día. Un confidente que calmaba el disgusto que producía una mala calificación en los estudios o el desaire doloroso de un compañero. También quedó reflejado el halago de algún profesor, aunque no se prodigaban mucho en ellos, cuando deberían saber que motiva más una frase de ánimo que cien de reprimendas.
Muchos años después fui descubriendo que esta forma de expresarse a través de los diarios fue una modalidad literaria que utilizaron muchos escritores. El primero del que tuve noticias fue el de Ana Frank, testimonio cruel de la barbarie. Otros me impresionaron por impulsivos, espontáneos y escandalosos, como los de Anaïs de Nin.
Según la investigadora Gillie Bolton, escribir un diario, entre otras ventajas, “aumenta la confianza en uno mismo y permite explorar áreas cognitivas y emocionales que no siempre son accesibles”. Quizás no estaría mal retomarlos.

Elaborado en Extremadura

Llegaban al pueblo a comienzos del otoño unos camiones muy grandes para llevarse la lana de las ovejas. En el momento en el que los veíamos aparecer los seguíamos por las calles hasta la puerta de los laneros. Allí estaban almacenados los vellones metidos en sacos o jardas desde la esquila de la primavera, cuando los manigeros los enrollaban en los ‘guaches’ cada día de trabajo.
Los camiones procedían del norte. En las puertas de las cabinas estaba el nombre de la empresa, ‘San José’, que tenía su sede en Guipúzcoa. Los conductores hablaban con una entonación que nos resultaba llamativa, con palabras y expresiones que desconocíamos.
La llegada de estos mastodónticos vehículos suponía para nosotros un acontecimiento extraordinario, habituados a ver por las calles del pueblo solo carros y remolques.
Los mayorales de las casas (así era costumbre denominar, añadiéndole el nombre del propietario, a las empresas agrícolas y ganaderas con bastantes acomodados y abundancia de fincas y ganados) dirigían la operación, controlaban el número de sacos que salían y su peso.  Los empleados los echaban al camión y el camionero y su ayudante los colocaban adecuadamente para que no se desequilibrase la carga. Después los sujetaban fuertemente con sogas y correas. El momento de la partida era lo más emocionante para nosotros porque las sacas casi rozaban los cables del tendido eléctrico que iban de esquina a esquina y a veces tenían que elevarlos con palos para que pudieran pasar. La excelente lana de las merinas viajaba a otros lares para su lavado y transformación en industrias textiles.

En el tiempo del verdeo también llegaban camiones que se llevaban las aceitunas. Cada tarde, cuando regresaban los aceituneros del campo traían las recolectadas durante el día a los puestos, que eran los almacenes o locales donde se descargaban, pesaban y almacenaban hasta que se juntaba una cantidad suficiente para cargar un camión.  Los compradores eran los que establecían precio y condiciones. Venían de fuera y se asociaban con los propietarios de estos locales, quienes por su conocimiento del vecindario eran los que trataban con los agricultores. Una fila de carros y posteriormente de tractores se iba formando por orden de llegada hasta que a cada uno le tocase el turno. La entrega de un vale servía como justificante para el cobro.
A los cerdos y los borregos criados en las dehesas extremeñas se los llevaban también a otras regiones y los comercializaban como propios.
El camión de la leche pasaba cada mañana y se llevaba la que había sido extraída por ordeño a mano el día anterior. Toda, menos la que se vendía a granel a los vecinos que iban con lecheras a por ella y la que algunos pocos ganaderos utilizaban para hacer quesos de manera artesanal.

Con los cereales sucedía algo similar desde que dejó de ser obligatoria la venta del trigo a los organismos oficiales del Estado.
En los años sesenta empezaron a irse los jornaleros, braceros, pequeños artesanos y propietarios de mediana hacienda a lugares donde poder encontrar un trabajo  y unos ingresos más elevados.
Afortunadamente la situación va cambiando y nuevas generaciones de empresarios van abriendo camino con esfuerzo e imaginación para que los productos de este granero y despensa que es Extremadura sean apreciados y reconocidos por su calidad y origen.

Amigos de la infancia

Casi todos nos hemos encontrado alguna vez después de muchos años con un amigo, un compañero de estudios o de trabajo y nos hemos asombrado de los cambios producidos desde la última vez que los vimos. El mismo asombro que habrán experimentado ellos al vernos a nosotros.
Nuestro cuerpo tiende a disminuir esbeltez, redondear siluetas  y destacar prominencias. La tez pierde tersura y gana arrugas, la cabeza blanquea o se despuebla. El pecho disminuye su prestancia y la barriga descuelga su flacidez en la baranda del cinturón. Solo los ojos mantienen la identidad con el pasado.
Con estas transformaciones resulta explicable la sorpresa que nos produce encontrarnos con quien no vemos desde hace mucho tiempo.
Me pasó con un amigo.  Superponer la imagen que se guarda desde  la infancia con la de la madurez resulta difícil cuando en medio hay un montón de años que no se han compartido.
Cuando volvimos a encontrarnos nos saludamos con efusividad sin dejar de mirarnos de hito en hito, intentando tender un puente entre el pasado y el presente.

