Octava real.

 

Elaborar una octava real

parece una misión muy complicada,

pero es una labor muy natural

si sabes que la estrofa va rimada,

no de modo aleatorio e informal,

sino con  forma lógica y trabada.

Ocho versos con rima consonante,

tal los ocho que aquí  tienes delante.

Dedicatoria de Joaquín Calvo.

Este soneto me lo dedicó mi amigo Joaquín Calvo Flores , excelente y laureado poeta, con motivo de mi jubilación.

Un soneto me manda tu amistad

porque tu alma es soneto bien medido

y en ella tus alumnos han bebido

del agua de la ciencia y la verdad.

Y en él quiero cantar tu puerta abierta,

tu abierto corazón,  tu vasta frente

donde fundes pasado con presente

por donarnos mil oros de tu huerta.

Y ayer en aula,  y hoy en tiempo tuyo,

y siempre en bicicleta cabalgando

-niño en alma, sí, el mismo que denantes-

nos das del río interno su murmullo

en cartas al diario, y vas mezclando

minucioso Azorín, fresco Cervantes.

Fatuo

Poco cuesta el alarde vanidoso

a quien cuelga medallas en su pecho

y en su incienso jamás encuentra techo

para dejar de ser un pretencioso.

El oyente que aguanta silencioso,

por no dañar ni herirlo en su provecho

evita  así reacciones de despecho

y aguanta estoico su decir pomposo.

Pero es ya tan enorme el esperpento

creado con sus ansias de grandeza

que no ve que quien oye no está atento,

ni  absorto en contemplar tanta guapeza,

sino que no soporta el engreimiento

de quien sólo demuestra su torpeza.

El último pasaje

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

 

 

 

Restan pocos recodos al sendero

y no sé si el que veo,

cercano  ya al avance de mis pasos,

será el último que arqueo

o no llegaré siquiera a superarlo.

Hacia atrás lo vivido no me sirve

si no es para el recuerdo.

Que sea apacible

el resto del trayecto.

Poco más anhelo

que contemplar las alamedas

y  del cielo el lubricán rojizo,

efímeros placeres, aunque bellos.

En mi bolsillo el último pasaje

de un viaje sin regreso.

Un día cualquiera

parará a mi altura un coche negro

y ocuparé  el asiento que la parca

me tiene reservado

desde el principio de los tiempos.

Se perderá su estela en el paisaje

que yo no veré porque iré dentro.

Otros caminantes, a sol puesto,

andarán los mismos pasos

que yo esta tarde estoy andando

y verán, a principios de febrero,

las  flores  del almendro.

¡Quién sabe si son ellas

las estelas de los muertos!

Sueño de otoño

 

 

 

 

 

La luna, copo de  ovalado nácar,

pende del  pecho cóncavo del cielo

en el azul violeta de la tarde.

Los leños en la chimenea arden,

componiendo figuras con su fuego.

Del inconexo fondo del pasado

surgen inesperados los  recuerdos.

Hacia el sopor del sueño me dirijo,

vencidos de cansancio los desvelos.

Me voy hundiendo un poco con la tarde

en la viscosa luz de lo indeciso

y  llego sin saberlo

al solitario mundo de los muertos.

He visto a la luna

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía de JuanSevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/

Sobre la  fuente de mármol,

arrayán y enredadera,

que cantaron los Machado.

Hecha  alpaca en los olivos

en el envés de las hojas

que sólo el viento destapa.

Grande, amarilla y serena

tras la noche de tormenta

que trajo la tempestad.

Marfil en la plazoleta

que oscurece intermitente

la veloz nube viajera.

Recuerdo  que cuando niño

miraba  durante horas

pasar delante de ella

los borreguitos del cielo

que venían de la mar;

el ruido de las canales

espabilaban después

mi sueño de madrugada.

Bálsamo para  tejados

en la sangre de sus tejas

por las heridas del sol.

Allá en el fondo del cubo

donde Platero bebía

yo le he querido tocar

su cara de porcelana.

¡Tan sola entre los caminos

en el lago de las juncias

con los pespuntes del grillo

tejiendo ribetes negros¡

Blanca almohada en la alcoba

enredada entre cabellos

como cinta desatada

entre  suspiros  y anhelos

de mocita enamorada.

Me gusta

 

 

 

 

 

 

 

Me gusta el pueblo en su vivir diario,

sin ruidos ni tumultos bullangueros.

El trajín cotidiano,

el detalle, el gesto,

Me gusta la luz resplandeciente en las solanas,

el sombrero inclinado y somnoliento

al  tibio sol del mediodía.

El vuelo de cigüeñas

bajo el intenso añil de primavera,

las sábanas al sol de los corrales

y también el borbolleo del puchero a la candela.

La mirada  curiosa y presentida

detrás del blanco encaje en la ventana.

Oír la  una en la plaza silenciosa

cuando no queda nadie por la calle

y la noche se cubre con manteos .

Me gusta ver el  haz de sol dorado

clavarle a la penumbra

rejón de polvo y luz.

Y el leve sol de invierno

lavando con caricias

de gotas de rocío a la retama.

Y en el campo solitario sentirme

envuelto por la lluvia y sus rumores

Y el vino con amigos,

compartiendo secretos y porfías.

Ver  llamas de piruetas caprichosas

consumir leños con sus lenguas rojas.

Y tú. Me gustas tú,

inspiración de todas estas cosas.

Hembra

 

 

 

 

 

 

Por los contornos que su cuerpo deja

al pasar por el  aire me sumerjo.

En ese espacio perfumado y hueco

bulle  aún su presencia fugitiva.

Quedó flotando cual tules de raso

su cabello brillante y ondulado.

Al quicio de la puerta del deseo

un cuerpo  bellamente torneado

me atrae como al agua el sumidero.

Su mirada lanzada al   escarceo

me arrastra impetuoso a la lascivia

sobre las fuertes alas del dios Eros.

Las tardes se acortan

 

 

 

 

 

La luz resbala oblicua

repartiendo  caricias amarillas

por el lomo ondulado de las tejas

y por el aire de la tarde esquiva.

Van conquistando espacio las umbrías

y rocío las plantas de las vegas.

Se llena el campo de humedad brumosa

en  valles y riberas.

Pastan ovejas primerizas hierbas

entre  tañer de esquilas.

Entran  en receptiva cuarentena

las olvidadas llares

para  el parto del leño en la candela

El paro

 

 

 

 

 

Parece ser que nunca pasa nada

en la engañosa calma de los pueblos.

Los días y las noches,

cangilones cansinos de  la noria,

pasan en sucesivas alternancias

de ocasos y alboradas.

Transitan las mujeres

como hormigas de casa a los comercios.

Los varones en paro

al resguardo  del norte en  las solanas,

gorra visera y pantalón de pana,

hasta que llegue la hora del almuerzo

para comer el pan de la desgana.

Da vergüenza mirarse  cara a cara

si no se gana en la honrada labor de la faena.

En  el silencio denso

de la deshabitada  madrugada

los suspiros  se engarzan con las penas

carcomiendo las alas de la estima

bajo el curvo cobijo de las tejas.