Hablamos de nuestras correrías por el campo en busca de grillos, del gateo a las moreras para coger moras; de los partidos de fútbol en el prado de la fuente hasta que el crepúsculo diluía sus tonos rojizos en los grises del anochecido, cuando ya en el pueblo habían encendido las luces de las calles.
La búsqueda de peces en las covachuelas del arroyo y la captura de renacuajos cuando asomaban a la superficie del agua su grácil cola y sus boquitas redondas y abiertas. El asombroso proceso de su transformación fisiológica lo teníamos a la vista. No necesitábamos dibujos ni esquemas. En los dos arroyos que se unen al lado de la escuela estaba nuestro observatorio.
Las libélulas y caballitos del diablo con sus hermosas alas extendidas se posaban para nuestro asombro en los juncos cercanos.
Las siestas y el miedo que no inculcaban con el tío de la sangre para que no saliéramos al campo a esas horas de plomo y calima.
Con la bicicleta ideamos un juego. Uno la conducía y el otro, sentado en el portamaletas con los ojos vendados, tenía que averiguar después de muchas vueltas en qué sitio nos encontrábamos. En el manillar, una ‘revolandera’ que construíamos nosotros mismos con cartulina, un palito y un alfiler. El viento de cara calle abajo la hacía girar velozmente.
La vida ha dejado sus huellas en cada uno de nosotros. Nos fue forjando con lágrimas y vinos, con alegrías y penas.
Cada uno siguió su camino y enraizó en lugares diferentes.  Ese día que volví a encontrarme con él nos interesamos por los hijos, por nuestras familias, por nuestros trabajos… En esas preguntas y respuestas, cargadas de emociones, resumimos varias décadas de ausencias. Pero ya no éramos los mismos porque la vida es un proceso continuo de pérdidas y cambios.
Cuando nos despedimos y llegué a casa intenté encontrar, mirándome al espejo, lo que quedaba en mí de aquel niño.  Recordé la letra del tango de Carlos Gardel, ‘Volvió una noche’, donde después de contar la decepción que le produce el reencuentro con su amante: “Y tuve miedo de aquel espectro…” vuelve la mirada hacia él: “Había en mi frente tantos inviernos/que también ella tuvo piedad de mí”.

 

Mi maleta

En el ‘doblao’ (así, porque si no me siento como el que dijo ‘bacalado’, pasándose de fino) guardábamos lo que dejaba de ser útil, pero queríamos conservar.
Hace unos días subí a buscar una antología literaria de mis tiempos de bachiller. La encontré en la maleta que utilizaba en mis viajes de estudiante, en un rincón, como el arpa de la rima, ‘silenciosa y cubierta de polvo’ y aunque nunca saldrán de ella notas musicales, sí guarda parte de mi vida en su interior.
Al abrirla, después de tantos años, me han venido a mientes una gran cantidad de recuerdos que han desbordado el muro que el tiempo levantó y han inundado copiosamente el apacible valle de la memoria. He hojeado algunos libros que conservan rastros que mi mirada dejó entre los renglones de sus páginas y que ahora, al volver a ojearlas, parece que regresan a mis ojos, como perro que encuentra dueño.  En una hoja está la firma que un compañero dejó trazada en una tarde de hastío con un saludo y una fecha, tan lejana ya, que produce vértigo asomarse al balcón del tiempo. En la esquina interior de la portada mi deseo de entonces hecho verso y súplica, pidiendo a la virgen aprobar la asignatura. Al lado, lo que me dijo un profesor cuando lo leyó: ‘A Dios rogando y con el mazo dando’
Esta maleta viajó conmigo en autobús, cuando los viajes de Ahillones a Badajoz tardaban más de tres horas entre un olor penetrante a gasoil y ruidos descompuestos de carrocería.  En los regresos, por vacaciones, con aromas de café ‘Camelo’, que iban quedándose en las paradas con la discreción que requería el estraperlo. No faltaba alguna rendija por donde se colaba el aire, que en invierno cortaba como navaja barbera.
También me acompañó en los viajes en tren con máquinas de vapor. En el andén la maleta parecía un perro a los pies de su dueño, esperando pacientes que asomara rechiflando con su blanca melena al viento. Hacíamos trasbordo en Mérida. En las curvas que hacía el trazado de las vías me gustaba asomarme a las ventanas, que entonces se bajaban y se subían, para ver el arco de los vagones y la locomotora delante desprendiendo la humareda que me daba en la cara y me ponía perdido de carbonilla.
Su lugar durante el tiempo que duraba el curso estaba debajo de la cama.  Maleta dentro, maleta fuera con arrastre cada vez que necesitaba meter o sacar algo en ella. Distribuía su interior en tres compartimentos: dos para la ropa, uno para la limpia, otro para la talega con la ropa usada y el tercero, que hacía de despensa y alacena, para los paquetes que de cuando en cuando me mandaban de casa. ¡Qué a deseo cogía las tortas de chicharrones que recibía por este tiempo!
En algunas ocasiones coincidió mi maleta con las de los emigrantes que marchaban a Alemania en busca de futuro. Me producían una sensación de tristeza. Unas de madera, otras forradas de telas, algunas con refuerzo de cuerdas…
En la mía siempre llevaba recuerdos de mi casa dentro. Aromas de los membrillos del ‘topetón’ de la chimenea, olor a leña ardiendo en la candela y el tacto de las manos de mi madre en los pliegues de la ropa.